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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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21 junio 2010 1 21 /06 /junio /2010 08:05

Clich--Literatura

El Sexto en la Mesa.  Cuento, 2005 (5).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica;

http://espacio-geografico.over-blog.es/;

México, 05 jul 10.

 

Y ahí estaba el tal “fantasma” fanfarroneando y payaseando, y por ello se perdió de buena parte de la plática entre ellos sobre la situación del caso Lysenko, y sólo reaccionó cuando Wittgenstein decía: “...el culto a la ciencia es el mayor de los males de este siglo.  Así que sólo por esta razón me opongo al marxismo”.

 

<<¡Qué-qué-qué-qué!, a ver a ver, cómo cómo cómo...  Cómo que el absurdo acientífico o hasta anticientífico de Lysenko (1898-1976) puede llamarse “culto a la ciencia” –y el Prof. se ponía frente Wittgenstein y le manoteaba–, mi querido posmodernista Wittgenstein, ahí lo que está ocurriendo, en todo caso, es exactamente todo lo contrario, no?, es decir, el culto a la no-ciencia.  Por lo que usted se pudo haber opuesto al “marxismo”, en todo caso, hubiera sido por su culto a la no-ciencia; en caso de que ese “marxismo” de dialéctica mecanicista de Lysenko lo consideráramos realmente marxismo.  No mi estimado Wittgenstein, creo que ahí falta más capacidad de crítica, ahora peca de lo mismo que critica aquí a todos los demás.  Y en ese “reclamo” estaba sobre Wittgenstein, cuando en el otro extremo Turing añadía: “El marxismo alega que es científico, pero sólo como expresión de la necesidad de que el cambio histórico tenga una lógica que la ciencia pueda justificar.  ¿Pero cómo puede alguien sostener en serio la noción marxista de que algo como la ciencia pueda ser explicado mediante los “modos de producción dominantes”?  Es un completo disparate”

 

¡¡Cómo cómo cómo!!, ¡alto, alto!, escúchenme, ahora sí escúchenme, ahí sí yo tengo algo qué decirles –y como todos siguieran en lo suyo, el Prof. se desesperó realmente ante tal infundio de la ignorancia de Turing, al fin matemático que como tal, era evidente, ¿qué sabía de economía política el insensato?, y el “fantasma” esperaba que el “marxista” de Haldane dijera algo ante tan elemental ignorancia.  Pero nada, nuevamente fue el mismo Wittgenstein el que aclaró el punto.

 

_ No necesariamente –replicó éste, ¡puff!, parecía que alguien ilustraría sobre las leyes de la economía política al antimarxista de Turing, y Wittgenstein continuó–  ¿Quién conoce las leyes según las cuales se desarrolla una sociedad? –dijo éste.

_ ¡Oh no, no no no! –clama el “fantasma”–.  No es así, eso es por otro lado, “culto al indeterminismo” acientífico, Wittgenstein.  Estúdiense realmente a Marx para que vean cómo funciona la Ley de Plusvalía y cómo se da la Circulación de Capital para entender como se mueve el modo de producción capitalista, esas son leyes ya demostradas no sólo en teoría, sino en la práctica histórico-social, incluso para esta época de este año 1949 –así clamaba al vacío el “fantasma del hiperespacio”.

 

De pronto, otra vez estaban en sus argumentos metafísicos de que si tener alma es tener mente, de pronto parecían neoplatónicos medievales en una discusión escolástica bizantina.  Lo cierto es que el Prof. ya estaba cansado, no se llegaba a nada y de un absurdo saltaban a otro.

 

Era evidente que el cansancio les había invadido a todos, lo que se revelaba no sólo por las incoherencias, sino porque el mismo Wittgenstein, volviéndose de espaldas a la ventana donde había estado mirando la Luna que finalmente asomaba por detrás de las nubes luego de la fuerte lluvia, dio unas zancadas hacia el centro de la habitación y exclamó: “Todos ustedes no dicen mas que tonterías”..., ¡pummm!  Y el Prof., abusando de su situación, a la vez le dijo tranquilo: “Tu también idiota, cómo se te ocurre decir eso de la ciencia y de San Marx”, jaja.

 

_ Al parecer piensan que no hay más diferencia entre cierto tipo de máquina inteligente y un hombre, que el hecho “casual” de que uno está hecho de carne y hueso –y el “fantasma del hiperespacio” exclamó desde el fondo de un apoltronado sillón casi en la penumbra:  “¡y un pedazo de pescuezo!” –, en tanto que el otro está compuesto de metal, vidrio, madera o sabe Dios qué más.

