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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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4 enero 2010 1 04 /01 /enero /2010 09:02

Clich--Literatura

El Comité de Huelga de la “Prevo 5” del IPN,
en el Movimiento Estudiantil-Popular de 1968. 
Antecedentes

Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/: 
México, octubre, 2008.

 

 

Antecedentes

 

Hace 40 años..., hoy tengo 57, es tiempo ya de escribir.  ...El 68...  Diez años atrás, justo entre 1956 y 1961, en fechas muy personales para mí, sobre todo la última, tuvieron lugar los acontecimientos de la toma del internado del Politécnico por el ejército, como del movimiento obrero sindical, que se iniciaron con las luchas sindicales de telegrafistas, telefonistas, tranviarios, y electricistas; siguiéndoles luego las significativas luchas de maestros, con Othón Salazar, entre otros; de petroleros, con los “Chimales”, Isamel, Miguel e Ignacio Hernández Alcalá, aquellos mis tíos, y este último mi padre; y de los ferrocarrileros, con Demetrio Vallejo, entre otros como Valentín Campa.  Entonces yo andaba, en el margen de esas luchas, entre los seis y once años de edad.  De hecho, cuando el movimiento magisterial se inicia el 3 de julio de 1956, yo aun tenía cinco años de edad; cuando mi padre finalmente sale de prisión en 1961 –detenido por un comando militar que asalta nuestra casa en la madrugada destruyendo puertas– en la represión generalizada del Estado el 28 de marzo de 1959 en que se encarceló a unas cinco mil personas, y entre ellos a dirigentes sindicales, estudiantiles, intelectuales y artistas; yo tenía diez años de edad.

 

Entre el momento del 7 de julio de 1958 en que tácticamente se inicia el movimiento petrolero; pero que semanas antes del día de las elecciones presidenciales del 6 de julio ya había comenzado con reuniones selectivas de sus representantes en el patio de mi casa (para los que yo andaba trayendo las cervezas desde la tienda en un ir y venir interminable con la molestia de mi madre), y en otros momentos las reuniones de su dirección en el comedor hasta altas horas de la noche exclusivamente entre los Chimales; y el momento de la represión fascista generalizada del 28 de marzo de 1959 a todo el movimiento democrático nacional, yo tenía, en consecuencia, apenas entre 7 y 8 años de edad.

 

A mis siete años de edad, estaba yo, alejado, entre los trabajadores que en la explanada escuchaban a mi padre hablar desde la azotea del recinto sindical de la Sección 35 del Sindicato Petrolero, correspondiente a la Refinería de Atzcapotzalco, ubicada en la colonia Clavería; donde apenas a una calle estaba nuestra casa; antes de que se desencadenara la violenta trifulca por la toma de la sede.  Uno de mis primos, Luis, hijo de Miguel, tendría unos 18 años de edad, era el único responsable de portar un arma para un caso extremo y otro de ellos, José, de un poco de más edad; hijo de José María, el hermano mayor del que se origina el pseudónimo de “Chimales” por deformación de “Chema”, pero identificado simbólicamente por los trabajadores con el nombre náhautl de “Escudo”, en tanto defensores de éstos; fue el responsable de salir discretamente del recinto cargado de todas las armas, hasta casi hacerlo arrastrar debido al peso, bajo una gabardina, antes de que llegaran las tropas del ejército.

 

Y como fue, al poco tiempo arribaron las fuerzas militares; yo ya estaba en mi casa, y desde ahí, pude ver la operación de desalojo de los trabajadores de la zona: el ejército formó vallas, y condujo el desfogue de los trabajadores por distintas calles que radiaban desde el local sindical.

 

Y todos estos datos, puntualmente, serán fundamentales para poder entender, desde mi narrativa, tanto el Movimiento Estudiantil-Popular de 1968, como mi participación, a mis 17 años de edad, en él.

