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Presentación Del Blog

  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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17 agosto 2010 2 17 /08 /agosto /2010 08:03

Clich--Literatura

Sociedad de Monjes.  Narrativa, 2005 (3/5).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica;

http://espacio-geografico.over-blog.es/;

México, 23 ago 10.

 

                              Hacia el atardecer arribaba la carreta con los productos de Tours a la abadía de las Madres Jerónimas; luego de tocar con la pesada armella que pendía sobre el grueso portón de madera, una moza abatía el rechinante postigo y acto seguido abría y recibía a los recién llegados dándoles paso al patio empedrado con una fuente central; a la izquierda un alto y sobrio edificio que albergaba la cocina y el refectorio con sus estilizadas ventanas, y al pie del grisáceo y negro muro enmohecido aquí y allá, un jardín del que se desprendían en vertiginoso ascenso enredaderas que alcanzaban dichas ventanas; del lado derecho un denso jardín arbolado tras el cual se levantaba el alto muro exterior y la hospedería; al fondo de tal patio, esperaba el almacén para la descarga del carruaje, tras una fresca arcada de muros de basalto, elegantes claves y piso adoquinado en el que jugueteaban las últimas sombras del día de la enramada de ortigas que pendía de los arbotantes al costado derecho y envolvían estrechamente los contrafuertes.

 

                              Al principio una Sor recibía con escrupulosa revisión y conteo la entrega, asistida de alguna novicia, todo con enorme protocolo solemnidad y formalidad.  Tanto las novicias en turno en cada ocasión, como él, guardaban silencio, no se veían ni a los ojos y se concretaban uno a entregar y otra a recibir bajo la exigente verificación de la Sor, haciendo bajo esa tensión un trabajo extenuante que para mitigarlo, Luis realizaba con displicencia atreviéndose a dirigir un rápida y fugaz mirada al rostro de la novicia en turno.  De no ser por el esparcimiento que Luis obtenía al transitar por la campiña entre los dos monasterios, casi aborrecería esa labor.

 

                              Hasta que en el curso de sus entregas semanales, ocurrieron dos cosas: primero, que la asistente en turno de la Sor fue ahora una Diaconisa, Lilium; más segura en sus menesteres, no esperaba la instrucción detalle a detalle de la Sor, tomaba la iniciativa y hacía y era ella la que dictaba para que la Sor tomara nota; ella era la que hablaba la que decía, y la que, no sin cierto pudor, dirigía también su mirada sobre Luis.  Hacía las cosas no precisamente con rapidez, sino con una subyugante seguridad, que hacía que la meticulosa Sor perdiera el control y quedara supeditada a lo que ella hacía.  Luis se solazaba con aquel drama de la Sor a la vez que él mismo se veía envuelto en el encanto y la decisión hacendosa de la Diaconisa, que paradójicamente le era de su agrado no sólo por la belleza de su fino rostro y sus claros y cristalinos ojos color de miel, sino dados sus movimientos suaves, lentos, delicados, reflejando su ser apacible y tierno; de una sensibilidad y emociones para nada artificiales y fatuas, sino plenamente naturales y sencillas; que era lo que esencialmente le subyugaba de ella, de hecho de cualquier mujer, pero con toda esa expresión tan plena y pura de la feminidad que a él le gustaba y que allí en ella la tenía en lo vivo, presente, sin pretenciosos intereses de parte de ella, sino más bien de una delicada conciencia de la necesidad hacedora de la vida.

 

                              Antes de llegar a Tours, él estuvo en Weisbaden, y ahí conoció a otra mujer igualmente bella, pero con la cual no se entendió, igual en belleza física, una gran mujer también, admirable, pero todo lo opuesto en la feminidad que ahora tenía frente a sí; lo que en aquella era todo artificialidad y premura, en ésta ahora era naturalidad y apacibilidad; y aquella relación le permitió valorar mejor a Lilium y enamorarse tan sólo de observar sus suaves y acompasadamente lentos movimientos que traslucían a la más bella mujer de este mundo.  Y segundo, que al poco tiempo, para el placer de Luis, la propia Sor delegó en ella, con asistencia de otra novicia, la recepción de los productos..., y del drama de las tareas mundanas, se pasó a la tragedia de la pasión de los espíritus.

 

                              Y lo que antes era un largo y tedioso tiempo de una innecesaria revisión y un formal conteo meticuloso, ahora se hizo, en el mismo lapso, un brevísimo tiempo para platicar de ellos, de su existencia, de sus propios seres y de la vida.

 

_ Si estamos aquí por el acto de voluntad divina –por la bará de Dios-, en el Universo..., no somos, dicho en términos terrenales, sino el “espejo de Dios”, la conciencia de la creación, y por ende..., la conciencia de Dios mismo; aquello por lo que Dios se reconoce a sí mismo.  Somos los creados por Él para a su vez reconocerlo, y así, dicho en términos mundanos, somos la obra de arte de Dios, en la cual, Dios se reconoce a sí mismo perfeccionado, y realizándose en dicha obra, adquiere conciencia de sí mismo, de lo que él mismo es.  Si estamos y somos por acto volitivo, por definición, en todo ello –en el Plan de Dios entendido terrenalmente, en términos de los mortales-, hay un propósito: el reconocimiento perfeccionado de Dios en nosotros mismos.  Y Dios está esperando; y esperando en tiempo divino; despertada nuestra curiosidad dada la prohibición de comer el fruto del Árbol de la Sabiduría y otorgado el Libre Albedrío, nuestra libertad de elegir el que seamos capaces de redimir al ser humano, por el ser humano mismo, y llegar a ser como Él, e incluso mejores, perfeccionados, en cuya imagen se reconozca a sí mismo ennoblecido.

