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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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21 junio 2010 1 21 /06 /junio /2010 08:01

Clich--Literatura

El Sexto en la Mesa.  Cuento, 2005.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica,

http://espacio-geografico-over-blog.es/;

México, 21 jun 10.

 

 

A los participantes

del “Coloquio de San Jerónimo”:

última llama humanista

frente a una sociedad de alienígenas

 

En uno de los momentos más exquisitos de su vida por un encanto apenas descifrable; ¡ah, si les contara la razón de ello en este desdichado miserable!, él era un desarrapado más de esa sociedad inhumana tan injusta y desigual..., ¡justo por eso estaba ahí!; de ser un sujeto económicamente rico, no estaría en los libros ni manejándose en la físico-matemática del hiperespacio; no, ¡qué va, ello sería estúpido!, estaría ligando bellas chicas en algún bar, ciertamente unas alienígenas tan vacuas como hermosas, y haciendo con ellas lo que estuviese en su placer, satisfaciendo hedónicamente necesidades materiales y sexuales mutuas; estaría en reuniones sociales seduciendo mujeres hermosas ya disponibles ya ajenas, y más aun en esta última condición, para agregar adrenalina a la aventura.  Pero no, él era una máquina de producción, un pobre diablo, uno más...

 

Y sin más en qué entretenerse y concentrar sus energías que sus libros y el pensamiento, he ahí que de improviso, luego de tanto tiempo de andarle dando vueltas al asunto, se encontró con las funciones continuas no derivables, cayó en cuenta de que se trataba no de una esfera regular ideal por sí sola, sino de la superficie irregular misma de la Tierra y su homotecia; y vio que ello daba una dimensión intermedia, no era pues 1, sino 1.26 (log 4/log 3), y ese factor de la razón áurea entre el cubo y el teserrac, le confería la posibilidad de hacer viajes en el tiempo.  No cabía en su asombro, tenía que probarlo de inmediato.  Retroceder en el tiempo en menos de cincuenta y cinco años lo volvería a cualquier momento de su propia existencia, por lo que el desafío tendría que ir más allá, bueno, un año más allá era suficiente..., y en la ecuación incluyó el factorial de 1949...

 

El imbécil era tan descuidado, y eso que se decía Profesor en la Universidad de esa sociedad de alienígenas, ¡bha!, aun cuando quizás por ello mismo; él era el tal Prof., le gustaba andar en mil cosas y una de tantas era que estudiaba el asunto de la realidad y naturaleza del espacio, y en una de esas ligerezas experimentando con los viajes en el tiempo, se encontró que p1(f,l)(n-1) de las órbitas de traslación y rotación de a Tierra, lo puso impensadamente –en un principio no lo sabía, pero poco después se enteró-, ¡en la espaciosa antesala de una casa para profesores en la misma gótica Universidad de Cambridge, Inglaterra, justo donde estudiara Charles Darwin!, unos cincuenta kilómetros, ligeramente al noreste del Observatorio de Greenwich, cerca de Londres, o sea p0(f,l) desviado del observatorio en e(q,d), donde el valor de las coordenadas polares era: q =12º y d=50 km...  <<¡Animal!>> –se decía a sí mismo en su pensamiento, aun cuando quería gritárselo, pero alertaría a los habitantes de ese departamento y seguro sería aprehendido y llevado a prisión por intruso-, en buen lío estaba.  Lo primero que hizo fue intentar salir de inmediato, pero percibiendo personas aproximarse, optó por ponerse a resguardo.  Apenas lograba ocultarse, voces de una lengua extraña se escucharon llegar; cuando sonaba la puerta y acudía a abrirla un hombre ya de edad, calvo, de pronunciada papada, grandes lentes y ojos saltones, éste abría y recibía a dos sujetos.

 

_ ¡Ah! Nuestro contingente austriaco –dijo el anfitrión-, muy bien.  Me pareció oír el sonido del alemán por el pasillo.  Y justo a tiempo, además.  No hay nada que admire más en un hombre que la puntualidad.  Pasen por favor –y uno de ellos, pálido y algo contraído, cual si llevara la muerte a su lado, entraba penosamente arrastrando los pies-; por favor –continuaba indicando el viejo- sírvanse una bebida del aparador, tenemos un jerez muy bueno de la bodega del colegio.  ¿O preferirían ustedes algo más fuerte?

