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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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27 julio 2009 1 27 /07 /julio /2009 16:49

Clich--Filosof-a 
                                                    De la Relación Sexual Entre los Sexos,
                                                                              a su Relación Ético-Estética

      Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri

"Espacio Geográfico", Revista Electrónica de Geografía Teórica;

 http://espacio-geografico.over-blog.es/;

México, 27 jul 09. 


 De la relación sexual de los sexos, a su relación social ético-estética; luego de mucho pensarlo, creemos que eso es, finalmente, lo que sintetiza el problema esencial que la lucha feminista ha enfrentado, entendiéndolo desde el punto de vista existencialista.  Aquí haremos una consideración acerca de lo mismo, pero desde un punto de vista marxista, dialéctico-materialista, y del que –a nuestro parecer– todos debemos y habremos de hacer conciencia.

 

Hace cerca de quince años planteaba a los estudiantes un ejercicio, y preguntaba primero a los hombres, y luego a las mujeres, lo siguiente: ¿En nombre del amor –lo que eso signifique, que siempre será lo más bello–, desearían que el ser que les ame se les entregue en esclavitud, lo que literalmente eso significa?  Ellos, en la plenitud de la barbarie, respondían: ¡Sí, claro que sí!..., y ellas, con una alta eticidad, respondían tajantes: ¡No!

 

Luego les hacía la segunda pregunta planteando las cosas al revez: ¿En nombre del amor –lo que eso signifique, que siempre será lo más bello–, estarían en la disposición de entregarse en esclavitud –lo que literalmente eso significa–, al ser amado?  Ellos, casi molestos: ¡No!  Y ellas..., ellas..., bajaban la vista, sonreían con pudor, y con timidez respondían final y suavemente: no, <<con ese “no” de todas las niñas>> (jóvenes veinteañeras).  Quince años después cambió drásticamente ese escenario, lo cual es motivo de un comentario aparte.

 

Luego, por supuesto, me hacían las mismas preguntas a mí, y yo, a que una mujer que me amase se me entregara en esclavitud, respondía “suavizando” la barbarie echando a volar su imaginación: ¡guauu, sí, claro que sí! (todos, hombres y mujeres, reían complacidos).  Y a la pregunta de mi entrega en esclavitud, decía yo con un dejo de exquisitez: ¡guauu, sí, claro que sí! (ellos, exclamaban incrédulos y desaprobando; ellas..., ellas..., se quedaban admiradas y complacidas).

 

Luego venía la explicación en que fundaba esas respuestas: una explicación gráfica, en caricaturas, del concepto dialéctico materialista de Libertad; esto es, de la conciencia de la necesidad.  En síntesis, que siendo el amor un sentimiento asociado a una necesidad tan esclavizante como la sexual, la conciencia que se tenga de lo que significa esa esclavitud: la entrega mutua que ello impone, total, plena, absoluta e incondicional al ser amado, y por propia voluntad, otorgará la libertad.  Que siendo mutua, otorgará la mutua libertad.

 

El planteamiento contrario es la definición de la filosofía existencialista del concepto de Libertad: la posibilidad en la voluntad, independientemente de los demás seres humanos.  De donde resulta, para esta filosofía, un total y absoluto contrasentido entender el esclavizante sentimiento de amor como la necesaria entrega total, absoluta e incondicional, sino más bien, justo, como lo contrario, es decir, como la más plena independencia de un ser al otro (y ello explica todo el planteamiento feminista, de origen existencialista, como una “relación afectivo-sexual”).

 

*

 

Ubicados en la filosofía dialéctico-materialista, lo que habremos de entender es, en consecuencia, que una cosa es la relación sexual entre los sexos;  dada por la más elemental y primaria necesidad, natural, instintiva, con toda “su barbarie”; y otra cosa es la relación social en su forma ya económica, política, o ético-estética entre los mismos, dada, y sólo dada ésta, como condición de la más plena conciencia social y moral.

 

Interpretar indiscriminadamente las relaciones entre los sexos sin apego a las leyes de correspondencia en cada caso, implica un doble error: de reduccionismo cuando la relación social se interpreta bajo patrones de relación sexual, o de falsa generalización, cuando lo sexual se interpreta bajo condiciones sociales.