_ ¡Callad! –replicó Lilium con exigencia pero en voz baja-, habláis con voz de clérigo, pero en lo que decís se escucha la soberbia de lo mundano.  No se ve en vosotros, en vuestra manera de ser, en lo que decís, que no entiendo bien, la humildad.  Dios es el único capaz de redimirnos.

_ Tan sólo seguidme en las ideas, pensad... –le reclamaba Luis aproximándose a ella

_ No estamos aquí –volvió a responder ella con autoridad- para hacer nuestra voluntad, sino la del Señor...

_ Mas si estamos aquí –continuó él haciendo poco caso de las peticiones de Lilium y hablando en voz baja-, no por acto de voluntad y creación ninguna, sino ya por la emanación de Dios mismo, o bien como identidad Dios-Humanidad, entonces Dios es sólo parte de nuestra conciencia, Dios quizás es sólo un concepto, y “Dios es nuestro espejo”, la conciencia de nuestra perfección última en el Universo, en donde nada natural es suficiente para vernos en ello realizados, lo cual nos lleva a crear lo bueno, lo moral, y lo bello, el arte, viéndonos en lo moral y en el arte, humanizados.

_ ¡Callad!, ¡callad ya, os lo ruego!... –insistía la hermosa Diaconisa procurando no levantar la voz para no ser escuchados fuera del repositorio.

_ Y no sólo ello –continuaba obcecado e impertinente el Seminarista-, sino que el hecho de que haya un propósito de nuestro ser y existir, queda cuestionado.  ¿Somos acaso entonces una contingencia, un accidente, una casualidad en el Universo?  O somos una necesidad, algo que tenía que ser por la predestinación divina, y entonces hay un propósito, incluso así sea que no responda a la voluntad de Idea Absoluta ninguna, sino a la armonía de la naturaleza misma.

_ ¡Qué decís!, haces que me confunda Seminarista; guardad vuestro discursi para la disputatio palatina –y ella se replegaba con las manos entrelazadas por sus largos y finos dedos por detrás hacia los anaqueles en donde se acomodaban los productos entregados; Luis veía que ello era una buena señal, pues ella no echaba sus brazos al pecho y cubría con las manos su cara juntándolas para rezar, no, estaba dispuesta a oír, así le aterrara.

_ ¡La Escuela Palatina, el Inframundo –y él se expresaba despectivamente-, bella Lilium, el Inframundo!

_ ¡Cómo así despectivamente –respondía ella-, “el Inframundo”, no os entiendo!, ¡el Inframundo es el reino de la luz en tanto el reino de los espíritus!...

_ Como quiera que sea –y Luis dejó de mirarla a sus miélaselos ojos del ambar más delicado y transparente, no quería desviar su discursi aclarando aquella observación de la Diaconisa, más aun, dio media vuelta y hablando para ser escuchado se dirigió a la ventana con vista al claro del arbotante-, ya sea que seamos la conciencia de Dios, o la conciencia del Universo mismo; o sea, Dios haciendo conciencia de sí mismo –y él se quedaba viendo por la ventana  los delicados detalles del panorama de la naturaleza y la arquitectura frente a su vista-, o el Universo haciendo conciencia de sí mismo; ese mero acto de conciencia preestablece la necesidad de un propósito.  Nosotros no somos casualidad absoluta en el Universo, somos una necesidad en él, si bien es cierto, tampoco absoluta.  Pero siendo algo que estaba obligado a suceder, lo que en términos bíblicos diríamos: obligado a suceder, en el “orden creciente de dignidad”, cumple un fin, nuestra existencia tiene un propósito –y efectivamente, Lilium desde lejos lo escuchaba con curiosidad y atención.

Si ese propósito es mero ensayo creativo, no será mas que asumir la conciencia de nuestra tragedia: por más que nos rebelemos, predestinados, nuestro fin será inexorable.  Pero si el propósito es otro y con nuestra conciencia podemos trazar nuestro destino, entonces debemos buscar una respuesta al por qué estamos aquí, a fin de que el proceso tenga lógica...

_ ¿Y cuál sería entonces ese otro propósito? –preguntó ella intrigada por el discursi que la alarmaba, y “no quería escuchar”.

_ Buscar esa respuesta, obviamente, ha sido el problema más complejo que ha enfrentado la humanidad a lo largo de su historia*

 

A la vista y oídos de ella, aquel hombre Seminarista blasfemaba; mas su alarma estaba en que ella se admiraba por aquel vituperio, ofrecía resistencia, y entraba en conflicto consigo misma.  Él realmente ensayaba, se escuchaba a sí mismo su discursi, preparaba la disputatio para el claustro palaltino.

 



* Diálogo tomado y arreglado de “El Narrador”, una narrativa –la primera que el autor de estas mismas líneas se dispuso a hacer–, del 19 de julio de 2002.

 


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