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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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18 agosto 2013 7 18 /08 /agosto /2013 22:01

Los-Argonautas.jpgLa Misión Secreta del Argo.  Ciencia-Ficción Sospechosa  (3/…).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

03 nov 12.

 

 

 

Los Antecedentes.

 

Entre una buena diversidad de restaurantes, elegimos el más modesto, y por lo menos más reservado, más ajeno al ajetreo de gente, ruido de trastes, de música y del ir venir de meseros; seleccionamos nuestro pedido, y Deuterio inició, o continuó, su narrativa.  No le daría mucho margen a su fantasía, pero, de momento, se antojaba apasionante.

 

_     Todo empieza con Hermes –comenzó diciendo, en lo que esperábamos el servicio–, más exactamente con un instrumento suyo: una vara (de laurel o de olivo), que le obsequió Apolo.  De algún modo, esa vara tenía, en consecuencia, el poder del Sol, el poder del fuego, capaz de producir transformaciones en las cosas (de ahí viene ese asunto de la “varita mágica de los ilusionistas).

 

       Esa vara, llamada Caduceo, tiene, además, el ser alada, y el estar envuelta por un par de serpientes enredadas en ella, que son los mismos Hera y Zeus metamorfoseados.  ¿Entiendes entonces el poder del Caduceo?

 

A su inesperada pregunta no hice más que asentir; realmente, de acuerdo con la mitología, el poseedor de tal instrumento podría hacer cualquier cosa, operar cualquier transformación a voluntad.  Además, el Caduceo en sí tendría cierta independencia, pues siendo alado, podría trasladarse por sí mismo a través de los aires.

 

Ciertamente, estas cosas no deben interpretarse tan literalmente, y esas alas podrían significar la capacidad de estar en un momento dado en una parte, y en un momento dado en otra, por su mismo mágico poder; esto es, el aparecer y desaparecer, quizá no tanto como voluntad suya, sino de su poseedor, y ese poder, bien le venía dado por los máximos dioses.  Entonces, efectivamente, entendía yo el poder del Caduceo de Hermes.

 

_     Por alguna razón –continuó Deuterio– al parecer Hermes va a dar el Caduceo transformado en Carnero a los hermanos Hele y Frixo, hijos de Ataumante, rey de Boecia.

Desconozco directamente la razón de ello, pero se entiende que la entrega en forma de Carnero es el Caduceo, primero, por su “contenido de oro”; es decir, por su valioso contenido; a pesar de estar hecho originalmente de una vara de laurel; segundo, por su capacidad de volar; y tercero, por su capacidad de hablar; y montados en el Carnero, Hele y Frixo huyeron rumbo a la Clóquide.  Al cruzar el mar que conduce al Estrecho del Bósforo, Hele cayó a él ahogándose, de donde, en su honor –y este dato es significativo, pues se entiende que lo que hacían, entonces, era hasta heroico–, a dicho mar se le dio el nombre de Helesponto.

Finalmente Frixo llegó a Cloquis; ahí sacrificó al Carnero, y su piel la obsequió a Eates, rey de la Clóquide, quien la colgó en un árbol exhibiéndola custodiada por un dragón que nunca dormía.

¿Te das cuenta?, el Caduceo de Hermes, al parecer, es el mismo Vellocino de Oro.

_     Según esto –intervine yo–, entonces sí, contra lo que yo creía, la expedición de los argonautas es con el fin de hacerse de ese elemento que responde al poder.  Había que volver aquella piel, otra vez, a su forma de Caduceo.

 

Deuterio se me quedó viendo pensativo, como compadeciéndose de mí, en una actitud indulgente ante mi ignorancia, y al tiempo en que nos llegaba el servicio y éramos interrumpidos, él simplemente decía: “Pues no, no, el asunto todavía tiene otras complicaciones”.

 

Nuestra plática se detuvo para empezar a comer, y luego, entre bocado y bocado, Deuterio intentó proseguir.

 

_     Hay un problema –dijo Deuterio–, ¿por qué Hermes hacía tal cosa? (y deglutía un bcado…) ¿por qué con personajes como Hele y Frixo, al parecer, no destacados, y sin embargo, Hele recordado y homenajeado en el Helesponto? (…) ¿por qué Frixo “sacrificó al Carnero”?, y más aún (…), ¿por qué Eates colgó la piel en un árbol custodiada por un dragón, a la vista de todos?

 

Y a todas sus preguntas yo no sólo no podía responder por estar comiendo, sino porque no tenía la menor idea; y por mi parte, entre bocado y bocado, sólo me concreté a responder con desdén: “si tú que estuviste ahí no sabes (…), pues menos yo”.

