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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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20 julio 2010 2 20 /07 /julio /2010 08:55

Ícono Educación La Evaluación Ético-Esteticista

en el Aula Universitaria

Durante un Curso.

  Tesis Maestría en Educación Superior, 2007 (55)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http//:espacio-geografíco.over-blog.es/;

México, 21 feb 11.

 

 

b)      La Evaluación por Autocompromiso resuelve la contradicción: <<condicionamiento mercantil-ética profesional docente>> en la desalienación del trabajo concreto.

 

A partir de mediados de 2002, bajo las nuevas circunstancias como Profesor de Tiempo Completo, se tuvo ya el detenimiento para sintetizar las experiencias, y principalmente, abandonar en lo inmediato posterior, el estéril procedimiento por “ensayo-error” (dado, como hemos dicho, en el período de 1995-2003), para aplicar una observación dirigida mediante una Tabla por el Método Lógico de Concordancias (2003-2004).

 

Para resolver el problema explícitamente planteado entre los casos de cursos exitosos y los que no lo fueron o de hecho resultaron un fracaso; considerando un conjunto de variables, más allá de la variable única de evaluación, que si bien era la fundamental, no la única posible a considerar en el proceso; se aplicó una Tabla de Concordancias, y con ello se pasó a otra etapa de la propia práctica docente: a una etapa caracterizada en principio por un real contenido de investigación educativa, y más aun, donde tal investigación se fundaba ahora en el manejo de variables para el conocimiento sistemático de la relación causal; las cuales emergieron de la práctica concreta de casi una década de experiencia educativa precedente; donde –expresión del propio estilo didáctico– puede verse el énfasis en: 1) la necesidad de una relación fraterna y de confianza docente-estudiante (sin reserva alguna dicho, a pesar de que la descomposición moral social actual no permita entenderlo en la generalidad fácilmente: de amor fraterno), y 2) la necesidad de una solución a la evaluación académica en el aula, que negaba la posibilidad de concreción del primer punto.

 

La idea en ese “propio estilo didáctico” del amor fraterno del Profesor con su Alumnado no condicionado por un valor de medida dada en la calificación, es la de un docente desplegando su actividad a la manera del peripatos aristotélico en el Liceo, es decir, a la manera del maestro de la antigüedad heleno-romana y antecedente; quizá diríamos con plena exactitud, en la forma y contenido de la escuela Élico-Erétrica de Fedón; en donde todo se centraba, con admiración, con gran interés y apasionada preocupación, tanto por el maestro como por el discípulo, en el conocimiento racional, científico, de la verdad, en la formación de una “escuela de pensamiento” en donde no había coerción alguna ni ninguna evaluación cuantitativa, y esta era dada cualitativamente en el reconocimiento de la alteridad por el dominio de las facultades del pensamiento racional, reflejo del desarrollo social a través del lenguaje (atributo humano).  Más aun, donde lo discipular; y el concepto de Maestro que corresponde a ello; responde precisamente a esa idea de la “escuela de pensamiento” que cifra el proceso de la realización social humana colectivamente.  De ahí el énfasis de la hipótesis de este trabajo, en cuanto a que la “Evaluación por Autocompromiso, es una realización del progreso moral y científico dado en el vínculo Maestro-Discípulo”.

 

No casualmente –como haremos ver más adelante–, la “Evaluación Ético-Estética” derivará lógica y naturalmente, y más aun, determinado por las condiciones objetivas concretas; en la apreciación del uso del lenguaje en tanto forma de expresión del pensamiento, “en la formación de la conciencia”[1], cumpliendo así su propósito educador.

 

Hemos aclarado antes que la “Evaluación Ético-Estética” por autocompromiso, no es autoevaluación; es decir, no es darse libremente en una “autodeterminación absoluta” una valoración numérica y que por ese solo hecho ésta sea dada, lo que –hemos dicho–, éticamente no es admisible, en tanto uno no puede juzgar acerca de uno mismo; sino sólo en calidad estética de autoestima, más no ética, puesto que el juicio de valor, en tanto moral, dependerá de lo socialmente determinado.  De la misma manera, la propia exteriorización de una valoración dada a sí mismo por el estudiante, no debe ser confundida con “autoevaluación”, pues el acto de autocompromiso con un trabajo académico determinado, es precisamente lo que expresa esa exteriorización de la propia valoración.  Esto es, al final de cuentas, el individuo se determina por lo exterior a él sancionado socialmente, por lo que se responsabiliza precisamente ante la sociedad (o lo que la representa a ésta en el ámbito de su grupo académico)