 

En 1962, allí, en la colonia Clavería, salíamos a jugar en la calle, primero de terracería, y hacía poco recién asfaltada, por las mañanas, al “tacón”, al “trompo”, al “burro castigado”, o al béisbol, o futbol soccer o americano; y por las tardes y al anochecer nos dedicábamos a tronar chinampinas detonadas por un clavo en la punta de un cohete de plástico, que dejaba ver en su parte media un astronauta; juguete de moda al iniciarse la llamada “carrera espacial”; o al ejercicio depredador, ya de atrapar luciérnagas, o abejorros encandilados en la pálida luz de los faroles de la esquina.  Pero ese año, patear el balón, meter un gol, o amenazar al equipo contrario, implicaba el calificativo de “estallarle una bomba atómica”, de “desaparecerlos del mapa”, como aparentemente se rumoraba que estaba a punto de ocurrir con Cuba en el conflicto de los misiles en la segunda mitad de octubre de este año.  Escuchaba mucho en las noticias por la radio sobre ciertos acontecimientos en Cuba y un tal Fidel Castro, o un tal Ben-Bella de algún lugar aun más extraño.

 

Una mañana de 1963, asoleándonos previo a organizarnos para jugar un partido de futbol, alguien salía finalmente de su casa para jugar, y nos enteramos del asesinato del presidente Kennedy de los Estados Unidos; ya teníamos televisión, aquellas de ruidosas perillas al cambio de no más de tres únicos canales que por entonces existían, de bulbos y en blanco y negro, y algo vimos sobre sus funerales.  Y así discurría todo, pasaban cosas cuya magnitud no comprendíamos, y para más, muy lejos en el planeta.

 

En 1964 estaba por egresar de la escuela primaria.  Debía haberlo hecho al finalizar 1962, pero en 1958 (año en que se detiene a Othón Salazar, dirigente del Movimiento Revolucionario del Magisterio, y los Chimales inician el movimiento democrático petrolero por sus propias demandas, pero con muestras de explícita solidaridad con el movimiento democratizador magisterial), reprobé el Segundo Grado escolar: nunca entendí por qué, y tuvieron que transcurrir más de treinta años para que, reflexionando sobre aquello al preparar unos documentos políticos en los cuales narraba los antecedentes históricos del movimiento obrero de los años cincuenta, conectara el hecho de que aquel profesor de mi Segundo Grado escolar, quizá debía pertenecer a la agrupación magisterial oficialista antidemocrática y, por supuesto, sabía de quien era yo hijo.  Pero luego, en 1963, reprobé también el Sexto Grado, aun cuando ya no sé si por las mismas razones, o de plano por “burro”*.

 

Hasta entonces había estado en una escuela particular, pero al repetir el Sexto Grado, me cambiaron a una escuela primaria pública.  Ese cambio fue enormemente importante: en esa escuela había el maloso de siempre que imponía su ley a todos, llego como nuevo, sin conocerlo, sin saber siquiera que tal sujeto pudiera existir, y lo enfrento ante su primer agresión hacia mí; nos dimos de golpes, fuimos a parar castigados a la Dirección, pero, impensadamente, me convertí en el líder de todos los que habían estado bajo su férula.  De ahí en adelante nunca pararon los pleitos, incluso en pandilla.  Luego nos hicimos amigos poco antes de egresar tras el último agarrón.  Muchos años después (unos 20 años después, hacia 1986) lo volví a encontrar como obrero en la Refinería de Atzcapotzalco en donde el Departamento de Embarques y Reparto pertenecía a la Sección 34, cuando hacíamos campaña electoral sindical formando yo parte de la planilla de oposición en representación en alguna cartera, de los trabajadores Técnicos y Profesionistas de dicha Sección del Sindicato Petrolero (STPRM).

 

Estando aun en la escuela primaria particular, un compañero me había mostrado un pequeño libro: el Manual del Scout, y sus dibujos y contenido me embelesó; había allí muchas cosas interesantes que aprender.  Me invitó a su grupo, pero el día que nos quedamos de ver en la escuela no llegó.  Integrarme al movimiento “Scout de México” tuvo que esperar otro momento, pero finalmente ocurrió, y en este año de 1964 me hice “niño explorador” en la Tropa del Grupo Nº 52, en la Patrulla “Águilas”.  Esa fue otra experiencia muy importante: el valor de la organización, el cultivo del trabajo colectivo, el sacrificio por los demás; lo que particularmente ocurría en esa patrulla eminentemente proletaria.

