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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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20 julio 2010 2 20 /07 /julio /2010 08:53

Ícono EducaciónLa Evaluación Ético-Esteticista en el Aula Universitaria Durante un Curso.  Tesis Maestría en Educación Superior, 2007 (53)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http//:espacio-geografíco.over-blog.es/;

México, 14 feb 11.

 

 

c)      La Evaluación Ético-Estética por Autocompromiso extrae virtudes por propia exteriorización

 

El resultado de la siguiente observación (agosto-diciembre de 2004), dada incluso experimentalmente; mediante la aplicación de la Tabla por Diferencias del Método Lógico de la Relación Causal de los Fenómenos; fue: 1) que en general la Matriz de Evaluación por Autocompromiso es el elemento esencial del proceso de evaluación aquí propuesto; 2) que dicha Matriz en general funciona con óptimos resultados; 3) que las fallas en el sistema no han sido, en general, debidas a la Lección en clase, sino a una deficiencia estructural, en donde el estudiante ha perdido (en realidad se le ha despojado), del concepto de ciencia e investigación científica, más aun, se le ha despojado sistemáticamente desde principios de los años ochenta en que se instituyó la teoría pedagógica del Constructivismo y su subjetivismo en el “aprendizaje significativo”, de su capacidad de admiración, de su capacidad de asombro, de su interés real por el conocimiento.

 

Así, se pudo observar constantemente que la evaluación, la “extracción de valores” pero por propia exteriorización, al comprometer y responsabilizar al estudiante consigo mismo, se constituía en un factor educativo en la responsabilidad el acto moral, con implicaciones de orden intelectual en el aprendizaje.  Y más aun, dejada la responsabilidad en él, aunado a la omisión de inútiles “exámenes” en este sistema de evaluación, se quitó el “tablado de ejecuciones” y el docente dejó de lado “la capucha y el hacha”; estableciéndose la base real de una socialización en la relación fraterna, gravitando en torno al conocimiento y ya no simulada en interés de la “calificación”.

 

Con ello, se está en capacidad de recuperar a aquellos estudiantes realmente interesados en el conocimiento científico (que nunca falta alguno que otro; aun cuando en realidad también hicimos una estimación cuantitativa, y estos estudiantes están presentes en cada grupo en un 12 a 15%; esto es, unos seis estudiantes por grupo); en un proceso selectivo, diremos incluso autoselectivo, no necesariamente por ello elitista, sino reflejo de la misma división social del trabajo, en que se realiza el progreso moral y desarrollo intelectivo discipular.  Es esta pues, la expresión de la desalienación, por lo menos en parte, del trabajo concreto.

 

Ello es condición necesaria para el alto nivel académico de toda Universidad, pues es en ese quehacer discipular que se pone en juego el desarrollo profundo de las ideas y teorías producto de las investigaciones del Maestro, que el discípulo habrá de asimilar y desarrollar posteriormente.  Esto quiere decir que el método de Evaluación Ético-Esteticista no sólo determina en el estudiante, sino, y principalmente desde el origen de todo, en el docente.

 

El sistema de Evaluación Ético-Esteticista reclama de un docente de pensamiento crítico y creativo (pero real, no de discurso pedagógico), expresándose a partir de sus propias investigaciones o estudios con los que debate en clase con los estudiantes.  No demanda en lo absoluto del profesor “formal”, “de Libro de Texto”, “acartonado” se diría en la jerga común; sino del profesor que innova, que necesariamente domina el tema para explorarlo y apropiarse de su conocimiento a la vista de sus estudiantes, involucrándolos a ellos mismos.

 

En esta propuesta, el docente es un Kepler dando la clase sobre las distancias entre los planetas a partir de la geometría de los sólidos perfectos, para, con estupefacción, encontrarse un día, a la vista de sus estudiantes, con la relación matemática correcta de P2/d3 que desarrolla en la pizarra y le obliga a arrojar de la mesa sus poliedros.  El profesor en esta propuesta es un émulo de Oersted, que demostrando la no-correspondencia entre los campos eléctrico y magnético, confiadamente diseña un experimento que, otra vez para su estupefacción, le expone todo lo opuesto a la contrariada vista de sus alumnos.

 

La condición sine qua non de tal proceder, es la elevada responsabilidad del acto moral deontológico que se refleja cuando al docente le respalda un verdadero trabajo de investigación, de búsqueda, de exploración; que le permite, que le da la libertad para compartir con sus estudiantes los errores y aciertos en el proceso del conocimiento, y estudiantes que en la formación moral teleológica le acompañan en el mismo proceder.

 

Tal hecho presupone una condición moral elevada en la relación docente-estudiante, en la cual sean expresados a plenitud los valores.  Esto es, comprendiendo por valor, aquellos satisfactores entendidos como determinaciones sociales de las cosas, manifestando su significación positiva o negativa, buena o mala; de modo que el error, los equívocos; factores naturales en el proceso del conocimiento científico; valorados como lo negativo, formen parte del mismo proceso educativo.

