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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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4 enero 2010 1 04 /01 /enero /2010 09:03

Clich--Literatura

El Comité de Huelga de la “Prevo 5” del IPN,
en el Movimiento Estudiantil-Popular de 1968. 
“El Presente es de Lucha...”

Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/: 
México, octubre, 2008.

 

 

1968; “El 68”:

“El Presente es de Lucha..”

 

 

Entre el 22 y el 24 de julio de 1968.

 

Y así había llegado y transcurrido hasta allí, 1968.  Tuvimos que hacer una solicitud especial al Consejo de Honor y Justicia del IPN –decíamos antes– para que se nos diera otra oportunidad para recursar el Tercer Grado.  Se nos concedió, y así es como el Movimiento Estudiantil-Popular de ese año nos tomó aun en ese nivel educativo a los 17 años de edad.

 

La Patrulla “Águilas” del grupo de los Scouts planeaba un campamento para las vacaciones de verano; yo estaba con una licencia en el trabajo, y en la Patrulla me dieron la comisión de acudir a la tienda de la Asociación de Scouts de México (me parece que aun sigue en la calle de Córdoba), para consultar precios de algún equipo que necesitábamos.

 

El martes 23 de julio de 1968, salí temprano de mi casa rumbo al cumplimiento de mi comisión.  A dos calles pasaba el camión de la ruta conocida en aquel entonces, de “El Caballito”, como referencia a la estatua ecuestre de Carlos IV, entonces frente al edificio de la Lotería Nacional en el cruce de Juárez, Reforma, y Bucareli, por donde por esta última avenida llegaría lo más próximo a mi destino.

 

Había adquirido ya desde entonces el mal hábito de leer en los camiones, y me llevé para ir leyendo, el folleto Acerca de la Religión; un breve compendio de pasajes de Lenin alusivos al tema, publicado recientemente por Editorial Progreso en ese año en una edición muy económica, y que había adquirido hacía poco en la librería del Instituto de Relaciones Culturales México-URSS.

 

El formato era el mismo, el tamaño esquela, esta vez en 81 páginas, el empastado en delgado papel couché en color gris con el título debajo del nombre de “Lenin” unas seis a siete veces más grande, y la fotografía de éste en más de la mitad de la portada.  Pero ahora ya sabía porqué esa presentación era así.  Procuré ocultar dicha portada, esas lecturas tenían un dejo de “libros prohibidos”, daba la identidad de “comunista”, que en el prejuicio social, era tanto como una condena inquisitorial de “judaizante”.

 

Como quiera, la lectura me atrapó en una alta concentración (el documento tiene subrayados con la misma tinta hasta la página 25); y justo en la última calle antes de dar vuelta a la glorieta del Reloj Chino, el camión se detuvo y ahí permaneció por varios minutos sin que yo me diera cuenta de que no nos movíamos y que la gente veía con cierta alarma hacia una dirección por algo que ocurría en el lugar.  Hasta que muy seguramente al final de un apartado me di un respiro, levanté la vista y me di cuenta de todo lo anterior.  El espectáculo de afuera y por lo cual el camión permanecía detenido, era un cordón de granaderos que cerraba el paso hacia la Ciudadela.  La tendencia de la gente era a salir del área, me bajé del camión, e hice lo contrario; cruce entre el cordón de granaderos y me dirigí hacia la Vocacional 5; era obvio que el lío debía estar ahí; pero en realidad, para ese momento ya prácticamente todo había pasado.

 

Así, de la manera más circunstancial, sin saberlo, estuve presente desde el primer momento en aquel movimiento social; y siempre así, con esa característica, como queriendo estar lo más adentro, pero quedando siempre “por encimita”; conscientemente comprometido en lo profundo, pero como ajeno; como viviendo muy concretamente el movimiento estudiantil-popular, pero –en todo ello involuntariamente– en su abstracción.  Finalmente cumplí mi comisión, pero por los acontecimientos que a partir de ese momento se desencadenaron, ya no hubo campamento; por lo menos para mí; y más aun, en una revolución que destruiría todo lo hasta ahí habido, terminó para siempre no sólo mi participación en la organización Scout, sino en la OCET, que también se extinguió.

