Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog

Presentación Del Blog

  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • Espacio Geográfico.   Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
  • Contacto

Buscar

Archivos

21 junio 2010 1 21 /06 /junio /2010 08:02

Clich--Literatura

El Sexto en la Mesa.  Cuento, 2005 (2)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica;

México, 24 jun 10.

 

En ese momento Snow invitó a todos a pasar a la mesa para empezar la cena invitada.  Y al fuego acogedor de una hoguera, se distribuyeron en aquella mesa rectangular de roble puesta con elegancia y dispuesta para cinco.  Pronto reconoció a Wittgenstein, y a Schrödinger que se sentaron en las esquinas diagonalmente opuestas, y el anfitrión Snow a la cabecera, por lo que los dos restantes tendrían que ser, uno Haldane y el otro Turing, y pronto definió cuál era cual...  Quedaron los cinco a sus respectivos cubiertos..., y entonces el desarrapado Prof., el sexto a la mesa, tomó su lugar en la cabecera opuesta a Snow...  ¡¡Demonios!!...  Snow ordenó que trajeran la sopa, una exquisita y cremosa bisque de langosta, el desdichado Prof. jamás había visto tal cosa y puso en duda que tal cosa se comiera.  Ni modo, méndigo desarrapado, si que tenía mala suerte, ahora estaba ahí de fantasma sin poder hincarle el diente a nada, y como famélico perro callejero tercermundista en un puesto de tacos, nada más saboreándose y viendo comer a los demás.

 

Pronto Snow planteó específicamente el por qué de la invitación a esa reunión:

 

_ ...me gustaría oír sus sinceras opiniones sobre si existe la posibilidad de que estas máquinas computadoras sean útiles para tareas cognoscitivas más generales del tipo que asociamos normalmente al pensamiento creativo humano –y pasó a hacer un largo relato de la computación y las matemáticas, y sobre la Conjetura de Goldbach, por la cual, antes se creía que toda cuestión matemática bien planteada debía tener un respuesta determinada como verdadera o falsa tras una cadena de razonamientos lógicos– ... así pensaban los matemáticos de esa época.

_ Y así piensa todavía hoy día gran parte de la gente –interrumpió Turing-, incluida la mayoría de los científicos.

_ ¡Claro –habló el desdichado Prof. en voz alta sabedor de que no lo escuchaban, al tiempo que Snow continuaba–, todos eran unos mecanicistas comtianos o estaban imbuidos del “cientificismo” positivista!

_ Desde luego –continuó Snow–, pero en 1931 Gödel demostró que no es así, pues al menos una proposición no es demostrable en la lógica del mismo sistema..., y en consecuencia, ningún sistema lógico puede demostrar su propia consistencia.

_ ¡Claro! –volvió a intervenir el Prof.–, de ahí los postulados.

_ En 1935 –dijo entonces Turing– el Problema de la “Decisión de Hilbert” acerca de una estructura lógica en que se demuestre todo enunciado matemático, quedó anulado para siempre con el trabajo de Gödel; en tanto que yo planteaba que los pasos lógicos que se dan para construir una prueba son los mismos que seguiría una calculadora humana para realizar un cómputo.

_ Mhmmm... –el Prof. sentía que no estaba muy convencido de esa afirmación.

_ En ese sentido la importancia real de estas máquinas computadoras reside en su capacidad para imitar el pensamiento humano... –interrumpió Snow, que mezclaba el principio de incompletud de Göedel que rompía con toda pretensión de rigidez y mecanicismo lógico, con la posibilidad de que un robot adquiriera con base en ello la libertad misma del pensamiento humano.

_ Mhmmm... –reflexionaba en silencio el sexto en la mesa.

 

Luego Turing tomó la palabra y dio una larga explicación del sistema de programación que daba sus primeros pasos, pero que el propio Prof. hacía ya veinte añoshabía utilizado.  Ahora simplemente conocía cómo había nacido la idea.  Mas de pronto, al entenderse que no se podía determinar de antemano el tamaño de la cinta de programación, Schrödinger hizo una observación.

 

_ Así que estos resultados de Gödel muestran que existe un problema que no se puede resolver siguiendo los pasos de un programa.

 

<<¡Alto, alto!>> se dijo el Prof. para sus adentros: ¿la longitud de la cinta de programación ha de ser resultado necesariamente determinado de los pasos de un programa?, o dicho de otro modo, ¿la longitud de la cinta de programación es objeto del programa mismo?, y él se daba a sí mismo la respuesta: no, no es así, la longitud de la cinta de programación es independiente del programa, la longitud de la cinta de programación no pertenece al sistema programado, no está en su lógica.  O no entiendo, o hay aquí un falso problema: pretender conocer de antemano no sólo la cantidad de las líneas de programación, sino la longitud de la cinta programable necesaria, y ni una ni otra cosa forman parte del sistema de programación; el programa no les necesita para determinarse.

 

De momento la discusión se desvió del problema esencial a las previsiones que podían hacerse de la computadora; y cortos se quedaban en sus previsiones para lo que de información portaba ya el desarrapado prof venido del futuro y ahí como sexto en esa mesa.  Mas Wittgenstein llamó la atención a volver al punto esencial: el problema de si una máquina puede pensar realmente como un ser humano.

 

_ Yo no alcanzo a ver en absoluto –decía Wittgenstein–, la relación entre escribir y borrar un montón de ceros y unos en una larga cinta con pensar.  Los cerebros no son máquinas y sería un error absoluto creer que lo son.

_ ¡Claro!, bien, muy bien Mr. Wittgenstein –festejaba el Prof.

_ Disculpen ustedes –dijo Turing–, en primer lugar, déjenme explicar la constitución física del cerebro.  Creo que entonces verán de qué modo su estructura está representada físicamente en la estructura de la computadora..., y un aparato de este tipo sería capaz de pensar verdaderamente.

