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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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20 julio 2010 2 20 /07 /julio /2010 08:22

La Evaluación Ético-Esteticista

en el Aula Universitaria Durante un Curso.

  Tesis Maestría en Educación Superior, 2007 (22)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica;

http://espacio-geografico.over-blog.es/;

México, 07 oct 10,

 

En una consideración muy general, pero punto de partida obligado para poder, ya no se diga entender, sino principalmente creer –rompiendo con la candidez e ingenuidad propia de todo aquel que actúa de buena fe–; que la psicología es usada esencialmente como un arma en contra de las masas para privilegiar el orden establecido, es importante hacer algún apunte sobre la llamada “guerra psicológica”, uno de cuyos objetivos estratégicos es, “en lo espiritual, influir sistemática y masivamente en la conciencia social”[1]; para ello se utilizan principalmente los medios de comunicación masiva.  Pero la conciencia social sobre la que actúa la guerra psicológica, tiene a su vez sus niveles, desde la conciencia rutinaria de la vida cotidiana, hasta el nivel científico-técnico; y más aun, el nivel teórico de la conciencia, en el que se aloja la ideología y la interpretación de la realidad social, y es así como la guerra psicológica penetra hasta el aula a través del psicologismo en el aprendizaje tanto como en su evaluación.

 

El “test psicométrico” para medir el aprendizaje es un ejemplo más que suficiente de esa guerra psicológica: cualquier estudiante es capaz de revelar el sentimiento de terror que éstos causan.  Ello no lo entienden, no lo saben –no lo entienden ni lo saben los propios docentes que lo hacen–, pero el hecho es que los estudiantes no sólo están “siendo tratados” como “ratones de laboratorio”, sino en la práctica, el sistema de poder prueba cosas, mide, está atento al desarrollo del fenómeno educativo.  La reprobación de estos exámenes, es en mucho –basta la propia experiencia personal para ponerlo en evidencia–, por el rechazo inconsciente al procedimiento que arremete la dignidad humana.

 

La guerra psicológica en el nivel científico-técnico es el que se refiere a su incidencia en la vida académica universitaria.  Aquí la guerra psicológica va desde la difamación, la mentira, y la calumnia mediante la sugestión, la persuasión, el “contagio”, y la corriente de opinión social, entre otras formas, retomada de los niveles inferiores en que se aplica; no obstante en el ámbito universitario resultan relativamente fácil de refutarse; hasta llegar precisamente a la distorsión teórica de los fines pedagógicos, en que, disfrazada de fundamento científico en función de la “medición” y la “objetividad”, la evaluación educativa del aprendizaje se nos presenta con los fundamentos psicologistas del “test psicométrico”; asunto ya no fácilmente refutable.

 

Cierto es que los “test psicométricos” han tenido un uso para asuntos precisos, de exactitud, útiles en el ámbito de la reflexión y la investigación; pero justo ello, aplicado en sentido negativo, es decir, para los fines de la clase social en el poder cuyos intereses son enteramente distintos de la clase social mayoritaria que se educa para transformar el mundo, es lo que crea esa situación de alienación del papel psicologista en la educación superior.

 

La cultura de la “contracultura” que profesa el posmodernismo y que difunde el nihilismo, el individualismo, el egoísmo, la subjetividad de la verdad, el relativismo, la inconciencia social y el cinismo, es precisamente la expresión más amplia de la guerra psicológica.  En principio, más que entender cómo funciona la guerra psicológica, es importante que se crea que ella existe, pues la ingenuidad y buena fe de todos, es campo fértil para los fines de los poderosos, que cuentan con amplios aparatos de investigadores y asesores (es el caso precisamente de Stanley Hall, de Dewey), para manipular a la sociedad conforme a sus intereses.

 

D. Volkogónov refiere esa realidad: “En Crestomatia de la Guerra Psicológica –refiere Volkogónov en su obra La Guerra Psicológica– los autores estadounidenses señalan que el complejo psicológico del hombre es el más sensible.  Las fuerzas armadas de EE.UU, tienen instrucciones de “trabajar” psicológicamente al personal propio y del enemigo.  En esas instrucciones se insiste en recalcar la idea de que el mayor éxito lo brindan los medios psicológicos de influencia ideológica y política sobre la conciencia de las personas.  Los autores de esas instrucciones norteamericanas no son originales en ese enfoque, pues ya en 1944, en el decreto para la propaganda militar, promulgado por el mando hitleriano, se afirmaba que la parte más vulnerable del hombre es su psicología, el aspecto sensitivo.  Por eso se pueden lograr mayores éxitos dirigiéndose a los sentimientos y no a la conciencia en general”[2]

