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Monday 17 january 2011 1 17 /01 /Ene /2011 01:00

Ícono Filosofía 

Determinismo,

“Determinismo Geográfico”,

e Indeterminismo.  Artículo, 2011.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica.

http://espacio-geografico.over-blog.es/;

México, 17 ene 10.

 

Preámbulo.

 

En noviembre de 2010, un interesado lector, no propiamente en el campo de la Geografía peo relacionado a ello y razón por la cual insertamos el artículo en la sección de Filosofía, nos solicitó comentar este tema, que por carga de trabajo diferimos y prometimos entregar para estas fechas de mediados de enero de 2011.

 

Es un tema esencial de la disertación científica.  La ciencia es el conocimiento acerca de la verdad, y uno de los cinco criterios esenciales de la verdad, lo es, precisamente el determinismo, esto es, la causalidad.  Más aún, podemos decir que el principio de causalidad, sobre la base del principio de objetividad, dirige los restantes criterios: la lógica, la verificación en la práctica histórico social, y la predictibilidad.  El argumento en contra del principio de causalidad, del filósofo del idealismo empirista David Hume, en el siglo XVIII, se fundaba en el hecho de que ello era algo aparente dado por la costumbre; para lo cual, visto detenidamente, no tendríamos objeción, pues justo de es actividad empírica reiterada, es que finalmente se entiende y generaliza teóricamente que en un fenómeno, algo es causa y algo es efecto.  Más recientemente, hacia los años treinta del siglo XX, el físico cuántico Heisemberg, introdujo el principio de incertidumbre (por el cual no puede precisarse o conocerse con certeza simultáneamente, la posición, y movimiento de una partícula), principio, entonces, a su vez, del “indeterminismo”, que resulta como el fundamento de una actitud filosófica por la cual no se acepta la necesidad de la relación causa-efecto, dejándolo todo al arbitrio del azar y la casualidad.  Sin embargo, una cosa es, por dadas razones, el no poder conocer con certeza dos aspectos simultáneos de algo; y otra, muy distinta, el que en ello rija el azar, una cosa no se sigue necesariamente de la otra.  Esto es, incertidumbre e indeterminismo, no son idénticas; una es la negación de un conocimiento cierto, y la otra es la negación de la causalidad, si bien se afirma que esa incerteza deviene de la indeterminación.

 

La lucha de la ciencia por el determinismo costó muchas vidas y prisiones, constituyó la parte medular del pensamiento renacentista en su lucha contra el oscurantismo medieval en el que todo se sometía al insondable designio divino por el que todo estaba predestinado; y fue, en consecuencia, la esencia del trabajo de la ciencia de la naciente Época Moderna en la ilustración.  El determinismo es pues, uno de los fundamentos esenciales del método científico de la modernidad; y hasta hace no mucho, no más de veinte años, se obviaba el referir que ese método científico, era el de la modernidad.  De entonces a la fecha se hace necesario precisarlo, dado el surgimiento del llamado “posmodernismo”, en el cual se sustenta la idea de que ahora ha de regir lo que ellos llaman “el paradigma del método científico de la posmodernidad”, esencialmente indeterminista.

 

El determinismo, como principio de causalidad necesaria (sin que por ello, fundados en la dialéctica materialista, se niegue lo casual, pues un acto puede ocurrir accidental o casualmente, pero ello habrá quedado determinado, al fin, por ciertas causas), ha desempeñado un papel especial en ciertas ciencias, particularmente en el campo de lo social, hablándose así lo mismo de un “determinismo geográfico", que de un “determinismo económico”, o bien de un “determinismo social”.  Esto es, el énfasis en la ocurrencia causal necesaria, de ciertos fenómenos geográficos, económicos o sociales.  O, dicho de otra manera, el querer ver ahora, por ese énfasis, inversamente, la necesaria causalidad, ahí donde no la hay.  Brevemente, pues, pasaremos ahora a dar cuenta de cada una de esas categorías y sus relaciones.

 

 

Determinismo.

 

El determinismo se refiere al condicionamiento causal de todos los fenómenos; esto es, que no hay fenómeno, o efecto, sin causa.  Es en esa universalidad en donde radica la condición de necesidad; es decir, que no es posible que haya fenómeno o efecto sin causa.

