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20 julio 2010 2 20 /07 /julio /2010 08:48

La Evaluación Ético-Esteticista

en el Aula Universitaria Durante un Curso.

 Tesis Maestría en Educación Superior, 2007 (48)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http//:espacio-geografíco.over-blog.es/;

México, 27 ene 11.

 

La evaluación ético-estética como “evaluación por autocompromiso”, estrictamente, nace con otro nombre, de una situación totalmente circunstancial como medida de “control” hacia estudiantes del nivel Medio Superior (1999-2000).  El problema –exigido por las autoridades de la institución, por demás privada–, consistía en mantener a todos los estudiantes dentro del aula “a como diera lugar”, los cuales –organizados–, perturbaban la clase deliberadamente para provocar su expulsión del aula; y entonces, a fin de neutralizar la labor de sabotaje, se nos ocurrió, de manera personal, resolver el problema ofreciéndoles a éstos una calificación bajo determinadas condiciones, que garantizara su seguridad de acreditación, a cambio de su permanencia correcta en el aula, y que en aquel entonces, aplicado por los estudiantes, tomó el nombre de “Calificación por Paquetes”*.

 

El objetivo era mantener a los estudiantes en el aula, pero a la vez, en consecuencia, eliminar la actitud de sabotaje de aquellos retenidos en contra de su deseo; y el ofrecimiento central consistió en: 1) otorgarles el mínimo aprobatorio, con la condición de que permaneciesen sin perturbar la clase y sin pedirles que hiciesen nada más, y 2) en consecuencia, omitir el examen una vez garantizada la calificación en correspondencia a un compromiso.  La solución obró mágicamente con un éxito insospechado, pues no sólo los estudiantes permanecieron ya callados y en orden en el aula respetando el compromiso, sino más aun, los que optaron por calificaciones elevadas, comprometidos con un trabajo más intenso, permitieron una labor académica de verdadero interés por el conocimiento; que se hizo incluso hasta desconcertante, pues era simplemente impensable dadas las circunstancias anteriores.

 

Como puede verse, la idea nace de una situación anómala en el ejercicio del “ensayo-error”, en donde la ética profesional docente parece quedar vulnerada en la apariencia del obsequio de calificaciones, cuando en realidad, lo que se estaba haciendo, era autocomprometer al estudiante a un desempeño académico concordante con una calificación en su propia expectativa.

 

Se optó por ello como recurso de última medida, pero quedándonos un dejo de falta a la ética apenas justificada (es decir, no entendimos bien, en ese momento, lo que hicimos; o dicho de otra manera, actuamos ciegamente, sin teoría).  Más aun, al pasar de dicha institución a otra de estudios superiores, olvidamos el recurso.  Mas bien vista la solución, en ella realmente no hay tal falta a la ética (donde la Ética es la teoría de la moral y en consecuencia, por lo que debe entenderse, <<falta a la moral sustentada teóricamente, y que aun cuando el que la comete ignorara dicho fundamento, falta a la teoría de la moral, debiendo saberlo>>); pues un estudiante que asiste a clase sin perturbarla como condición mínima y la escucha hasta en contra de su voluntad cuando está en plena libertad de no hacerlo, con ello, cumpliendo la condición mínima, está haciéndose acreedor del mínimo aprobatorio**; arrojando adicionalmente por necesidad, el planteamiento –fundado luego teóricamente por separado–, de eliminar el recurso del “examen”, esto es, del psicologista “test” de aprendizaje adquirido.

 

El problema de esencia es fácil de apreciar: la evaluación en la solución encontrada es de orden moral, cualitativa, si bien traducible convencionalmente en una cifra; a diferencia del psicologista “test” que reduce la “evaluación” misma a “medida”.  En el primer caso se postula y se da por adquirido en el estudiante, un conocimiento dado incluso en función de tres contenidos: una formación moral, un actuar conforme al deber ser; si bien inducido, pero inherente ello al proceso educativo, responsabilizándose de un acto moral normado (teleológico), es decir, que se atiene a las consecuencias del mismo.  Una formación intelectiva mínima en la medida en que tal estudiante no logre sustraerse absolutamente de la clase que obligadamente escucha.  Y una formación social, en tanto la formación de una conciencia, es decir, de una comprensión del deber ser***, frente a lo cual asume una responsabilidad y un compromiso colectivos, es decir, ante terceros.

 

En el segundo caso es teóricamente discutible –y fuera de los propósitos de esta tesis–, si el “test”, la prueba o examen, está midiendo el aprendizaje o la capacidad de retención en un momento dado (o incluso otras habilidades en el estudiante, como el haber sintetizado muy bien el “acordeón”); ya que aprender, en nuestro marco teórico, significará apropiación de la realidad.  Y habría que cuestionarnos si ese estudiante que se compromete con la calificación mínima bajo la condición de un comportamiento en la clase, no obtuviese a su vez finalmente, dada su irresponsabilidad, sino la calificación mínima como reflejo del esfuerzo mínimo, que probablemente obtendría en el “test”; y en todo caso, si su calificación en éste fuese mayor, ello no haría mas que fundamentar que en el caso de su retención involuntaria en clase también “aprende”.  Mas si su calificación en el “test” fuese reprobatoria, ello no necesariamente correspondería a lo mismo en la condición de un comportamiento en clase.  Si bien esto tendría que probarse, no es objeto de ello en esta tesis, en donde sólo se refiere para explicar el por qué de la omisión del “test” en nuestro sistema de evaluación.