 

Rió Deuterio de mi idiotez como de mi pereza mental porque no hacía el menor esfuerzo para intentar una respuesta a algo.  Pero otra vez fue indulgente, bien entendía que primero había que comer.  No dijo más, y en breve le perdimos cuenta a todos los bocadillos.  Y sin embargo, en el ínter, realmente pensaba yo en algunas posibilidades:

 

1) “¿Por qué Hermes hacía tal cosa?”  Lo primero que se me ocurrió, es que Hermes era el dios de los comerciantes y que algún negocio tendría con Eates, al que le daba el Caduceo en forma de piel, que lo único que podía mostrar del Caduceo era el vello de oro; de modo que Hermes que Hermes hubiera permitido el poder con tal objeto, pero que Eates no podía entender cómo usarlo (me parecía una idiotez, pero, qué se le va  hacer, no se me ocurrió otra cosa).

 

2) “Por qué con los aparentemente irrelevantes Hele y Frixo?”  Quizá porque en el mercadeo de algo tan valioso, la mejor manera de no atraer la atención era así; pero, de algún modo, tan importante fue su misión, que la muerte de Hele fue homenajeada (quizá haya sido el propio Hermes el que propuso el nombre de “Helesponto”, aun cuando en el hecho hay un sentido de conciencia moral general del acto de Hele).

 

3) “¿Por qué Frixo sacrificó el Carnero con tales dotes?”  Ese si era un punto difícil, las dotes mágicas del Carnero no lo hacían víctima propiciatoria; debió haber habido, por lo tanto, otra razón.

 

4) “¿Por qué Eates no atesora el Vellocino de Oro, sino que lo cuelga en un árbol a la vista de todos (si bien vigilado por un dragón que no dormía)?”  Se ve de ello que Hermes ofreció algo valioso con lo que se obtendría “el poder”, pero del que Eates no entendía su real valor.

 

Luego, entre sorbo y sorbo de alguna fresca levadura, salvando la pereza mental, le expuse a Deuterio lo que pensaba al respecto.  Él, pacientemente, había esperado, sentía que yo tendría que responder algo, alguna idiotez, cualquier cosa; pero que mi mente capaz de trabajar una secreta lectura en palimpsesto, no podía dejar de interpretar algo.

 

Y se sorprendió de las cuatro respuestas.  Vívamente sorprendido se quedó pensativo viéndome fijamente, de modo que sus labios quedaron a medio camino entre la sorpresa y la admiración, y al final expuso su idea de conjunto ante todo lo dicho: “No necesitabas estar ahí para hacer deducciones bastante objetivas”.

 

Pero entonces, ahora el sorprendido era yo, que creía haber dicho un cúmulo de idioteces, y se obligaba exigirle a Deuterio una explicación más exacta.

 

_     ¡Claro! –exclamó Deuterio–, el obsequio de Hermes quizá haya tenido más un carácter tributario ante alguna amenaza de los colchis: <<He ahí el poder –les dirían los aqueos a Eates–, pero tienes que descifrarlo; nosotros no hemos podido, o de otro modo no te temeríamos>>.  Esa es la misma razón por la que el “Vellocino” es colgado a la vista de todos y custodiado, y por lo que la muerte de Hele significó un sacrificio social por el cual fue honrado.

       Y ahora atención amigo, el “sacrificio del Carnero”, no es otra cosa que una nueva transformación del Caduceo.  Hasta ahí, volaba y hablaba, dejado en piel, parecía que ya no volaría, aun cuando, atención, mucha atención a ello, pues es la clave del secreto de la misión del Argo…: la piel “aún hablaba”…; Eates la cuelga no sólo para que todos la vieran, sino para que la oyeran, y alguien pudiera traducir lo que decía; que lo que decía, sería la clave del poder.

       Luego, tiempo después, cuando la Cloquis ya era incluso súbdita tributaria de los persas, en la persona de los argonautas, los griegos volvieron por el Vellocino de Oro-Carnero-Caduceo.

 

Me quedé pensando, en efecto, la deducción había sido muy aproximada a lo que se entendía por lo verdadero, pero, a pesar de que Deuterio hablaba de la “clave secreta” de la misión del Argo en el hecho de que el Vellocino de Oro “aún hablaba”, el secreto seguía ahí, en lo que dijera…; y entonces aguardé a que algo se insinuase por Deuterio al respecto.

 

Como no lo hiciera, lo inquirí “a que fuese al grano”; le mostré un cierto malestar cuestionándole acerca de a qué iba todo ello.  A lo que Deuterio se limitó a responder: “ese es el asunto, ahora es cuando voy a empezar a explicaros…, pero es complejo y necesitas ir por partes”.  Y quedamos de vernos en otra ocasión.

 

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