 

 

Viernes 26 de julio de 1968.

 

Acertadamente había declinado a la militancia anarquista, ya dominaba yo los elementos teóricos fundamentales de la dialéctica materialista y del socialismo, había logrado desmitificar ese asunto de la militancia, y ahora sí estaba decidido a mi integración a las filas comunistas; y la oportunidad de contactar con ello se daba en la marcha que anualmente el Partido Comunista Mexicano organizaba conmemorando el Asalto al Cuartel Moncada que antecedió a la Revolución Socialista en Cuba.

 

Me dispuse, pues, a ir a tal marcha que seguía la ruta, en aquel entonces, de Av San Juan de Letrán (hoy, Eje Lázaro Cárdenas), para doblar en Av Juárez, pasar frente al Palacio de Bellas Artes, y culminar en el Hemiciclo a Juárez.

 

Quizá no había ido a la escuela en los días anteriores (o no obstante, a pesar de ir, pero con esa característica de vivir en un mundo abstraído), pues no estaba enterado de lo que pasaba entre los estudiantes en todo el politécnico como consecuencia de las agresiones a las Vocacionales 2 y 5 en la Ciudadela.  El viernes 26 de julio de 1968, ahí si recuerdo haber faltado deliberadamente a la escuela haciendo mis preparativos para acudir a la marcha del Partido Comunista.

 

Quise asegurarme de la hora y del punto de partida de tal marcha, y me di una vuelta por la Vocacional 3, para husmear entre las pegas en paredes y postes la propaganda del PCM y su invitación a un aniversario más del origen de la revolución cubana.  De inmediato me llamó la atención el que, siendo cerca de las 16:00 h, la escuela estaba vacía, y luego, el que no había tal propaganda difundiendo el evento, como era lo acostumbrado*.

 

Decepcionado por la falta de información, y en cierto modo desconcertado por el ambiente, me dirigí nuevamente a tomar mi transporte rumbo a San Juan de Letrán, para, en todo caso, encontrar la marcha en sentido inverso.  Esperaba el camión, se aproximaba uno de esos viejos y destartalados camiones trompudos de aquel entonces que justamente era de la ruta que esperaba; pero extrañamente venía muy lleno; le hice de cualquier manera la parada, y aun a la distancia, asomó por la puerta un joven de mi edad que me saludaba.  Cuando el camión se detuvo, entonces vi que el que me saludaba era un compañero de mi salón que me reconoció, y cuando subí, me asombré de que el camión viniera repleto con los estudiantes de mi propio grupo; todos armados con pancartas y banderas.  Simplemente me quedé estupefacto.

 

Andaba buscando la “acción revolucionaria”, y simplemente, justo me salí de donde estaba (cómo no sentirme otra vez “por encimita”).  Arribamos a la Ciudadela y nos instalamos frente a la Vocacional 5; fuimos de los primeros en llegar, masivamente ninguna otra escuela había arribado.  Me puse a platicar con el compañero que era el “Jefe de Grupo” y miembro de la FNET, el que me explicaba los motivos del acto y su relevancia; ante el hecho de que yo lo estaba despreciando por la aun escasa asistencia, creándome la imagen, hasta ahí, de una protesta no sólo muy pobre por lo sucedido, sino, principalmente, convocada y dirigida por la FNET.  Empecé a sentir que aquello era una “niñería” totalmente manipulada, y empecé a dar muestras de querer llegar a mi destino inicial (otra vez, abstraerme).  Sólo la llegada casi simultánea de grandes contingentes de estudiantes de todas las escuelas del politécnico y el entusiasmo que se vivía, me retuvieron.

 

El contacto con los comunistas quedaría pendiente*, decidí marchar con mis compañeros del politécnico en protesta por las agresiones de la policía principalmente a profesores y estudiantes de la Vocacional 5, rumbo al Carillón del Casco de Santo Tomás.

