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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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6 octubre 2013 7 06 /10 /octubre /2013 22:01

Nave-Argos-de-Todos-los-Tiempos.jpgLa Misión Secreta del Argo.  Ciencia-Ficción Sospechosa  (8/…).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

03 nov 12.

 

La Recuperación del Vellocino de Oro.

 

Un buen número de jornadas nos llevó navegar por el tenebroso Ponto Euxino, lleno de brumas, de costas en direcciones inciertas; en realidad al propio Argo le costaba trabajo determinar el rumbo; pero, finalmente, teníamos a la vista la desembocadura del Facio en las costas de la Clóquide.

 

Penetramos por la boca del río, y a poca distancia de ahí, decidimos que era oportuno que desembarcara la vanguardia de exploradores por tierra, y conforme a lo planeado, al mando de Zetes, fueron Augías y Atalanta, escoltados por Cástor, Polux, Peleo, Idas y Linceo.  Ciertamente los cloquis no estaban desprevenidos, esa patrulla fue descubierta, espiada y seguida por un largo trecho, y en el momento y lugar oportuno, un grueso contingente de cloquis los hizo presos y fueron llevados ante Eestes.  Entonces entraron en juego los oficios de de Augías, en lo que Peleo era enviado con el aviso de presentarnos todos, desarmados, ante Eetes.  Así lo hicimos, y el rey nos dio alojo en lo que tenía lugar las negociaciones para, en el interés de Jasón de que simplemente se nos devolviera el Vellocino; pero, en  interés de Asclepio, de Etálides, de Argo y mío, el que antes se nos dejara estar frente a ello.

 

Se fueron los días, y ni una ni otra cosa se nos concedía; había lapsos enteros en  que el asunto ni siquiera se trataba, y ello comenzaba a impacientarnos.  Pero esa tortura que nos infringía Eetes, tuvo su contraparte impensadamente: Medea, hija de Eetes, se enamoró de ese jefe extranjero venido de lejos en búsqueda de la prenda que le permitiese recuperar su reino, Jasón, y nada pudo sernos más venturado.  Cuando nos dimos cuenta de ello, cambió la situación, nuestra impaciencia se transformó en la búsqueda del tiempo necesario para que de ello resultase algo favorable.

 

Sin embargo, Eestes quería negociar algo no estando en posición para hacerlo, y esperaba acaso que Jasón se lo propusiera; pero Jasón no iba a negociar nada, simplemente estaba ahí para recuperar el Vellocino, y no nos iríamos sin él.  Y como Eestes no sólo se negaba a entregarlo, sino incluso se negaba a que estuviéramos ante el preciado tesoro, todos convinimos en que no había más solución que entrar en combate, y nos preparamos para ello.

 

Pero, como Jasón le avisase a  Medea que nos habríamos de ir al no haber conseguido nuestro objetivo, fue entonces cuando ésta se ofreció a ayudarnos y partir junto a Jasón.  Y así corroboramos dónde estaba la piel, que ya Idmón con sus artes adivinatorias había ubicado, y ya la hechicera Medea nos indicó qué hacer con el dragón, y cuándo y cómo huir.

 

En una estratagema realmente muy osada y audaz, asaltamos al famoso dragó y le dimos muerte a él y a una guardia de refuerzo, pero cundió la alarma; tomamos la piel y huimos al navío que apenas tenía una guardia de cinco o siete de los nuestros.  Los primeros en abordar fueron Asclepio y Etálides, que sin reparar en el combate, comenzaron a examinar aquel “Vellocino de Oro”.

 

En verdad, de no ser por la estratagema de Medea –dijo Deuterio en lo que yo reflexionaba en la inflexión al pronunciar la palabra “Vellocino de Oro”, no lo había hecho antes, hasta aquí, al parecer, siguiendo su propia historia y siendo congruente con ella, pero no pude más que quedar con esa impresión, pues él siguió narrando sin más importancia al énfasis–, a saber –continuó él–, si  hubiéramos podido salir de ahí.

 

Como has de saber, parte del plan era tomar como rehén al hermano de Medea –y propuesto por ella misma–, un grupo lo capturó y secuestró llevándolo al navío, en lo que los demás realizaban todo la operación del dragón y el hacernos de la piel.  Luego…, no más que los tiempos…, la otra parte cruel para los viajeros en él.  Sin más, Medea apuñaló a su hermano, lo descuartizó, y esparció sus restos por la ribera conforme huíamos por el rio.  El espectáculo era de horror hasta para los argonautas formados por un  buen número de guerreros.

 

La estratagema de Medea volvió a funcionar, Eestes, viendo los restos de su  hijo esparcidos, se detuvo a darles sepultura, dándonos una ventaja en  la escapatoria.

 

Sin más, de  pronto ya estábamos navegando nuevamente entre la neblina del Ponto Euxino.  Sabíamos que una partida venía tras nosotros por mar, pero comenzamos a especular con el que otra, que se movía más rápido, sería una partida a caballo por las costas de Anatolia rumbo al Estrecho del Bósforo.  Nos adelantarían y ahí en los acantilados y farallones, con grandes rocas y catapultas nos esperarían en una trampa verdaderamente  mortal.

