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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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11 enero 2011 2 11 /01 /enero /2011 00:05

Ex-Libris-3 

De los Elementos,

a los Estados de Espacio.

  Ensayo, 2010 (5/7).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica.

http://espacio-geografíco.over-blog.es/;

México, 24 ene 11.

 

El espacio como forma de existencia de la materia, hacia el último tercio del siglo XIX identificado con el vacío y éste con la “nada”, no obstante teniendo una condición objetiva dada precisamente por sus propiedades; esa “nada”, sin ser entendido como “un algo” sino a consecuencia de identificarse a su vez con una posición metafísica, se redujo entonces a la espacialidad, o al conjunto de propiedades espaciales de la materia.  Y así, la filosofía del materialismo dialéctico se encontró en una situación límite, en un caso extremo en el ápice de la investigación de punta; en lo más fundamental o básico de la investigación fundamental o básica; en el límite mismo de la investigación de frontera, confrontada a la antigua contrariedad ya planteada por el mismo Demócrito de la necesidad del vacío (como “un algo”) para el movimiento de los átomos (entendidos éstos aquí en su sentido etimológico).  Y la filosofía dialéctico materialista en la oficialidad de sus textos durante el régimen socialista, no dio un paso más; se quedó en esa contradicción dialéctica en la que el espacio no podía existir fuera o independientemente de los objetos materiales, sino como un postulado metafísico; pero en donde a la vez, reducirlo a un conjunto de propiedades dadas en un concepto, hacía del espacio un concepto si bien objetivo, meramente cómodo para entender la realidad dada exclusivamente por los objetos materiales.

 

En esos años setenta nos hicimos de lo que para entonces ya era un “viejo libro”[b] que contaba con más de una década de editado: El Problema de lo Finito y lo Infinito, 1959 en ruso, 1960 en español, de Serafín T. Meliujin, profesor de Filosofía en Leningrado.

 

De él rescatamos un planteamiento dialéctico esencial: “…el espacio y el tiempo no son únicamente el conjunto de un número incontable de puntos y momentos; poseen, además, continuidad, y eso hace posible el movimiento”[1].  De ello se desprende una idea dialéctica esencial que supera el materialismo mecanicista del movimiento como el desplazamiento mecánico: el objeto se mueve, no bajo la condición democritiana de vacío, sino porque se transforma, y ese movimiento es una condición natural de ser, de modo que no podría dejar de moverse.  Este planteamiento, aún cuando cierto, no anuló tampoco, no obstante, lo que Meliujin en 1959 consideraba una idea metafísica: el vacío.

 

Meliujin atribuye a la teoría del éter la virtud que salva del horror vacui, en este caso, más que por el vacío mismo, por la consideración de su condición metafísica, y nuevamente, a pesar de todo, dice el autor, esta teoría resultaba íntimamente contradictoria, dado que: “El éter debía ser, asimismo, absolutamente continuo…”[2]

 

Ese planteamiento de Meliujin, no es, a su vez, sino el fundamento dialéctico del continuum, parte del cual, finalmente, también lo sería el vacío como una forma compleja más; y al parecer la básica; de las formas de movimiento de la materia.  Si bien se ve, finalmente, las cosas se transforman, gracias al vacío, que, en una intuición hacia la física cuántica, ya teorizaba el mismo Newton cuando explicaba la posibilidad de la divisibilidad infinita de la estructura de la materia, en función del principio de que <<el espacio vacío, equivale al de todos los cuerpos por su magnitud>>, de donde, siguiendo consistentemente la idea, Meliujin mismo llega a la conclusión de que, en consecuencia: “La esencia final de la materia es el espacio absolutamente vacío…”[3].  Esta idea Newton la califica como “el sensorio de Dios”, y a nuestro parecer, desafortunadamente, Meliujin no separa el planteamiento científico de Newton de la jerarquía en la estructura de la materia, de su conclusión metafísica, y desechando una, desecha la otra.  Por esos elementos teológicos en el atomismo de Newton, Meliujin, finalmente, en 1959 anota: “En última instancia llegamos a partículas que es imposible de fisionar por medio de ninguna fuerza natural; únicamente puede hacerlo la fuerza divina”[4].  Y ese “imposible”, cincuenta años después, es muy relativo; pero aún llegásemos a un punto en que lo fuera, ello no sería más que una limitante instrumental y no de la realidad objetiva.

 

Luego de pasar por la revisión de la teoría del electromagnetismo, de ahí Meliujin planteará la contradicción esencial: “…si el campo es espacio, volvemos a la teoría de las acciones a distancia, a la admisión del vacío”[5].  Y no habiendo ninguna objeción a ello según la teoría del continuum, luego entonces, el vacío es.

 

Por lo demás, refuta acertadamente la idea energitista de que el campo es “energía pura en que la materia desaparece”, dejando en claro que la energía no es una sustancia, sino una propiedad de la materia en movimiento; y el campo, a su vez, una forma de movimiento de la materia.  Luego el vacío concreto y su abstracción como espacio, constituyen un campo (aun cuando, a continuación, Meliujin discute la teoría de la discretización del campo).

 



[b] Una curiosa referencia a este hecho, se desprende de un pasaje mismo del texto de Meliujin, cuando éste dice: “Hoy día, el límite del conocimiento científico en el espacio se extiende desde un orden de 10-14 cm, que caracteriza la extensión de las partículas elementales, hasta 1027 cm de distancia, que es alcanzada en las profundidades del Cosmos…” (Op. Cit. Editorial Grijalbo, México, 1960; p.12).  Diez años después, estas cifras referidas por Paul Davies, eran ya de 10-32, y 1041 respectivamente (es decir, el libro era ya “dos veces mas viejo”).  Diríamos con Engels, citado por el mismo Meliujin en este maravilloso juego dialéctico, que reexaminando esta teoría científica, no sólo volvemos a estos autores del pasado por lo que nos han dejado, sino porque ello nos “proporciona la escala necesaria para enjuiciar las teorías que ella misma enuncia” (Engels, en Dialéctica de la Naturaleza, citado por Meliujin, Op. Cit. p.14).  Y que hoy, cincuenta años después, volvemos a examinar.

[1] Meliujin, Serafín T; El Problema de lo Finito y lo Infinito; Grijalbo, México, 1960: p.24.

[2] Ibid. p.32.

[3] Ibid. p.33.

[4] Ibid. p.34.

[5]      Ibid. p.39.

 



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