 

Así, si interpretamos la relación sexual entre los sexos bajo sus propias leyes de correspondencia (las simples del instinto primario); como hombre no podría esperarse sino la más plena entrega de la mujer en esclavitud, es decir, con la más absoluta sumisión, para (en la más plena barbarie), poder poseerla, gozarla y disfrutarla sin restricción alguna.  Como mujer, cabría pensar que lo esperable de su entrega (misma que ha de darse por propia voluntad y como condición necesaria si no ha de entenderse una situación forzada), habría de ser la acción pasiva de ser poseída, gozada y disfrutada sin restricción alguna.  Apenas atenuado todo ello ya por los tabúes culturales, o bien por ciertos ineludibles prejuicios existentes en todos (o en lo inverso, llevado a extremos de lo no-común en lo que se conoce como sado-masoquismo, que calificaríamos socialmente de “perversión”).

 

Mas si interpretamos la relación social entre los sexos, por ejemplo, en el ámbito de lo económico, esa entrega sexual no podría interpretarse mas que como un asunto de comercio, esto es, prostitución; por lo tanto, la relación social económica entre los sexos, es en realidad, independiente de la condición del sexo mismo.  Cada sexo no es, económicamente, sino fuerza de trabajo cualificada, que dependiendo de las necesidades de la producción y la ganancia, habrá de ser considerada ya en mejores, o ya en peores condiciones.  Ese mundo económico-social que se aplica indistintamente al sexo, pero enfáticamente en relación con la cualificación de la fuerza de trabajo; particularmente dicho en nuestra sociedad capitalista de despiadada explotación; es liberación de la mujer respecto a su necesaria sumisión en la relación sexual, pero nueva esclavitud en la relación económica, incluso hacia otras mujeres que operan como mandos o en calidad patronal.

 

Otro tanto ocurrirá en otras formas de relación social; como en la relación política, donde la mujer alcanza aún mayor libertad; y ahora, de la esclavitud dada en la explotación asalariada, se convierte en dirigente, subordinada a un orden legal, pero potencialmente con la conciencia de la necesidad que le hará alcanzar en una participación social o de masas, mayores grados de libertad.

 

Pero la más elevada expresión de la relación social entre los sexos, ahí donde ambos alcanzan una más plena libertad (ese proceso de liberación no es, como el feminismo cree, exclusiva de la mujer, sino mutua), es en la relación moral entre éstos; más exactamente dicho aún, en la relación ético-estética entre los sexos.

 

En tanto la Ética, la ciencia de la moral, enseña los fundamentos de la obligatoriedad del deber ser en la relación moral, ciertamente, dada por las costumbres socioculturales; en donde el principio fundamental de toda moral es la existencia del otro que determina nuestro deber ser; en la relación moral entre los sexos, el hombre (la parte masculina, y dada su genética) no tiene más razón de ser que estar al servicio de la mujer (la parte femenina, y dada la genética de ésta, es decir, objetivamente por cómo nace, no subjetivamente por cómo se hace; así, si la mujer ha de ser un “producto sociocultural” lo es en este sentido, esto es, objetivamente por las razones naturales que obligan a su trato desigual, pero necesaria y moralmente equitativo, justo, en lo cual su ser sea humanamente digno; y no subjetivamente por una arbitrariedad de costumbre); al punto de sacrificar el hombre obligadamente su vida por ella; independientemente de cuál mujer sea; pero con mayor razón (aun cuando la obligatoriedad moral se la misma), cuando esa mujer, es la mujer amada.  En la relación moral entre los sexos, la mujer alcanza la más plena libertad e identidad como mujer en su condición de deidad venerada.

 

Pero si la relación moral aparentemente ya dio la condición más elevada en el proceso de identidad no sólo de lo masculino, sino principalmente de lo femenino que aquí interesa, la relación estética la hará sublime.  La Estética es la ciencia acerca de lo bello y el arte, enseña las leyes de la percepción sensible que enriquece la naturaleza humana; y así, en la relación estética entre los sexos, estará involucrada la percepción sensible de lo bello en dicha relación, y del acto creativo de la misma (en realidad así debería ser, pero nuestra sociedad aún no alcanza esos grados de desarrollo, y antes al contrario, en los últimos veinticinco a treinta años ha venido perdiendo precisamente en su condición humana); pero es en la relación estética de los sexos donde uno crea al otro, en donde ambos se crean mutuamente reconociendo en la belleza y perfección de la otra parte, la propia perfección y belleza.  El otro, respecto del hombre, ciertamente es la mujer; pero el otro, respecto de la mujer, lo es también, en ese segundo plano, el hombre.