 

“Herbert Schiller, profesor de la Universidad de California –citamos de D. Volkogónov en su Guerra Psicológica–, escribe abiertamente en su libro Manipuleo con la Conciencia, que el mundo libre no posee ideología única y atractiva, por lo cual le es más conveniente dedicarle mayor atención al mundo psicológico del hombre, a sus sentimientos y emociones.  Únicamente mediante el fenómeno psicológico –concluye H. Schiller–, Occidente puede intentar el manejo de la conciencia de naciones y pueblos”[3].  Luego Volkogónov pasa a explicar lo que él llama la “gnoseología de las influencias psicológicas”, es decir, estrictamente el cómo operan los mecanismos de influencia en el ánimo de las personas.  No es objeto aquí de entrar en ese detalle tan particular del “modelo psicológico”, no obstante conviene comentar ahora algunos aspectos en ese sentido, aplicados en las particularidades del tema tratado en función de nuestro interés.

 

En el proceso inverso al planteado por el psicologismo y que explicábamos más arriba, está el planteamiento ético-esteticista, en el que, por lo  contrario, “medir” el conocimiento implicará una “medida no-cuantitativa”, sino cualitativa: valorar la capacidad racional e intelectiva en el análisis crítico mediante la abstracción teórica y síntesis de lo concreto en la práctica.  O como lo expresara Lenin retomando a Marx acerca de la comprensión de lo que era el conocimiento: el paso “de la percepción viva al pensamiento abstracto, y de éste a la práctica”.  Es decir, en el modelo psicologista de la “Escuela Nueva”, se mide –y se mide cuantitativamentepara valorar.  En el modelo filosófico-sociologista de la “Escuela Tradicional”, se valora para medir, y esa medición es un referente cualitativo.  Es por ello que en el primer caso el proceso es altamente cuantitativo; mientras que en el segundo, eminentemente cualitativo.

 

Por ejemplo, en el primer caso se aplica un “test psicométrico” y la medida obtenida nos permite emitir enunciativamente (a manera de “x es y”), un juicio que ni siquiera es estrictamente de valor, sino fáctico (x tiene 10, y la pretendida “fría” “objetividad” hace del 10 una propiedad de “x”, y no permite establecer una necesidad nuestra, del docente, ni una propiedad axiológica, y por lo tanto no impone una valoración moral).  En el segundo caso se valora un trabajo mediante un juicio de valor preferente; del tipo “x es preferible a y”, donde el criterio de preferencia normalmente; casi por definición en el ámbito de la ciencia positiva de la educación –de acumulación histórico-social de la experiencia–, será axiológico; y en este último sentido, el juicio de valor será principal y esencialmente imperativo (del tipo “debes hacer x y no y”, que impone ya por definición el juicio de valor, dado que lo que debe ser realizado, se ha de juzgar por valioso); sobre la base de ciertos criterios (de forma, contenido, análisis crítico, síntesis), digamos un Ensayo y sus propiedades, y se da una medida.

 

En el primer caso, supuestamente se obtiene una “fría” y “objetiva” medida cuantitativa, prácticamente inapelable; en el segundo caso, en contraposición, supuestamente será entonces una “cálida” y “subjetiva” medida siempre discutible, pero asumible en principio sin discusión, con responsabilidad moral.  En el primer caso todo queda en la conformidad de lo justo dado el convenio subjetivo de la “objetividad”; en el segundo caso, la real objetividad es lo que, en los hechos, permite determinar mediante una valoración cualitativa.

 

Podemos, pues, afirmar, con base en lo antes dicho, que así como en la teoría psicologista de la evaluación la “objetividad” es un convenio y la “medida” un “justo medio”, el concepto mismo de “evaluación”, en tanto que exclusivamente fáctico, no se refiere a lo que su etimología pudiera presuponer: “extraer un valor”; en el entendido de que dicho valor no es un valor económico, sino moral, en el entendido de un valor axiológico en tanto que aplicado en relación con otro ser humano; sino simplemente –en tanto que un valor exclusivamente fáctico–, es un valor de propiedad.  Dicho de otra manera, es simplemente una cualidad indiferente, y no una valía o un bien con relación a nosotros o a los demás.

 



[1]       Volkogonov, Dmitir; Guerra Psicológica; Editorial Progreso, Moscú, 1986; p.5

[2]       Ibid. pp.39-40

[3]       Ibid. p.41

 



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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Tesis y Monografías
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