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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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3 febrero 2013 7 03 /02 /febrero /2013 23:02

Teatro; LarousseEl Nuevo Teatro Geográfico.  (1/2).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

07 abr 12

 

La geografía renacentista se llama así, porque ella representa, precisamente, el renacer, entre otros tantos aspectos, de la geografía clásica griega: la geografía de la cartografía proyectiva, luego de quince siglos de abandonada.  Basándonos en este hecho, para la discusión de este artículo no será necesario remontarnos en la historia más allá del siglo XV.

 

La discusión de este artículo consiste en establecer la analogía que, por lo demás, gustó mucho de hacerse entre el renacimiento y la ilustración, del siglo XV al siglo XVIII, del símil de la geografía con el teatro.  El teatro (del gr. Theátros, mirar), idea muy apropiada para tratar de entender la naturaleza, y principalmente, el objeto de estudio de la Geografía, que no trivialmente fue usada en esa época en que, con la exactitud que animaba al hacer de la ciencia, se buscaba con ello hacer entender esa naturaleza y objeto de estudio de la ciencia de la Geografía.

 

Dicha analogía con el teatro, va desde el teatro entendido como el todo del edificio o la infraestructura, al fin, el mundo mismo, y todo lo que ello implica en lo material y lo espiritual, a la identidad con alguna de sus partes, e incluso con la obra teatral representada y hasta con el autor literario de tal obra dramatizada.  Ello no es casual, habla de la enorme complejidad de esta ciencia tanto por su naturaleza como por lo que se propone como objeto esencial a resolver.

 

El teatro, entendido así en todos sus aspectos, es el mundo, el todo de la realidad tanto objetiva (lo dado como el edificio o infraestructura, y lo representado a escala), como subjetiva (lo creado y recreado en el drama).  La complejidad de la Geografía está en que pareciera ser a semejanza de ese teatro; ya en el todo, ya en la parte, o bien en cierta forma; y de ahí la analogía y la búsqueda de la identidad en ella.  Esa complejidad es tal, que no por otra cosa ha consumido más de dos mil años aclarar su naturaleza y objeto.

 

Ahora aquí, habiendo llegado a conclusiones plenamente acabadas en nuestro planteamiento teórico acerca de esta ciencia, habremos de volver a la idea de esa rica analogía dieciochesca ilustrada.

 

Hagamos, pues, una breve revisión histórica de la geografía desde la Grecia clásica reproducida y aumentada en el Renacimiento, y a partir de ahí en sus grandes saltos, en función de esta analogía.


Teatro; Larousse
Sección del Teatro Nacional de la Coline de París.
[Fuente: Diccionario Pequeño Laeousse Ilustrado; v. Teatro (clik sobre la imagen para ampliar)]


Teatro--Planp-Interior--Larousse.JPG
Plano del Interior de un Teatro (Italiano)
[Fuente: Diccionario Pequeño Larousse Ilustrado; v. Teatro]

 


Así, en consecuencia, la Geografía del Renacimiento entre los siglos XV y XVII, se identificó en el teatro con la parte, y en éste, con el proscenio, esa área del escenario en que se mueven los actores, delimitada tras el frente escénico por le montaje de una escenografía en bastidores; pero en donde, a la vez, si quizá no se hacía abstracción absoluta  de la escenografía, entendida en ella la representación de la realidad dada en los fenómenos naturales y sociales, ciertamente era un plano secundario, una mera referencia de fondo; el objeto de estudio, de algún modo, era el proscenio mismo, y ese modo eran las dimensiones: las distancias, la superficie, las posiciones, la extensión, o aquello cuyo predominio estaba dado en los mapas, en la cartografía.  Eso constituyó el hacer geográfico desde Toscanelli hasta Carlos de Sigüenza y Góngora.

 

Luego vino el despliegue de la Ilustración entre los siglos XVII y XVIII, que se divide en dos etapas.  En la primera, la Geografía había dado un viraje guiado por la necesidad; ahora, en la analogía, se le entendió como la escenografía.  Más aún, específicamente como la descripción de la escenografía, lo cual dio como producto las llamadas Relaciones Geográficas.  De la misma manera, si bien no se hacía abstracción absoluta de todo lo demás, el hacer geográfico en ese teatro centró su atención en la escenografía.  En ella podía estar la representación del todo, no sólo de las cosas de la naturaleza, sino también de la sociedad, lo demás, el proscenio e incluso los actores y obra misma, eran el medio en función de lo cual la escenografía (el conjunto de fenómenos naturales y sociales) adquiría significado y propósito.

 

Vino entonces una segunda etapa, propiamente la segunda mitad del siglo XVIII; se produjo otro viraje, ahora de retorno a la geografía como el proscenio, esto es, que los mapas en representación del espacio terrestre volvieron a ser el centro de interés, aportando con mayor exactitud las posiciones, la localización; esclareciendo bien el isomorfismo o anamorfismo ante la conformalidad y equivalencia en el mapa.  Fue el período de la geografía de Nicolás Sanson D’Aveville y Philippe Bauche, a José Antonio de Alzate y Ramírez y Joaquín Velázquez Cárdenas de León.