 

En lo ético, toda la condición de la existencia y la vida se pone en función del otro en la más plena y absoluta entrega (del hombre a la mujer o de la mujer al hombre); en lo estético, no puede dejar de reconocerse al otro como a uno mismo, perfeccionado y realizado (es decir, en donde uno encuentra su ser humano real); el otro, la otredad o la alteridad, se convierte así en el alter ego, el “otro yo”.  Es por ello que en la relación ético-estética entre los sexos, no sólo la mujer (lo femenino), sino el hombre (lo masculino), alcanzan; en la conciencia de la necesidad de su mutua entrega por propia voluntad, total, plena, absoluta e incondicional; su más sublime libertad.

 

*

 

Así, en conclusión, no es siendo ajenos o “independientes” al otro como cifraremos nuestra propia libertad; por lo contrario, en ello está la más terrible esclavitud.  Un indicador de lo mal que nuestra sociedad está en este tema, es cuando al contraer matrimonio se suele decir, paradójicamente con feliz emoción, que con ello “se perderá la libertad”.  El matrimonio aparece así como un acto de “sublime sacrificio”, por no más que el placer sexual de la reproducción.  ¿Y quién puede soportar toda una vida, la eternidad misma que el sentimiento de amor supone, en esclavitud?  El amor debe entenderse como libertad, en la cual el ser humano se hace un ser humano real, no como esclavitud que justo le arrebata la más elemental condición humana.  ¿Cómo explicar entonces la dignificación humana en el matrimonio?

 

Paradójicamente, hemos visto, la libertad supone la conciencia de la necesidad de la más profunda entrega mutua.  En ese sentido, ese “rol inferiorizado” que el feminismo atribuye a la mujer, es en realidad la expresión de un alto sentido ético-estético en ella: ese aparente sacrificio en la esclavitud en que se entrega toda la voluntad propia al otro.  El rasgo más esencial del “machismo”, es precisamente la falta de correspondencia moral y estética del hombre hacia la mujer en esa entrega subordinada, dejando con ello el acto de sacrificio de manera unilateral, y por lo tanto, haciendo del mismo algo real que no anula en la reciprocidad.

 

La realización de la mujer (como la del hombre), no puede ser sino realización social humana (es decir, en sociedad, no de manera individual; y en la dignificación humana).  El que la mujer sea un ser humano real, no se reduce, pues, a su realización biológica en la procreación; esa es sólo su realización más básica.  Su realización más plena, es su realización ético-estética.  Y si alguien ha estado totalmente alejado de ello hasta ahora, ese ha sido precisamente el hombre; pero si alguien ha estado lo más cerca de ello, esa ha sido precisamente la mujer (el feminismo, impensadamente, ha hecho que se diera marcha atrás en ello; dicho desde el punto de vista marxista, o por o menos, desde el punto de vista de este análisis que se pretende en ello).  Es este sistema socioeconómico capitalista, otrora  en sus luchas contra las monarquías feudales, progresista y revolucionario, lo que nos oprime mutuamente a hombres y mujeres por igual.  Aun cuando, ciertamente, como individuos, preparando incluso las condiciones sociales del futuro, y concluyendo esta disertación, debemos recuperarnos (ahora ambos sexos), en ese desarrollo ético-estético.

 

Finalmente, pues, justo por esa razón ético-estética, a la pregunta de Sartre a Simone de Beauvoir de: ¿Qué significa ser mujer?...; obviamente, toca a ella decirlo; pero, fundado en el razonamiento filosófico aquí elaborado, por lo tanto más allá del sentido romántico literario que pueda tener nuestra opinión –que sin duda también lo tiene, no por nada la belleza estética del análisis filosófico–, reciban aquí la misma: la mujer significa..., todo.

 


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