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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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21 marzo 2011 1 21 /03 /marzo /2011 00:02

Ícono Geografía Teórica (Brújula)-copia-2La Geografía como Ciencia.  Ensayo, 2010 (2/8).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica;

http://espacio-geogrfaico.over-blog.es/;

México, 26 jul 10.

 

Para mediados del siglo XIX, con un alto grado de especialización de las ciencias, no le fue difícil definir a cada una su objeto de estudio, éste ahí había estado desde siempre, si bien implícito, diferenciándose ahora claramente la Geomorfología de la Geología, la Edafología de la Geomorfología, la Climatología de la Meteorología, etc.  El problema real se le planteó a la Geografía, para, finalmente, diferenciarse de todas las demás ciencias.

 

Ahí fue donde surgieron, de manera especial, en 1908, Vidal de la Blache (1845-1918), con su idea de la <<Geografía como ciencia de los lugares o de la localización, y no de los hombres>>, como se tomaba principalmente de la Ciencia de la Tierra (Erdkuhnde) de Ritter; y, en 1927, Alfred Hettner (1859-1941), con su planteamiento de la <<Geografía como ciencia de la diferenciación de las regiones en el espacio>>, de la Geografía como <<ciencia corológica de la Tierra o de la superficie terrestre; de la ordenación de su espacio>>; reaccionando ambos frente al “determinismo geográfico” dado en la Antropogeografía (1882), de Ratzel (1844-1905), y su influencia a fines del siglo XIX, como súmmum de las influencias metafísicas que venían del siglo XVIII con el principio de subjetividad de Berkeley, luego de Kant, Comte, y Hegel, en la geografía humboldtiano-ritteriana, de la que entre 1860 y 1890, primero, hubo de reconocerse ya la imposibilidad en la continuidad del propósito “totalizador” dado en los trabajos de éstos; y, segundo, que en sentido opuesto, a lo más en una línea humboldtiana, los naturalistas retomaron la Geografía con referencia a sus diversas especialidades, principalmente venidos de la Geología y Geomorfología, como es el caso más relevante de Richtofen; pero, en tercer lugar, en una línea de continuidad ritteriana, fueron los historiadores, como destacadamente en el caso de Vidal de la Blache, los que preeminentemente se insertaron en los estudios geográficos, naciendo ahí la situación actual dada hasta esta primera década del siglo XXI.

 

A ellos siguieron, dado el proceso paralelo de institucionalización, ya en una formación profesional definida como geográfica, lo mismo Emmanuel de Martonne (1873-1955) en la línea de Vidal de la Blache, que Richard Hartshorne (1899-1992), siguiendo a Hettener, ambos no entendiendo en su esencia el concepto espacial planteado por sus antecesores, y no desarrollándolo en consecuencia, sino volviéndolo al camino de la geografía fenomenista; y, como un intento de síntesis de ambas líneas, Fred K. Schaefer (1904-1953).  Todos ellos, inmersos ya esencialmente en el problema de la definición del lugar de la Geografía en el cuadro de la clasificación de las ciencias en función del objeto de estudio al que buscaban definir; y caracterizados por la polémica compleja que desborda los límites de este ensayo, planteada por este último, que criticaba lo que él denominó, “excepcionalismo en geografía”, como implicación del argumento fundamental de Hartshorne, mismo que venía desde la clasificación de las ciencias de Kant en nomotéticas (las ciencias de los fenómenos), e idiográficas (de idios, propio o peculiar), para justificar la definición “corológico-fenomenista” de la Geografía; es decir, de la ciencia integradora o de síntesis de los fenómenos en el espacio y acerca de lo único (por lo tanto no sujeta a leyes), que daba la singularidad de la Geografía entre las ciencias, diferenciándola de manera especial, y con ello, ajena a la metodología general.