 

En el siglo XVIII, el siglo de la Ilustración, dominaba el pensamiento filosófico materialista impregnado aún de las influencias aristotélicas por las cuales la causalidad se clasificaba en cinco tipos: 1) la causalidad material, referida a la naturaleza de las cosa; 2) la causalidad formal, o esencia de las cosas; 3) la causalidad eficiente, o fuerza o agente que produce el efecto; 4) la causalidad final, por la que el hecho respondía a un propósito; y 5) la causalidad primera, atribuida al designio de Dios.  Y, a la vez, ese pensamiento materialista estaba bajo las influencias del mecanicismo newtoniano y laplaceano, por el cual la causalidad universalmente necesaria, se absolutizó, se hizo exclusiva, descartándose con ello la posibilidad de lo casual; es decir, de hechos que podían ocurrir accidentalmente, si bien cada uno de los cuales tendría su propia causa.  La absolutización de la causalidad universalmente necesaria, ocurrió como consecuencia de justificar la aristotélica “causa final”, en donde parte de la esencia de un fenómeno, estaba en definir que nada ocurría de manera casual, sino por algo, por lo que se entendía más bien con ese sentido final, para algo.

 

Al superarse esa absolutización mecanicista y finalista ya con la dialéctica materialista luego de mediados del siglo XIX, la causa universalmente necesaria, dejó de contraponerse a la posibilidad del azar en la ocurrencia accidental de las cosas, cada una de las cuales se movería por sus propias causas, sin esa condición finalista fatal; y de ahí que a la ciencia moderna le caracterice, entonces, el ser determinista, bajo esas características: todo fenómeno tiene una causa, si bien las mismas, en sus efectos, pueden dar lugar a un acaecer accidental o casual.

 

 

“Determinismo Geográfico”.

 

El “determinismo geográfico”, pudiera parecer, a primera vista, como una categoría científica: <<en la ciencia de la Geografía, todo fenómeno responde a una causa>>.  Pero la Geografía, en tanto ciencia y de suyo causal, no necesitaría de tal énfasis.  Por lo tanto, dicho concepto no se refiere al principio de causalidad en general, sino a la posición filosófica por la cual, la causalidad se vuelve a absolutizar, en el caso de la relación causa-efecto particular de la sociedad y la naturaleza, de modo que la sociedad es lo que es, determinada por el medio natural.

 

En este concepto opera otro error: el llamado reduccionismo, por el cual, un fenómeno dado no se interpreta en el campo de sus propias leyes, sino por las leyes de otra ciencia; esto es, en donde el fenómeno biológico no se interpreta mediante la leyes de la ciencia de la biología, sino “reduciéndolo” a las leyes, por ejemplo, de la física; o de un fenómeno social que no se interpreta mediante las leyes económico-políticas, sino que se “reduce” y pretende explicarse, por ejemplo, mediante las leyes de la biología, o peor aún, de la misma física.

 

Dado el desconocimiento que se tenía en la antigüedad de las leyes de la sociedad, era común el que la sociedad se viera como parte de la naturaleza y sujeta a sus mismas determinaciones.  Ello explica un “determinismo geográfico” histórico, como el que pudiéramos encontrar en Hecateo o Estrabón; o el dado en Karl Ritter (1879-1859) en su trabajo, “Las Ciencias de la Tierra en Relación a la Naturaleza y la Historia de la Humanidad”, de 1817, desarrollando ya desde entonces las ideas organicistas del medio natural, en la explicación de las influencias del medio físico en la sociedad; bajo las sugestiones tardías del mecanicismo del siglo XVIII.

 

Pero ya en la segunda mitad del siglo XIX, aún con la misma teoría social y dialéctica hegeliana; y más aún con el surgimiento de la dialéctica materialista o marxismo; esa explicación de la sociedad como una determinación de la naturaleza ya no se justificaba, y se convirtió en algo totalmente acientífico.

