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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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4 enero 2010 1 04 /01 /enero /2010 09:06

Clich--Literatura

El Comité de Huelga de la "Prevo 5" del IPN,
en el Movimiento Estudiantil-Popular de 1968.
Miércoles 2 de Octubre de 1968. 
Luis Ignacio Hernández Iriberri
http://espacio-geografico.over-blog.es/;
México, 28 enero 10.
 

El miércoles 2 de octubre de 1968.

 

Al tratar de rescatar la vida del Comité de Lucha de la “Prevo 5” durante el Movimiento Estudiantil-Popular de 1968, recogiendo sólo la memoria de su propia experiencia desde nuestro punto de vista (una manera de hacer este ejercicio), en este punto de vista nuestro falta el accionar en el que yo me vea vinculado al mismo, principalmente, a partir de mediados de agosto; de hecho desde la marcha del 13 de agosto en que se ganó el Zócalo, hasta el mismo 2 de octubre; un lapso de unos 50 días; y de ahí el salto que ahora damos en este apartado.

 

Pero el miércoles 2 de octubre va más allá de toda consideración de una experiencia personal; de algún modo hay, y no puede dejar de haber en ese acontecimiento, hilos que nos vinculan en el accionar de todo el Comité en su conjunto.

 

Ese día en aquella concentración, ninguno de los del Comité caímos ahí, pero lo cierto es que sólo yo fui detenido, y no lo pude haber evitado, pues me ubiqué en la tercer terraza del Edificio Chihuahua, que se convirtió en una trampa (soy el que está sentado en el barandal con los pies de fuera, pegado a la primera columna de derecha a izquierda).

 

A las 15:30 h salimos de nuestro trabajo, unas oficinas de Petróleos Mexicanos en la calle de Humboldt.  Nos encaminamos a la Plaza de Tlalteloco valorando qué hacer con las escasas monedas que traíamos en la bolsa: si comernos una torta y tomarnos un refresco (que nos consumiría unos siete pesos sobrándonos para nuestro pasaje de regreso a casa), o si adquirir la revista Sucesos (otros seis o siete pesos), aguantándonos el hambre y la sed, que en ese día publicaba el último número de la biografía de Ernesto Guevara, “el Ché”, del cual el 7 de octubre se cumpliría el primer aniversario de su muerte en Bolivia.

 

En teoría optamos por lo primero, pero al llegar al puesto de periódicos en la esquina y ver la revista, sacar el dinero y comprarla fue automático.

 

Nos fuimos caminando hasta Tlaltelolco.  Llegamos a la Plaza de las Tres Culturas muy temprano; nos fuimos a sentar por ahí pretendiendo leer la revista, pero con hambre y bajo el Sol, nos empezamos a adormilar; y viendo a los compañeros colocar las bocinas para el acto, se me ocurrió ir a ver qué podía hacer por ayudarlos.

 

La primera terraza del Edificio Chihuahua, que servía de tribuna, está en el tercer piso del edificio.  Llegué al elevador, entré, y automáticamente oprimí el número 3; pero sin darme cuenta que esos elevadores no desembocan a cada piso, sino a cada terraza, y que por lo tanto a donde saldría sería a la tercer terraza y no al tercer piso o primer terraza [a].  Pero salir a ella y admirarme del paisaje que de ahí se contemplaba hacia el poniente de la Ciudad de México (en una ciudad de un aire aun transparente), me retuvo, decidiendo permanecer ahí.  Cuando miré hacia la Plaza, ésta ya bullía de gente; y de la contemplación del paisaje natural, pasamos a la participación del movimiento social.

 

Empezó la asamblea (para nuestro propósito, no entraremos mucho en detalles, por lo demás ampliamente relatados; pero se hace inevitable la narrativa de esa experiencia personal); en un momento dado cayeron entre la parte trasera de iglesia y el Edificio Chihuahua, primero una bengala blanca, instantes después una verde y luego una roja.  Desde la posición en donde estaba, claramente vi cómo salían detrás de la iglesia, desde los patios del Exconvento [b].  De inmediato apareció en la avenida un convoy de camiones del ejército, se estacionó, y descendieron los soldados, los cuales se precipitaron hacia el sitio arqueológico, y corrieron entre sus ruinas hacia la Plaza en donde estaba la concentración.