 

Para el año 1965 ya estaba yo en el Primer Grado de Secundaria.  No de cualquier Secundaria, no de una Secundaria común de la Secretaría de Educación Pública; sino en el nivel de secundaria en la Escuela Técnica Prevocacional Nº 5, del Instituto Politécnico Nacional (la “Prevo 5”).  Quise entrar a la Prevocacional por influencia de mis amigos vecinos que estudiaban en la “Prevo 3”.  Fui entonces con mi padre al Casco de Santo Tomás, sin darme cuenta que a donde llegaba era a la “Prevo 5” y no a la 3, que estaba en el Plan Sexenal.  Quedé ahí inscrito, luego me di cuenta que no estaría en donde mis amigos vecinos, pero no le di importancia, no lo lamenté, al final lo consideré mejor.  Ese mismo año se inauguró el nuevo edificio para la Prevocacional Nº 5 en Av. de las Granjas.

 

Un hecho interesante es que ahí no era yo el único desfasado en edad, muchos, por una u otra razón, estaban en mi edad: todos éramos hijos de obreros, con los mismos problemas, con la misma visión del mundo; ese era mi lugar exacto.

 

En ese año elaboré un logotipo que hacía alusión a la investigación del espacio cósmico mediante los lanzamientos de cohetes.  Era producto de esos sueños de niño aun a mis 14 años de edad, en que, acorde con mi momento histórico científico-técnico, aspiraba a ser Ingeniero en Aeronáutica.

 

Ese logotipo se lo enseñé a mis dos mejores amigos esperando su reacción sin saber yo mismo por qué o para qué; todo ello era por pura intuición, no estaba consciente de lo que hacía; sólo el tiempo me lo explicó a mí mismo.  Su reacción fue, en uno, de indiferencia (finalmente el se hizo algo así como Ing. en Máquinas Herramientas), y en el otro despectiva: “estás loco, nada más te la pasas inventando cosas” (a este le perdí la pista, pienso que volvió a su tierra, era de Jalisco).  Lo que luego entendí que había yo hecho, así, espontánea, intuitivamente, había sido, al igual que a mí me había ocurrido con el Manual Scout, tratar de propiciar el interés por algo en una idea común por trabajo en común, por algo que nos identificara; en otras palabras, organizarnos y trabajar por algo que compartir como un mismo sueño; una especie de “Club Científico”.  No prosperó, pero así operaba mi sentido de organización y dirección de un trabajo colectivo en su forma primaria.

 

Simultáneamente, la guerra en Vietnam empezaba a estar en el centro de las noticias, lo mismo que las diferencias Sino-Soviéticas.  Pero ello empezaba a dejar de ser información extraña de lugares exóticos.  Las materias de Geografía e Historia estaban operando en nuestra mente haciendo conciencia político-social.

 

Y en ese rápido proceso de conciencia político-social, se iba haciendo la necesidad de la toma de posición.  La historia de México no la podíamos ver sino como la ineludible lucha entre liberales y conservadores.  Frente a los conservadores, como tales, la parte revolucionaria y progresista, por definición, era la de los liberales.  Pero la historia nos enseñaba que los liberales ilustrados de fines del siglo XVIII, ya no eran lo liberales de la Guerra de Independencia; y que estos no eran tampoco los mismos que los liberales de la Reforma.  Más aun, que los liberales de la mitad del siglo XIX, ya no eran los mismos que los liberales de fines del mismo siglo.

 

Los liberales del fines del siglo XIX, e incluso principios del siglo XX en México, eran ahora, a nuestro entender, los fundadores del Partido Liberal Mexicano: los anarquistas.  En nuestra conciencia, pues, para ser uno mismo de pensamiento avanzado y progresista, había que ser liberal, y entre éstos, en su última forma, seguidores de los hermanos Flores Magón, de Librado Rivera, de Anselmo L. Figueroa, de Praxédis Guerrero, de Manuel Soto y Gama.  Aquí había pensadores avanzados, humanistas; bastaba leer cualquier artículo de Ricardo Flores Magón.

