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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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9 septiembre 2012 7 09 /09 /septiembre /2012 17:34

Ícono Filosofía-copia-1Ética: la Teoría de la Moral, en los Fundamentos de la Dialéctica Materialista.  Lo Ético-Estético en las Determinantes Individuales.  (11/12).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

12 sep 12.

 

11  Lo Ético-Estético en las Determinantes Individuales.

 

Hemos visto que la estética es, en su esencia, la capacidad humana de reconocerse a sí mismo en su obra y de verse en ella perfeccionado.  El ser humano ha evolucionado de su existencia como un grupo símido antropomorfo, a las distintas especies de homínidos, y entre ellos, a aquel del cual ha devenido nuestra sociedad actual.  El ser humano, desde siempre, ha nacido en sociedad; así sea que esa sociedad haya sido la de los pequeños o grandes grupos tribales de simios; es por ello, como lo dijeran Marx y Engels, que el ser humano es un ser social por excelencia.  Más aún, el ser humano se hace un ser humano, no sólo por nacer en sociedad, sino porque es la sociedad la que lo crea como un ser humano.  El ser humano, fuera de la sociedad, dependiente por entero de sí mismo y de la naturaleza, se animaliza, pierde su condición de ser humano, precisamente en la medida que pierde su dependencia a las relaciones humanas (económicas, sociales, políticas, científicas o culturales).  Todavía más, la sociedad humana misma también pierde algo de su riqueza dada en la diversidad, con la exclusión de aquel.  En esta conclusión de origen estético, es el ser humano el que hace al ser humano, en sociedad.

 

Expongamos algo que, por su naturaleza, parecerá una digresión, pero que, al final, adquirirá pleno sentido afín a este análisis de la esencia de la relación ético-estética en las determinantes individuales humanas; y ello es esa discusión teologal en la mitología hebrea, acerca de la creación divina del ser humano.

 

Según tales consideraciones, Dios tomó arcilla de la tierra, el humus (de donde el concepto humano), y, cual artesano en una labor estética escultórica, creó al ser humano.  Sin tal acto, hoy no estaríamos pensando a Dios, ni Dios, como lo hemos dicho en las primeras líneas de este artículo, se reconocería a sí mismo en aquello creado a su imagen y semejanza, capaz, en consecuencia, de pensarlo.

 

Pero ahora, ya como ese par de Adán y Eva, simbolización de la humanidad, ingenua y absolutamente dependiente de las reglas del Paraíso, es como un animal más de esa naturaleza, sin mayores necesidades, ni de esfuerzo físico ni de pensamiento, para frustración de su creador, pues su creatura no despliega todo el potencial que debe reflejar lo que Dios quiere ver de sí mismo en él, hasta su propia perfección, que para eso lo creó (esa es, hemos visto, la razón de la estética en el arte).  Y entonces, “los condena” a hacerse seres humanos: habrá de trabajar y pensar por sí mismo; dejará de imitar a la naturaleza, para ponerse a construir ahí donde la naturaleza dejó de hacer lo que esté en su cabeza, en su pensamiento; hasta tal punto, que producto de su ingenio, ya no sólo construirá donde no había, sino que ahora creará lo que no existía, creará lo que Dios no hizo, se convertirá en un demiurgo…, que, en la conciencia de sus propias capacidades, se atreverá a negar a su propio creador, afirmando que este es sólo producto del pensamiento humano; es decir, que el creador de Dios, es el propio ser humano.  Ello, tal osadía, ¿lo hará merecedor del castigo divino?  No; por lo contrario, es ahí donde Dios, finalmente, se reconoce a sí mismo plenamente, ese ser humano ha quedado formado finalmente a su misma imagen y semejanza; ese ser humano independiente, cuasiomnipotente y ateo, expresa en sí mismo lo que Dios es, y es Dios mismo perfeccionado.

