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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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10 octubre 2010 7 10 /10 /octubre /2010 23:01

Clich--Literatura 

20 de Calificación.

  Cuento-Historieta, 1997 (1/10).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica;

http://espacio-geografíco.over-blog.es/;

México,  11 oct 10.

 

20 de Calificación

Cuento-Historieta, 1997.

 

 Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

 

 

Comentario Preliminar.

 

Entre 1995 y 1999, por azares de la historia, impartimos cursos de ciencias sociales en la Escuela Particular Normal Superior del Estado de Morelos, cuyas instalaciones las compartía con la escuela Instituto Latinoamericano, de educación básica.

 

En ésta última, un grupo de estudiantes de Secundaria se hizo particularmente conflictivo: sus profesores no duraban dos meses con ellos.  Entonces la Directora pidió ayuda a la Normal (¡¿qué otra cosa mejor y más lógica podría haber hecho?!); y he ahí que, por no sé que creencias o espejismos en los directivos, se creyó que yo era el profesor indicado para lidiar exitosamente con tal grupo.  Sólo una vez, en mis tiempos de estudiante en la Facultad, había intentado tratar con estudiantes de Secundaria en la creación de las preparatorias y secundarias populares; y de ahí dije: “¡Nunca más!”; pero la situación era tal, que no pude decir no…, ¡y yo qué tenía qué hacer allí!

 

Lo bueno es que, luego de varios maestros que abandonaron el grupo, quedaban unos tres meses en el calendario escolar, y me dispuse a sortearlos como fuera…, sin saber que esos tres meses se iban a hacer una eternidad.

 

Me presenté al grupo, por demás desafiante.  Predominaban las mujeres, no sólo numéricamente, sino en una situación extraordinariamente compleja de liderazgo: había una líder moral a la vista, una niña muy aplicada y madura, y su “lugarteniente”, que por lo operativo, parecía ser realmente la líder natural; pero había la real líder del grupo, la líder política, que no figuraba; por su actitud jamás se podría pensar que ella ejercía ese control, y quedaba muy bien encubierta por el actuar de las otras dos.  Descubrirla y entender la mecánica del grupo me llevó tiempo, y de hecho quizá no la hubiera descubierto, de no ser porque la líder moral y su “lugarteniente” me lo confesaron abiertamente, como al mes de estar en nuestro conflicto propio; pues, por lo demás, actuaban con plena conciencia de causa.

 

Desde la primera clase establecieron su desafío: “usted no va a durar”.  Y ufanos me platicaban sus peripecias con los profesores anteriores.  Con esos antecedentes, ese desafío era para ponerse a temblar; al último profesor, para no creerse, pero corroborado, lo hicieron que organizara un convivio en el Salón, y en el relajo, todos se le echaron encima y lo tiraron al piso, esa fue la última vez que estuvo ahí; pero sabedor yo de que contaba con todo el apoyo institucional sólo ya para terminar el curso, contesté el desafío con cierta indiferencia: “no van a poder”.

 

Mi trato con ello fue el mismo que el trato natural con mis estudiantes de Licenciatura (qué otra cosa podía yo hacer), por demás, en mi manera natural de ser: jugar con el intelecto, con la ironía y el sarcasmo…; pero esos estudiantes de Secundaria con lo suyo, y yo universitario y profesor de Licenciatura con lo mío (¡qué diablos hacía yo ahí!), aparentemente todo quedó dispuesto para que ocurriera la más poderosa de las explosiones nucleares…; pero el efecto fue que nos anulamos mutuamente, no sin expresarse un soterrado, endemoniado, pero muy interesante conflicto.

 

Al volver a leer esta historia casi tres lustros después, yo mismo ya no recuerdo, ya no sé que tanto de este relato autobiográfico fue cierto, y que tanto fue fantasía.  Porque a veces todo eso que fue real, parece tan fantástico, que no puede creerse; pero donde esa descomunal e increíble fantasía, aunque el lector de esta historia lo dude, está mezclada con lo real.

 

No digamos más, que no es necesario, que una realidad, más poderosa que la fantasía, discurra…

 

*

 

 

El maestro había enfurecido, no los soportaba más, lo menos que les escuchaba decir, era “¡injuto!”, “¡falto de criterio!”, ”¡voluble!”, “¡inmaduro!”…  Hasta que estalló.

 

_  ¡Estábien! –dijo, abriendo los brazos como para hacerse espacio, sintiendo que se ahogaba– ¡quieren 10 de calificación, pues díganmelo.  Quien quiere 10, bajo mi responsabilidad, ¡pero ya no tiene que venir más a clase!

 

Los alumnos aullaban, los que reclamaban justicia, gemían de desesperación; el 9 de calificación no era suficiente, demandaban obstinados el 10, y aun cundo contrariados por la propuesta que acabban de escuchar del maestro, dudando un tanto de que ello fuera verdad, como asumiendo un reto, le tomaron la palabra.

