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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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25 marzo 2010 4 25 /03 /marzo /2010 09:02

    El Estadista: Proyección Intemporal de Benito Juárez.
  Dos Flechas para la Ballesta.
Ensayo, 2010 (2/3).

Dr. Luis Ignaco Hernandez Iriberri.

 

Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica;
http://espacio-geografico.over-blog.es/;
México, 29 mar 10.

 

La deontología política.

 

Hay una parte del análisis histórico, que ya Justo Sierra explicara con suficiencia, pero que a los mexicanos nos hace falta tener presente, justo, tal como lo decía Sierra, para poder interpretar a Benito Juárez, al hombre y su momento histórico concreto.  Así, este escrito no ha sido un ensayo de historia por cuanto al testimonio documental de archivo; sino de historia, por cuanto al fundamento teórico de la misma; sin lo cual, de Juárez, todo se hace “apología sagrada”, como mejor argumento contra la “detracción herética”.

 

De este modo, es con fundamento en la deontología política (en el acto en el deber ser que obra con el propio criterio y albedrío en nombre de lo moral y universalmente justo, en la necesidad histórica), y solamente con fundamento en ella, que puede entenderse, entonces, que la influencia ideológica de Juárez fue, esencialmente, sobre la teoría del Estado haciendo la práctica del Estado; y como tal, como forma de consolidación del mismo, en este caso, por los representantes de la clase social históricamente emergente, en el poder.

 

Algo que el ciudadano común no suele entender, es precisamente el acto político, el acto, decía Justo Sierra, “de las transacciones políticas infinitas y no siempre confesables…”; que a su vista –y no equivocadamente– es eminentemente falso.  Y ello es así, dado que dicho acto político del otro, se quiere interpretar como una proyección de su propio acto en el deber ser socialmente normado; esto es, en donde no acepta el acto del otro, como no se permite tal acto en sí mismo.  Sin entender que no se lo permite, justo porque no es político, y no asumirá sobre sí, la responsabilidad que al profesional de la política le compete; esto es, que no asumirá, porque no le atañe esa ética profesional, una deontología política.  La cual es, por lo inherente a lo político, lo que se mueve en lo falso, pasando, a la vista del oto, por verdadero.

 

El ciudadano común no aguardaría a un Comonfort dándose un autogolpe de Estado, sabiendo de antemano que ello ocurriría, por más que por el ajedrez político entendiese que ello le otorgaría el poder.  Le confunde un Tratado McLane-Ocampo, el que sólo ve en sí mismo, y no como una pieza política en el contexto de las relaciones internacionales más complejas, en tanto involucran más actores y correlaciones de fuerzas en medio de un conflicto bélico, y al mismo tiempo se olvida el tratado Mont-Almonte de contraparte, y los arreglos de Jecker.  No puede entender cómo el peso de la súplica por indultar a Maximiliano, le daba más valor y trascendencia a la negativa, enfatizando lo que se quería enfatizar; esto es: nunca más un invasor en estas tierras; de ahí que entonces, y sólo entonces, a su entrada a la Ciudad de México, un mes después de los acontecimientos del Cerro de las Campanas, extiende el manifiesto que contiene el apotegma que lo inmortaliza, últimas palabras sobre la intervención: “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno, es la paz”.  En todo ello, el político obra en el deber ser con propio criterio y albedrío en nombre de lo moral y universalmente justo, concordante con lo históricamente necesario.  Si acierta en su juicio, trasciende históricamente en la gloria; si se equivoca, la sociedad se lo demanda y trasciende en lo nefasto.

 

Más aún, que el ciudadano común, para entender al político, debería entender el concepto y la práctica de la necesidad histórica; esa misma a la que se refería Miguel Lerdo de Tejada –narra Justo Sierra– cuando en 1959, éste, “llevo a Juárez a esta conclusión: Si Usted no decreta la Reforma, la Reforma se decreta sola”, asunto que ni la mayoría de los políticos la entienden, careciendo éstos, así, de lo esencial del estadista.  Ese acto moral complejo del político, tiene un juicio de valoración dado en la conciencia de la necesidad histórica, de cuya comprensión derivará, en su caso, el político en las alturas del estadista.  La conciencia de la necesidad histórica, la conciencia de aquello que obligadamente ha de ser en el proceso histórico, impone un conocimiento no sólo de las regularidades de la historia misma, sino de la conducta humana en ese proceso; y de ahí que el estadista aparezca justo cuando las circunstancias históricas lo demandan.