 

Entonces Argo, que en realidad se había anticipado a esta circunstancia, nos aseguró a todos que conocía otro paso fuera del alcance de los coloquis.  Y no quedaba, en todos, mas que confiar en él; y la atención se centró en la posible persecución por mar y el prepararnos para un abordaje.

 

Al fin, luego de una larga travesía que nos llevó doce jornadas –continuaba entusiasmado Deuterio su narrativa que ciertamente no dejaba de ser interesante contada por un “testigo presencial”, pero, en cierto modo eso era algo que ya sabía, y no veía que fuese algo importante, cuando lo verdaderamente importante estaba en el asunto del Vellocino.  Pero Deucalión se veía vivamente emocionado narrando aquella aventura, y tuve que aguardar pacientemente–, entramos en las Bocas del Danubio; pero ni quien tuviera la menor idea de aquello, y nadie, ni Eufemo, ni Anceo, ni Zetes, tenían la menor idea de dónde estábamos; y eso acrecentaba los temores ante los fantasmas de la época.  Argo ordenó  penetrar por el brazo mayor del delta del Danubio, y empezó un recorrido enormemente largo, lento y peligroso, que nos llevó hasta el centro de Europa.  Tú sabes, hasta el pie de la Selva Negra.

 

Mucho antes, todo el mundo demandaba de Argo dar cuenta de dónde andábamos, ya eran muchos días y no se veía el fin.  Como Argo sólo demandaba la confianza en él, eso llegó a su límite, y se transformó en la duda de cómo sabía Argo esa ruta, desconocida por navegantes como Teseo, quien fue el que empezó a cuestionarlo todo.

 

Aquí Deucalión empezó a reír de buena gana, pidiéndome que imaginara a Argo en ese aprieto: ¿Cómo es que conocía Argo esa extraña ruta?, ¿cómo es que transcurrieron las jornadas sin llegar a ninguna parte?  Para entonces debíamos estar muy lejos del destino original, pero ¿dónde?  Los llamados de Argo a la confianza ya no valían, y tuvo que dar alguna explicación, y eso  botaba de la risa a Deucalión aún antes de platicármelo.

 

_     Imagínate a Argo frente a Teseo y su inseparable Peritoo, y saliéndole además Jasón, Zetes, Eufemo, Anceo, que  eran los que tenían conocimientos para entender, pero, literalmente  todos se sentían perdidos.

       Entonces a Argo no se le ocurrió otra cosa que aquel viejo cuento de que un navegante macedónico alguna vez le narró de la existencia de este “Paso” entre el Ponto Euxino y el Océano Mundial.

       Asclepio y yo reíamos para nuestros adentros viendo sufrir a Argo y dejándolo en ese suplicio; hasta que nos apiadamos de él y comenzamos a dar muestras de credibilidad en su cuento del “náufrago macedónico”.  Y Argos sólo nos largaba maldiciones en silencio.

       Navegamos un poco más, y Argo dio la orden de desembarcar, con el objetivo de llevar rodando el navío por cosa de unos 70 km.  Imagínate aquello, era una locura, Argo no pasaba de alentar la idea de que saldríamos al Océano Mundial y regresaríamos a Tesalia.  Y ahí íbamos todos en una  labor de ingeniería, rodando un  navío de 30 m y unas 30 o 40 toneladas.  Pero no había alternativa alguna.  En realidad, la frustración se alivió cuando una vanguardia de exploración regresó con la información de que más adelante estaba el río que Argo prometía, por el que descenderíamos al Océano.

       Al final, logramos botar El Argo a las aguas del cauce del Rhin, y comenzó el descansado y rápido descenso, que atenuó los reclamos.

       De ahí dimos vuelta y pasamos por las Columnas de Hércules, bordeamos las costas de África del norte, Libia en aquel entonces, llegamos a Egipto, y de ahí pasamos a  Tesalia atracando en el Puerto de Yolcos de nuevo.

       Ahora, ¿por qué esta larga historia, aún sintetizada?: para que te des una idea del largo tiempo que Asclepio tuvo la piel en  sus manos, y como él quería, para “examinarla”.

       Al regresar a Tesalia, todo el asunto pasó nuevamente a Pelias y Jasón, es decir, se hizo otra vez político, donde el “Vellocino de Oro” comenzó a valer no  más que un alpiste cuando Pelias se desdijo de su promesa de devolverle a Jasón el reino.  Y allí se hizo la tragedia de Pelias en manos de Medea, y luego de Jasón, etc.  ¿En dónde quedó, en todo ello, el Vellocino?  ¿En dónde podía quedar?; pues no es difícil adivinarlo: con Asclepio, que si en la larga travesía no había descifrado el secreto, ahí tuvo un tiempo adicional-  Y ahora podemos pasar al misterio de ese secreto…

 

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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Divulgación Científico-Geográfica
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