 

Se inició la marcha, poco a poco los contingentes de las escuelas avanzaban hacia el Reloj Chino y daban vuelta hacia “El Caballito”.  Le tocó su turno a la “Prevo 5”, se desplegaron las pancartas, se enarbolaron las banderas, y nos sumamos a la proclama de las consignas, puño arriba, ondeando las insignias; en voz alta hasta el alegre griterío en la algarabía masiva en lo sobrecogedor, que, por una causa justa, en contra de la figura de autoridad por excelencia y de orden político y social, por primera vez la mayoría de nosotros escuchábamos atronar de voz de los jóvenes en las más céntricas calles de la ciudad.  Sin duda, uno de los momentos más impactantes del Movimiento Estudiantil-Popular de 1968, que, impensadamente, allí comenzaba “informalmente”, sin que nadie lo supiera.  De no ser la rivalidad por la Presidencia entre Echeverría y Corona del Rosal, lo que el gobierno quizá sólo pretendió con esa provocación y una respuesta manipulada por la FNET, era una especie de válvula de escape a la posible agitación estudiantil por otras causas, antes de las Olimpiadas; una especie de vacuna, una movilización estudiantil controlada y luego resuelta en algunas de sus demandas elementales, como la liberación de los detenidos e indemnización de los heridos; atenuando así toda inquietud y posible virulencia estudiantil verdadera previa a los Juegos Olímpicos; pero que de inmediato se les salió de control, y no casualmente, pues en realidad había acumulada una causalidad social más profunda que ahí quedó detonada.

 

Dimos vuelta a la Av. Bucareli, avanzábamos lentamente, recorrimos un trecho corto de ésta, y la columna quedó detenida por largo tiempo.  El contingente del la “Prevo 5” iría quizá hacia el final del primer tercio de la columna; la parte frontal había llegado a “El Caballito”, y poco después un representante de la FNET (que nos daba por partidarios suyos), discretamente pasaba avisándonos que había habido un altercado entre ellos y los miembros de la “CENED”, la Central Nacional de Estudiantes Democráticos; y si bien entendía que la FNET era prisita, también sabía que la CENED estaba bajo la influencia de las juventudes comunistas.  La dificultad suscitada consistía en que los miembros de la CENED propugnaban por que la manifestación se dirigiera hacia el Zócalo, y no hacia Santo Tomás (la vieja “Ciudad Politécnica” antes de construida la Unidad de Zacatenco) , como originalmente lo había planeado la FNET.

 

Entonces me di cuenta que la manifestación no era ni monolítica, ni totalmente monopolizada y controlada por la FNET, y el acto tomó otra dimensión.  En ese momento la columna reanudó su marcha: había ganado la posición de la FNET y la marcha daba vuelta en dirección al Monumento a la Revolución.

 

Pero la “perversa acción de los malvados comunistas” continuaba.  Varios de “sus agitadores profesionales” (quizá, en la paranoia de entonces, susceptible de calificárseles como “agentes secretos de la KGB”), muy política y estratégicamente, se intercalaron en la columna justo delante de nosotros, fueron retardando el avance de la marcha y dejaron que se abriera una notable brecha.  Entonces quedó indefinido quién realmente tenía el control de la misma; aquello, sin duda, pintaba a lío; y el segmento que se había ido muy adelante y había llegado al Monumento a la Revolución, tuvo que esperar ahí a que el resto de la columna les alcanzáramos; y sucedió lo inevitable: se armó una batalla campal en donde todo el mundo tiraba golpes a todo el que se le pusiera enfrente, no se podía saber quién era quién.

 

En realidad, yo pensé que ahí terminaría la pretendida marcha, pero, a saber cómo, todo se calmó, y se decidió nuevamente continuar al Casco.  La CENED se había apoderado de los dos tercios de la columna, la brecha continuó, pero todos llegamos al Campanario o Carillón del Casco de Santo Tomás, a un lado de donde aun sigue ahí la Estación Televisora del IPN.