 

Este fue el período más fértil e importante para la geografía como ciencia; en él, elaborado por José Antonio de Alzate y Ramírez, se sintetizó el objeto de estudio y método de esta ciencia.  Si bien aún un objeto de estudio vagamente definido en el hacer cartográfico como representación y análisis del espacio terrestre, sí una metodología que se cifraba en la Relación Geográfica como condición del Mapa.  Esto es, en la analogía, tener por esencial al proscenio, pero en función éste de la escenografía, que es determinación de sus atributos.  Con ello, la geografía pasó a ser el escenario (del gr. skiné, choza, tienda, lugar de un suceso), la combinación del proscenio y escenografía en su relación funcional.  En esta relación funcional, el proscenio podía ser por su propia naturaleza y dimensiones, tal como la escenografía podía existir por sí misma; sólo que la escenografía por sí misma se empezó a diluirse como los objetos de estudio de las más diversas ciencias, a su vez, en su proceso de nacer moderno en ese entonces, y el proscenio por sí solo, perdía significado.

 

La combinación, entonces, de proscenio y escenografía en un escenario, se transformó, primero, en un ambiente, e inmediatamente después, en el Todo.  Surgió así la concepción de la Geografía propia la siglo XIX.  Con Kant, efímeramente fue el ámbito o ambiente escénico; pero con Ritter y su Erkunde, Humboldt y su Cosmos, la geografía pronto se hizo el Todo del Teatro en sí.

 

En el siglo XIX, en su primera mitad, ir a la Geografía (al teatro), ya no fue sólo ir “a mirar” desde una platea lo que ocurría en “el mapa” o escenario, sino asumir la consecuencia de que las cosas estaban siendo re-presentadas, es decir, vueltas a presentar a partir de una realidad en la que como espectador, se era, a su vez, parte actuante.

 

Así, de la “Geografía Física” de esa geografía decimonónica fenomenista, n la que del proscenio (del mapa) como lo esencial, se pasó a la “Geografía Humana” no sólo del ámbito escénico destinado a ser mirado por un espectador, sino del vestíbulo de encuentro de éstos y el foyer para el esparcimiento en los entreactos, los comentarios y las reflexiones de la obra, como una geografía cuya función –así se entendía– era explicar el Todo de lo humano (y así, donde las muchas otras partes del teatro en su totalidad adquieren un significado).

 

A mediados del siglo XIX, se vio ya que la geografía no aparecía como una ciencia más en el conjunto de éstas, sino sólo como un cuadro de su repetición en forma esencialmente empírica y descriptiva.  Como consecuencia, se inició un nuevo viraje.  En la analogía, ahora ir al teatro, era ir a la ciencia en general; entrar en él, instalarse, y centrar la atención, ya en lo humano de la obra en su determinación por lo físico de la escenografía (la Antropogeografía de Ratzel); o bien en lo físico de la escenografía en función de lo humano en la obra (la geología-geomorfología de Richttofen), fue en lo que se centró el debate del significado y propósito de la Geografía.

 

 Lo que una errónea generalización había dado a la Geografía en el Erkunde o el Cosmos, ahora una errónea particularización, la daba la “Geografía Física” de Rrichtthofen, y peor aún, la “Geografía Humana” de Ratzel.  En la analogía, esa particularización volvió la mirada, por un lado, a la obra; y por otro, a la escenografía.  En un caso, en donde la obra estaba plenamente determinada por la escenografía; y en el otro caso, donde de la escenografía importaba no el bastidor describiendo el paisaje natural montañoso (impensable entonces), sino el análisis de la montaña como una orografía por vulcanismo, fallamiento o tectonogénesis de plegamiento.

 

Entre ambas soluciones de identidad, la Geografía desaparecía; en un caso, quedando como no-ciencia, dado su determinismo geográfico; y en el otro, quedando como una ciencia que ya era la otra misma que tenía por objeto de estudio propio un hecho de la escenografía.  Toda la claridad acerca de la identidad de la geografía en cuanto a su objeto de estudio y método, tal cual a lo que se había llegado en el siglo XVIII, se extravió y perdió por completo en el curso del siglo XIX.  No fue, por supuesto, hasta aquí, producto de la incapacidad de los geógrafos, sino de su objeto de estudio complejo insuficientemente procesado aún.

 

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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Divulgación Científico-Geográfica
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27 enero 2013 7 27 /01 /enero /2013 23:05

Editorial

Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700) 

Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700); entre otros oficios, el primer geógrafo mexicano de la ciencia moderna en la época de la Ilustración (del México ya no mesoamericano, sino hispanoamericano).

 

*

 

En esta edición hacemos una tercera entrega de Qué es la Geografía, refiriéndonos a ese aspecto esencial de la función social de la ciencia: los problemas que ha de resolver y el carácter de su vínculo a la producción económico-social.

