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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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18 noviembre 2010 4 18 /11 /noviembre /2010 00:02

Clich--Literatura 

Análisis Marxista

de la Historia de la Cultura.

  Ensayo, 2002-2010 (2/).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica;

http://espacio-geografico.over-blog.es/;

México, 12 ago 10.

 

El movimiento cultural del bizantino sólo podría terminar, entonces, al ser suplido por un movimiento cultural análogo: el carolingio, surgido del llamado Renacimiento Carolingio promovido por Carlo Magno durante su reinado entre los siglos VIII-IX, en lo que se conoce ya como la Baja Edad Media.

 

El movimiento cultural carolingio, progresista, ilustrado, no podía ser, en consecuencia, sino predominantemente iconoclasta; surge con la Escuela Palatina y va dirigido a la corte imperial franca.  Es históricamente progresivo no sólo en el plano de la cultura respecto al bizantino, sino principalmente por el reestablecimiento de las escuelas, cerradas todas finalmente desde principios del siglo VI; pero representaba aún los intereses de la clase social feudal en el poder.  El campesinado que constituía la clase social en servidumbre ligada a la tierra, al feudo (conocido por ello como siervo de la gleba), en el más absoluto dominio ideológico de los señores feudales y del clero, continuaba haciendo suyo, como desde los tiempos del palocristianismo en que realmente le perteneció, el arte icónico bíblico como la expresión espiritual de sus propios anhelos.

 

Luego, entre los siglos IX-XIII (algunos autores lo ubican desde el siglo X), se expresa el movimiento cultural denominado como románico, donde, pasado el lapso renacentista carolingio, se vuelve a los pesados mantos oscuros en que vuelven a proliferar, y como nunca antes, los templos eclesiales, en los que se ha perdido totalmente incluso la fineza bizantina y carolingia, no obstante con una nueva estética; socialmente, fueron los siglos de la mayor decadencia.

 

A nuestro juicio, el movimiento cultural del románico, fue el resultado de la fusión icónica religiosa que conservaban las clases oprimidas a las que no acabaron de llegar la luces palatinas, con el nuevo poderío feudal del alto clero que supo valerse de los anhelos de las masas puestos en la iconografía bíblica, llevada a la arquitectura.  Fue por ello, un momento de reidentidad cultural entre las clases sociales.

 

Sin embargo, a partir del emperador turco Tamerlán a fines del siglo XIV en que inicia la expansión de su imperio bloqueando las rutas de la especiería a la India como de la seda a China, obligando tanto a chinos como a europeos a la búsqueda de nuevos caminos, se abrirá el momento histórico que llevará al nuevo renacimiento, que se habrá de ubicar ahora en Italia principalmente.  En ese lapso histórico entre los siglos XIV a XV en que el pensamiento científico empieza a despertar, tendrá como contraparte el florecer del movimiento cultural Gótico.

 

Las estéticamente bajas y “pesadas” iglesias del románico, como argumentando en contra del pensamiento científico que ya se vislumbra, se yerguen ahora altas y esbeltas, que en su estructura estética acicular y luminosos medallones en lo más elevado de las arcadas, parecen invitar esta vez a sus fieles a alcanzar ahí mismo el cielo.

 

El conocimiento científico avanzó y floreció, respondía éste más, en su capacidad de apropiación del mundo por el ser humano, a los intereses de las clases oprimidas deseosas de los cambios hacia un mundo mejor; frente a la monotonía y conformismo religioso promovidos por las clases poderosas del mundo feudal de la Baja Edad Media.  Y un mundo, por diez siglos, profundamente teocrático, transitó, liberándose del oscurantismo religioso, del teísmo medieval, al panteísmo renacentista, y luego de éste, al deísmo de la Ilustración, hasta, finalmente, el ateísmo del romanticismo decimonónico.