 

El lugar resultó pequeño, no cupimos todos en la explanada, yo permanecí afuera, sentado en la banqueta de enfrente, de lo que es una ancha avenida, nuevamente platicando con el compañero “Jefe de Grupo” miembro de la FNET, ya visiblemente nervioso y preocupado, como que esperaban más “docilidad” del estudiantado y ahora se mostraba una rebeldía inesperada.  Como que presentíamos que “algo“ iba a suceder, como que la manifestación no podía terminar así, ni ahí.  Mi cuestionamiento al compañero era simple: “qué hacíamos ahí, contra quién nos estábamos manifestando, a quién le demandábamos solución a lo que pedíamos”; tal autoridad no estaba ahí, sino en el Zócalo, en el Palacio Nacional.  Y lo que yo discutía con el compañero, se discutía en corrillos por aquí y por allá; pero principalmente en la tribuna.

 

Entonces se armó otra vez la trifulca.  Los compañeros de la CENED se habían apoderado del micrófono y convocaban a regresar al Zócalo, con la aprobación total (de todos, excepto los de la FNET, pero que en realidad eran sólo los dirigentes de ésta); y nuevamente la columna, ya todos revueltos, se puso en movimiento en sentido inverso.

 

Me puse en pie, comenzó a moverse el contingente y a irse distribuyendo.  El compañero permaneció sentado ahí en la banqueta, sudaba, se enrojecía, se ponía pálido, con el rictus de una sonrisa nerviosa se abrazaba a sí mismo las piernas recogidas, se negaba a levantarse.  Extrañado yo por su actitud permanecí con él, ahora yo, tratando ingenuamente de convencerlo de la justedad de la causa, en lo que la columna se alejaba y con ello el movimiento se les iba de las manos.  Finalmente se puso de pie y caminamos en dirección de la columna, éramos los últimos y distanciados de ella; íbamos ya sobre Río Consulado, la marcha, más alegre que antes, se alejaba rápidamente sobre el puente de San Cosme brillando con vivos colores a la luz de los últimos rayos de Sol de ese trasparente día.  El compañero se detuvo, se volvió a sentar en la banqueta y me recomendó que no fuera, me dijo que iba a haber problemas, y me señaló una ambulancia de la Cruz Roja que nos alcanzaba e iba detrás de la columna.  Lo que ocurrió con él ahí, en ese momento ocurrió a su vez con toda la FNET en el IPN.  Lo que ocurrió con él ahí, sin que en ese momento yo así lo pensara, fue, finalmente, el simbólico atasco de lo viejo personificado en él y que él representaba, y su reemplazo por lo nuevo que marchaba al Zócalo y se nos perdía de vista en lo alto del puente; por lo que me despedí, y me fui corriendo hasta alcanzar la columna que, o ya se había fraccionado o estaba por fraccionarse multiplicadamente, ya por acuerdo tácito o explícito entre esos “perversos comunistas”, para reunirnos posteriormente todos en la Alameda; yéndose unos por la misma ruta por la que habíamos venido, y otros supuestamente “cortando camino” por aquí o por allá.

 

De pronto me desorienté, oscurecía, ya no sabía por dónde andábamos, pero asumo que debimos haber vuelto a cruzar la Av. México-Tacuba por la cual se construía a cielo abierto la primera obra del metro; y dimos vueltas por aquí y por allá, porque recuerdo que fuimos a salir a la calle de San Fernando desembocando a Puente de Alvarado, y de ahí doblando a la izquierda nos situamos en la esquina de la Alameda.

 

Ello puso un toque adicional al asunto, pudiera imaginarse como la transmisión radiofónica de una alarmada noticia de último momento: <<¡... habiendo salido del Casco de Santo Tomás, diversas columnas de nutridos contingentes estudiantiles del Instituto Politécnico se movilizan por distintos puntos de la ciudad y en estos momentos marchan convergiendo en dirección al Palacio Nacional en el Zócalo!>> (¡ah, esos “perversos” de la CENED!).  Todo lo que tuvo la primera marcha de modosa, así, realmente moderada y respetuosa; esta segunda marcha en sentido inverso, en su expresión más literal, lo tenía de inmoderada e irreverente.  Todo cambió en un instante; los espíritus, los objetivos, la forma misma de la marcha; entrelazados los brazos en cada fila, cosa que no se había dado en la marcha anterior, yo sentía un tirón y un avance muy fuerte que cortaba el aliento; y sólo una consigna se escuchaba atronadora por las calles que comenzaban a caer en la penumbra y a iluminarse con el alumbrado público, haciendo eco lo mismo en las fachadas de los edificios que en las almas: ¡Únete Pueblo!

