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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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21 septiembre 2009 1 21 /09 /septiembre /2009 08:00

Clich--Literatura

 

El Metiche*

 Luis Ignacio Hernández Iriberri

http://espacio-geografico.over-blog.es/
México, sep 09.
 

 

 

 

Descubrió la “dirección en 90º” justo en el ángulo perpendicular al plano de una de las faces del dodecaedro, equivalente a los 45º de su espacio euclidiano.  Su opción era irse a la Patagónia, bastante inhóspita; la otra, ir a hasta Saynshad, hacia del Desierto de Gobi; o en el mero centro del Mar Aral...  Aquí se quedó pensando seriamente, por ahí andaba Baikonur; una revisión a la Enciclopedia Geográfica, y ahí estaba; efectivamente, el Cosmódromo de Baikonur se localizaba a los 45.6º; ¡ah!, casi la exactitud y pureza de f en ½ de 1 + ¬/5; entonces pensó en que necesariamente “algo” especial pudo haber ocurrido alguna vez con los cosmonautas soviéticos.  Pero todo aquello, Stavropol, Krasnodar, Novorossiysk, Sevastopol, estaba lejos.  Siguió recorriendo el paralelo con rumbo Oeste, y encontró que pudiera ser al sur, cerca de Turín, en Italia; o tan sólo un poco al norte de Bordeaux, en Francia.  Pudiera ser Ottawa; pero la línea paralela que media en los Grandes Lagos lo ponía cómodamente en Minneapolis, y más aun, cómoda y discretamente, en St. Paul (casi justo en los límites entre Minnesota y Wisconsin), en los Estados Unidos.

 

Hizo su equipaje y partió; tenía que estar ahí en el momento más ideal: la noche entre el 21 y 22 de septiembre, en el momento preciso del Equinoccio de Otoño.  Rentó una pequeña casa en un lugar apartado, montó su laboratorio, y comenzó a trabajar en los aspectos prácticos y experimentales de su hipótesis..., y ocurrió!

 

 

 

 

 

 

_  ...Alcestes ha parecido tan bella a los ojos de los hombres y de los dioses, que, encantados éstos de su valor, la volvieron a la vida...

 

Ahora él estaba ahí, “aterrizó” cayendo de espaldas en el piso de una sala en que entre la bruma y un extraño resplandor, exóticos sujetos como envueltos en sábanas comían tendidos en gradas y en largos sofás y platicaban.  No parecieron darse cuenta de su inoportuno y entrometido arribo.  Pronto se dio cuenta de que todo discurría como si él no estuviera presente, aun estando ahí, pues el que tenía la palabra hablando de Alcestes, continuó sin inmutarse, lo mismo que los demás.

 

_  ...No trataron así a Orfeo, hijo de Eagro, sino que le arrojaron del Hades, sin concederle lo que pedía.  En lugar de volverle a su mujer, que andaba buscando, le presentaron un fantasma, una sombra de ella...

 

Obviamente todo ello lo tenía medio aturdido; le llevó su tiempo poder empezar a concentrarse en lo que ahí sucedía.  Todo lo escuchaba como en la voz de la burlada ekahte.

 

_  ...En efecto –alguien más intervino en lo que se decía–, el que ama tiene un no sé qué de más divino que el que es amado, porque en su alma existe un dios...

 

Escuchaba resonante y medio veía entre brumas cómo otro de aquellos sujetos tomó la palabra, y por ello comenzó a conocer incluso cómo se llamaban, y el que había estado en uso de la palabra era un tal Fedro, pues así le llamó el que ahora intervenía:

 

_  ...Es indudable que no se concibe a Afrodita sin Eros, y si no hubiese más que una Afrodita no habría más que un Eros; pero como hay dos Afroditas, necesariamente hay dos Eros.

 

Y el que hablaba disertó acerca de que una Afrodita era hija de Uranos, y por ello era la “Afrodita Urania”; la otra era hija ni más ni menos que de Zeus y Dione, y decía que esa era la “Afrodita popular o pandemia”; y que, en correspondencia, a la primera le es el “Eros Celeste”, y a la otra el “Eros popular”.