 

Unos instantes después, el idiota aquel oculto tras unas cortinas en la antesala, se enteraba que el estado de ánimo de aquel hombre era por la reciente pérdida de su hermana.  Era una reunión extraña, no se entendía bien de qué trataban, pero pronto él empezaría a dilucidar la situación cuando otra vez escuchaba al viejo dirigirse a hombre apesadumbrado.

 

_ Y bien, Wittgenstein, dígame, ¿cómo encuentra la vida fuera del seno académico de Cambridge?

 

¡¡”Wittgenstein”?!, y oculto tras las cortinas entornaba los ojos pensando en que ese nombre le era conocido... ¡Claro!, nada más faltaba que fuera el “Wittgenstein” filósofo.  <<Cambridge, académico>>, se decía el tal prof. allí oculto, como que suena a posible...

 

_ La prefiero infinitamente.  La vida académica es detestable... –respondía el tal Wittgenstein, que luego citaba a Einstein para justificarse...

_ Algunos de mis colegas marxistas de Londres –intervenía otro hombre en la plática, pero cuando éste mencionaba su filiación marxista esto atrajo enormemente la atención del oculto en el escondrijo– mencionaron que hace algún tiempo estuvo usted planeando trasladarse a Rusia y dedicarse a la enseñanza en Moscú.  ¿Es cierto?

 

Aquel hombre apesadumbrado respondió con la clásica frustración del desencanto pequeñoburgués que creía que el socialismo crearía el paraíso de inmediato, sin entender el proceso, apenas en 1935, que fue la fecha que Wittgenstein mencionaba en que había estado en Rusia.

 

_ Yo he visitado Rusia varias veces –dijo el de la voz que se decía marxista– y me ha impresionado muy favorablemente el trato que dan a los científicos y a la ciencia.  Pero –y con ello pretendía coincidir con su interlocutor– no puedo decir que realmente acepte la clase de comunismo de Stalin; es demasiado económico.

 

Y el Prof. escondido en la antesala y que escuchaba aquella conversación, comprendía que aquel pobre hombre que se decía marxista, no entendía de marxismo ni “j”.  Resultaba que su desencanto había sido por el caso del stalinista Lysenko de apenas hacía un año.

 

_ Piense en la pureza espiritual que emana de ideal comunista, Haldane.  La clase obrera... –le decía así Wittgenstein.

 

En fin, intercambiaban ideas, y el tal Wittgenstein resultaba más marxista que aquel que se decía serlo abiertamente y que ahora el tal Prof. sabía que se llamaba Haldane; pura simulación, con tales “marxistas”, cualquiera hace fácilmente escarnio de Marx y el socialismo.

 

Al mismo tiempo tenía lugar otra conversación en el otro extremo de la Sala, y ente estos otros de lo que se hablaba era del problema del “libre albedrío de Schrödinger”.

 

_ La incertidumbre que surge de la naturaleza mecanocuántica del electrón no tiene absolutamente nada que ver con el problema del libre albedrío frente al determinismo como corresponde a la conducta humana...

 

¡Diablos! –eso último suena bien, los fenómenos de la matemática o de la física y menos aun del microcosmos, nada tienen que ver para explicar los fenómenos sociales, se decía el Prof. ahí oculto–, pero, pues estos quiénes son, de qué rayos se trata esta reunión..., y ya le preocupaba el no encontrar el momento para escabullirse.  Y en ese momento escuchó el nombre del anfitrión, pues su interlocutor se refería a él mencionándolo: Snow, al que se le preguntaba el para qué les había hecho ir allí, y de ahí dedujo que ni ellos mismos sabían de qué se trataba la reunión, en la que para empezar, hablaban de cosas tan disímbolas.  En eso tocaron nuevamente en la puerta.

