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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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11 agosto 2013 7 11 /08 /agosto /2013 22:01

DeucaliónLa Misión Secreta del Argo.  Ciencia-Ficción Sospechosa  (2/…).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

03 nov 12.

 

 

Cualquier sujeto con un poco de cultura, tal como él daba muestras de tenerla, podría armar esa historia, pero lo que la llevaba hasta la fantasía demencial, era que él, con toda seriedad, no hacía como narrarla de sus cultas lecturas, sino aparentando que ello era de su viva experiencia.  Me afirmaba que él, con otro nombre que guardaría en secreto, cual viajero del tiempo, había participado entre el poco más de medio centenar de argonautas en la expedición a Colquis.

 

¡Imaginaos la escena!, alguien, ahí, de golpe, me soltaba todo eso.  Me recliné en mi silla y completamente enmudecido, me quedé viéndolo de frente a los ojos detrás de sus gruesos lentes, como esperando a que me revelara la broma.  A su vez se me quedó viendo fijamente a los ojos como clamando mi credibilidad a su historia.  De pronto no pensé más que el buen “Deu”, a loco me la ganaba, y con mucho.

 

Ya sea por el “instinto de sobrevivencia” o porque en las películas cinematográficas con sujetos así se acostumbra  “seguirles la corriente”, saliendo un tanto de mi desconcierto ante el hecho de que el no parecía revelar una broma, sino en que se obstinaba en que le creyera aquello como verdad, como autómata, solo me limité a responder preguntando: “…bueno…, y qué?

 

Entonces, Deuterio, a su vez reclinándose, echó un sonoro resoplido.  Sabía que cualquier otro, como él decía, con un “cerebro lineal”, dispuesto todo en él en un estricto “orden secuencial”, de inmediato hubiera recogido sus cosas y se hubiera marchado.  Sólo un cerebro capaz de operar en un palimpsesto de escritura anterior insuficientemente borrada en el que simultáneamente hay dos lecturas a la vez, podría entender su historia, y en ese “bueno, y qué?”, nuestro, obtenía esa oportunidad, y se tomó su tiempo tras el resoplido.

 

Rosaura, la hermosa Clío, por supuesto, era uno de esos “cerebros lineales de todo en su estricto orden secuencial”, y no tenía la menor idea de quién era realmente su amigo “Deu”, alguien extraño ya en calidad de loco, o peor aún si lo que decía era verdad, y al que había conocido de la Facultad donde ambos habían estudiado.

 

“Bueno…, y qué?” –repitió en voz alta Deuterio para sí, ya repuesto; y agregó lentamente…–, pues, que hay un secreto en la misión del Argo a la Clóquide.

 

_     ¿De Argo, o de Jasón? –replique yo como empezando a desenmascarar la patraña de su historia.

_     De Argo –respondió él firmemente–, Jasón fue un medio –y bajando la voz, e incluso la cabeza como con cierta pena por Jasón, añadió a su dicho–, Jasón sólo fue una víctima propiciatoria, el pretexto para justificar la expedición.

 

Entonces me sorprendí, o estaba frente a alguien que en realidad parecía saber más de lo común de esa historia, o de un consumado fantasioso capaz de montar con enorme creatividad las variantes que fueran; y entonces lo dejé que continuara.

 

_     Argo, como ahora veo que sabes –me dijo Deuterio continuando parsimoniosamente con su narrativa–, fue el Piloto Mayor de la nave.  Al fin su nave, él la mandó construir en el astillero de Yolcos, en Tesalia, y le puso su nombre…, quién más podría estar a cargo de su conducción?

_     Sí, claro –dije indulgente con una sonrisa dado el risible hecho–, y lo sé porque, bueno, has de saber que soy geógrafo…

_     Sí, lo sé, y enredado en asuntos filosóficos –me confirmó interrumpiéndome–, Clío me ha platicado de ti.  Pero, bien, pues, el que fuese Piloto Mayor fue lo que me hizo llegar hasta Argo, que como tal, aún seis siglos antes de Anaximandro, ya ponía en práctica los conocimientos que mucho tiempo después serian llamados “geográficos”.  Jasón era una autoridad política y militar, pero Argo era alguien de ciencia.

 

Entonces, a sus palabras, me di cuenta que la misión secreta del Argo, debía referirse a lago en el campo de la ciencia, y particularmente en relación, quizá, a la geografía, y, en consecuencia, ya fuese realidad aquella extraña historia, o una simple variante fantástica al pasaje mitológico, me dispuse de buen grado a “seguirle la corriente”.

 

_     Pero, para más –continuó Deuterio–, la misión secreta del Argo no era personal, y había varios involucrados, aun cuando, ciertamente, no muchos…

_     Debo suponer –me atreví a decir, en el contexto de aquella locura, casi conteniéndome sintiendo como que ofendería o se tomaría como mofa de mi parte–, que tu, fuiste uno de esos involucrados…

_     Así es, en efecto –respondió Deuterio con entera naturalidad, a lo que sentí un descanso temiendo haber ofendido–, fuimos sólo cinco los que participábamos de esa conspiración secreta: 1) Argo (el Piloto Mayor), 2) Asclepio (el médico), 3) Zetes (el explorador), 4) Etálides (el mensajero), y 5) Deucalión (el hijo de Prometeo).  Tendrás que adivinar cuál de los cinco soy yo…

_     Mmm –me quedé pensando un momento–, en realidad -continué–, tendré que adivinar entre cuatro…, Argo no eres…; y él respondió con una sonora carcajada, aun cuando un instante después me volvió la duda incluso sobre él.

 

“Siguiéndole la corriente”, me preguntaba internamente quién, de entre ellos, podía ser un viajero del tiempo y ahora estar frente a mí.  Argo, por su ciencia, tenía las razones para ello; Asclepio, otro tanto, más aún quizá, pues había sido “fulminado” por un rayo de Zeus; Zetes, de suyo con la personalidad de explorador; Etálides, elegido como el mensajero por su excelente memoria…, como sólo la podría tener un viajero del tiempo testigo presencial de los hechos; o Deucalión, el Noé milenario de la mitología hebrea entre los griegos.  Realmente todos tenían méritos para ser identificados como viajeros en el tiempo.  Iba a necesitar que mi amigo Deuterio se expresara más en detalle para, en su lenguaje, identificar su oficio.  ¿Quién era?, y ¿por qué estaría interesado en narrarme a mí esa historia que parecía destinada a revelar un secreto?  ¿De qué naturaleza era el mismo y cuál podría ser su trascendencia?

 

Aquella historia iba para largo, y ciertamente no estaba para un cuento largo; lo dejaría explayarse dos o tres sesiones y le demandaría “ir al grano”.  Quedamos de vernos en uno de los restaurantes enfrente de la escuela para comer, en lo que platicábamos sobre su historia; y ya sólo me advirtió: Rosaura no sabe esta historia, no estará invitada a comer; y por lo demás –dijo con un cierto tono de importancia al caso–, ello me permitirá narrarla de manera “literariamente vivencial”.

 

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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Divulgación Científico-Geográfica
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