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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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22 enero 2012 7 22 /01 /enero /2012 23:07

L iteratura capitularLa Tragedia de Parecerros.  Cuento Corto, 2012 (1/3).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

23 ene 12.

 

Despues de muchos año, lapso en el cual me fui a estudiar a la ciudad, regresé al pueblo.  En verdad bonito, agradable, un verdadero descanso para el espíritu.  Había sido, en sus buenos tiempos, un pueblo muy rico, pues siempre ha sido un pueblo minero, que entre otros minerales, principalmente extraía plata.

 

La riqueza se veía en las buenas construcciones de casas altas, de dos pisos, todas de piedra y cemento mamposteado, de ladrillo rojo y elegante herrería en sus ventanas.  Sin embargo, no desarmonizaba con lo natural; todas guardaban un aire rústico con sus portones de gruesa y pesada madera, lo mismo que los marcos de sus ventanas y la nutrida empalizada de viguetas, soporte de los rojos tejados que se esparcían en las colinas.

 

Las estrechas callejuelas que quedaron así desde los tiempos del transporte de herradura que venía desde la colonia y el virreinato, de cuando en cuando, apenas se escuchaba el cloquear de los cascos de un cuaco o de una acémila de los labriegos en sus faenas.  Pero en realidad, aquellas callejuelas eran meros andadores para la gente, ningún transporte, ni voluminoso ni escandaloso perturbaba aquella paz; era el reino de seres humanos y no de máquinas o artefactos.  Eran de empedrado; pero no de un empedrado simple de cantos rodados echados ahí nada más por aquí o por allá, o apenas acomodadas por sus lados más planos las rocas de cantera y las calizas blancas que revelaban los procesos metamórficos y de recristalización por el origen de lavas ácídas en el lugar mismo, de donde los minerales abundantes.  Aquel empedrado, por lo contrario, parecía haber sido puesto a propósito como para pintar un cuadro de un pueblito idílico, pues al centro corría una hilera muy bien formada, de dobles baldosas de andesita, y a sus lados, tres hileras más o menos regulares, de cantera, que a los rayos del Sol matinal parecían de oro.

 

Pero para llegar al pueblo, sí había que hacerlo en el autobús, y así, luego de dos horas de camino, había llegado todo molido por el zangoloteo del camino  de terracería; y luego no era tanto por el ajetreo, como por el haber venido escuchando un paisano que no paró de cantar desde que salimos, hasta apenas un paraje antes de llegar al pueblo; ¡ah ingrato!, llevaba una pequeña en brazos y comenzó cantándole canciones infantiles que ella a su vez, jugando con su papá, entonaba; seguramente los pasajeros irían tan sorprendidos como yo de un padre así; pero a no mucho, sus canciones empezaron a ser religiosas.  Yo iba en mis pensamientos, pero, para lago son los estribillos, aun cuando me abstrajera de toda la canción, ese repetir infinito entre cada estrofa de: “¡…si piensas que la montaña se mueva, se moverá…, se moverá…, se moverá!”, era inevitable que taladrara en lo más hondo para anidarse ahí.  La nena calló (quizá igual de contrariada que el pasaje), y él parecía ufanarse de su voz afinada y entonada; en suma, que me di cuenta que, ¡cuál buen padre!, ello había sido el pretexto tanto para presumir sus dotes de cantor, como de enjaretarnos una buena retahíla de mensajes religiosos.

 

Mi casa estaba en uno de tantos lomeríos, y ahí estaba yo ahora, asomado en el balcón desde el cual se veía, aproximadamente hacia el norte, a lo lejos, el par de altas torres del campanario de una iglesia católica que databa del siglo XVII.  Ese día resaltaba su construcción con piedra andesita, como si las grisáceas torres emergieran de entre el follaje de una jacaranda y entre le verdor de la densa enramada de los árboles, como queriendo atrapar varias aves que cruzaban por el cielo hacia el sur , muy seguramente de manera casual, pues aún era pronto para ser la migración de invierno, teniendo como fondo el blanco de gruesos cúmulos que seguramente por la tarde se transformarían en fuente de una torrencial tormenta más, muy características de estos meses del verano.

 

Alegraba la vista el viejo carretón estqacionado como adorno en la casa de la vecina de enfrente, repleto de macetas con flores de muchos tipos; qué sé yo de flores, pero reconocía las campánulas de unas amapolas; unas rosas rojas, blancas y amarillas; unos crisantemos, entre otras.  Sobre la fachada de la alta construcción de dos pisos, coronando con una orla de de bugambillias, lucía el herraje de una sobria ventana tras las flores del carretón; y arriba, otra ventana, que en el herraje de su balcón se adornaba de múltiples macetas floridas; y en la parte superior, colgando de la herrería barroca de un ángulo, un enrome farol que iluminaba la fachada y el portón de acceso.

 

En nuestro andador, ascendiendo ligeramente, desembocaba en otra senda que le cruzaba perpendicularmente subiendo hacia el poniente, para que, luego de ella, nuestra senda continuara ahora descendiendo la loma y perdiéndose de vista.

 

Eran las nueve de la mañana, y todo era soledad, silencio, ni un alma en las callejuelas; de nos ser por las flores y el paso de las aves sobre el campanario de la iglesia, aquello parecería un pueblo fantasma sin vida alguna, ni gallos, ni relinchos, ni ladridos, el canto de los pájaros no se escuchaba; y es que, déjenme contarles, debo hacerles la historia de Parecerros…

 


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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Literatura
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