 

Aquella identidad de los anhelos populares en la iconografía paleocristiana recuperada por el alto clero, finalmente también se rompió, ahora había que creer en el ser humano, en su inteligencia, en sus capacidades, y ya no en la mítica imagen de la bella pintura de un cuadro acerca de un mundo sobrenatural, metafísico, de un Reino de los Cielos finalmente por siglos inalcanzable.  Y en ese tímido y sutil panteísmo de los siglos XIII a XV, nació el Humanismo.

 

Y cuando frente al teísmo teocentrista, el humanismo antropocentrista era ya irreversible, el pensamiento místico, a principios del siglo XVI, se adaptó a los nuevos tiempos con Erasmo de Rotterdam (1469-1536), y Melanchthon (1497-1560), el colaborador de Lutero, diferenciando del Humanismo clásico ateísta (al que también llamaron “Literario”), el Humanismo Cristiano (misericordioso, compasivo, caritativo, y en ese sentido, más que un humanismo, un “humanitarismo”).

 

De ese modo, así como ese “Humanismo Literario” preocupado por la ciencia y el renacer de los clásicos griegos dio lugar a los movimientos culturales, primero del Clasicismo y luego del Neoclacisismo, que representaban ahora los anhelos de los oprimidos; el “Humanismo Cristiano” dio lugar al movimiento cultural del Barroco (y sus variantes del manierismo, del churrigueresco y el rococó), representando el mundo de la opulencia.  En un movimiento, el clasicismo, lo sobrio, lo simple, lo sencillo, lo inherente a las clases empobrecidas; y en el otro, el barroco, lo exuberante, lo abigarrado, lo complejo, como lo propio a las clases enriquecidas y ostentosas como sólo lo podían ser en la representación de las monarquías de la época.

 

Si en alguna época de la historia de la Literatura y el arte se rompe con esa imagen unilineal de su desarrollo y esta aparece con toda evidencia como un ámbito de la expresión ideológica de la lucha de clases sociales, esa es, con toda claridad, precisamente esta época del Renacimiento y la Ilustración (ss.XV-XVIII); y lo será, en adelante, cada vez más con mayor énfasis, en el siguiente movimiento cultural dado ahora en el siglo XIX: el Romanticismo.

 

El Romanticismo no será un movimiento cultural único; en su seno se divide en dos grandes corrientes: a) el romanticismo realista, y b) el romanticismo naturalista.  El primero denominado así por mostrar con desgarradora pasión la agitada realidad vivida por el ser humano explotado y oprimido en el momento ya cimero del capitalismo; el segundo, en su nombre llevaba no sólo la atención hacia lo bello de la naturaleza susceptible de disfrutarse por el ocioso opresor y explotador de las masas, sino ideológicamente, en su expresión estética, hacia la idea de lo inamovible, de lo eterno, de lo fijo.  Y así como el romanticismo realista es heredero del clasicismo y neoclasicismo, el romanticismo naturalista es continuidad del barroco.

 

Sin embargo, hacia el último tercio del siglo XIX, advino uno de esos momentos históricos complejos como sólo lo pueden ser los momentos de transición de una época a otra.  El Humanismo del naciente orden capitalista en ese momento progresista frente al feudalismo medieval, entró poco a poco y cada vez más claramente en contradicción con el sistema económico-social que lo había engendrado, y cuando para mediados del siglo XIX surge la teoría del comunismo, el sistema capitalista había llegado al “comienzo de su fin”.  Y de ese capitalismo ya en proceso de descomposición, que vería las insurrecciones europeas de 1848-1849, y el levantamiento de la Comuna de París en 1871, hizo que el Romanticismo diera paso al movimiento cultural denominado como Modernismo.

 

Pero esas condiciones sociales fueron las que determinaron en ánimo de las clases sociales poderosas las características del Modernismo: en su esencia, la pesadumbre.  Y ese pesimismo era por un temor al futuro, que para la clase social en el poder, cada vez se veía más aterrador, y no infundadamente.  El siglo XX nace en medio de movimientos sociales revolucionarios, en México y en Rusia en 1905 principalmente, que sólo adelantaban lo que vendría respectivamente en 1910 y en 1917.

 


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