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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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9 septiembre 2012 7 09 /09 /septiembre /2012 17:31

Ícono Filosofía-copia-1Ética: la Teoría de la Moral, en los Fundamentos de la Dialéctica Materialista. La Realización Moral.  (8/12).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

12 sep 12.

 

8  La Realización Moral.

 

Por realización de la moral; esto es, por el hecho de una moral real; no nos referimos ya ni al acto moral, ni al progreso moral, sino a la realidad moral concreta de una sociedad dada.  Nos referimos con ello, a los principios o valores más apreciados o normas que rigen la vida de una sociedad concreta.  En el tema de la realización moral, de lo que se trata, es de la práctica moral.

 

La práctica de la moral se sustenta en uno o varios principios fundamentales bajo los cuales se interpreta el mundo de las relaciones sociales morales.  En la comunidad primitiva, ese principio esencial era el de la disolución del individuo en la colectividad.  En la sociedad esclavista, el principio moral esencial, determinante de todas las demás relaciones morales, era el del deber de la sujeción al amo esclavista en pago de las deudas.  Durante la Edad Media, en la sociedad feudal, ese principio básico, lo fue el “honor de caballería”, que imponía un rígido orden social estamentado.  Hoy, en nuestra sociedad moderna, el capitalismo, mismo que nace hacia el siglo XVI, el principio básico que rige el orden moral social, es el culto al individuo y a la propiedad, la doctrina del individualismo y la propiedad privada.  El individuo y su propiedad lo determinan todo.  Pero la historia no se detiene, las necesarias transformaciones sociales imponene nuevas formas de organización económico-social para producir sus bienes materiales, y de ello aparece un orden social superior al capitalismo: el comunismo, cuya etapa de transición del capitalismo a él, se denomina socialismo.  En el socialismo, expreimentado socialmente en el siglo XX desde la Revolución Socialista en Rusia en 1917, se plantea como principio moral esencial, contrario al capitalismo, el colectivismo y el sacrificio en bien de a sociedad.

 

Así, los principios morales básicos y determinantes, surgen de la necesidad fundamental del régimen económico-social.  Está dado a la sociedad para que ese régimen funcione de una determinada manera.  Evidentemente, esos principios cambian con los cambios de los regímenes económicos.  Sin embargo, ni el régimen económico-social cambia de pronto, ni los principios que fundamentaban costumbres desaparecen en el acto; como tampoco los principios de una nueva sociedad se estatuyen y se practican por decreto.  Pero en el lapso de esa transformación social y moral en que lo viejo entra en crisis y lo nuevo no acaba de establecerse, la sociedad vive situaciones de enorme ambigüedad.  La anterior moralidad se derrumba provocando el abandono, la desilusión, el desapego, la protesta sin contenido (ya en las marchas de ello, o bien en el modo de ser enfrentado por cierto sector de la sociedad), la irresponsabilidad, las actitudes de negación de todo en absoluto (el llamado nihilismo de la actual “contracultura”), el caos y el desorden, hasta la quiebra moral en las relaciones familiares y entre los sexos.

 

Hasta en tanto los nuevos principios aparecen fundando nuevas relaciones morales sobre la base de una nueva organización económico-social, dado que toda expresión de un valor moral requiere las condiciones necesarias para que se haga real, la honestidad, la sinceridad, la veracidad, lo justo moral, no pueden darse, dado que ello no es posible en un régimen de corrupción, en el que, además, prevalece el culto al egoísmo individualista.

 

Ciertamente, los nuevos principios morales no surgen de la nada, espontáneamente, a pesar de que estén dadas las nuevas condiciones económico-sociales; ello presupone la necesidad social de practicar una nueva forma de relación social moral: abandonar, por ejemplo, el egoísmo individualista que anula el bienestar social, suplido por el principio del colectivismo y la atención al otro; y para ello, la sociedad se tendrá que ver obligada por las circunstancias reales y concretas necesarias que se lo impongan.

 

El problema esencial de una moral real, es el de la real humanización del ser humano.  El egoísmo individualista, la mezquindad, el otro o la sociedad como medio del cual valerse en provecho propio, el oportunismo para abusar y aprovecharse del otro, la falacia, el cinismo, la simulación…, todo ello y más negativamente, quebrantan la condición humana, no hacen al ser humano ser mejor, sino, por lo contrario, expresan su ruindad y desapego a lo humano.

 

El colectivismo, el sacrificio por el otro, el otro o la sociedad como aquello a lo cual nos debemos en nuestros conocimientos y capacidades, el respeto y la igualdad de condiciones, la sinceridad y la integridad moral…, todo ello y más positivamente, integran la condición humana, hacen al ser humano, cuya naturaleza es ser cada vez mejor, expresando su dignificación.

 

Si hay algo en lo básico que hace al ser humano, eso es el trabajo, su carácter eminentemente productivo.  En el trabajo el ser humano se hace un ser creador, que humaniza cuanto toca, y a la vez, por la transformación de lo que toca, se ve humanizado.

 

“El que no trabaja –dice el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez– y vive, en cambio, a expensas del trabajo de los demás, tiene una humanidad que no le pertenece, es decir, que él mismo   no ha contribuido a conquista y enriquecer”[1].  Y que tanto más ha de conquistar y enriquecer, cuanto más transformador y productivo sea el carácter de su trabajo.

 

Visto ello en su conjunto social, agrega el mismo autor: “una sociedad vale moralmente lo que vale en ella el trabajo como actividad propiamente humana”[2], y, agregamos nosotros nuevamente, cuanto más transformador y productivo sea su trabajo social, tanto más valor tendrá moralmente esa misma sociedad.

 

Sin embargo, hay en ello una agravante: si el trabajador no se apropia del producto de su propio trabajo y de la riqueza que ello genera, y por el contrario, se ve despojado de ello mediante la enajenación no sólo de su trabajo (en donde el trabajador pasa a ser una parte o una pieza más de la máquina de producción), sino del producto y la riqueza del mismo que el patrón capitalista se apropia; en ello el ser humano vuelve a ser sujeto de deshumanización, si bien ya no en calidad de un ser que pierde toda condición humana, sí ahora en términos de ser que se humaniza, pero que es despojado de ello.



[1]        Sánchez Vázquez, Adolfo; Ética; Editorial Grijalbo; México, 1969; p.181.

[2]        Ibid. p.181.

 

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