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9 septiembre 2012 7 09 /09 /septiembre /2012 17:25

Ícono Filosofía-copia-1Ética: la Teoría de la Moral, en los Fundamentos de la Dialéctica Materialista. El Ser Humano y la Dignidad (2/12).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

12 sep 12.

 

2  EL Ser Humano y la Dignidad.

 

Si lo moral es lo esencial de las relaciones humanas, la esencia de la moral es la conciencia de un acto para con los demás, en libertad y responsabilidad, que será tanto más valioso, cuanto más ello contribuya a la humanización del ser humano, esto es, cuanto más contribuya a su dignidad.

 

Esto, de suyo, habla de actos morales cada vez de mayor compromiso social, y, en consecuencia, del hecho del progreso moral.  Luego, si los seres humanos están determinados por las relaciones sociales dadas en cada modo de producción, en ellos se establece a su vez, las correspondientes relaciones morales; y si un modo de producción establece formas de organización social con una producción espiritual, esto es, cultural en el arte y en la ciencia, cada vez superiores, las relaciones morales, en consecuencia, tienden a un desarrollo progresivo que las hace superiores a momentos o épocas anteriores de a historia.

 

Un indicador altamente notable del progreso moral, es el momento cuando lo que regula la vida de la sociedad se centra ya no en el acto de derecho jurídico como norma de coacción externa, sino en el acto interno o íntimo de conciencia moral; formándose con ello la riqueza moral de la sociedad (o, inversamente dicho, cuanto más se recurre y rige en una sociedad el acto de derecho legal o jurídico ejercido por un tercero entre dos personas por encima de lo que bien se resolvería entre ellas en un acto de conciencia, de responsabilidad y compromiso social del individuo, tanto más se rezaga el desarrollo de la libre personalidad y la convivencia social humana, empobreciéndose la moralidad social).  El más elevado criterio del progreso moral de la sociedad, radica en el grado de concordancia dados entre los intereses personales y los colectivos en una sociedad, en lo cual se da una mutua dignificación humana entre todos sus miembros.

 

La conducta moral, pues, ha de tener siempre por principio, en consecuencia, la obligatoriedad de la dignificación del otro (la otredad), el saberse obligado en el deber del hacer yo, del otro, un ser humano cada vez mas digno de considerarse como tal, de hacerme responsable por esa dignificación del otro, de mi semejante.  Cuando el acto íntimo realizado así se generaliza socialmente, la sociedad alcanza mayores niveles de desarrollo moral.

 

La conducta moral ha de distinguirse, entonces, de la conducta vista desde la psicología, la cual es de carácter pulsivo o inconsciente, pues en lo moral, la conducta se basa en el acto libre y consciente del individuo, en la cual éste eleva en las más altas cualidades a la otredad, y por ello mismo se ve dignificado.

 

De este modo, la dignidad se refiere a las más altas cualidades de aquello que se nombra, y si en la conducta moral hablamos de la dignificación humana, hablamos entonces de las más altas cualidades que merece la condición humana.  En la medida en que un individuo dignifica a sus semejantes, no sólo se hacer sujeto de reconocimiento digno de los demás, sino que por ello, se dignifica a sí mismo.  Así, la dignidad, es un modo de comprensión del deber moral y la responsabilidad; es decir, de aquello a lo que consciente y voluntariamente nos vemos obligados, y por lo cual respondemos comprometidamente.

 

En nuestra sociedad actual, bajo el régimen capitalista profundamente egoísta, del culto a un individualidad mezquina y del aprovecharse de los demás, todo lo cual se complementa con una forma de vida ampliamente coercionada por el Estado en beneficio de la clase social en el poder, la decisión por el deber y la responsabilidad es en algo en exceso mermada en las convicciones del individuo, pero más aún, a lo que se ha de enfrentar bajo un aparato coercitivo que unas veces sutilmente y otras de la manera más burda, se lo impide.

 

Nada daña más a la moralidad social en este orden capitalista actual, que el atentado a la condición humana en lo más esencial de ello: el derecho al trabajo, en particular, al trabajo productivo.  Nada hace más a la dignificación humana  que el trabajo, como nada despoja de tal condición humana que las masas cesantes, y la humillante respuesta filantrópica de ayuda misericordiosa a los pobres (programas asistencialistas de gobierno, organización caritativa que desplaza al Estado en sus responsabilidades sociales, etc), en lugar de dar solución a la pobreza.

 

En ese sentido es que nuestra sociedad vive un exacervado proceso de deterioro, de corrupción y deshumanización.

 

La decisión libre y consciente se pierde, se anula la voluntad como un acto que va más allá de los deseos y está determinado por esas condiciones materiales de vida que restringen la libertad del individuo.

 

De ese modo es que lo moral como la acción práctica del ser humano, como en su teorización en la ética, el problema más esencial que se plantea –y que habremos de discutir más adelante dotados de algunos elementos más–, es el de la libertad.

 

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