 

Entonces se hizo un marcado silencio, en el que Snow tuvo que intervenir luego de echar un largo trago de su coñac y darle una profunda calada a su puro.  Pero de que habían llegado al límite, habían llegado a límite, a Snow se le ocurrió que se explorara el tema desde el punto de vista de la ética.

 

_ Supongan, por el bien de la discusión –dijo–, que mañana aterriza en Parliament Square una nave espacial procedente de Andrómeda y de ella salta un ser totalmente extraterrestre...

_ ¡Alto, alto! –prorrumpió el Prof., estos puros batistianos, no podía esperarse otra cosa, “están cargados” –e hizo como que iba hacia Snow–, apreciable y distinguido amigo Snow que tan amablemente habéis invitado esta cena, ni una calada más al puro y haber si ya no le anda poniendo cosas al coñac –mas al tiempo que el Prof. hacía su framalla para entretenerse, Wittgestein, molesto, tomaba la palabra.

_ La escena que usted describe no tiene ningún sentido, Snow...

_ ...pero no todos nosotros compartimos su opinión sobre este asunto –respondió Snow con un cierto dejo de incomodidad.

 

En fin, que esa discusión sobre los extraterrestres terminó en que, en tanto no formaban parte de nuestra comunidad cultural y lingüística, no podían ser considerados humanos o personas, y en consecuencia, mucho menos las máquinas por muy inteligentes que fuesen.  En suma, Turing aceptando esos últimos arguentos hizo una especie de conclusión: 1) el que las máquinas podrían ser lo inteligentes que se quisiese, esa inteligencia finalmente sería artificial, y 2) que la inteligencia de las máquinas (artificial), nada tenían que ver con el problema de la personalidad humana.

 

Y a partir de ahí, Snow se dispuso a pedir una conclusión general por todos y cada uno de los presentes, recordando el problema inicialmente planteado: ¿Hay alguna razón lógica por la que no podamos concebir un progreso tecnológico hasta el punto de poder construir una máquina computadora  con unas capacidades cognitivas que no pudieran diferenciarse de las del ser humano?  Y pidió a Wittgenstein fuera el primero en verter su conclusión final.

 

_ La mera idea de una máquina que piensa como un hombre es algo absolutamente absurdo.  Podrá realizar una imitación, el pensamiento está ligado al lenguaje y éste es consecuencia directa de la forma de vida compartida, humana.

_ Por mi parte –dijo Schrödinger a solicitud de Snow–, no veo ninguna razón, física o técnica para que no pudiera construirse una máquina que nos convenciera que piensa como un hombre.

_ Sí sí Schrödinger –le reprochaba el Prof. –, pero el asunto no es que la máquina nos convenza de que piensa como humano imitándolo puramente, sino de que lo sea realmente en tanto que piensa y comprende.

_ Sencillamente –respondió Haldane ahora a petición de Snow–, no me siento a gusto del todo con la idea de conferir a un artilugio mecánico un atributo humano básico como es la capacidad cognitiva.

_ ¡Ah miserable “marxista”! –le recriminaba el Prof. haciendo expresivos ademanes defendiendo ahí una posición marxista consecuente–, no os “sentís a gusto del todo”; pues si no es de “sentirse a gusto”, ¡piénsale!, un alienígena, por todo lo que se ha dicho, podría ser considerado un humano, sí o no....  Y “pus”, no!

 

Dadas las conclusiones, Snow propuso levantar la reunión y todos se dispusieron a despedirse.

 

_ Bueno, y yo qué..., ¡oigan, “pérensen”, falto yo! –reclamaba el fantasmagórico Prof. olvidado ahí cual su condición de fantasma, en lo que, obvio, sin hacer el menor caso, todos se despidieron, no obstante las inútiles súplicas por forma que el Prof., bromeando consigo mismo, les lanzaba sabiendo que sería vana su pretensión-, “pérensen, pérensen pues”, ¡maleducados!, ¡burgueses déspotas!, jaja, bien saben que soy yo –méndigo proletario– el que les va a dar la luz, finalmente reía consigo mismo.