 

Empezamos a buscar información de ellos y sobre ellos.  En el cetro de la ciudad, frente al costado izquierdo de la Catedral, establecida en un viejo edificio colonial asentado sobre el hoy rescatado Templo Mayor, estaba la “Librería Navarro”, una librería “de viejo”; en realidad, más que libros viejos, eran libros para lectores especializados y bibliografía “proscrita”.  A la vista había algunas obras de Marx o Lenin muy conocidas y hasta en ediciones comerciales, pero si se pedía algo en particular, desconocido en las editoriales comunes, entonces se quitaba la línea de libros de enfrente, a la vista, y atrás, discretamente ocultos, en “Ediciones del Frente Cultural”, podía estar lo que se buscaba.  En libros más comprometedores o especializados, había que sacarlos y traerlos de la parte de atrás de la librería.  Así, un día preguntamos por algo acerca de los Flores Magón; “¡Ah, <<Los Precursores>>”! dijo el, para mi, casi anciano librero; y mandó traer una vieja caja de cartón toda empolvada; en verdad, ello podría haber sido el polvo acumulado de unos 40 años; atada con mecates, una vez desamarrados, dejaron ver su contenido: un gigantesco y verdadero tesoro; eran ediciones originales publicadas en los años veinte en rústica, por el <<Grupo Cultural “Ricardo Flores Magón”>>; sus artículos, sus discursos, su epistolario.  Compramos lo que pudimos.

 

A nuestro entender en ese momento, no necesitábamos de “ideologías extranjeras”, no teníamos por qué recurrir a un tal Karl Marx y su “exótica” teoría del comunismo; podíamos y debíamos reivindicar lo propio.

 

En algún día de 1966, no tuvimos ya reservas en declararnos parte de la mejor expresión del liberalismo mexicano, y a nuestro entender, como anarquista.  Y conforme más leíamos, de algún modo, más entendíamos el valor de la teoría socialista, e igual que Ricardo Flores Magón a la luz de la práctica histórico-social, no tuvimos más remedio que conceder mediando las posiciones, declarándonos poco después, anarco-comunistas.

 

Pero para entonces nos dedicamos más a jugar básquetbol y a buscar un grupo de identidad en la propia escuela.  Nos relacionamos con algunos estudiantes que se reunían a tocar la guitarra, y aprendí a tocar tal instrumento musical.  El pequeño grupito creció, se cohesionó y adquirió identidad: formamos un grupo al que denominamos, “Organización Cultural de Estudiantes Técnicos” (OCET); e intentamos incluso montar obras de teatro en las que yo, ubicado entre las butacas a manera dela apreciación que tendría el público, la hacía de “asesor”, pero, por supuesto, reprobé varias materias, en particular Álgebra, que fui arrastrando a lo largo de mi Tercer Grado durante 1967, sin poder aprobarla por más exámenes a título de suficiencia que sustentaba.

 

Debí egresar de la “Prevo” en 1967, pero no sólo aun arrastraba Álgebra, sino casi había reprobado todos los cursos del Tercer Grado.  El básquetbol, el futbol americano, la OCET, y una verdadera dificultad para entender Álgebra que había matado toda ilusión de ser Ing, en Aeronáutica (para fortuna de los futuros aeronautas); y entre el que me fui de mi casa por una semana yendo a parar hasta Chihuahua, y que a mi regreso empecé a trabajar, y mis padres se separaron; todo ello me sacó del salón de clases.

 

El año 1967 nos deparaba un nuevo cambio trascendental.  Desde que entré a la “Prevo”, adquirí el gusto por echarme a caminar por la ciudad sin rumbo ni destino, conociendo sus recovecos.  Al mismo tiempo, entré a trabajar como mensajero en una oficina de Petróleos Mexicanos, y hacía un recorrido diario caminando y entregando correspondencia desde oficinas en la Torre Latinoamericana, hasta oficinas en el cruce de Reforma e Insurgentes, y de vuelta a las oficinas de PEMEX en la calle de Humboldt.