 

Para Schaefer, la Geografía es una ciencia como las demás, y en consonancia con ello debe organizar su aparato teórico-metodológico.  Esta es la parte positiva de Schaefer.  Para este autor, la Geografía es una ciencia de las “leyes de distribución espacial de ciertos caracteres de la superficie terrestre” (Excepcionalismo en Geografía, 1953).  En ese sentido, Schaefer está rompiendo con toda una vieja concepción de la Geografía decimonónica.

 

Pero, esas “leyes de distribución espacial”, estrictamente geográficas dice Schaefer, son independientes del tiempo, y están referidas a la “teoría de la localización espacial” dada en los modelos geoeconómicos; por lo que esos “caracteres de la superficie terrestre”, ya en su historicidad, son campo de estudio de las ciencias especiales en que la Geografía se debe apoyar; y así, dichas leyes –no sin cierta contrariedad, y esta es la parte deficiente en Schaefer– son entonces físicas, humanas y sociales.  Y más aún, el problema esencial de Schaefer, fue su nuevo “coqueteo con el determinismo geográfico” (que omitimos, porque tampoco es aquí el propósito del análisis del trabajo del mismo).

 

Schaefer comienza muy bien su crítica a Hartshorne, plenamente justificada, y con afirmaciones propias que parecen plantear una revolución del pensamiento geográfico; pero apenas ha dado dos pasos, y cae en lo mismo que ha criticado.  Schaefer se aproximó mucho, de hecho llegó a lo que para nosotros es la solución, pero sólo de enunciado, y en un contexto humbodtiano-ritteriano geoeconómico.

 

De dicha síntesis por él representada, surgió en la década de los años cincuenta-sesenta, y tardíamente hasta los setenta en México, la corriente de los geógrafos llamados “cuantitativistas”, cuyos autores en particular, por su cantidad, ya omitiremos, pero que en su conjunto, a partir de ese fundamento teórico dado por Schaefer, desarrollaron la investigación geográfica aplicada con base en un sinnúmero de modelos cuantitativos, lo mismo en geomorfología, que edafología, en los sistemas ecológicos, o, predominantemente, en el ámbito de los estudios de regionalización geoeconómica.

 

Hubo en ello una solución parcial, dado que no resolvía en sí el problema del objeto de estudio, sino del método, con la inserción de la metodología cuantitativa inherente a toda ciencia formal, y con ello introducía el registro y la medición, y a manera experimental, el modelo.  Pero justo ello nos aproximó un poco más a la esencialidad del objeto de estudio de la Geografía.

 

Entre los años cincuenta a sesenta, se había dado un paso más hacia adelante en el desarrollo histórico de la Geografía como ciencia, en la medida en que se había aproximado un paso más hacia el desentrañamiento de su verdadero objeto de estudio.  Y, con ello, nos dejó a los geógrafos de la siguiente generación, de los años ahora setenta a noventa, el terreno preparado para llegar a la esencialidad el problema del objeto de estudio de la Geografía: entender que lo único que ha habido en común a lo largo de la historia en el conocimiento geográfico, es el concepto de espacio, y que, por lo tanto, lo que tenemos qué hacer es elaborar una teoría acerca de éste, con arreglo estricto a la lógica; es decir, sin incurrir en el error de suplantación de tesis (la ignoratio elenchi, por la cual se pretende probar con la tesis del “estudio de los fenómenos”, otra tesis muy distinta: la tesis del “estudio del espacio terrestre”; y, por lo tanto, lo que tampoco discute o contradice dicha tesis), como el error más común en que por siglos se ha estado inmersos.

 

No obstante, tal error no es casual, no ha sido exactamente producto de la ignorancia del geógrafo, sino la falta de elementos en el desarrollo de las ciencias en ese proceso de subordinación que aportaran los fundamentos teóricos para entender la teoría general del espacio, y desarrollarla ya como teoría particular del espacio terrestre; y esas condiciones históricas no quedaron dadas, sino, justo, hasta los años setenta a ochenta del siglo XX, en que nos tocó entrar en escena.

 


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