 

Me puse de pie (estaba sentado en el barandal con dichos pies de fuera), evalué el poder salir de ahí dándome cuenta que no me daría tiempo, y, por lo tanto, de que estaba irremediablemente atrapado.  Lo único que quedaba era esperar una pacífica operación de desalojo, igual que la que había visto con los obreros petroleros en 1958.  Pero los soldados no se emplazaron y permanecieron alerta, ni ningún alto mando militar vino antes a la tribuna a establecer el desalojo.  La represión era un hecho.

 

Concentrado en los movimientos en la Plaza, sólo percibí a mis espaldas cómo la masa de gente, que ya no eran puros estudiantes, se desplazaba con pánico hacia las escaleras a mi derecha.  Había que empezar a bajar para intentar algo; y percibiendo que el lado derecho atrás de mí estaba saturado, giré instintivamente a mi izquierda mirando aun hacia la Plaza, pero no pudiendo dar más de dos pasos, al ser encañonado con una metralleta en el estómago al grito de “¡a dónde!”.  Di un salto hacia atrás, me expliqué entonces el por qué de ese desplazamiento con pánico de la gente hacia mi derecha que percibí a mis espaldas.  Entonces quedé hasta atrás de todos que a sí mismos se bloqueaban el acceso a las escaleras sin poder avanzar.  Voltee, y me sorprendí al ver a esa gente armada vestida de civil gritando frenéticos “¡Batallón Olimpia, Batallón Olimpia!”, echados pecho tierra, y su comandante, el que me imprecó con la metralleta, rodilla al piso, desgañitándose a gritos y agitándonos la mano con su guante blanco en el ademán de “¡al piso, al piso, tírense al suelo!” (es evidente que sabían lo que iba a pasar).  Nadie hacía caso, pero porque en el escándalo y el pánico nadie escuchaba nada; y tuve que darles de patadas, así, tal cual, para que voltearan e hicieran caso.  Apenas corrió la instrucción de echarse al suelo, y al momento de hacerlo, se desencadenó la balacera; y ahí tendidos permanecimos varias horas, incluso en el agua que empezó a correr por la terraza.  Hacia la media noche, todos, los del “Batallón Olimpia” como nosotros, nos arrastramos pecho tierra hacia las escaleras por donde aquellos habían penetrado a la terraza, quizá pretendiendo salir del edificio.  Pero se desató nuevamente la balacera, bajábamos corriendo huyendo de las balas, cuando nos topamos con otro grupo que por las mismas razones intentaba subir.

 

Nos quedamos ahí, todos tirados sobre las gradas y pegados a la pared queriendo hacer de nuestro lugar el rincón más seguro; y aquí inserto algunas palabras de mi artículo en la antología Memorial del 68, por ser uno de los dos momentos más impactantes de mi experiencia ese 2 de octubre:

 

 

Los milicos ya se habían cansado de gritar su contraseña de “¡Batallón Olimpia”!: estaban atrapados igual que nosotros.  Un compañero –me pareció de menor edad que la mía– estaba tendido boca abajo, sin que pudiera vérsele el rostro, en el descanso, hacia el lado exterior, el más expuesto.

 

Se dio la orden de volver a subir.  Creí que por la balacera y los nervios, el compañero no había escuchado la orden de regresar, pero también lo veía distendido.  Como no queriendo yo comprobar lo que sospechaba, apenas le pateé las piernas alargando las mías desde el primer escalón en el que yo había quedado.  Y mi intención de decirle que se levantara se me ahogó en la garganta, y más que transmitirle la orden de que se levantara y regresara, en un murmullo sólo me salió una súplica: ¡Vamos, levántate!...

 

Pero el ya no quiso más ajetreo.  Prefirió quedarse ahí..., sin decirme nada, sin moverse.

 

Apenas pudimos subir al siguiente piso, y ahí quedamos atorados.  Otra vez había quedado atrás y me tocó de nuevo estar precisamente en el descanso de las escaleras más expuesto.  Hasta ese momento, después de varias horas, entré en crisis.  Empecé a temblar sensiblemente y no me podía contener por más que me decía a mí mismo “calmado, calmado”.  Estaba recargado sobre la espalda de un compañero que después me platicó que era de la Facultad de Ciencias de la UNAM.  El sentía mi temblor, levantó y volteó la cara con la intención de decirme algo, pero prefirió quedarse callado.  Yo noté su gesto y fue más por vergüenza de que notara que temblaba que por otra cosa, que al instante me calmé [a].

 

Luego nos encerraron en un departamento vacío; el que seguramente habían ocupado para su emboscada.