 

Allí, en un instante, terminaba una época en la historia de México y se iniciaba otra, en un cambio no tan significativo y trascendental como en 1810, no como en 1855 o en 1910, pero fácil y evidentemente reconocible, aun cuando los protagonistas no estuviéramos del todo conscientes de ello.  Y, simbólicamente, como en lo humano que nace, no podría ser sin sangre.  Estaba claro en la mente de los más politizados, que, o llegaríamos al Zócalo (y esa era la firme confianza), o se desataría la represión.  Ello no tendría nada de novedoso o extraño, ahí estaban los movimientos no sólo obreros y campesinos, sino también estudiantiles de apenas unos años atrás, e incluso la provocación represiva misma que había motivado esa manifestación de protesta.  Se ganaría el Zócalo, o se enfrentaría la represión.

 

Finalmente convergimos en la Alameda; el masivo contingente en el que yo llegué se ubicó en la esquina de Av. Hidalgo; otros igualmente numerosos se ubicaron en la esquina de Av. Juárez.  Adelante estaba la concentración del evento del Partido Comunista en el Hemiciclo a Juárez.  Bajo nuestros pies había los registros de una historia centenaria; en esa precisa zona había sido, casi quinientos años atrás, la gloriosa batalla del triunfo de los tenochcas sobre los españoles; y ahí permanecimos esperando.  No había duda de que el PCM apoyaría en la marcha al Zócalo**, pero no podíamos arrebatar en su acto; una comisión fue a ellos con la propuesta de su integración y apoyo.  En el supuesto caso de que el PCM no hubiese aceptado, sin duda hubiésemos tenido que darles la vuelta e intentar entrar al Zócalo por la amplia Av. 5 de Mayo.  Al incorporarse el contingente del PCM, el rumbo que se tomó, por economía de esfuerzo, fue entrar por la estrecha Av. Madero; fue un error, así se ha reconocido, pero en todo caso el efecto se hizo más impactante.

 

Por azares de las cosas, incluso ahora para mi inexplicable, pues al principio iría yo hacia la parte central de la columna, para cuando llegamos a la última calle para desembocar al Zócalo, yo iba a poca distancia del frente de la misma.  Cuando llegamos al final de la Av. Madero para desembocar en la explanada del Zócalo, dos o tres filas de granaderos –hasta eso, no un gran despliegue de fuerza; sin escudos, sin caretas–, nos bloqueaban el paso, y la marcha se detuvo.

 

No había lugar a negociación alguna; no había a la vista ningún alto mando de la formación de granaderos, y simplemente se cayó en un impasse desconcertante.  De pronto, la agitación y el griterío en la parte de atrás; no alcanzábamos a ver qué ocurría, pero en un instante pareció que toda la larga columna de varias calles se apretujó en el último segmento.  Sentí que me asfixiaría y con los codos me impulsé hacia arriba quedando por encima de las cabezas de los demás y perdiendo el piso; a donde se movía la masa, yo iba flotando; y se movió empujando una cortina metálica de una joyería, hasta que escuchamos el quebrarse de la cristalería de las vitrinas.  Pero, a su vez, nosotros no hicimos nada por romper contra las filas de granaderos que nos bloqueaban el paso, antes al contrario, aguantamos nosotros mismos el empuje de los que se trataban de proteger de los golpes de la represión atrás.  Y ahí atrapados, tuvimos que ir saliendo casi uno por uno en dirección al lugar donde los granaderos se daban a todo lujo en el macanear a la gente y subirla a sus “razias”.