 

_ Esperemos –dijo con voz fuerte el que se llamaba Haldane y presumía de marxista–, que sea el invitado que falta, Snow.  Echaré un vistazo –este abrió y entonces entró un hombrecillo tímido y estrafalario–, ah, el Dr. Turing, supongo –bromeó Haldane, al recién llegado se le invitó algo de beber, al tiempo que Snow le presentaba al resto de los invitados.

_ ¿Conoce usted al resto de los invitados, a Schrödinger, Haldane, y Wittgenstein?

 

¡¡Diablos!!, se dijo el desarrapdo del Prof. enormemente sorprendido al escuchar que uno de los presentes se apellidaba Schrödinger, y con ello resultaba que pues sí, el tal “Wittgenstein” es Wittgenstein, y el que explicaba el asunto del libre albedrío ¡era ni más ni menos que el mismo antivitalista Erwin Schrödinger, miembro extranjero de la Academia de Ciencias de la URSS!  El Prof. conocía de estos dos, a los demás no los había oído mencionar antes, quizás a Snow, le sonaba el nombre, pero no estaba seguro.  Ahora el asunto ya no era tanto el escabullirse, sino el ponerse cómodo para continuar escuchando sin ser descubierto...; o de plano, ser invitado, pero cómo, si él apenas es un pobre diablo muy lejos de esas elites intelectuales.

 

Podría salir de su escondrijo tranquilamente y decir: “Señores, heme aquí, he realizado un viaje en el tiempo desde el futuro”, esos hombres de ciencia no tendrían por qué sorprenderse.  Pero no obstante había dos inconvenientes: uno, que lo declararan loco y llamaran a la policía; y dos, que de creerle, él y su experiencia serían el centro de la reunión, cuando realmente lo que él quería era escucharlos.  El desdichado Prof. –cuyo segundo apellido era tan altisonante como “Wttgenstein” o “Schrödinger”, como “Snow” o “Turing”, o hasta “Haldane”–, se rascaba la cabeza tratando de hallarle una solución a su complicada situación.  La angustia de la necesidad de ir al sanitario definiría la suerte, y ya no aguantaba; las cortinas deberían estarse moviendo demasiado con su danza detrás de ellas, y ya se imaginaba a tal Haldane percatándose del extraño.  Entonces el tal Prof. no tuvo más remedio que salir de su escondite.

 

_ ¡Puff!, ¡uff!..., buenas noches –dijo éste–, disculpen, ¿el sanitario?... –y cuando esperaba que entonces todos sorprendidos por el hecho se concretaran a levantar la mano y señalar a dónde tenía qué dirigirse, resultó que no fue así, que ni siquiera se percataron de su presencia.  Se decidió entonces por busca dicho sanitario en el clásico lugar al fondo a la derecha.  Momentos después salió, creyó que todos lo esperarían–; ¡uff!, ¡ahaaa!, gracias, thank you, thank you very much... –se justificaba innecesariamente pues ni quien le hiciera caso.  El esperaba ya ese: “¡¿Y usted quién es y qué hace aquí?!” preguntado inquisitivamente por Snow, pero nada..., él era ahí menos que un alien, era un fantasma.

_ Eh..., mhmmm.., ah..., bueno…, pues miren…, es que..  –trataba de llamar la atención para sí, y nada, todos seguían en lo suyo; y entonces se alegró hasta la locura; podía hacer “ruido”, moverse, lo que quisiera, él era ahí como un fantasma; o de plano sin el “como”; él era ahí un fantasma.  Sin duda estaba ahí presente como consecuencia de una intersección interdimensional entre la tetradimensionalidad hiperespacial de su movimiento temporal –y entonces él podía verlos sin ser visto dada la conexividad del espacio–, y la tridimensionalidad de la reunión de ese quinteto de Cambridge, ¡guauuu, exquisito!



[*] Cuento Corto con motivo de la materia de “Pensamiento Crítico y Creativo” de la Maestría en Educación; a partir de la lectura de “El Quinteto de Cambridge”, de John L. Casti; Editorial Turus, Madrid 1998.

 

 


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