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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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29 marzo 2010 1 29 /03 /marzo /2010 09:08

Cliché Espacio Geográfico, Revista 2010

Reflexión Final

para Entender la Historia Contemporánea

de la Geografía en México.

  Artículo, 2010.

 

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri

"Espacio Geográfico", Revista Electrónica de Geografía Teórica;

http://espacio-geografico.over-blog.es/;

México, 22 abr 10.

  

En la Editorial del 15 de abril exponíamos ya la base o estructura de un resumen reflexivo, que conviene retomarlo aquí con algunos agregados; y así, decíamos: Cursamos la carrera entre 1975 y 1979, elaboramos nuestra tesis de Licenciatura entre 1979 y 1983, intentamos, en varios ensayos, organizar profesionalmente a los geógrafos de nuestra época entre 1979 y 1989, año último en que finalmente fundamos la Sociedad Mexicana de Teoría e Historia de la Geografía, comenzamos a participar en los foros de la comunidad de geógrafos, simposios, congresos, entre 1982 y 1987; visto ello a un cuarto de siglo, podemos decir que nos formamos aún bajo el pensamiento geográfico del Dr. Jorge A. Vivó Escoto, del Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, y del Dr. Ángel Bassols Batalla; pero que, al mismo tiempo –no por lo que digamos, sino por lo hechos objetiva e históricamente dados; eso de que “20 años no es nada” no deja de ser muy relativo–, lo que nos tocó hacer e hicimos de manera natural en esa década entre 1979 y 1989, fue, ser los autores y protagonizar una transición, en México, entre una vieja geografía que venía desde los años cuarenta del siglo XX, heredera de la geografía fenomenista humboldtiana a través de la escuela francesa inaugurada por Vidal de la Blache, y una nueva interpretación y elaboración de esta ciencia; por lo menos aquí, en México, y desconocemos cuánto y cómo haya trascendido, si lo hizo, a otros lugares del mundo.  Fue una década en que en México hicimos una geografía de punta, más avanzada que en ninguna otra parte, como lo constatamos en eventos internacionales; otro asunto es en lo que desembocó, particularmente ya para el segundo lustro de los fatidicos años noventa del siglo pasado, y lo que hay qué hacer para corregr el rumbo.  Las nuevas generaciones deben tener un conocimiento objetivo de estos hechos, y juzgar, en la reflexión que toca a su propio tiempo, para hacer lo suyo.

 

Ciertamente, al reflexionar sobre ello, en primer lugar, vemos que no sólo son veinticinco años, sino que de hecho podemos hablar ya de tres décadas, si tomamos el momento en que el Dr. Vivó fallece, 1979, y nosotros egresamos de la Facultad, iniciando una investigación de tesis que le daría un vuelco a todo lo hasta entonces establecido, en una corriente de pensamiento que en la época moderna venía desde principios del siglo XIX.

 

Y ahora no nos extraña el por qué fuimos como fuimos, e hicimos lo que hicimos: ello simplemente era una condición de necesidad, determinada históricamente.  Para poder hacer lo que se hizo, enfrentando a todo el aparato institucional oscurantista e inquisitorial, se necesitaba ser, ciertamente, un sujeto extraño, de esos que la sociedad suele denominar como “locos”, “antisociales”; y que si no se es, se acaba siendo, en ese proceso de enfrentamiento descoomunal contra la reacción y el conservadurismo, no sólo de los que protegen sus intereses, sino de la inconciencia e ignorancia condescendiente generalizada.

 

En efecto, como se suele decir, “hay que ser de una madera especial”, pues, primero, no en culaquiera está la facultad de una investigación científica, que objetivamente, por sí sola, produzca necesariamente, más tarde o más temprano, con la sola fuerza de las ideas, un cambio sustancial; no en cualquiera está enfrentar el orden establecido y exponerse a la ira de la reacción hasta desembocar en la “proscripción” (afortunado por ello en mi época; en otro tiempo, si bien me hubiera ido, hubiera acabado en las mazmorras del Santo Oficio, si no es que quemado vivo en leña verde; hacer lo que hice y padecer sus consecuencias, es una absoluta niñería comparado con un Giordano Bruno, o un Julio Cesare Vanini).

 

Y eso uno lo puede entender, uno lo intuye cuando está actuando como “desquisiado” a la vista de los demás, temerosos e incapaces de explicarse nada.  Lo verdaderamente extraño no es, finalmente, eso, sino el actuar de la reacción, que camina al desbarrancadero de la historia sin poder detenerse, por más que quizá –es tan absurdo su actuar que hay que ponerlo en duda– por más que quizá pueda entenderlo.