 

El aun estaba ahí, sentado en el piso y recargado sobre la pared, temeroso de que lo descubrieran y tratando de acabar de recuperarse, pues esa neblina y ese resplandor, más que ser una fenómeno físico fura de su imaginación; parecía ser su propia perturbación, por la cual apenas se alcanzaba a preguntar y a responder a sí mismo si habría un Amor celestial y otro mundano, estando finalmente de acuerdo en ello.

 

Entre tanto, ese otro personaje continuaba disertando, y algo hablaba de que una acción, como el banquete que ahí tenían, no es, decía él, ni bella ni fea, sino por la manera como se hace.  Y en ese punto él, como extraño “metiche” en esa reunión, se vio inmerso en la reflexión; comenzó a sopesar qué tanto podría ser cierto o no lo que aquel hombre decía.

 

_  ...Lo mismo sucede con el amor; todo amor, en general, no es bello ni laudable, si no es honesto...

 

<<¡Claro!>> –se decía ahora él ahí echado en el piso pasando desapercibido, pero críticamente agregaba en su pensamiento–, <<aun cuando ahí se identifica lo estético con lo ético; y por lo tanto, no puede haber amor que no sea necesariamente bello, más aun, porque ha de ser necesariamente bueno>>.  Pero aquel hombre hablaba tan enredado, o sea, tan poco común a sus oídos, que lo más que decía se le escapaba; pero un pasaje le impactó: aquel hombre decía que, <<la servidumbre voluntaria de un amante para con el objeto de su amor, no se tiene por adulación..., como tampoco cuando ello se hace en virtud de perfeccionarse...>>; y es que él pensaba justo así; ¡claro, dicho de manera más simple!, convencido de que el amor suponía la más plena, total, absoluta e incondicional esclavitud del que ama al ser amado; y no podía sino estar plenamente de acuerdo con aquellas palabras.

 

_  ...Por el contrario, si después de haber favorecido a un amante, que se le creía hombre de bien, y con la esperanza de hacerle uno mejor por medio de la amistad, llega a resultar que este amante no es hombre de bien y que carece de virtudes, no es deshonroso verse uno en este caso engañado; porque ha mostrado el fondo de su corazón..., y nada más glorioso que este pensamiento...  Este amor es el de Afrodita Urania; es celeste por sí mismo.

 

<<¡Claro!>> -volvió a decirse para sus adentros coincidiendo con lo dicho–, <<el amor es lo que uno da, no lo que uno recibe, y de ello uno no puede arrepentirse, por más que se pierda ese encanto>>.

 

_  Pausanias ha empezado muy bien su discurso –dijo alguien más tomando la palabra–, por lo que él, en calidad ahí de intruso, un “metiche involuntario” en aquella discusión, aun en el piso casi en un rincón, supo que el que había hablado, entonces, así se llamaba.

 

Y el que ahora tomó la palabra, se echó un “rollo” de aquellos, sólo para enunciar el principio de la dialéctica de Heráclito de la famosa unidad de los opuestos, de la cual bien entendía “el metiche”.  Y es que aquel que hablaba, daba a entender que el amor era precisamente esa dialéctica, a manera de armonía (unidad) entre los contrarios.  También habló de la Afrodita o Musa Urania, contrapuesta a Polimnia, que es el amor vulgar, decía el que hacía uso de la palabra; que a poco él supo que se llamaba Erixímaco, pues cuando éste terminó de expresarse, se dirigió a un tal Aristófanes, el cual a su vez le llamó Erixímaco; y así “el metiche” conoció el nombre de otros dos de los personajes ahí reunidos en ese festín, ciertamente, en tan singular simposio, que le estaba recordando a Platón y sus Diálogos.

