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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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7 abril 2013 7 07 /04 /abril /2013 22:02

PavorrealUn Pavorreal Frente a un Mapa. Cuento (2/)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

29 dic 12.

 

Al día siguiente, muy temprano por la mañana, la Vaca pastaba en la verde pradera bajo los picantes rayos del Sol matinal, una fresca brisa soplaba trayendo a sus oídos el trinar de las aves del bosque, en medio de u n silencio no superior a los 10 dB.  En eso estaba, al pie de un pequeño arroyo solazándose con el borbotear cristalino de su fresca y fina corriente, cuando como si de la nada, se sorprendió de ver aproximarse al Pavorreal pasito a pasito zigzagueando, haciendo caso omiso éste del saltar de Chapulines, el huir de Cigarras y el camuflarse de las Amantis Religiosas que se escondían así a su paso decidido con la mirada fija puesta en su objetivo, tras de sí su largo plumaje haciendo honor a Argos por designio de Hera.

 

La Vaca lo tomó por una “avechucha” más en las inmediaciones, y continuó saboreando los frescos y verdes pastos.  Pero, de pronto, ahí estaba el Pavorreal a su lado.  Ella lo tomaba por un aristócrata presumido, por un “elegido de los dioses”, y se volteó despectivamente dándole la espalda…, bueno, mostrándole…, pues, la espalda…; o bueno, o sea que se puso “del otro lado”, tirando su cola hacia él (la cola con que se espanta las moscas), a la vez que, cerrando lo ojos en señal de “no-verlo”, levantó su cara al azul cielo.  Y con ese desprecio era para que el condenado Pavorreal soberbio cayera muerto; pero ni se inmutó, concentrado en su propósito, de pronto extendió su ruan cuan esplendoroso como si fuese a envolver a la Vaca entre su colorido plumaje, y entonces, empezó a “verlo todo”, cada cosa con cada uno de sus “cien ojos” constatando su existencia y lugar, más no con la intención de saber de cada una de esas cosas en si mismas y mucho menos de las relaciones internas entre todas ellas –como alguna otra especie de Pseudopavorreal, confundida, así lo pretendía–.  La Vaca, fina, elegante, luciendo un par de aretes vistosos (con alguna leyenda en que algo se garabateaba) que los animales que la cuidaban, mimaban y apapchaban, le habían obsequiado y prendido, llevando al cuello una elegante gargantilla de la cual pendía una pequeña y sonora campanilla, con sus grandes ojazos negros de enormes y arriscadas pestañas, de delicada cintura, de grandes y redondeadas caderas, de unas tersas, hermosas y enormes ubres…, comenzó a incomodarse con la mirada lasciva de aquel engreído, e hizo por irse de ahí.  Pero, para entonces, el Pavorreal lo había “visto todo”, y volvió a plegar su plumaje, marchándose pasito a pasito por el mismo lugar por donde había venido.  En tanto que la Vaca volvió a lo suyo, viéndolo, molesta, con el entrecejo fruncido, alejarse, no sin que estuviese en su pensamiento el desprecio a aquel “prepotente soberbio”…

 

El Pavorreal se tomó su tiempo, reamente uno o dos días, en los cuales estuvo considerando todo cuanto había visto.  Finalmente rendiría su Informe, y para ello fueron convocados nuevamente todos, y en la expectación causada por aquel portentoso acontecimiento, estarían ahí muchos más de los involucrados.  Ahora sí había de todo, no nada más fueron “puros animales”, sino también muchas “animalas”[b].

 

Desde lo alto, el Búho presidía; el Pavorreal ocupó el lugar de honor que le correspondía; todos hicieron silencio absoluto.

 

_   Damas y caballeros…, conforme a lo prometido, su usía el Pavorreal (“el que todo lo ve”), emprendió la misión de aclarar el difícil dilema de las manchas de la Vaca.  Su usía ha vuelto, y nos ha preparado un informe para el caso, que por su naturaleza y la trascendencia en el honor de las apuestas –y e este punto, no pocos empezaron a voltear para un lado y para el otro como buscando entre el auditorio–, habré de pedirles su más paciente atención.

     Damas y caballeros, ahora he de dejar en uso de la palabra a vuestra usía…

 

Y un espontáneo y caluroso aplauso estalló en la sala, en lo que el Pavorreal, de pie, agradecía con reverencias al entusiasmo por sus palabras.  Cesaron los aplausos, tomó su lugar, abrió su carpeta, y comenzó a disertar.

 

_   Apreciables escuchas –empezó diciendo con aire severo– debo empezar diciéndoles que emprendí la misión, con resultados más que positivos… –y una andanada de aplausos y exclamaciones corrió por todo el auditorio, en lo que el Pavorreal se ponía de pie y, como era su costumbre, comenzaba a describirles, con sus “pasitos de uñas” de un extremo a otro frente a todos; y al hacerse nuevamente el silencio, continuó–, no obstante, caballeros –y aquí dirigía su mirada directamente a los apostadores–, nadie quedará insatisfecho ni resentirá pérdida alguna.

 

Y a estas últimas palabras, todos entendieron que el resultado sería tan satisfactorio, que aún las pérdidas en las apuestas, no lo lamentarían (y nuevamente se dejó sentir entre el nutrido auditorio la inquietud, por más discreción que se quería aparentar, de algunos, que angustiados, volteaban hacia atrás y hacia los lados como buscando a alguien); y sentían aquellas palabras como una compensación a los que perdieran la apuesta.

 

Así, luego de este preámbulo, el Pavorreal entró de lleno al problema…

 



[b]       Dicho en la lógica de ese culto lenguaje del español moderno en México (que los únicos estúpidos que lo hablan así , son los políticos, que por eso, y por tranzas corruptos inmorales, son políticos), que se refiere a “los”, y “las”; es decir, a las “Mujeras”, y a los “hombros”, a las “jovenas” y a los “jóvenes”, a “los chiquillos” y a “las chiquillas”.  Así, no sólo había una gran cantidad de “animales”, sino también de “animalas”.

 

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