 

Me quedó un aprecio por todos y cada uno de los profesores miembros de aquel jurado en el Concurso de Opisición para la plaza de “Historia de las Ciencias Geográficas”.  A pesar de todo, nada tengo que reprochar a la Dra. McGregor –y a ella menos que ninguno–, al Dr. Luis Fuentes Aguilar, a la Mtra. Laura Elena Maderey, a la Mtra. Tobyanne, o la Mtra. Isabel Mayén.  Para su propia tragedia, fueron tan víctimas, como yo, de las circunstancias históricas.  Ello, no obstante, no les exime; ellos fueron los que firmaron los dos dictámenes –a excepción, en los dos casos, de la Dr. Mª Teresa Gutiérrez de McGregor–; esos dictámenes en que no sólo se reveló las prácticas oscurantistas de un grupo mafioso soterrado en ese Colegio, sino su propia ignorancia afín a ese mundo de tinieblas y reacción.  Y eso es lo que tácitamente se lamentaba por el Dr. Cesáreo Morales.  De ahí que no me obstinara irracionalmente por la plaza; ese no era el problema; el problema real, era qué tanto unos u otros estabamos reconociendo o no la trascendencia histórica de nuestros actos.  Y un cuarto de siglo después, que son veinticinco años, no queda ya, mas que lamentar profundamente su triste trascendencia a lo Eróstrato.  No tengo, por lo menos a este momento, nada con qué reivindicarlos.

 

Hubo, de mi parte, eso que protege a los ingenuos: la ignorancia, el desconocimieto de lo que realmente estaba ocurriendo.  Por paradójico que hoy pueda parecer, ignorábamos algo fundamental, parte de la historia de la ciencia, y cuyo desconocimiento nos hizo actuar como si fuesemos muy inteligentes, con gran “astucia” y “osadía poítica” –y ahora debo reconocerlo, hasta intimidante para los demás, entendedores del asunto–; cosa que incluso no la descubrimos allí, sino unos cuatro años después, con motivo, precisamente, de un Congreso de Historia de la Ciencia y de la Tecnología en México: que, frente a su ciencia, las comunidades científicas no son monolíticas.  Ciertamente, sabíamos de Thomas Khun, pero no lo habíamos leído.

 

De haber tenido conocimiento de ello, de antemano, quizá, nosotros mismos nos hubiesemos descartado para el Concurso de Oposición.  Y “quizá”, no porque ya no se pueda saber qué hubiéramos hecho, sino porque estábamos plenamente conscientes de estar poniendo a prueba al sistema, sin importarnos realmente los resultados.  Así que, a la vista de los que actuaban en la política “científica” instiucional, nuestra acción era un descomunal desafío (cuando en realidad, no era más que un acto de la más absoluta ingenuidad); y osadía que, a su entender por imagen y semejanza a su mundo, sólo podía explicarse por estar nostros respaldados por algo con un poder, por lo menos, equivalente…, y tras de mi, no había más que un puñado de compañeros con una gran integridad moral: Silvia Castro López, José C. Martínez Nava, Vasthy López Vaca, y Elios Salgado Herrera.

 

Nosotros partíamos de un supuesto equivocado: que frente a la ciencia, y como un reflejo de ella misma, la comunidad científica era igualmente única, trabajando por un mismo fin, si bien cada parte con una teoría propia.  Aprendimos luego lo evidente, que las comunidades científicas no están determinadas por la ciencia en sí, sino por las relaciones económico-sociales.  De ahí mi actitud aparentemente muy política y “diplomática”, que no era tal en sí misma, aun cuando ésta realmente existiera, sino en esencia, plena ignorancia y candidez.

 

Fuimos, pues, por nuestras ideas y manera de ser, un personaje necesario e inherente a ese período de transición que fue la década de los años ochenta; de hecho, de 1979 a 1989.  Lo que ocurrió inmediatmente después, es un asunto verdaderamente complejo, de una infinidad de variables en un momento histórico singular; de esos que sólo se dan de cuando en cuando en la historia: los veinte años que van de 1990 al 2010, para cuya reflexión tendremos que dejar otro espacio.

 

Por lo pronto, he de terminar con una gran exclamación, diciendo: ¡Fuimos infinitamente afortunados, no sólo por el momento histórico que nos tocó vivir, sino incluso, por no haber formado parte, finalmente, de ese mundo de tinieblas de una institucionalidad retrógrada, oscurantista e inquisitorial!  Un puñado de unos cuantos jóvenes, con conocimientos bien fundados y una gran integridad moral…, y transformamos la historia de nuestra ciencia.

 



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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Filosofía de la Geografía
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