 

El maestro se quedó solo en el salón.  Afuera, al principio, reinaba el silencio, nadie podía creer tanta fortuna: ¡por fin libres!

 

Poco a poco fueron ganando confianza, iban dándose cuenta que la responsabilidad del “caos” que se estaba haciendo, era del maestro.  “El Injusto”, resultaba, además, al parecer, que había enloquecido.

 

La prueba de su última apreciación se comenzó a corroborar, cuando empezaron a ver, sorprendidos y con gran algarabía, que “El Injusto” literalmente echaba  las butacas por la ventana.

 

01-El-Injusto-echaba-las-butacas-por-la-ventana.jpg

 

Cerró las cortinas, y unos minutos después, todos afuera se pusieron alerta y a la expectativa; cesó su griterío y sus miradas se concentraron aguijoneantes en dirección de la puerta del salón, la cual escucharon abrirse.

 

Se asomó el maestro, apenas y volteó a ver en una rápida y recorredora  mirada a la muchedumbre expectante.  Desplegó un cartel y lo adhirió a la puerta.  Otra vez volvió a dirigir una fugaz mirada a su derredor , y cerró nuevamente.  De inmediato todos se agolparon frente a ella, parecía como si el letrero con sus grandes y gigantescas letras rojas, no podían leerse a 30 cm: <<NO MOLESTAR>>.

02-No-Molestar.jpg

 

Allí quedaron todos, estupefactos; habían perdido su Salón de Clases.  No había palabras para explicarse lo que sus ojos veían.  Luego de un breve tiempo, la gran mayoría se alejó del lugar, unos más otros menos.  Los más, felices, jugaban ya a la pelota, olvidados de “El Injusto” y sus extrañas disposiciones.  Otros se agrupaban en torno al que tocaba una guitarra por allá por algún rincón del patio; unos más, alejados por los pasillos, sólo se intercambiaban chocarrerías y golpes de unos a otros  entre risotadas y maldiciones.

 

Algunos más habían preferido irse a la Sala de Cómputo, y unos cuantos aprovechaban la ocasión para consumir refrescos y toda suerte de alimentos y golosinas como queriendo devastar la Cooperativa.

 

Ciertamente alguien se fue a la Biblioteca, y otros pocos aún trataban de salir de su desconcierto, y a distancia esperaban con curiosidad.

 

De cuando en cuando, uno de ello se acercaba sigiloso a la ventana del Salón tratando de husmear al interior por alguna rendija entre las cortinas, o pegando la oreja a la puerta para tratar de escuchar qué ocurría adentro.

 

Sin duda algo pasaba allí al interior; se oía arrastrar muebles, ¡¿pero cuáles?! Se preguntaban admirados los alumnos, si todo había sido arrojado por la ventana.  Se oía golpear, clavar, serruchar, taladrar, ¡¿pero cómo podía ser todo eso?!

 

Las cortinas no cerraban bien en la parte alta.  Los alumnos ya desesperaban, e idearon hacer una pirámide humana, para que alguien atisbara por allá arriba.  Obviamente eligieron al más pequeño, tanto por edad, como por estatura, para que ocupara la cúspide de la pirámide.  Luego de varios intentos fallidos, por fin el más pequeño alcanzaba, temeroso, la cima: ¡sus ojos no daban crédito a lo que veía!


03-Formaron-un-piramide-humana.jpg

 

Los de abajo, quejumbrosos y jadeantes, le inquirían a que declarará lo que veía; los del cuerpo central de la pirámide humana le apuraban, temerosos de que los de abajo cedieran al peso y todos fueran por tierra estrepitosamente; y al reclamo que exigía un respuesta, el pequeño en el ápice de esa bamboleante estructura, con grandes ojos sólo acertaba a exclamar: “¡no puede ser; no puede ser!; y todos abajo aullaban: ¡qué, qué, animal, qué es lo que “no puede ser”!, y el pequeño atalaya respondía ingenuo: “¡es increíble…!”, y la desesperación por tal respuesta obró como un relámpago  que resquebrajó la estructura, viniéndose todos abajo.

 

04 Es increible, y se vinieron abajo


 

Ante el escándalo que armaron, todos maltrechos salieron corriendo temerosos de que “El Injusto” enloquecido saliera e hiciera por ellos con un destino incierto, pero seguramente quizá nada bueno.

 

Nada paso; luego de que sus corazones se tranquilizaron, fueron saliendo uno a uno de sus escondrijos.  El pequeño no había corrido, se había quedado ahí, incluso como esperando a que “El Injusto” saliera y le echara mano metiéndolo al Salón, dándole así oportunidad de entrar para cerciorarse de lo que antes había visto, ¡pero nada!.

 



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