 

La evaluación por propia exteriorización de lo virtuoso, es la extracción de un valor, o conjunto de valores, por propia exteriorización, que forman el carácter y hábito del estudiante; es decir, son valores no extraídos por el docente, sino autoextraídos por el estudiante mismo, y demostrados en los hechos, en la práctica, socialmente después de examinar lo más objetivamente un proceso de aprendizaje y un desempeño del estudiante para convertirlo convencionalmente a una cifra.  Esa propia exteriorización del valor es “evaluación por autocompromiso”, y en un acto de responsabilidad moral –sin faltar a la ética en tanto, reiteramos, no es autoevaluación–, establecido un compromiso de estudio y trabajo por libre y propia voluntad, pudiendo establecerse así, antes del proceso, una valoración traducida o correspondida a una cifra; lo que finalmente si ocurre así, sólo será por razones meramente administrativas institucionales.

 

Si bien en el caso común, el caso psicopedagógico, el docente es el que asume la responsabilidad de la extracción del valor dado un proceso y su correspondencia a una cifra en un supuesto de objetividad; en el caso de nuestra propuesta evaluativa sociopedagógica y en particular ético-estética, si bien es cierto que bajo plena subjetividad, es el estudiante el que asume la responsabilidad y la objetiviza en el proceso, y de acuerdo a su cumplimiento, se apega a la cifra correspondiente predeterminada; reiteramos, no porque ese sea el fin, sino por una mera razón institucional administrativa.  En el primer caso es el docente el que acaba demostrándole al estudiante su aprovechamiento escolar; en el segundo caso, es el estudiante el que asume la responsabilidad de demostrarle al docente su real aprovechamiento.

 

Así, en el primer caso, negada la confianza (la fe mutua), negado por el estudiante –y en mucho no sin causa justificada– el acto de buena fe del docente; lo cual significa la esencia del concepto “Profesor”, es decir, por la morfología de la palabra, de aquel que hace acto de fe; se ha llegado al absurdo de que es el docente el que tiene que demostrar la objetividad de su evaluación acerca del estudiante, esto es, la objetividad del valor del depositario de él; cuando debe ser éste, a partir de su propia práctica, el que ha de dar los elementos de esa objetividad de su valoración.  Y el único recurso del docente para demostrar su acierto, es el establecimiento de exigentes y estrictos parámetros, cada vez tantos más y cada vez más agobiantes y complejos, a fin de justificar su evaluación con clara distinción y sin lugar a dudas.  De modo tal que con ello se acaba coartando por definición no sólo el principio de la confianza, del acto de fe o creencia mutua docente-estudiante, con lo cual queda negada no sólo la relación de amor fraterno, sino con ello, el supuesto básico de un proceso real de aprendizaje y el aprendizaje mismo; sino, aun más, se acaba coaccionando la creatividad misma que el proceso de aprendizaje supone.  Y la valoración, que ha de ser antes que nada moral, cualitativa, acaba siendo eminentemente cuantitativa, una cifra final, a partir de conjuntos de cifras parciales (porcentajes, proporciones y equivalencias) por encima de todo.  La evaluación así, finalmente, se reduce a una medida.  Todo ello es lo que se trata de justificar en la teoría psicologista de la evaluación en el aula, a la que confrontamos la teoría ético-esteticista.

 

La Evaluación Ético-Estética pues, consiste en que, a diferencia de la idea común de poner al estudiante en el valor cero, para que a partir de ahí, sometido a un proceso, éste venza los “obstáculos” del “test”; que representa la adquisición de “conocimientos” traducidos en “habilidades” o “capacidades” (cual Conejillo de Indias puesto en un laberinto de pruebas de laboratorio); aquí ahora, al estudiante se le deja en libertad y plena responsabilidad moral, para asumir un compromiso por sí mismo en el deber ser del estudio para la adquisición de conocimientos en un determinado nivel, al que le es correspondiente –por meras razones administrativas– un valor cuantitativo.

 



[1] Foroba, N.T; Diccionario de Filosofía; Editorial Progreso, Moscú 1980 (v. Lenguaje)

 



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