 

Al ser de los primeros en la columna, me tocó ser de los últimos en la represión bajo estas especiales circunstancias.  Me tocó el quedar al descubierto, hacia la bocacalle los granaderos esperaban a que necesariamente fuéramos a ellos, no había otra salida; nos golpearían y nos detendrían.  Un compañero me pidió que actuáramos juntos, y nos echamos a correr sobre el primer granadero que teníamos enfrente.  Corrimos hacia él juntos, y hacia el final la idea era separarnos intentando confundirlo, librarlo, y alcanzar la salida.  Así lo hicimos, pero en el último momento el granadero lo eligió a él y se aprestó a cerrarle el paso, yo me detuve ligeramente en mi carrera con la intención instintiva de confundirlo, cuando veo al compañero simplemente irse de frente al polizonte proyectándose sobre él; éste le tiró el macanazo, y al momento el compañero se agachó cual “liniero de un equipo de futbol americano”, se impactó en su abdomen y lo levantó; y fue impresionante ver como el granadero salía volando por los aires dando un giro y estampándose en el suelo.  Y ambos salimos doblando de inmediato por la primera calle y perdiéndonos entre los automóviles.  También para nuestra fortuna, a la policía se le habían ya agotado sus transportes de detenidos para cuando a nosotros nos tocó salir del entrampamiento.

 

Luego, los que quedábamos, nos reagrupamos nuevamente en la Alameda, y por todo el resto de la noche fue un vaivén replegando a la policía a pedradas, y luego retrocediendo a bombazos.  Recuerdo que nos escabullíamos de Av Juárez a Independencia, por un pasaje que había en el Hotel del Prado.  Así estuvimos largo tiempo, hasta que yo ya no veía a nadie; entonces un compañero me dijo que era más conveniente que “ya nos peláramos”, porque nos iba a agarrar, y entonces nos escurrimos discretamente entre las sombras; bastaba ser joven para ser detenido, y más aun en esos momentos y en ese preciso lugar.   No recuerdo a qué hora, ya eran altas horas de la noche, ni cómo volví a mi casa.  Pero así se inició, en esa “informalidad”, el Movimiento Estudiantil-Popular de 1968.

 

El fin de semana desarticuló mi particular participación continuada o inmediata; sólo sé ahora, por los datos históricos, que durante el fin de semana los estudiantes de mayor edad de las escuelas superiores se reunieron para tomar decisiones, formulándose ya desde entonces en lo básico, el Pliego Petitorio de los 6 Puntos: 1.- Liberación inmediata de los detenidos, 2.- Indemnización de los heridos, 3.- Destitución de los jefes de la policía, Cueto y Mendiolea, 4.- Desaparición del cuerpo de granaderos, 5.- Liberación de los presos políticos, y 6.- Derogación de los Artículos 145 y 145 bis (en realidad, dice Gilberto Guevara Niebla, 141 y 144 bis) del Código Penal.  Pero el siguiente lunes 29 de julio, para nosotros, el Movimiento Estudiantil-Popular de 1968, tendría su inicio formal.

 



* Fecha precisada por la asociación con los acontecimientos registrados por la prensa y recogidos por Ramón Ramírez en su obra: El Movimiento Estudiantil de México, Julio-Diciembre de 1968; a su vez corroborado en la narración radiofónica de Daniel Cazés-Flora Bottom, “Este Día en 1968”, del Instituto de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM; por Radio UAEM, Morelos, 2008.

** Hoy lo interpreto, aun cuando como mera especulación acerca del hecho, como la posible circunstancia de que el PCM, a solicitud de la CENED, políticamente no hubiese querido sabotear el acto del IPN.

*** De hecho, el contacto con la militancia del Partido Comunista Mexicano ya nunca se realizó; en el curso del Movimiento y en los años posteriores al 68, se dio una fuerte crítica al PCM acusado, principalmente, de “pequeñoburgés” y “reformista”, y en aquel primer lustro de los años setenta, la situación política se hizo muy confusa.  Para cuando los conocí y trabajé políticamente con ellos, unos cinco años después, yo ya militaba en otra organización comunista que primero me había contactado a mí: la Alianza Marxista Revolucionaria (AMR); esta era una organización, entre muchas más, que aparecieron como escisión o crítica al PCM.  A la distancia, ameritaría todo aquello también un reanálisis.

**** Especulando, pudiéramos decir con sentido político; independientemente de que ello respondiese a un “genial plan”; que quizá incluso ahora, a través de la CENED, la dirigía; aun cuando la historia no lo prueba así.

Bellinghausen, Herman/Hiriart, Hugo; et al; Pensar el 68; Cal y Arena, 5ª edición, México, 1998; p.56.


 

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