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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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29 marzo 2010 1 29 /03 /marzo /2010 09:07

 Para Entender el Origen

de la Geografía Contemporánea en México.

Artículo, 2010 (7/7)

 Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica;

http://espacio-geografico.over-blog.es/;

México, 19 abr 10.

 

 

En la entrega anterior, terminamos de transcribir el documento fechado 12 de enero de 1987, de nuestra inconformidad por el dictamen ampliado para el otorgamiento, en este caso negativo, de la plaza para el curso de “Historia de la Geografía”, entendido como “Historia de las Ciencias Geográficas”, hecho llegar al Consejo Técnico de la Facultad el 16 de enero del mismo año.

 

Como podrá haberse notado por el tono al final del mismo, por nuestra parte nos dábamos por satisfechos y dejábamos concluído el proceso.  Críamos suficiente el “va-y-viene” del trasiego de papeles burocrático-diplomáticos.  Pero el asunto no paró ahí.  Al parecer dicho documento impactó de alguna manera, más aún que se interpuso un documento a mi favor por parte de los estudiantes presentes en el examen didáctico de la clase muestra.  Se nos hizo llegar una notificación acerca de que nombrásemos nuestro representante a la revisón del proceso  en el examen de oposción (de Convocatoria justo de una año antes).

 

En oficio de respuesta a esta notificación, fechado el 4 de julio de 1987, y dirigido al Director de la Facultad, Mtro. Arturo Azuela, cuya secretaria acusó recibo con fecha 23 de julio de ese año; manifestamos no tener inconveniente en que dicho representante se designara libremente por la instancia de la Facltad.  Es decir, diplomáticamente dicho, que declinaba continuar en el proceso.  Aquello era simplemente un juego ocioso al que nos vimos impelidos por la inercia de las cosas, pero que era suficiente.

 

Pero en esos procedimiento burocráticos “segidos por oficio”, sesionó el Consejo Técnico el 20 de agosto, y conforme todas las paparruchas de ley, en oficio (Facultad de Filosofía y Letras, Secretaría General, Of. Núm. 59-B/470/87), fechado el 4 de septiembre de 1987, se me daba a entender que el recurso de apelación no estaba “debidamente fundamentado”, y me demandaba argumentarlo “de manera más clara”; y, citamos finalmente de dicho oficio: “precisando: 1.- Qué elementos del currículum no fueron considerados por la Comisión Dictaminadora; 2.- Especifique cuáles fueron las estipulaciones legales, en cuanto al procedimiento de ingreso que no fueron cumplidas ensu caso”.  Para botarse de risa.  Primero, cuándo hable yo de eso, y, segundo, qué diablos me iba yo a meter en toda esa pamplinerá legaloide de eternización de los problemas.  Entendí el documento como la salida diplomática que el Consejo mismo se daba por trámite, y, finalmente, con esa fecha, 4 de septiembre, pretendía yo dejar por concluído el asunto, no respondiendo ya a nada, como de hecho lo dejé en claro desde el documento de enero.

 

No recuerdo ya si antes de esta última fecha o posteriormente; ello es ya irrelevante; me entrevisté con el Dr. Cesáreo Morales, Secretario del Consejo Técnico.  Estuvimos platicando en su oficina en la Facultad quizá una media hora o poco más.  Simplemente, de manera verbal, me pintaba con matices de gris lo que era ese mundo de oscurantsmo inquisitorial.  Fue la manera más decente y propia de responder a mi documento del 12 de enero, que, sin duda, había impactado de alguna manera en toda la Facultad, y yo desconocía en concreto sus efectos.

 

Entendía que ese mundo podía ser, pero no lo podía creer ahí, por más que mi conciencia de la historia de la ciencia me decía que no tenía por qué extrañarme, menos aún por los argumentos vertidos en mi documento de enero.  Pero es que, una cosa es leerlo en los libros, saber que “fue a otros”, que les pasó “en otro tiempo” y en “otro lugar”, y otra cosa es vivirlo en lo propio, en ese momento y lugar, y en toda su crudeza.  Simplemente estaba estupefacto por lo que se me explicaba.  Al final, di muestras de “entender”, agradeciéndole su franqueza y sobrentendiendo que ahí quedaba el asunto, y nos despedimos; pero todavía, antes de salir de su cubículo, me detuvo con una pregunta-sugerencia, que evidenciaba que no confiaba en que yo me desentendería del proceso, y me consultó sobre si contaba yo con algún profesor que me apoyara e intercediera.  Respondí explícitamente que sí, sin mencionar quién, y con un ademán, en la idea de no comprometer a nadie más en toda esa pifia, pero esa respuesta así de escueta, pareció ser, más bien, de “astucia política”, y cuando me di cuenta, me apuré a aclarar explícitamente que no recurriría a comprometer a ninguno de ellos (de donde resultaba que potencialmente sería más de uno).  Y entonces sí, finalmente quedó claro que ahí terminaba el asunto.  Reiteré mi agradecimiento, nos dimos la mano y despedimos.

 

En el lapso de este proceso, había tenido lugar el II Simposio de Enseñanza de la Geografía en México, 1986, para el cual habíamos presentado dos trabajos, con la mutilación de uno; y ya no recuerdo si fue antes de septiembre de 1987 o después, tuvo lugar el XI Congreso Nacional de Geografía, en donde finalmente ocurrió algo muy “misterioso” que quedará de tarea para los historiadores de la ciencia, y a lo que nos referiremos en su momento.

 



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