 

Todo el problema está en que en la “Evaluación Ético-Estética” que supone un autocompromiso, no se está “midiendo” o “evaluando cuantitativamente” el aprendizaje; “aprendizaje” que se refiere exclusivamente a lo cognitivo, a un conjunto de conocimientos intelectivos; sino lo que estrictamente se está evaluando, valorando en su sentido axiológico, es la formación de la personalidad, es decir, una formación de entereza moral, en lo que va implícita la adquisición de esos conocimientos intelectivos bajo la responsabilidad del estudiante mismo, pero más aun, de su conciencia como ser social y por lo tanto de su condición moral; cosas ambas que ocurren por la fuerza de los hechos mismos, independientes de su voluntad, pero sin que ello constituya un objeto de medición; es decir, ello es, sin importar en que medida, siendo sólo valorado o evaluado respecto del cumplimiento de su autocompromiso.

 

En el “test”, lo que se refleja es que al docente le preocupa que el estudiante adquiera necesariamente un determinado y específico conocimiento intelectivo.  En la “Evaluación Ético-Estética”, pudiendo parecer una afirmación sacrílega a la vista de lo común, al docente no le preocupa que el estudiante adquiera necesariamente un determinado y específico conocimiento intelectivo.  Los conocimientos se le imparten, en la responsabilidad ética del docente está el proporcionárselos; pero, qué aprender, cuánto aprender, y cómo aprenderlo, es entera y absoluta responsabilidad moral e intelectual del estudiante, en este caso universitario, esto es, en pleno uso de sus facultades de criterio, en su interacción con el docente.

 

Es de ello que filosóficamente se afirma: “El desarrollo de los hombres en calidad de personas, tiene por premisa necesaria las dotes naturales de los individuos y depende de esas dotes...  Así pues, cada hombre es personalidad, pero el desarrollo de la misma puede ser diferente”[1], y nosotros agregamos: no sólo puede ser diferente, sino en los hechos lo es.  El mismo Nicola Abbagnano citando a H.J. Eysenck, anota: “La personalidad es... el más o menos estable y duradero sistema de comportamiento volitivo (voluntad) de la persona; su temperamento su más o menos estable y duradero sistema de comportamiento afectivo (emoción); la mente su más o menos estable y duradero sistema de comportamiento cognoscitivo (inteligencia)...”[2]; esto es, que en el desarrollo o formación de la personalidad dada en nuestra propuesta, va inherentemente, como una particularidad, el propósito del aprendizaje de conocimientos intelectivos contenido en lo medido por el “test”.  Es decir, en última instancia, todo cuanto se diga a favor del “test”, se subsume y subordina como una particularidad a la Evaluación Ético-Esteticista”.

 

En la concepción educativa que está detrás de la Evaluación Ético-Estética, el estudiante, necesariamente, algo aprende, y pudiéramos afirmar, sin lugar a dudas en tanto ese estudiante universitario necesariamente está sometiendo a crítica las afirmaciones del docente, que aprende más de lo que el docente mismo pudiera imaginar (es el caso, por poner un ejemplo extremo, de los estudiantes creyentes en el dogma de fe, que frente al docente que enseña la teoría de la evolución, ellos en silencio, responden con ese conocimiento determinado y específico al “test”, pero acaban confirmando con los mismos datos del profesor, exactamente todo lo contrario, y tanto más, cuanto más la clase misma es sólo descriptiva y no científica en todas sus implicaciones).  En ese sentido, la “evaluación” psicologista del “test”, es una mecanización (por demás conductual), del conocimiento.

 

De ahí que tal “evaluación” psicologista del “test”, es suplida por la formación de la personalidad del individuo capaz de autoextraer y exteriorizar sus propias virtudes dando lugar entonces a una formación no sólo intelectiva, sino moral y social; y ello es justo lo que ahora generalizamos teóricamente en esta tesis, en donde, la en broma llamada en otro entonces “Calificación por Paquetes”, ahora en conjunto con la variable de Evaluación a Confianza Plena, forman lo que denominamos Evaluación Ético-Esteticista, abarcando sus esferas más generales y esenciales, es decir, no sólo en la formación moral de la personalidad del estudiante, de su condición social como individuo con ciertas dotes; sino de su formación intelectiva; todo lo cual no puede ser a su vez, sino con una fuerte relación de socialización entre docente y estudiante, como entre los estudiantes mismos.

 

Un aspecto curioso adicional, fue que después de un largo periplo de dos años en que profesor y alumnos vagaron por rumbos ajenos entre sí; algunos de aquellos alumnos de la experiencia de los “Paquetes” (quizás una decena), y su antiguo profesor de hacía unos dos años antes, se volvieron a encontrar, ahora en la Universidad; lo que conjugó más acabadamente la variable de “Evaluación a Confianza Plena”, pero ahora ya empezada a teorizar como “Evaluación Ético-Esteticista”.

 



* Forma de calificación de la que los estudiantes rápidamente hicieron broma, denominándola como Calificación por “Paquetes”, donde cada “Paquete” tenía su calificativo; y así, hasta donde recordamos, se ofreció: el “Paquete-Alcance”, equivalente al mínimo aprobatorio, el “Paquete-Consientan”, una calificación aceptable; el “Paquete-Premien”, en la valoración más alta.

** Por un largo lapso, de hecho hasta el final de esta tesis, al cuestionamiento de los directivos respecto de lo insustancial en el fundamento para otorgar esa calificación mínima, encontramos otro argumento, el cual explicaremos más adelante.

*** Aun cuando ciertamente, en la anécdota del origen de la idea, este sistema de evaluación fue inicialmente un acto de coerción para obligar al proceso formativo.

[1] Foroba, N.T; Diccionario de Filosofía; Editorial Progreso, Moscú 1984 (v. Personalidad)

[2] Abbagnano, Nicola; Diccionario de Filosofía; Fondo de Cultura Económica, México, Segunda Edición 1966 (v. Personalidad)

 



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