 

Antes de entrar nos ponían contra la pared y nos esculcaban; allí me encontraron, doblada y hecha una sopa, la revista Sucesos, que en la portada traía la fotografía del Ché muerto en Bolivia.  El oficial la abrió tomándose su tiempo para despegar las hojas “y me hizo la pregunta tonta: <<Qué es esto>>!.  Como correspondía, de la manera más natural, le contesté: <<una revista>>.  La arrojó a un rincón donde ya se acumulaba un cerro de propaganda y empujándome hacia la puerta del departamento ya sólo dijo: <<¡Va especial!>>” [b].

 

El otro momento impactante de ese día del 2 de octubre, consistió en una experiencia singular: finalmente éramos llevados a la carrera manos en la nuca custodiados por dos agentes pistola en mano por un corredor hacia la Av. “Manuel González”, en medio de una valla de soldados a ambos lados que al paso nos agredían física o verbalmente.  Dimos vuelta a la izquierda en una pequeña explanada, comenzaba una ligera llovizna con pequeñas ráfagas que hacía el aire fresco de esa noche [1], y al fondo, sobre las gradas de una escalera de acceso a un edificio, y justo hacia donde nos dirigíamos, unos cinco a siete granaderos a culatazos y a patadas golpeaban a alguien [2].

 

El caso es que, en ese momento, dejé de escuchar, y percibí que todo transcurría como “en cámara lenta”, creí que el siguiente en esas golpizas sería yo; pero al mismo tiempo sentí que yo me hacía grande y que los agentes con sus escuadras en las manos a ambos lados de mí que a la carrera me conducían, se hacían pequeños, los veía agacharse.  Me dije a mí mismo que no lloraría ni suplicaría..., ¡bha!..., por lo menos en mis pensamientos estuvo lo digno.  Pasamos de largo...

 

Sin lugar dudas, el Ejército Mexicano, en el más abyecto de sus “planes de guerra” por el cual no sólo masacró una masa civil inerme, sino se traicionó a sí mismo, es el directamente responsable de los hechos (si bien la autoría intelectual estuvo en las más altas esferas del poder con el inefable Luis Echeverría Álvarez, y el, por el resto de la historia, nefasto Gustavo Díaz Ordaz).  Todo fue planeado por el ejército: la filmación de los acontecimientos desde distintos edificios, la emboscada, los conjunto de bengalas desde distintos puntos coordinando la acción de ataque sincronizado; los miembros del ejército en funciones paramilitares en el “Batallón Olimpia” y como francotiradores; el acceso imprudente a la plaza por una parte de las tropas provocando la estampida de la masa, e ingenuo por parte de las fuerzas comandadas por Toledo; y he aquí la traición a sí mismos; que sirvieron de “piezas de sacrificio” para el blanco predeterminado de los francotiradores, en tanto otra parte de las tropas esperaba en reserva y a resguardo, al mando de una comandancia que seguramente debió saber lo que iba a ocurrir; la gigantesca traición y provocación en las órdenes de dispararse entre sí (pues todos eran miembros de ejército) para, por un lado, hacer ver a la infantería en la plaza como agredida, haciendo pasar con ello por inocente al ejército; y por otra parte, responsabilizar de todo al Consejo Nacional de Huelga (por lo que no casualmente unos años después “se filtraron” algunos de los filmes que ellos mismos habían hecho y precisamente hacían ver la agresión al ejército y a éste como inocente) [e].

 

En la madrugada nos sacaron uno por uno con las manos en la nuca hasta llegar a la planta baja.  Allí nos pedían que bajáramos las manos y en el acto, una multitud de periodistas nos “fusilaban” a “flashasos”.  Desde ese momento me di cuenta que esas fotografías andarían por ahí publicándose y sabrían a donde fui a parar.  Pero pasaron poco más de treinta años para que finalmente pudiera ver esas fotografía (en particular en 12 cuadros) publicadas por la revista Proceso [3], que solicitaba que aquel que se identificase, reportara sus datos.

 

A la revista comenzaron a llegar esos datos, entre ellos, los míos, y se inició su publicación con las breves narrativas del momento vivido, a tres décadas de lo sucedido, hechas espontáneamente por los personajes de esas fotografías al enviar sus referencias.

 

No se publicó todo, la sospechosa muerte del compañero Florencio López Osuna, la principal figura en esa colección de fotografías, detuvo el propósito por los editores.  Pero lo que alcanzó a salir (apenas cuatro identificaciones de aquellos 12 cuadros), se caracterizó por mostrar el lado negativo, pesimista o fatalista, de una tragedia que dejó impactada e imborrable en su psique y en su ánimo, la pesadumbre por aquel momento vivido.

