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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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20 julio 2010 2 20 /07 /julio /2010 08:31

La Evaluación Ético-Esteticista

en el Aula Universitaria Durante un Curso.

  Tesis Maestría en Educación Superior, 2007 (31)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica;

http://espacio-geografíco.over-blog.es/;

México, 08 nov 10.

 

 

Puede haber en principio en esa técnica, ciertamente en el fondo, un intento de metodología científica –por prestigio así lo retoma, al igual que se ostenta en ello la posición marxista, aun cuando desde luego, desde el gramscismo y la Escuela frankfurtiana “neomarxista”–, es decir, desde la posición de “los teóricos marxistas de la superestructura”[1]; pero, tanto método científico como marxismo, son sutilmente deformados, y la ciencia en sí, reemplazada –a decir de dichos autores– “en sus limitaciones positivistas”, mediante esa “Investigación Acción Participativa” “comprometida”, “popular” y no “academicista”; lo cual ya deja ver que no se entiende de metodología científica al identificar “ciencia positiva” –el saber científico acumulado históricamente–, con “ciencia o cientificismo positivista”, que ésta no es otra cosa que el “cientificismo” mecanicista decimonónico.

 

Tal propuesta de identidad Sujeto-Objeto fundada en la metafísica de corte hegeliana, o en una especie de inmanentismo en donde el sujeto se desborda en el objeto, está precisamente en el prurito del “mayor compromiso científico” dado en la “epistemología de la praxis, y el rompimiento de la dicotomía sujeto-objeto”[2]; o del equívoco de creer que el que vive el fenómeno es el que mejor lo entiende, es decir, a partir del empírico “sentido común”, tal como dice Humberto Barquera: “...a partir de la realidad concreta y del sentido común de los que mejor conocen esta realidad, o sea, los que la están viendo”[3], cuando bien se sabe que, en el marco del “sentido común”, el que menos entiende la esencia de su momento histórico, es el que lo vive; y es necesaria la distancia histórica para la comprensión de la esencia de los fenómenos.

 

Para Marx, para la dialéctica materialista bajo la teoría del reflejo en el conocimiento, y el reconocimiento de la determinación de la superestructura por la estructura; esto es, como el mismo Marx lo dijera, de que el ser social determina la conciencia social; tal identidad entre el sujeto y el objeto es un absurdo; dado que el que conoce es el sujeto, y éste siempre conoce respecto del objeto que refleja, y lo refleja, en ese proceso de lo concreto real objetivo a lo abstracto, y de lo abstracto a lo concreto objetivo sintetizado en el pensamiento; y resulta que tal proceso requiere en el sujeto una “toma de distancia” respecto del objeto, y nunca una identidad, en la cual, el proceso de abstracción sería imposible*.

 

Así se explica que ese extremo de la “Investigación Participativa”; aquella en la que el “compromiso” es absoluto a tal punto que implica la acción política; que es la llamada “Investigación Militante”, resulte más consecuente en su verdadera relación con el método científico, pues, citamos de Barquera refriendo a ésta: “...el papel del investigador es fundamental y no requiere, en cuanto proceso de investigación, de la participación activa de la población”[4]; es decir, no se dejan las cosas al “sentido común del que ve el fenómeno”, pues el fenómeno sólo se va a entender en la medida en que se tome distancia del mismo; en la medida en que el sujeto se diferencie del objeto estudiado (lo que no significa “neutralidad”, sino objetividad; es decir, separación clara entre el sujeto que se apropia de la realidad, y la objetividad de la realidad apropiada)  Es claro pues, el proceso oscurantista en que se incurre.