 

Entendíamos ya plenamente el valor de la militancia partidaria, y buscamos, a esos 16 años de edad, ingresar al Frente Anarquista Mexicano (FAM), de cuya dirección en Av Juárez frente a la Alameda, nos enteramos por una publicación que llegó a nuestras manos.

 

Sin embargo, una visión bastante ingenua de la militancia partidaria, hasta la hilaridad, pero que al mismo tiempo llevaba en ello su virtud, impidió que diéramos tal paso.  Asociábamos la militancia partidaria a la forma de vida de las mafias gangsteriles**, en el sentido de que, una vez ingresando en ello, no había vuelta a atrás.  La parte virtuosa estaba en la noción intuitiva, si bien deformada, de lealtad, de disciplina partidaria, del centralismo democrático y del sacrificio por la causa.  Un día nos encaminamos a las oficinas del Frente Anarquista Mexicano; en la acera de enfrente, en la Alameda, nos detuvimos a pensarlo una vez más, resolviendo finalmente que aun no tenía edad o la experiencia, para resolver correctamente.

 

Creo que fue en ese año 1967 (si no es que quizá desde 1966) en una de esas correrías por la ciudad, no recuerdo cómo es que pude haber pasado por la calle de Río Lerma, pero, al paso, vi una pequeña librería, y forzosamente tuvimos que entrar, pero para empezar a conocer de lleno otro mundo: era la librería del Instituto de Relaciones Culturales México-URSS, y de ello no nos dimos cuenta sino hasta después.

 

Como anarquista o anarcocomunista, el principal ejemplo era Miguel Bakunin; y un pequeño ejemplar en tamaño esquela de apenas 24 páginas titulado Los Bakuninistas en Acción, atrajo inmediatamente nuestra atención.  Qué importaba que en una tipografía ocho veces mayor y por encima del título, estuviera escrito el nombre de “Engels”; quién era el tal Engels; quién era ese personaje del siglo XIX que allí mismo en su fotografía abarcando un poco más de la mitad de la plana, aparecía en la portada***.  Lo verdaderamente importante era el informe que este autor, quien fuera, daba sobre la “Memoria sobre el levantamiento en España en el verano de 1873”.

 

Cuarenta años después, con motivo de esta redacción, volvimos a hojear el folleto.  Carece de apostillas, pero casi todas las páginas tienen un subrayado, que, de los principales, ahora daremos cuenta en tanto nos dieron la esencia de nuestra formación político-ideológica.

 

Engels hace una breve introducción explicando que a partir de la abdicación de del rey Amadeo, a principios de 1873 en España, se proclamaba la República.  La facción de los “intransigentes” propugnaban por la formación de “cantones independientes”, que al no reconocerse en la nueva Constitución, provocaron una insurrección, la que Engels califica de ignominiosa, y en la cual, dice él: “lo único que nos interesa son las hazañas todavía más ignominiosas de los anarquistas bakuninianos...”[1].  Era pues, un ensayo crítico de un tal Engels (al parecer un “republicano muy reaccionario”, un “reformista”), al bakuninismo.

 

Un primer subrayado es bajo el siguiente texto: “Veamos –dice Engels– cómo llevan a los hechos sus frases ultrarrevolucionarias sobre la anarquía y la autonomía, sobre la abolición de toda autoridad, especialmente la del Estado, sobre la emancipación inmediata y completa de los obreros”[2].  Esto es, por oposición, aprendía que para los socialistas, no era posible la abolición del Estado, y luego entendía que para ellos, el Estado se habría de extinguir en un largo proceso histórico-social, precisamente bajo el régimen socialista.  Luego, líneas más abajo, dice Engels: “España es un país muy atrasado industrialmente y, por lo tanto, no puede hablarse aún de una emancipación inmediata y completa de la clase obrera.  Antes de esto, España tiene que pasar por varias etapas previas de desarrollo y quitar de en medio toda una serie de obstáculos”[3], donde la República brindaba esa ocasión, que “sólo podía aprovecharse mediante la intervención política activa de la clase obrera española[4]; y aquí aprendía que el movimiento social es un fenómeno histórico, un proceso determinado económico-políticamente y dirigido por lo determinado económico-políticamente como el sector de clase más avanzado, y no un asunto de la acción de unos cuantos osados llenos de buenas voluntades; todo ello sonaba más cuerdo, más racional, más objetivo.  Y con la propuesta de los “cantones independientes”, dice Engels, “en vez de abolir el Estado lo que hicieron fue intentar erigir una serie de pequeños Estados nuevos[5]; y fue este, quizá por la contradicción evidente de los anarquistas, el argumento en ese momento más impactante; y Engels concluía: “En una palabra, los bakuninistas españoles nos han dado un ejemplo insuperable de cómo no debe hacerse una revolución[6].