 

Los liberales en el poder desde el inicio del último tercio del siglo XIX,  desde Juárez hasta Obregón, representan, todos, los intereses de las condiciones en la necesidad histórica.

 

 

La influencia ideológica de Benito Juárez.

 

La razón de Estado en el deber ser que obra con el propio criterio y albedrío en nombre de lo moral y universalmente justo por lo históricamente necesario, es lo que está en la esencia de la mística juarista.

 

La ideología como el conjunto de criterios e ideas en todos los campos del conocimiento y el saber, en un estadista, dada su autoridad moral, se convierte en forma del ser y del pensar de aquellos para los que gobierna.  En ello está lo concreto de la trascendencia del mismo.  Y examinando aquí la influencia ideológica de Benito Juárez en lo político, en lo que esencialmente trascendió, es su autoridad moral convertida en nuestra forma de ser y de pensar, en este caso, acerca del Estado; nos impregnó del valor de la legitimidad del mismo.  Ello determinó no sólo el fin del anarquismo en el proceso de la revolución de 1910-1917, sino la fortaleza del nuevo Estado erigido sobre la base de su Congreso Constituyente.

 

Como nadie en su tiempo, Juárez entendió precisamente la necesidad histórica y su determinación.  Esa necesidad histórica no era otra que, finalmente, luego de tanta zozobra en el país a lo largo del siglo XIX, consolidar el Estado nacional política y económicamente, propio al régimen económico-social capitalista en su etapa de capitalismo monopolista privado.  Esa conciencia de la necesidad histórica, le permitió entender lo que había que hacer a cada paso en un largo y tortuoso proceso de transición iniciado con la Revolución de Ayutla: derrocar a Santa Anna; dejar a Comonfort caer en inconstitucionalidad y suplirlo por acto de ley; consolidar una plaza para el gobierno itinerante y enfrentar la reacción conservadora; luego, dictaminar las leyes esenciales de la Reforma como condición necesaria para la consolidación del Estado; y asumir la perturbadora intervención extranjera hasta sortearla, usándola en todo lo drástico, para el mismo fin de la consolidación del Estado nacional.

 

El momento cimero de la gran lección histórica del estadista, estuvo justo ahí donde, frente a la razón de estado, se consumió todo esfuerzo por salvar a Maximiliano.  Riva Palacio apeló repetidas veces al Presidente –narra Ralph Roeder en su obra “Juárez y su México”–, pero recibió incansablemente “la negativa paciente de Lerdo de Tejada, que defendía el santuario con la razón de Estado”.

 

Entonces el estadista se consuma: “El gobierno obra por necesidad en esta ocasión, negando los sentimientos humanitarios de los que ha dado, y dará todavía, pruebas incontables –recalcó el Presidente–.  La ley y la sentencia son inexorables ahora, porque así lo exige la seguridad pública.  También puede aconsejar la economía de sangre, y eso será la satisfacción más grande de mi vida.  La tumba de Maximiliano y de los demás será la redención de los otros extraviados”.

 

Todavía será cuestión de necesidad su continuación en el poder.  En defensa de la causa de Jesús González Ortega, un Guillermo Prieto invocaba pasajeramente la legalidad, y un Ignacio Ramírez, que todo lo que podía tener de brillante intelectual, lo carecía no sólo de estadista, sino de elemental hombre de la política; se ajustará a la teleológica razón moral, que no a la deontológica razón de Estado; lo que al final, por el contrario, otro con aires de estadista, sí entiende: Porfirio Díaz.  Luego la muerte lo alcanzó, pero el proceso de satisfacer las condiciones de necesidad tomaron su inercia, decíamos antes, paradójicamente, con el porfiriato.  Hasta que nuevas condiciones de necesidad histórica pusieron en marcha un nuevo proceso revolucionario en 1910.

 

Esas nuevas condiciones de necesidad histórica, en el plano internacional, se pusieron en marcha con la guerra franco-prusiana y su consecuencia: insurrección de la Comuna de París de 1871.  Entonces el mundo cambió.  Juárez sólo vio, porque sólo eso podía ver, la ominosa invasión prusiana; cuando en el mismo hecho, Marx extraía de la lección la nueva teoría de la necesidad histórica: la teoría del Estado proletario.  El momento histórico de Benito Juárez, había concluido. 



Ibid; p.7

Ibid. p.127.

Roeder, Ralph; Juárez y su México; primera edición, 1947; Fondo de Cultura Económica; México, 1972; p.976.

Ibid. p.976.


 

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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Política
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