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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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28 agosto 2011 7 28 /08 /agosto /2011 23:02

Elementos-copia-1.jpgEl Tortuoso Camino al Espacio: La Teoría de los Elementos, en el Lic. José C. Martínez Nava, 1995.  Artículo, 2011 (1/2).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri,

 “Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

 http://espacio-geografico.over-blog.es/

 La Tierra; 1 (jN, lW); 29 ago 11.

 

Si el Dr. Carlos Sáenz de la Calzada seguramente había llegado a la teoría de los Elementos como salida al desarrollo de la Geografía, ello había sido, quizá en mucho, debido a ciertos antecedentes de su formación profesional de origen.  Pero en el caso del compañero José C. Martínez Nava, la expresión de dicha teoría, seguramente fraguada desde principios de los años ochenta, y expuesta tres lustros después, es resultado derivado ya directamente del planteamiento de la geografía como ciencia del espacio terrestre, de acuerdo con el estado de la dialéctica materialista hasta ese momento.

 

Tal estado de la dialéctica materialista podría sintetizarse en lo siguiente: en términos de Engels había que distinguir entre formas de movimiento de la materia (en general los fenómenos), y formas de existencia de la materia (tiempo y espacio).  Habría una ciencia como reflejo objetivo de la realidad objetiva de cada una de las formas de movimiento de la materia, como, en particular a su vez, las habría, igualmente como reflejo objetivo para el tiempo y el espacio, como formas de existencia de la misma.  Para lo primero sería la Historia, como para lo segundo la Geografía.

El espacio como forma de existencia de la materia, se refería, entonces, bajo estos principios, precisamente, a la especialidad de las cosas.  Así, diría el dialéctico materialista Dr. Eli de Gortari, “no es que las cosas existan en el espacio, sino que su existencia es espacial”.

 

Esta definición implica un aspecto fundamental: el concepto de espacio era simplemente una generalización y abstracción de la especialidad de las cosas concretas.

 

Pensar que el concepto de espacio correspondería a algo real y objetivamente existente, distinto o separado de las cosas concretas mismas, resultaba un planteamiento metafísico; es decir, querer hacer de la “idea de espacio”, algo objetivamente existente.

 

El espacio en la dialéctica materialista dada hasta entonces, era, por definición, un espacio eminentemente plenista, el “espacio lleno” de las cosas mismas; y más aún, una determinación de ellas, de tal modo que sin las cosas, no habría espacio.

 

Había, en torno a este mismo problema de entender el espacio como el “espacio lleno” del objeto mismo, una dificultad más, incluso de lo cual lo anterior era su consecuencia: la identificación del vacío con “la nada”.  Desde Demócrito había quedado planteado el problema de qué habría entre dos átomos, en donde la condición para el movimiento (esencia del espacio) de éstos, no podía ser otra que el vacío entre ellos.

 

Ello generó una nueva versión de horror vacui, en donde el vacío, luego de Newton, trató de ser llenado de algún modo: ya con el éter, ya con el concepto del continuum de einsteniano; y lo uno no se demostraba físicamente, y lo otro resultaba en una paradoja en la que, en última instancia, sobrevivía el problema de Demócrito: finalmente, qué habría entre dos elementos infinitesimales últimos del continuum.

 

Así, en tanto no se resolviese la falsa identidad del vacío con “la nada”, lo que implicaba el reconocimiento de la realidad objetiva del vacío, no había manera de avanzar en el concepto de espacio como reflejo objetivo de una faceta de la realidad objetiva, distinta de las propiedades espaciales del objeto mismo.  Pero reconocer la realidad objetiva del vacío, implicaba, a su vez, reconocer al vacío mismo no sólo como la esencial realidad del espacio, sino como una forma de existencia de la materia que es, al mismo tiempo, una forma más de movimiento de la misma (haciéndose así un curioso juego de ideas para el entendido en el marxismo, en que el espacio como forma de existencia de la materia, se hace una forma más de las infinitas formas que tiene la materia de existir).

 

Otto von Guericke, en Magdeburgo, Alemania, en 1654, si no “descubrió”, sí hizo evidente, experimentalmente, la existencia del espacio vacío: precisamente el contenido de la Esfera de Magdeburgo, cuyos hemisferios no podían ser separados ni con el tiro de ocho caballos luego de haber extraído la mayor cantidad de aire posible, y haber hecho con ello el vacío en el interior de la esfera.  Pero desde principios del siglo XX, con Tesla, Morley, o Kosiriev, se comenzó a entender que lo que quedaba en el interior de la Esfera de Magdeburgo entendido como vacío, en primer lugar, no era “la nada” (bien visto, ¿cómo podría serlo?), sino eso, una forma de la materia llamada “vacío”; y que tal vacío, además, como un campo físico, era energía.

 


 

 

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