 

Y lo poco que románticamente quedaba de aquel anarquismo luego mediado en anarcocomunismo, finalmente quedó transformado simplemente en comunismo.  Entendimos que el pensamiento liberal más avanzado, el que superaba el liberalismo de los anarquistas precursores de la Revolución Mexicana de 1910-1917, el liberalismo contemporáneo, se expresaba en el comunismo; que sobre el principio del internacionalismo proletario, del proletariado de un mundo sin fronteras ni nacionalismos “chouvinistas”, el comunismo dejaba de ser teoría extraña, para ser propia, viniera de donde viniese.  Y a partir de ahí, para no declinar nunca, nos declaramos e hicimos comunistas.

 

Lo siguiente, a lo largo de ese año y en adelante, fue una incesante lectura de documentos tales como Problemas Fundamentales de Materialismo Dialéctico e Histórico, de Guerásimov; o Problemas Fundamentales de Materialismo Dialéctico e Histórico, de Kursánov; el Manual de Economía Política, de la Academia de Ciencias de la URSS; en lo fundamental, entre muchos otros materiales más directamente de la pluma de Marx, de Engel, o de Lenin, mucho de los cuales leíamos en libros sueltos o en sus Obras Escogidas, sin entender gran cosa, apenas asimilables tras varias lecturas y como resultado de ir conectando conocimientos, pero haciéndonos de un lenguaje, de conceptos, de una manera más integralmente coherente y científica de ver el mundo.

 

Creo que ese año 1967 fue de elecciones de la Sociedad de Alumnos del la Escuela (si no es que fue un año antes).  Era un hecho que, a imagen y semejanza de lo que ocurría con el priismo, la planilla “Guinda y Blanco” fuese la ganadora de las elecciones (o lo que eso fuera).  Los miembros de esa planilla, como lo eran los “patiños” de la planilla “Blanca” que hacían de oposición, eran, todos, miembros de la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos, que democrática y progresista en los años cincuenta, hoy era ya la inefable “FNET”: el Partido Revolucionario Institucional (el PRI), en sus juventudes, inserto y mediatizando del sector estudiantil en el Politécnico.

 

Pero en esa ocasión vi un color más: la Planilla “Azul”, era la oposición real, aun cuando yo no lo sabía; a todos los hacía “fenetos” en esa parodia electoral; pero de hecho, aquellos compañeros eran los próximos integrantes del Comité de Lucha de la “Prevo 5” en el Movimiento Estudiantil.  Pero ni el color les favorecía, ni personalmente me eran conocidos, pero tampoco parecían haber condiciones reales como para que ellos ganaran, fuesen “fenetos” o no; la lucha en ellos se reducía al intento democratizador y eso era ya un avance, aun cuando socialmente en la comunidad escolar no trascendiera.  Y, en lo dicho, volvió a ganar el priismo, la Planilla “Guinda y Blanco”; por lo demás, con la que los dirigentes de la OCET, en donde yo aun participaba, guardaban buenas relaciones de conveniencia para favorecer los proyectos culturales del grupo (y se conseguía hojas, cartulinas, marcadores, autorizaciones para el uso del auditorio, de hecho incluso, como sede de la OCET, etc); pero bien que reservadamente se criticaba todo ese control corporativista.