 

Así surge, precisamente en ese momento histórico, el más notable de los “deterministas geográficos”: Friederich Ratzel (1844-1904), que en su Antropogeografía, de 1881, influido por esas ideas geográficas ritterianas y por la reciente teoría de la evolución de Darwin-Wallace que venía de 1858, omitiendo el conocimiento de las leyes de la sociedad ya ampliamente conocidas, tanto en la economía como en la política y en la problemática social general misma, no entendiendo las capacidades humanas y su independencia relativa del medio natural, pretendió explicar el fenómeno social como si explicara el condicionamiento natural absoluto de cualesquier otras especies animales a la naturaleza.  Y así como las distintas especies animales en el ámbito natural definen una territorialidad como condición necesaria de su sobrevivencia; así atribuyó Ratzel para la especie humana, en un grosero y absurdo reduccionismo ya para entonces, la necesidad del “espacio vital” enunciado antes por Karl Ritter, cuando incluso y apara los tiempos de éste se veía como algo acientífico que, por ejemplo, no compartió su directo contemporáneo Alejandro de Humboldt.  Más aún, sintetizando a la especie humana en la noción de Estado, como Ritter, veía en los distintos Estados nacionales a organismos vivos que en el proceso evolutivo de la selección natural, competían por ese “espacio vital” luchando entre sí.  No es de extrañar, entonces, que tales ideas acientíficas hayan sido el posterior fundamento del nazismo.

 

 

Indeterminismo.

 

De todo lo antes visto, resulta así que, entonces, el indeterminismo es la posición contraria a la ciencia, por lo menos, de la ciencia en el método científico de la modernidad ilustrada; pasando a ser, en consecuencia, el fundamento del “método científico de la posmodernidad”, que no casualmente nos devuelve a las nociones medievales de la predestinación.

 

En el indeterminismo, las cosas ocurren, o en el azar absoluto, y entonces el mundo es el caos total en el que no hay ningún orden; o bajo la predestinación divina en un orden insondable.  En todo lo cual, la mente humana, para entenderlo, para vivir en él, sólo hace esfuerzos para ver un orden aparente que proyecta sobre dicho mundo de una masa informe e indiferenciada.

 

La ya milenaria práctica histórico-social del conocimiento científico, demuestra que el mundo no es así, sino que por lo contrario, en él, objetivamente, hay orden, armonía, simetría, leyes acerca de sus regularidades fundamentales; con todo lo cual obtenemos un conocimiento de certidumbre y nos es posible predecir, dadas condiciones semejantes, los acontecimientos; y todo ello, fundado en la universal y necesaria relación determinista de causa-efecto.

 

Es por ello que el indeterminismo es una actitud filosófico-ideológica alentada por fuerzas conservadoras siempre temerosas del avance científico y del progreso social, que, en medio de la alienación, hace tender a la sociedad a lo contrario de la Ilustración: al oscurantismo.

 

Mientras que Francis Bacon en su Novum Organon, como René Descartes en su Recurso del Método, establecieron el principio ilustrado del método científico de la ciencia de la modernidad: <<Avanzar a la luz del conocimiento y en la certidumbre de sus leyes>>; hoy en día, uno de los principales autores defensores del indeterminismo, el “posmodernista” Edgar Morin, en su trabajo, Educar en la Era Planetaria, establece el principio oscurantista del método científico de la ciencia de la posmodernidad: “Aprender a caminar en la oscuridad y en la incerteza”[1].

 

Es, sin duda, un problema ideológico de lucha de clases, que cuanto más aguda, es reflejo de la misma agudeza de esa lucha social inmersa en un momento de grandes cambios obligados, precisamente, por una revolución científico-técnica, que determina el progreso social.

 

 

Conclusión.

 

La lucha ideológica entre el determinismo e indeterminismo, no es sino una expresión de la lucha ideológica más general entre las filosofías materialista e idealista, y, por lo tanto, de una lucha entre las interpretaciones del mundo, por una parte científica o, por otra parte, en última instancia, teológico-religiosa y metafísica, en correspondencia con los intereses históricos de las clases sociales en pugna.

 

En la marxología del siglo XX, abandonando la idea de la causalidad necesaria absoluta, se aceptó la relativización de la misma; es decir, que ésta, si bien universal, no tenía la condición de absoluta y necesaria.  Esa posición expuesta por los académicos del Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS, nos parece no corresponder a la dialéctica, en la que, a semejanza de lo que ocurre con la verdad, es posible su condición de necesidad absoluta, sin que, al mismo tiempo, dado otro sistema de referencia, pueda tener, por ello, un carácter relativo; incluso, independientemente de lo accidental y del juego de las casualidades.

 



[1] Morin, Edgar; Educar en la Era Planetaria; Editorial Gedisa; Barcelona, 2002; pp.67-68.



Por Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - Publicado en: Filosofía
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