 

Él se quedó ahí sentado en el sofá en la oscuridad de la sala, trataba de leer con los reflejos del resplandor de la Luna un papel en que había anotado el polisilogismo de Turing, y aun batallaba para analizarlo, todo el tiempo le distrajo el ritmo de la discusión misma, pero finalmente se puso a reflexionar las conclusiones posibles de aquella reunión del quinteto de Cambridge.

 

<<Cómo concluir algo –comenzó diciéndose–, creo que lo primero; la condición primera de toda condición; debe ser deslindar las posiciones desde las concepciones del mundo de cada uno de los participantes y entre ellas la mía propia, hasta hacer una crítica a las demás poniendo de relieve sus inconsistencias o sus premisas falsas.  Ciertamente sólo sobre la base de establecer tal racionalidad y orden metodológico a la revisión del pensamiento, podrá concluirse algo igualmente racional y científico.

 

Así es, ni modo, es el problema del famoso “Marco Teórico” con que tanto atormento a los pobres mortales de mi tiempo y lugar.  Si no hemos de caer en posiciones absolutistas en las que se hacen afirmaciones sin relación a nada, sustentado ello en el falso principio de “tolerancia” que más bien resulta indolencia de intelecto, aceptando que el conocimiento es relativo y entendiendo por ello no “relativismo” de lo que cambia arbitrariamente, de que así como puede ser una cosa puede ser otra, sino planteamientos “en relación con...”, es decir, “relativos a...”, “fundados en...”, entonces estamos obligados por racionalidad intelectual a exponer como condición previa, por respeto, por deferencia a los demás con los que se establece el coloquio, cuál es pues nuestro fundamento teórico de referencia en el cual se sustentan las categorías usadas en el discurso; por lo demás, forma práctica de mostrar qué es un marco teórico y su contenido.

 

Bien, pues, mi fundamento teórico es la dialéctica materialista, esto es, el marxismo, esto es, el socialismo, esto es, la teoría del comunismo..., y el comunismo es ateo y rojo, y el rojo son las llamas del infierno y en el infierno está el diablo y el diablo apesta a azufre... ¡ay mamá!, ahora persignaos...

 

Y ahora a los mortales que hayan quedado luego de que los demás hayan salido corriendo, debo decir: ese materialismo dialéctico, esa interpretación del pensamiento marxista está de nuestra parte desde el estudio mismo de las fuentes marxiano-engelsianas, pasando por la escuela de pensamiento de la “ortodoxia” soviética de la Academia de Ciencias de la URSS; bueno de la URSS que ya desapareció, pero que aun hoy con Stalin sustenta y sustentará hasta 1955 al burro de Lysenko.  Bueno, hasta “los malvados demonios también nos equivocamos”, parecemos simples mortales, ¡bha!

 

Pues bien, desde lo relativo a estos fundamentos teóricos es que os haré –¡oh desdichados mortales!–, la luz del conocimiento.  Postulo ser el poseedor de la verdad... (igualito que ustedes cuando afirman algo desde su propio marco teórico –el que ya tienen así sean ignorante de ello–, y el que no crea ser poseedor de la verdad en las afirmaciones que hace, pues allá él y su esquizofrenia; y el que no crea que necesita marco teórico, para empezar ni sabe que ya lo tiene necesariamente, ni sabe para qué le sirve; y el que no sepa qué es postular...  Y a todo esto, ¿saben qué es un postulado?..., mhmmm..., pues es una “afirmación como tesis de partida, indemostrable en su marco[1])  Bien, pues decía, postulo ser el poseedor de la verdad; es decir, esa es una afirmación que hago como tesis de partida, indemostrable en el propio marco, en este caso, dialéctico materialista, por lo cual, en consecuencia, esa verdad afirmada habrá de demostrarse en la práctica histórico-social concreta; entre tanto, afirmamos tener la verdad no por dogma ni presunción arbitraria, sino, en principio, simplemente porque lo afirmamos, y segundo, porque el método dialéctico materialista que se sustenta entre otros ricos principios en que el conocimiento se da como reflejo objetivo de la realidad objetiva, y que por tanto el conocimiento de la verdad, no es sino el reflejo más fiel posible de dicha realidad del mundo de los objetos y fenómenos fuera de mi pensamiento, demostrarlo significará –como dice Engels– no sólo apegarnos a las reglas de la lógica, sino al hecho de que las premisas sean verdaderas; en consecuencia, he de pasar a exponer mis conclusiones así.

 



[1]       Foroba, N.T.; Diccionario de Filosofía, Editorial Progreso, Moscú 1984, (v. Postulado)

 



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