 

Nuestra narrativa [f], hecha simultánea e independientemente a las demás, tuvo un tono diametralmente opuesto a ese lamento por la tragedia vista por sí misma de manera absoluta.  En nuestro escrito, obviamente, no podíamos sino referirnos a la tragedia, pero rescatando de ella el acto sublime de los jóvenes y el pueblo, que significó aquella lucha social por alcanzar mayores libertades democráticas.  El correo electrónico en el que envié mis datos, dirigiéndome a la compañera reportera; lo que no estuvo mal, pero que debió ser a la Dirección de la revista; iba acompañado del siguiente texto:

 

 

<<Saludos, compañera Sanjuana Martínez, sabía que esa fotografía debía andar por ahí..., y en más de un archivo, porque no operó únicamente un flash, sino más de una docena.

 

Estamos siendo fotografiados en la Planta Baja del Edificio Chihuahua, en la parte posterior a la Plaza, hacia la 1:00 h, ya del día 3 de octubre, con la intención de ser conducidos a los transportes militares estacionados en Av. “Manuel González”, y ser llevados al Campo Militar Nº 1.

 

Parecía que la balacera había cesado (unos momentos después se reanudó durando quizás hasta las dos o dos y treinta de la madrugada), y se encontraba a la entrada del Edificio una “nube”; debo suponer, de reporteros; que bien creo pudieran haber sido tanto de la prensa nacional como internacional.  Siento como que fue una presión de la prensa para dejar constancia de los detenidos ahí.  ...es una operación militar de precisión, planeada con mucha anticipación, y no “al cuarto para las once” (¡así, casi literalmente compañera Sanjuana!), como nos lo quiere hacer creer Marcelino García Barragán (ver final del primer párrafo de la pag.14 de tu artículo).

 

¿Cómo llenar tres departamentos con una Compañía? (que si no mal recuerdo de lo que aprendí en el Servicio Militar, serían entre uno y tres Batallones, es decir, entre 33 y 99 hombres, y definitivamente tuvo que ser la Compañía completa), entre las 11:00 h y no más allá de las 15:00 h; porque a las 16:00 h que yo llegué a la plaza, ya los compañeros instalaban las bocinas.  ¿Cómo mover toda esa gente sin ser vista en un lapso de tres horas, un Batallón por hora?  Significarían dos tipos entrando cada dos minutos.  No.  Ellos estuvieron ahí, escondidos en esos departamentos, por lo menos una noche antes.  Pero he escuchado versiones de que estuvieron incluso desde dos días antes.

 

Curioso, sabía que esas fotografías andaban por ahí, en muchos archivos, pero nunca creí que llegaría a verlas.  El buen Marcelino Perelló (creo), “El Pino” (creo), Sócrates, inconfundible...  Y qué decir del camarada Luis de Alba, y del fregonazo de Florencio López Osuna y su hermano...  El lamentabilísimo asunto ese de la pistola que en tu texto dice que “confesó” que traía, creo que es otra historia, pero el autorizado para explicarla es él, porque la que yo me sé, es un asunto tragicómico absurdo.

 

¿Me ves esa cara de idiota?, pues en el Campo Militar, cuando me interrogaron, todavía la puse más de imbecil, que con trabajos sabía cómo me llamaba..., y ellos mismos llenaron el Acta sin más trascendencia..., ya nada más pasé a la foto..., que de frente, que de perfil, que de tres cuartos, que por la nuca, jaja...

 

Te comprometo Sanjuana: salúdame a los que se comuniquen...  A todo ellos..., mi más infinito respeto, mexicanos enteros.  Yo aun estoy por escribir lo mío, a ver si ahora sí ya el próximo año.  Lo estoy queriendo hacer desde el treinta aniversario.  Es el testimonio especial de aquellos que fuimos los últimos del movimiento estudiantil, simplemente porque éramos los estudiantes más jóvenes, los estudiantes de las “Prevos”.  Y traigo aun un peso enorme en la conciencia: fuimos cuatro en el Comité de Lucha de la Prevo 5: Miguel Reséndiz, el más entrón, el principal; Víctor Cejudo Ayala, “El Cejas”, el segundo, el cerebrazo; Gerardo Murillo, el buen “Muro”, el que a la hora de los trancazos era el primero en saltar y entrarle; y yo.  A nuestros diecisiete o dieciocho años no éramos cualquier joven común y corriente.  Ellos eran de filiación maoísta, y yo, respecto de ellos, el “maldito revisionista prosoviético”, jaja...  El conflicto Chino-Soviético reproducido en el seno de nuestro Comité de Lucha..., jaja.  Por eso luego fui a parar como activista en el Comité de Lucha de Economía..., y como Marx escribió El Capital, supuse que en la ESE estarían los más revolucionarios..., y en cierto modo, no me equivoqué..., esos fueron los años sesenta-setenta..., infinitamente maravillosos.  Debo un homenaje a mis compañeros del Comité...  En ellos hay una trágica historia...; (aquí retiro unas líneas que insertaré y comentaré en el apartado siguiente).