 

Así, en esa figura alegórica, Dios y el ser humano (tesis y antítesis), forman dialécticamente una indisoluble unidad de contrarios no-antagónicos, es decir, no en donde un opuesto, para ser, ha de excluir al otro, sino por lo contrario, en donde un opuesto, para existir, para ser, ha de presuponer la existencia y ser del otro; y más aún, en tal dependencia mutua, que para ser, ambos tienen que entregarse el uno en el otro (en la síntesis), para reconocerse a sí mismos, incluso, perfeccionados.  El uno para el otro, representan una condición de necesidad (eso objetivo y concreto que coarta la libertad plena de cada uno por separado, y que va cambiando progresivamente en la historia, en la transformación que el ser humano hace de sí mismo en sociedad), por cuya consciencia mutua y recíproca, se otorgan mutua y recíprocamente la libertad en tanto luchan por transformar las condiciones de necesidad que les limitan (de ahí que Dos “abandone” al ser humano reconociendo su divinidad, y éste a su vez lo niegue como un ente real en un mundo sobrenatural, por supuesto, igualmente real; pero que acabe reconociendo la magnificencia de lo divino en lo valioso del concepto de “Dios” como aporte de la cultura, y aquello a lo que aspira en lo individual (tal como las utopías son su aspiración ideal en lo social).

 

Tal discusión teologal en función de la estética, nos permitirá ahora entender las relaciones ético-estéticas en sus determinantes individuales, y, principalmente, en aquella relación individual esencial. La relación natural, mujer-hombre.

 

Súplase en la contradicción “Dios-Ser Humano”, en el orden que sea, dialécticamente será ello alternante, los opuestos “mujer-hombre”.  Ya sea la mujer representada en Dios, ya en el Ser Humano en ese pasaje mítico; o bien ya sea él representado en Dios o en el Ser Humano –el lugar que se ocupe es irrelevante dado que la esencia del problema está en que uno es en el otro–; el otro no es más que el reconocimiento perfeccionado de uno mismo.  Y la solución para la esencia moral de su libertad mutua, radica en su lucha por romper y superar históricamente las condiciones de necesidad que les limitan; esto es, esa forma de ser el uno para el otro en una entrega obligada para reconocerse perfeccionados, mutua y recíprocamente, en su propio ser, en el ser del otro.

 

Resulta evidente que en tal contradicción dialéctica, por la propia naturaleza de ésta, hay una negación mutua y recíproca de los opuestos; pero no siendo ninguna negación antagónica, excluyente un opuesto del otro, su solución necesaria se da en la síntesis, en donde uno se funde en el otro formando un tercer ser nuevo y diferente: la creación del ser humano dado en ellos mismos en el proceso de su humanización; y en donde los hijos en que se reproducen, a los que cuidan y educan, son el símbolo de tal síntesis lógica.

 

Así, la humanización plena, estará en la entrega plena, absoluta e incondicional, del propio ser, en el ser del otro; el otro, ahora ya no sólo ha de ser el alter ego, no simplemente “otro yo”, sino “yo mismo” en ese otro ser.  Esta profunda unión mujer-hombre, expuesta así, implica una de las más difíciles luchas para superar las condiciones de necesidad, entre ellas, lo que uno significa en la negación del otro; pero la superación de esa lucha, es, precisamente, lo que les otorga la mutua y recíproca libertad.

 

Paradójicamente así, cuando una unión mujer-hombre fracasa, se condena a lo opuesto a la libertad: a la esclavitud eterna.  Pero hemos antepuesto el concepto de, “paradójicamente” (es decir, como una contrariedad del sentido común), porque, si bien se ve, antes hemos hablado de la humanización plena como la entrega plena.  Y qué es la “entrega plena”, si no eso terrible denominado “esclavitud”.  Con la diferencia, en este caso, de que no se habla de la esclavitud impuesta por el otro en contra de nuestra voluntad, sino, por lo contrario, de una esclavitud por propia voluntad: ella es, precisamente, la conciencia de la necesidad; la conciencia de lo que es obligado para que, luchando por superarla, no se convierta en esclavitud real, contra la propia voluntad, sino se convierta en humanización plena.  De ello se sigue, dicho con ese término, que la mujer ha de entregarse al hombre por propia voluntad en su esclavitud plena, absoluta e incondicional; pero no más, no menos, que el hombre, mutua y recíprocamente, habrá de hacer exactamente lo equivalente: entregarse a la mujer por propia voluntad en su esclavitud plena, absoluta e incondicional.  La paradoja está en que, esa esclavitud mutua y recíproca de sus seres, haciendo su humanización en dramática lucha por superar la adversidad, les otorga simultánea, mutua y recíprocamente, su simultánea, mutua y recíproca libertad.

 

Por lo demás, es a esa entrega en esclavitud por propia voluntad, a lo que se le conoce como, el amor.

 

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