 

Son estos valores los que, regulares y continuados, forman las virtudes.  “El individuo –nos dice Adolfo Sánchez Vázquez– contribuye así (es decir, con sus virtudes) a la realización de la moral no mediante actos inusitados o  privilegiados (que son propios del héroe o de la personalidad excepcional), sino con actos cotidianos y continuados que responden a una disposición permanente y estable”[1]  Las virtudes, como conjuntos de valores en potencia, determinadas histórico-socialmente; se entienden entonces, elegida esta definición por nosotros de Aristóteles, quien decía: “la virtud es un hábito”, en tanto capacidades morales, de costumbres del ser humano.

 

Los hábitos –dicen Rossental e Iudin– son “condición y resultado de la actividad creadora”[2], y es en ese sentido que hablamos del progreso moral e intelectual científico del quehacer docente-estudiante, realizado plenamente en la relación Maestro-Discípulo.

 

Extraer virtudes del estudiante mediante su decisión frente a la Evaluación Ético-Estética, significará poner en juego sus hábitos, normalmente dormidos o neutralizados en el aula, reducido a satisfacer la rutina del “Plan de Clase” de un profesor sin lo espontáneo de la creatividad, y el condicionante “test”.  Y tales hábitos en la práctica tanto intelectiva como socializadora, mejorados, perfeccionados, hechos acto de conciencia y por lo tanto comprensión y compromiso de responsabilidad moral, constituirán la formación de su personalidad.

 

Esta “puesta en juego” o práctica de los hábitos de manera socializada y en su forma más elevada en la relación Maestro-Discípulo, es lo que, hemos dicho, constituye en general la realización moral; “la encarnación de los principios, valores y normas en una sociedad dada, no sólo como empresa individual sino colectiva”[3], expresada en la relación Docente-Estudiante, en la calidad de la categoría de la relación Maestro-Discípulo.

 

La contradicción dada entre las condicionantes mercantiles y la ética profesional docente queda así superada en la realización del trabajo concreto, al poner en manos del estudiante la responsabilidad, comprometido con un determinado nivel de trabajo académico, para obtener por extensión, su propia calificación.  Donde la rigurosidad, afín al proceder científico, tiene que ver con el cumplimiento de los parámetros inherentes a cada compromiso que asume el estudiante.

 

Aquí se evidencia el que este sistema de Evaluación Ético-Estética contribuye al desarrollo intelectivo del conocimiento científico, en tanto que, cuando un grupo académico –característicamente homogéneo– opta por el “10” de calificación en la totalidad o la casi totalidad de los estudiantes, ello permite elevar el rigor de los parámetros de evaluación dados en la Matriz; lo cual difícilmente podrá ser en un grupo, por oposición, heterogéneo, pues basta, reductio ad absurdum, que imaginemos un grupo en el que se optase en general por el “7” de calificación, y el curso se reduciría a una simulación total.

 

Puede verse sin dificultad que en primer plano está la valoración cualitativa, y subordinada a ella, como por forma, su traducción convencional a una cifra en una valoración cuantitativa.  A elevadas cualidades reconocibles objetivamente en la materialización del trabajo académico riguroso especificado en la Matriz de Evaluación, corresponderá una alta cuantificación; y la respuesta de conciencia en el estudiante al compromiso de estudio y trabajo materializado en una producción académica propia concreta y objetiva, adecuada a sus reales niveles y capacidades de cumplimiento, dará el patrón de medida; y dicho patrón no quedará fijado por la supuesta “objetividad” (real subjetividad), del docente; sino por la escala de comparación realmente objetiva dada en los mismos logros entre los estudiantes, los cuales no tienen dificultad en reconocerlo abiertamente (excepción hecha de aquellos en quienes priva un excesivo cinismo producto de estrechez de criterio, de mediocridad, de simulación vulgar, y en fin, de extraordinaria alienación).

 

En resumen, el cumplimiento o no del compromiso, se ha traducido en conducta moral, volitiva (en este tipo de conducta no hay nada “pulsivo” ni por “estímulo-respuesta” como es el caso del psicologismo), y este compromiso y conducta moral, ha desembocado en un nivel de conocimiento, mismo del que el estudiante es responsable.

 

Cierta y curiosamente, hay aquí un fundamento “conductista”, pero no del alienante conductismo psicologista, sino del humanizante culto a la conducta por acto volitivo (a la formación del ethos, la costumbre en la exteriorización de lo virtuoso), en el orden moral, por responsable y comprometido acto de conciencia.

 



[1] Sánchez Vázquez, Adolfo; Ética; Editorial Grijalbo, México 1969, p. 176.

[2] Rosental, M.M-Iudin, P.F; Diccionario Filosófico; Ediciones Pueblos Unidos, Montevideo, 1965. (v. Hábito)

[3] Sánchez Vázquez, Adolfo; Ética; Editorial Grijalbo, México 1969, p.171.

 



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