 

Más aun, si en nuestra vida cotidiana se intentara resolver ese desconocimiento del método científico y hacer en forma generalizada ese trabajo de comprensión y aprendizaje del mismo, hay “algo raro”, “extraño”, “incomprensible”, que lo impide.  El oscurantismo no está, ni cierta ni principalmente, sólo en un “aprendizaje rápido” ofertado, ni sólo en la validez de los “saberes” o en la engañifa mercadotécnica de las pseudociencias, como en el proceso general de alienación social con el despojo y aniquilación de la ciencia y el método científico del conocimiento, sustituyéndolo por sus aparentes; lo que, en tanto ocurre entre los docentes universitarios mismos, particularmente los formados en las universidades entre los años ochentas y noventas del siglo pasado, ya podemos estar seguros, en esta tendencia, que a no más de tres generaciones, antes de que concluya el s.XXI, estaremos de vuelta socialmente en el s.VI; aquí, el “Decreto de Justiniano” del año 529 para terminar con la última escuela filosófica de Atenas, la escuela del noplatonismo de Proclo, bien quizá ha ocurrido ya con la pérdida de la capacidad política de socialización de las escuelas y la educación; en medio de la abundancia de los adelantos científico-técnicos que no necesitarán ser guardados celosamente, como entonces los libros en las bibliotecas conventuales, porque de todas maneras, tanto a nadie interesarán, como estarán ya totalmente fuera del alcance y control de la sociedad.

 



[1] Schmelkes, Sylvia; Fundamentos Teóricos de la Investigación Participativa; en “Cuadernos del CREFAL Nº 18, México; p.77

[2]       Ibid. p.76

[3]       Barquera, Humberto; Una Revisión Sintética de la Investigación Participativa; en “Cuadernos del CREFAL, Nº 18, México, p.55

* Una anécdota interesante tuvimos personalmente de un curso en el cual, queriéndose demostrar lo absurdo de la relación sujeto-objeto en la actividad educativa en la que por lo contrario debería prevalecer la relación sujeto-sujeto, se nos clasificó por pares en donde una persona era en un momento sujeto, frente a otra que era objeto, y luego se invertirían los papeles.  Acto seguido se nos indujo, porque evidentemente eso fue lo que se hizo, a que quienes éramos sujetos, hiciésemos de los objetos lo que nos viniera en gana (hasta lo denigrante, el hecho era con ello enfatizar la ominosa condición de objeto).  A excepción nuestra, así procedió la totalidad de los asistentes incapaces no sólo de percibir el acto inductivo, sino incapaces de ver las diferencias cualitativas entre las cosas u objetos.  Por mi parte, me voltee hacia mi objeto (una profesora con especialidad en arquitectura) y demandé de mi objeto cualitativamente distinguido, que me ilustrara en algo sobre historia del arte arquitectónico.  La persona que nos aplicaba el ejercicio estaba desconcertada respecto a nuestra actitud (específicamente la mía como “sujeto” que no denigraba a mi objeto), pensó quizá que la omitíamos.  Luego se invirtieron los papeles, la arquitecto fue sujeto y me tocó ser su objeto; se repitió el ejercicio, pero ella nos correspondió en reciprocidad, ciertamente más por cortesía que por comprensión de esa relación compleja del sujeto y el objeto.  Finalmente se nos auscultó acerca de qué se sintió (no que se pensaba) estar en la condición de objeto.  La totalidad –excepción nuestra–, se quejaron amargamente de su condición ominosa de objetos; quedaron listos, conductistamente manipulados, para aceptar el negativo argumento de la relación sujeto-sujeto.  Cuando yo intervine, me expresé exactamente por todo lo contrario, expliqué lo que habíamos hecho, y de cómo ser objeto de quien reconoce claramente las diferencias cualitativas entre las cosas, no sólo no es ominoso, sino una delicia: pues qué mayor exquisitez tener a una mujer como objeto para hacer con ella lo nos plazca.  Pero no menos que ser objeto de una mujer, para que haga de nosotros lo que esté en su deseo.  El problema estuvo en que los demás fueron inducidos a la acción ominosa que denigraba al objeto, no reconociendo en dicho objeto su condición humana.

[4]       Ibid. p.56

 



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