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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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4 agosto 2013 7 04 /08 /agosto /2013 22:01

Argo, ConstrucciónLa Misión Secreta del Argos.  Ciencia-Ficción Sospechosa  (1/…).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

03 nov 12.

 

 

 

Introducción.

 

Voy a contarles aquí, a manera de una narrativa mitológica, en forma de cuento de ciencia-ficción, algo sumamente extraño, a partir de algo más extraño aún, fuente de los datos aquí narrados.  Justo esa combinación de extrañezas es lo que nos hace volver a esa incisiva idea, que expresada en el sentido del latín clásico se refiere a una causa; pero que expresada en su difusión en el sentido del latín vulgar (forma usada en el momento especial actual), todo se inicia aludiendo a un efecto; y que sólo resulta de invertir la posición de dos letras en la preposición pro (en su sentido causal, a favor de), por la forma por (en su sentido de efecto, como consecuencia de); es decir, el volver a la incisiva idea de que, <<todo ocurre por algo>>.

 

En los comienzos del siglo XXI conocí a una agradable mujer: Rosaura Clío, bueno, no le gustaba que uno se refiriese a ella con el “vulgar” nombre de “Rosaura”.  Cuando lo hacía yo por molestarla (ya saben, atributos de macho dominante), ella se molestaba, no sólo no me hablaba, sino que, con ese ademán despectivo muy femenino de desviar su mirada a otro lado, no volteaba ni a verme (¡ay de mi!); luego no bastaba que le llamara Clío, sino tenía que anteponerle el “precisa Clío”, “belleza de Clío”, etc; y entonces con desenfado y secamente empezaba por responder con un seco “qué!”, y a dos o tres palabras después, su carácter se suavizaba como una gatita de angora y me dibujaba una sonrisa con sus bellos labios (y entonces todo quedaba listo para volverla a moler en cualquier momento, ya saben, esa necesaria reafirmación…).  Pero, bueno, el hecho es que ella me presentó a un compañero suyo, extraño desde su nombre: Deuterio.  Como es lógico pensarlo, todo el mundo confundía el nombre y volvía a preguntar haciendo el eterno suplicio de aquel condenado a la tragedia de tener que repetir dos o tres veces su nombre cada vez que ello salía a relucir.  Y lo peor del caso, es que él mismo no sabía por qué le habían puesto tal esperpento de nombre, y prefería no tocar el tema.  En realidad, cuando Clío me lo presentó y pronunció su nombre, por supuesto lo confundí, pero no le di importancia al hecho; luego escuché que Clío le llamaba con la contracción de “Deu”, y cuando yo tenía que pronunciar su nombre, se extrañó de que, sin más, me refiriera a él por Deuterio con mucha familiaridad.  Eso reconfortó mucho su ego y nos brindó su amistad.

 

No nos frecuentábamos, pero entre lo que Rosaura le platicara acerca de mi, y él apreciara de las pocas veces que nos encontrábamos, lo fue animando a revelarme algo verdaderamente misterioso.  Y quizá nunca lo hubiera hecho, hasta que un día me encontró en la pequeña biblioteca de la escuela,  viendo que tenía esparcidas varias hojas sobre la mesa con un manuscrito en forma de “Árbol Genealógico” hecho con el claro carboncillo  de un lapicero, pero que ya sobre dos de ellas llevaba escrito a tinta, a manera de un palimpsesto, otra escritura.

 

_     Ahorrando papel? –preguntó haciendo la observación al saludar.

_     Mmm, en parte –respondí un tanto contrariado ante lo inusual de mi acción, y luego de una pausa en que lo saludé, expliqué la “otra parte” del hecho–.  Es que, lo que estoy escribiendo se apoya en los datos del diagrama a lápiz, pero de los que tampoco necesito ya mucho, lo hice sólo para entender, por si los requiero, con cierto trabajo para releerlos, pero –y riendo un poco agregué– ahí están, sin que se me desperdiguen en hojas aparte.

 

El hecho por sí solo del clásico palimpsesto para ahorrar papel hubiera sido suficiente y dejado el acto como irrelevante; pero esa explicación adicional, hizo de ese palimpsesto a su entender, una especie de cábala: algo que permanecía oculto y precisaba descifrase para poder entender lo que aparecía a la vista.

 

Cualquiera me hubiera tomado como un excéntrico por hacer mis apuntes así… (mmm, bueno, cualquiera hubiera reconocido que así era), pero Deuterio  fue más allá, y lo que apreció, fue un complejo cerebro por cuya forma de trabajo podría estar en capacidad de entender algo que él tría de tiempo atrás…, créanme, al parecer, de mucho, mucho tiempo atrás.  Es más, para que vayan comprendiendo lo complejo de esta historia, no sólo era que traía su misterio de mucho tiempo atrás, sino, a la vez…, de mucho tiempo adelante.  Y ahora entenderán por qué necesitaba de un cerebro excéntrico para explicarse.  Y si a ello agregan que Clío le había platicado que yo era un geógrafo enredado en asuntos filosóficos, el buen “Deu” ya no pudo contener más lo que traía, y empezó a narrarme la historia más extraña que haya escuchado: “a tinta”, un pasaje mitológico; por debajo, “a la tenue carboncilla”: la misión secreta del Argos.

 

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