 

Así se fue ese año, empezó 1968, y repetía yo el Tercer Grado, adeudando aun Álgebra del Segundo Grado.  Sería febrero, cuando me parece que por esas fechas empezaban los cursos, entonces anuales, cuando ya desde ese momento los profesores nos alertaban contra provocaciones que se venían dando, primero, decían ellos, “por una pelota ovalada”, en alusión a que se fomentaban los pleitos entre estudiantes del politécnico y universitarios como consecuencia de los partidos de futbol americano; luego azuzando altercados entre estudiantes de la Vocacional 4 y la Preparatoria 4, ambas por el rumbo de Tacubaya.  Así se fueron los meses del primer semestre de 1968, las provocaciones dadas por razones desconocidas, no prendían.

 

Hasta que se inventó el pleito de los “estudiantes” de la escuela preparatoria particular “Isaac Ochoterena”, con estudiantes de las vocacionales 2 y 5.  Elementalmente, quien conozca a los modositos estudiantes de las escuelas privadas, por la manera de ser de las escuelas privadas, por muy del arrabal que alguna de estas pudiera ser, sus estudiantes no son ya no se diga de pleitos, sino ni siquiera de ir a “echar la cáscara o el tochito” “como vagos” a la Ciudadela****; y bien se denunció desde el primer momento***** la provocación ya franca y abierta mediante jóvenes pandilleros disfrazados con el uniforme de la escuela Ochoterena.

 

No se caía en ningún embuste provocador; provocaciones que, a nuestro entender, por hipótesis más probable acerca de sus causas, está en la rivalidad política en la lucha por la candidatura del Partido Revolucionario Institucional (PRI), a la Presidencia de la República, en donde los principales candidatos eran precisamente, tanto el Secretario de Gobernación, entonces Luis Echeverría Álvarez (a nuestro juicio el más probable por una cierta tradición de que el candidato emergiera de esa Secretaría), y el Regente de la Ciudad de México, entonces Alfonso Corona del Rosal; tratando de comprometerse alguno al otro en la responsabilidad de las agresiones y así desprestigiarlo como candidato******; y entonces tuvo que ser la policía directamente la que se encargara de encender la chispa, al penetrar en la Vocacional 5 golpeando lo mismo a estudiantes que a profesores sin distinción de edad o de masculinidad o feminidad.  Hubieron heridos y detenidos, y la manifestación de protesta se hizo obligada.

 



* En realidad, por la edad que tenía en aquellos años de 1958 a 1961, y aun a mis 12 años de edad, nunca pude entender del todo el fondo político como causa de la detención de mi padre, y eso debió afectarme en mi rendimiento escolar.

** Después de todo, bien vistas las cosas no sin cierto sarcasmo e ironía, viendo aquello en lo que acabaron los partidos políticos absolutamente desideologizados y con intereses puramente económicos particulares, quizá no estaba tan errado.

*** Lo dicho pretende un cierto sarcasmo, en realidad teníamos del socialismo y sus autores ya una básica idea, mi padre había formado una pequeña biblioteca con bastantes libros de teoría marxista e incluso algo me platicaba al respecto con la confusión de ese asunto de la identidad entre la dictadura del proletariado y la democracia socialista; pero yo mantenía una posición de indiferencia a ello, más que por una disertación teórica, tratando de rescatar lo propio de nuestra historia.

[1] Engels, Friederich; Los Bakuninistas en Acción; Editorial Progreso, Moscú, 1966; p.4.

[2]       Ibid. p.4 (subrayado nuestro).

[3]       Ibid. pp.4-5 (subrayado nuestro).

[4]       Ibid. p.5 (subrayado nuestro).

[5]       Ibid. p.21 (subrayado nuestro).

[6]       Ibid. p.22 (subrayado nuestro).

**** Hasta donde sabemos, nunca hubo declaraciones de los directivos de tal escuela privada, ni mucho menos de sus estudiantes.

***** Al respecto, véase: Ramírez, Ramón; El Movimiento Estudiantil de México, Julio-Diciembre de 1968; Editorial Era, Tomo I; México, 1969; p.147.

****** Y no es lugar aquí para hacer algún análisis al respecto de la veracidad de la hipótesis en uno u otro sentido.  Otra hipótesis posible que en lo particular nos hemos hecho, es la de una deliberada intención de provocar una “fuga” de inquietudes estudiantiles, resolver, y dejar libre el camino para la celebración de los Juegos Olímpicos.


 

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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Literatura
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