 

El “metiche” ahí sentado en el piso ya se había repuesto de su mareo, y viendo que no podría pasar desapercibido, pero que nadie parecía ni verlo, empezó a dar señas de que se notara su presencia y se aclarara su situación.

 

Entre tanto, toda la discusión ahí giraba en torno a la calidad del dios Eros, y el condenado del famoso Aristófanes habló y habló, y “el metiche” ya se desesperaba.  Hasta que, para terminar, Aristófanes dijo que ahora le tocaría hablar a un tal Agatón..., ¡y a Sócrates!...  Y entonces “el metiche” se puso en pie como movido por un choque eléctrico, a la vez que exclamaba un <<¡qué!, ¿quién es Sócrates?!>>...; pero ni quien le hiciera caso.

 

_  ¡Hey, señores, quién es Sócrates! –dijo entonces voz en cuello insertándose en el círculo de aquellos hombres y dirigiéndose a todos los presentes, a la vez que los repasaba a todos con la vista, pero nuevamente, sin que nadie se inmutara, en lo que aquellos seguían en su disertación.

 

Entonces intervino un personaje por ahí, ¡ese debía ser Sócrates, era igualito al de las “fotografías”!, y algo dijo éste dirigiéndose a Erixímaco y a Agatón, el cual, a su vez, finalmente, lo identificó.  Pero luego de esos intercambios, se hizo de la palabra el tal Agatón.  Éste volvió a decir que ciertamente Eros era el dios más dichoso y bello.

 

Pero entonces, “el metiche”, viendo que no le hacían caso, que por razones de su experimento se lo explicaba, pero que no viene ahora al caso el tratar de entenderlo, simplemente se acomodó apoltronándose por ahí entre ese círculo de pensadores que departían entre manjares y vino; en lo que Agatón decía que, <<las querellas de los dioses..., han tenido lugar bajo el imperio de Anagke (la Necesidad, la Fatalidad), y no bajo el de Eros>>, y luego continuó discutiendo sobre la necesaria etereidad de Eros, y que es éste el que posee a Ares, el amor de Afrodita, y no al revez.  Y así siguió hable y hable ahora el desdichado de Agatón alabando a Eros, y cuado terminó, todos le festejaron con aplausos; y “el metiche”, que ya medio se adormilaba con tanto “rollo”, reaccionó despabilándose, y para no quedar en mal, también se sumó a los aplausos que todos ofrecieron al discurso de Agatón.

 

Y “el metiche” se volvió a alertar cuando Sócrates volvió a pronunciarse, diciendo que se había comportado como un buen profeta y no sé cuantas minucias más, y total, otro largo “rollo”, ¡sólo para decir que quería hablar!, ¡diablos!; y todos le decían que sí, que hablara ya, como si no fuese eso lo que desde rato atrás hacía, diciendo que iba a hablar.

 

Y entonces el gran Sócrates inició con Agatón su ejercicio de mayéutica; y simplificando el discurso, la cosa fue más o menos así:

 

Agatón –dijo Sócrates, y a continuación preguntó–, ¿Eros es el amor de alguna cosa o de nada?  A lo que Agatón respondió diciendo que debía ser el amor de algo.  Luego Sócrates volvió a preguntar: ¿Eros desea la cosa que él ama?, a lo que Agatón volvió a asentir.  Y, ¿es poseedor de lo que desea y ama?; a lo que Agatón respondió que, probablemente.  Y entonces, finalmente, Sócrates puso todo ello en entredicho: si Eros es el amor de algo, y él desea a su vez lo que ama, cómo puede desear lo que ya tiene?

 

Pero entonces, “el metiche”, reflexionando al paso, respondió en voz alta: <<bueno, no hay contrariedad, simplemente Eros estría invocando el reforzamiento de ese deseo o ese amor>>; y por supuesto, ni quien le hiciera caso, ni lo voltearon a ver.  Era que él estaba ahí, pero invisible, como en otra dimensión, pero intersectándose con ese plano temporal de la historia.  Pero nuevamente eso le sorprendió y le causó mucha gracia.  Se dio cuenta que en calidad de una especie de “fantasma” irreverente, podía intervenir en la discusión sin ningún problema.