 

Y Turing disertó sobre todo eso de las neuronas y los axones y las dendritas, el sistema binario del “On” y el “Off” de los circuitos eléctricos neuronales, etc., hasta que finalmente Wittgenstein se desesperó e interrumpió para observar.

 

_ ¡No irá a decir –dijo Wittgenstein que tiraba su servilleta sobre la mesa y se inclinaba sobre ella para impugnar las afirmaciones de Turing– que el patrón de datos almacenados en esos diversos apartados de correos de la máquina o en el modelo ON/OFF de las neuronas del cerebro puede ser interpretado como pensamientos!  Es necesario un hombre situado fuera de la máquina para interpretar que estos patrones se refieren a algo.

_ ¿Niega usted –interrumpió Schrödinger–, que haya leyes del pensamiento que podamos descubrir para explicar el acto de pensar, del mismo modo que usamos la ley de la gravedad o las leyes de la química para explicar los fenómenos físicos?

_ Digo que toda concepción moderna del mundo –replicó Wittgenstein–, se basa en la ilusión de que las llamadas “leyes de la naturaleza” expliquen los fenómenos naturales.

_ ¡Demonios posmodernista Wittgenstein! –le recriminaba el Prof.–, cierto que la actividad inteligente que se expresa en el desarrollo de un programa no significa pensamiento, ¡pero ha ido muy lejos al decir que no hay leyes ni de la naturaleza ni de la sociedad ni del pensamiento humano!

_ Si está usted insinuando, Wittgestein –dijo Snow–, que no sólo el pensamiento humano traspasa la observación de las reglas, sino también todos los demás procesos naturales, eso va a exigir su propia explicación.

 

Y Snow ordenó se sirviera el pescado, y se escanciaron las copas con vino blanco Montrachet...  El desdichado del Prof. se derrumbó sobre la mesa salivando a más no poder, y de hecho prefirió ir a la cocina, y a discreción intentó beber agua directamente de la llave para saciar su sed; mas, desdichado, ¡ni eso!, su mano no podía asir la llave del grifo.  En el lapso, recordaba el marco teórico de Witgenstein.  <<Ludwig Wittgenstein (1889-1951), uno de los fundadores de la filosofía analítica, que creía en la posibilidad de un lenguaje lógicamente perfecto: el de la lógica matemática; fuera de ello, según él, todo carece de sentido científico...>>, ¡bha!, positivista.   Wittgenstein desvinculaba lo lógico-gnoseológico de lo ontológico, y con ello caía en posiciones solipsistas, esto es, de ese inmanentismo del aislamiento y soledad del hombre y su conciencia; ¡ah, diablos!, existencialista.  No era de extrañar pues su afirmación sobre la “ilusión de las llamadas leyes de la naturaleza”, y claro, para él como buen positivista, la esencia de los fenómenos no es posible conocerla; la naturaleza para él no dependía de sus propias leyes, es decir, no tenía una determinación ontológica, sino sólo a partir de la conciencia del sujeto y del lenguaje ideal: la lógica matemática.  Es así como seguramente argumentaría ese traspaso de la naturaleza de sus “propias reglas”, y pues sí, en esas condiciones de subjetividad extrema, las cosas pueden ser como a cada filósofo idealista se le ocurra.

 

En fin, aquellos desgraciados bien que tragaban ya su lenguado meunière“ligeramente dorado y bañado en mantequilla”, les decía el sirviente, y él ahí como idiota, bueno, como siempre.

 

El hecho es que entre bocado y bocado de ese “dorado y mantequilloso” pescado, pasaron a los comentarios sorprendentes para ese momento, pero ingenuos para el Prof. que llegaba ahí venido de 56 años después, acerca de cómo habría de evolucionar el lenguaje de las máquinas computadoras, y percibir sin dificultad que Turing tenía razón: finalmente, si a una máquina somos capaces de programarle hasta el que ella sea capaz de autoprogramarse, la idea de éste sería realizable, incluso hasta en el orden de las emociones y los sentimientos: <<cuando la computadora hembra te diga a ti, computadora macho, que “no”, llora y desgárrate por dentro hasta el abatimiento>>, jaja, al tal Prof. no le quedaba mas que reírse así para aliviar su triste condición.  Y a ese desdichado pseudomarxista del Haldane aun se le ocurría de ejemplo un problema poniendo de por medio el “filete de lenguado” que el desgraciado se zampaba.

 

Wittgenstein refutaba a Turing diciéndole que los criterios para todo ello no se encontraban en la lógica de las máquinas, las cintas y los códigos, sino en la práctica real de una comunidad lingüística; las máquinas no eran capaces de participar en un juego lingüístico como del que participaban ellos, aseguraba Wittgenstein, que levantaba la voz desesperado por aquello que le parecía una aberración de parte de Turing.

 

_ ¡Calma Wittenstein, calma! –decía el Prof.–, ya se parece a mi de apasionado...

_ Espere un momento Wittgenstein –dijo Schrödinger inclinándose y extendiendo una mano hacia él en señal de que se calmara– ...lo que no comprendo en esta línea argumental es cómo entra en el proyecto de Turing el tipo de conducta inteligente asociado al aprendizaje.

_ Sí –intervino Snow–, y si la máquina no está dispuesta a cambiar de opinión y a adaptarse a circunstancias nuevas, a dar respuesta incoherentes, en fin a un comportamiento extraño e impredecible; si una computadora no puede hacer esto, entonces no veo cómo podría exhibir jamás algo parecido a lo que llamaríamos inteligencia humana.

 



Compartir este post

Repost 0
Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Literatura
Comenta este artículo

Comentarios