 

Gusto en saludarte, que esto último no nos amargue, es sólo la tragedia que nos permite conocernos más a nosotros mismos, y que nos humaniza y ennoblece>>.

 

 

Acerca del 2 de octubre, para terminar este apartado, esa última idea debe ser la esencial: es con esos mexicanos enteros caídos en esa tragedia en los que ha de estar nuestra propia identidad como mexicanos, y el sacrificio que en la perspectiva histórica se hace sublime, es lo que nos humaniza y ennoblece.  El 2 de octubre no debe ser para llorar la tragedia, sino para, con alegría, con optimismo, rescatar la dignidad ennoblecida.

 

                              Impensadamente, no sólo representábamos a la “Prevo 5”; representábamos a aquella joven generación del 68 que cambió a México.  Pero en esos registros históricos habían faltado algunos más: precisamente los compañeros del Comité de Lucha de la “Prevo 5”, que con mayor gloria, deben estar ahí.  Y esto último dicho no es ningún giro literario; por lo contrario, eso es lo que ha movido este escrito por su forma y contenido.  Y la explicación de ello está ahora en lo que he titulado: “La transformación cualitativa, moral e histórica, del <<Comité de Lucha de la “Prevo 5”>>.



[a] En mi artículo para el Memorial del 68, un Relato a Muchas Voces, citado y referido más adelante en este trabajo, equivocadamente (un lapsus) dice “2ª terraza”.

[b] Estas fueron las señales para que el “Batallón Olimpia” entrara en acción.  Otros testigos, desde otros puntos de vista, así como ciertas filmaciones hacia la plaza desde otros puntos, dejan ver que a su vez hubo conjuntos de bengalas que, saliendo de los mismos patios del Excovento, cayeron al frente de la iglesia, siendo entonces las señales para que el ejército entrara en la Plaza; así como otras bengalas más se arrojaban desde un helicóptero, las cuales fueron las señales para que tropas apostadas, según se supo después, en la Estación de Ferrocarriles de Buenavista, para que se pusiera en movimiento.

[1] Hernández Iriberri, Luis Ignacio; El Aire Fresco de esa Noche; en “Memorial del 68, un Relato a Muchas Voces”; Ediciones La Jornada, México, 1993; p.140.

[2] Ibid. pp.140-141.

[c] Se suprime la nota por el anonimato que supone el certamen.

[d] En mi relato del Memorial del 68, atribuí a ese “alguien” el que fuera un compañero, pero años después, revelada la información de lo ocurrido con los paramilitares francotiradores que tirotearon a sus propios compañeros, ese “alguien” bien pudo haber sido precisamente un francotirador capturado.

[e] Recuerdo que un compañero de nuestras correrías en las brigadas, luego apreciable camarada de militancia, más tarde compañero en la docencia en una universidad, y veinte años después coautor en la antología del Memorial del 68, alguna vez me invitó a su casa por aquellos primeros años de los ochenta, diciéndome que me iba a enseñar un documento videograbado que me iba a sorprender; no me dijo más, y me puso el video; esperó, y al final sólo me preguntó: “qué opinas”, y mi respuesta ante “la evidencia”, fue que: “entonces el ejército no fue el responsable”.  Lo que ahí se veía, era cómo éste era agredido por francotiradores.  Él rió y concluyó: <<como que esto le da un vuelco a las cosas, no?>>.  Ahí quedó, fue cuestión de tiempo, de conexión de datos, de análisis más detenido de investigadores como Carlos Montemayor, entre otros, para que la verdad aflorara: aquello había sido un montaje de la mayor perversidad y de lesa humanidad.

[3] Martínez, Sanjuana;  Tlaltelolco 68 Las Fotos Ocultas; en revista “Proceso” Nº 1310, 9 de diciembre de 2001.

[f] A la fecha de este escrito, aun no publicada, pero de la que conservamos su espíritu en un archivo en nuestra computadora y adjuntamos a continuación..


 

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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Literatura
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