 

_  ...No se puede carecer de lo que se posee –volvió a decir Sócrates.

_  Pues sí –volvió a decir “el metiche” en una actitud más decidida dirigiéndose al mismo Sócrates–, pero lo que yo digo es que se está deseando lo que no se quiere perder.

_  ¿No es esto amar lo que no se está seguro de poseer...? –pareció contestarle Sócrates muy directamente al “metiche”, al punto que éste, finalmente, creyó haber sido reconocido; y, entonces, desconcertado, respondió con cierta angustia.

_  Bu-bueno, pues, pues, s-sí...

_  Sin duda –dijo Agatón categórico por otro lado.

 

Y cuando él iba a volver a intervenir poniéndose de pie y disculpándose de su extraña presencia ahí, muy difícil de explicar, Sócrates continuó dirigiéndose personalmente a Agatón, por lo que “el metiche” nuevamente cayó en cuenta de su invisibilidad.

 

_  ...<<Amor es desear –dijo más o menos Sócrates reduciendo a Agatón a su contradicción en donde se identificaba lo bueno y lo bello–, es amar lo que falta; luego Eros carece de belleza>>.

_  ¡No no no!, a ver, a ver, yo quiero hablar –pretendió intervenir ”el metiche”–, se puede amar, y de hecho se ama, y más aun, lo que se posee...

_  Cierto Sócrates, así sería –aceptaba Agatón su error interrumpiendo al “metiche”.

_  No no no, espera mi buen Agtón, primero reflexionemos en lo que he dicho; no porque yo carezca de una mujer, por eso, la voy a amar; antes al contrario, justo porque la poseo, será porque la ame deseando amarla cada vez más...

 

Total que Sócrates preguntaba poniendo en entredicho, y Agatón le respondía en su lógica necesaria, entrando en contradicción; aun cuando “el metiche”, en su desconcierto, no podía seguir la discusión.  Hasta que Sócrates empezó a narrar sobre su discusión con una mujer más sabia que él, llamada Diotima, la cual alguna vez le hizo ver que el amor no es bello ni feo, sino algo entre lo mortal e inmortal, y por lo tanto, un demonio.  Y hasta le reveló de quién era hijo: y lo era de Poros y Penia (La Abundancia, y La Pobreza).

 

Al parecer haya sido quizá aquella Diotima precisamente la que le enseñó la mayéutica, pues contaba Sócrates cómo aquella mujer de Mantinea lo zarandeó en su ignorancia con ese recurso, haciéndolo convenir en que el amor, en su misma virtud, no es común a todos los seres humanos.

 

Decía Sócrates que una vez ella le preguntó sobre la causa del deseo del amor, que se lo hizo ver incluso entre los animales, pero que sólo le respondió que lo ignoraba, y entonces ella le replicó, ¡al mismo Sócrates!: “¿Y esperas hacerte nunca sabio en amor si ignoras una cosa como esa?”.  Y Sócrates casi casi respondió: <<Pos qué le voy a hacer Diotima, si por eso estoy aquí, para preguntártelo”.  Y entonces ella le explicó que la causa del amor, “es la naturaleza mortal aspirando a perpetuarse y hacerse inmortal”, con la reproducción de un nuevo ser...

 

_  ¡Ah, Sócrates! –le recriminó “el metiche”–, ¿cómo pudiste decir que ignorabas eso?

_  Después que me habló de esta manera –continuó Sócrates–, le dije lleno de admiración: muy bien, muy sabia Diotima, pero ¿pasan las cosas así realmente?...

_  ¡Ah, cómo va a ser mi buen Sócrates! –y “el metiche” diciendo esto hasta se ponía en pie–, te pasas...; y ella, qué dijo...

_  Ella –parecía responder directamente Sócrates–, con un tono de consumado sofista, me dijo: no lo dudes...

_  ¡Ah, jajaja!... –y “el metiche”, a la vez que reía a placer, daba vuelta, se paseaba y hacía aspavientos mofándose de Sócrates–, me decepcionas mi buen Sócrates, cómo va a ser eso?...

_  Los que son fecundos con relación al cuerpo –decía Sócrates citando a Diotima– aman a las mujeres, y se inclinan con preferencia a ellas, creyendo asegurar, mediante la procreación de los hijos, la inmortalidad...

_  Pero cómo, cómo que “creyendo” –le interrumpió “el metiche”, en realidad, encimándole un poco las palabras–, pues eso es lo que realmente ocurre, no?

_  ...Pero los que son fecundos con relación al espíritu..., para las cosas que al espíritu toca producir...  La sabiduría y las demás virtudes..., los une a los cuerpos bellos con preferencia a los feos...

_  Ah, Sócrates –continuó interviniendo “el metiche”–, eso que dijo Diotima es muy subjetivo y relativo...

_  ...estos hijos de su inteligencia son más bellos y más inmortales...

_  Pues hay algo de eso, pero insisto Sócrates, eso es muy subjetivo y relativo...

_  En efecto –dijo Diotima en voz de Sócrates–..., sería una gran locura no creer que la belleza, que reside en todos los cuerpos es una e idéntica.

_  Ah, pues, así sí...

_  ...belleza que no tiene nada de sensible... y nada de corporal... sino que existe eterna y absolutamente por sí misma y en sí misma...

_  Ah..., ni Diotima ni Sócrates, Platón –casi se dijo sólo para sí “el metiche”...

_  ...Ni la “otra mitad”, ni el “otro todo” de uno mismo –había dicho Diotima–, es lo buscado en el amor cuando no son buenos –y decía Sócrates por último, que para Diotima, la belleza es finalmente lo que toma el nombre de amor.

 

Y Sócrates siguió hable y hable y al “metiche” le costaba trabajo seguir sus ideas, pues aquel no llegaba a nada concreto.  Y en eso estaban, cuando a poco tocó a la puerta un tal Alcibíades, que traía su propia fiesta: y cuál que llegó “medio ebrio”, llegó bien borracho con todo y mariachi al convite en la casa de Agatón; y ya sabrán, siendo Alcibíades muy cuate de Sócrates, y luego de echarse otras copas más...  Bueno, que digo “otras copas”, el desdichado de Alcibíades pidió a un esclavo que le sirviera un psuchtere de ocho cotilas, ¡ah bárbaro, se echó casi dos litros más!, y empezó con aquello de que: <<No Sócrates, tú eres un sabio, el más grande sabio que haya existido, y tú eres mi amigo..., que digo mi amigo; Sócraters, tú eres mi hermano...  Y –decía Alcibíades al que ya se le arrastraba la lengua– Sócratres, en verdad, tú vas a ser mi compadre..., que digo mi compadre, tú, mi buen Socratrés...>>  Y todos reían y el bueno del Socratrés, sólo aguantaba a su amigo Alcibíades esperando a ver a qué hora caía.

 

Y viendo “el metiche” que aquello ya no se recuperaría a la disertación intelectual, se retiró a un lugar apartado, dispuso sus  inventos...,

 

 

 

 

 

... y al instante estaba de nuevo en St. Paul...  Apenas y lo podía creer, todo le había parecido como un cuento de una lectura de Platón.

 

Bueno, concluía así “el metiche”, aquello del “amor platónico”, no es el “amor ideal que no desea”, esa es sólo la idea vulgar o popular, del “amor platónico”; por lo contrario, son el deseo y la capacidad de apropiación del ser amado para su perfección, lo que realmente constituye el ser del “amor platónico”.



*       Cuento didáctico para el estudio del Diálogo de Platón, El Simposio o el Banquete.  En, Platón; Diálogos; Editorial Porrúa, Col. “Sepan Cuántos...”Nº 13; folio Nº 3255; México, 1968; pp.314-343.


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