 

En un segundo artículo en esta edición, rescatando la historia de la Geografía en México, absolutamente olvidada por los casi ya veinte años desde que nos vimos marginados de esta actividad profesional dada la crisis económica de 1994-1995, pues a quién le podría interesar, si no a los verdaderos geógrafos, por lo demás apasionados por lo suyo; esos verdaderamente interesados en develar el origen, naturaleza y desarrollo de los conocimientos de que participan.  Pero no se hace, la institución “oficial”, supuestamente la que debería ser la primera interesada, apenas se ocupa de ello; y no es causal, pues incluso lo poco que hace tiene por fin el confundir, oscurecer.  Y eso es justo, la razón por la cual estos artículos de historia de la Geografía que habíamos dejado reservados para la Revista “Espacio Geográfico” (y por lo tanto con una difusión más restringida, por lo demás, operando ello en favor de esa oscuridad “oficial”), hemos decidido publicarlos ahora en la Bitácora, más bien, en favor de la conciencia profesional del geógrafo.

 

Un tercer artículo, un comentario bibliográfico más a la obra Teorías, Leyes y Modelos en Geografía, de D. Harvey, lo hacemos en particular acerca del capítulo que titula La Geometría. La Forma del Lenguaje Espacial (1969), como para tratar de desentelarañar la mente del geógrafo actual, que inmersa su atención en el más burdo fetiche del pensamiento, hace del espacio una metáfora por la cual lo entiende unidimensionalmente como los “costos del flete” en la actividad económica productiva, o bien bidimensionalmente como la “mancha urbana” en el despliegue social, e incluso tridimensionalmente como la “nube de contaminantes” sobre la “mancha urbana” producto del “flete”, en el despliegue social en su actividad económica productiva…, etc, etc.  Involuntariamente mueve a risa, no quisiéramos burlarnos, pero todo ello queda expuesto a la ironía y el sarcasmo, como reza el lugarcejo común (para empeorar las cosas), “en bandeja de plata”.

 

El “geógrafo” estudioso de tal “espacio”, es hoy, no otra cosa que una especie de “geopsicólogo social” (ya nada más lo que faltaba), un “geopsicoanlista” de esa esquizofrenia de una irracional sociedad que conscientemente (¿o acaso pulsiva o inconscientemente?..., consulte a su geomédico), construye así, de tal modo, su “espacio”, entendiéndose por tal snobista e intelectualoide concepto, no más que las relaciones y organización económico-social capitalista actual.

 

*

PavorrealFilosofía de la Geografía.

 

[____]  Qué es la Geografía: Los Problemas Contemporáneos de la Geografía.

  

Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700)Historia de la Geografía en México.

 

[____]  Carlos de Sigüenza y Góngora: Primer Geógrafo Mexicano de la Ciencia Moderna.

 

 

Estados de Espacio y sus TransferenciasComentario Bibliográfico.

 

[____]  Comentario a, La Geometría.  La Forma del Lenguaje Espacial, de D. Harvey (1969).

 

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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Bitácora Navegación Espacio Geográfico I Época
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27 enero 2013 7 27 /01 /enero /2013 23:04

Espacio Geográfico Sector TridimensionalQué es la Geografía: Los Problemas Contemporáneos.  (3/…)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

01 nov 12.

 

 

Los problemas actuales de la geografía, considerados en su estructura formal como ciencia, son hoy en día, en su campo de investigación en geografía teórica, el elaborar, finalmente, la formalización teórica de su teoría del espacio geográfico o terrestre (problema en que, por los años 2012 a 2013, el autor de estas líneas está).  Por otra parte, el atraso en nuestra ciencia es tal, que no hay, o por lo menos desconocemos, otros trabajos sobre geografía teórica.

 

En su campo de geografía aplicada, abolida la “geografía fenomenista” de la “mucha ciencia”, la “nueva” geografía aplicada no es otra que las soluciones posibles a problemas económico-sociales a través de todas las herramientas y elementos para el análisis espacial, desde el mapa y la fotografía aérea, hasta las imágenes de satélite y de sensores remotos en rayos “x”, “infrarrojos”, etc.  Es decir, no se trata de hacer “geografía económica”, sino de hacer geografía, análisis espacial, aplicado en interés de los estudios de los economistas, los ecologistas, los agrónomos, etc, y finalmente en interés de la sociedad.

 

En el campo de la geografía operativa, hoy todo eso se resuelve mediante empresas privadas en las que todo lo que se hace por especialistas en ingeniería y ciencias (menos geógrafos), es una geografía muy avanzada, de altos conocimientos técnicos y científicos, pero que, en consecuencia, se presentan como empresas de cartografía”, de “geomática”, de “sensores remotos y análisis espacial”, sintiéndose ajenos a la geografía, o apenas vagamente relacionados.  De ahí que la problemática a resolver, es, primero, el poder considerar a todo eso como geografía (verdaderamente fuente de empleo productivo para el geógrafo científica y físico-matemáticamente formado), y segundo, el empezar a dar coherencia lógica de todo ello en una teoría geográfica del espacio terrestre.

 

En el siglo XVIII, en México, los problemas de la geografía se centraron en el levantamiento cartográfico general; buena parte del siglo XIX, la geografía fue a cartografía a la producción minera, y a partir de la segunda mitad del mismo y principios del siglo XX, se extendió a las necesidades del desarrollo urbano obstaculizado por las inundaciones y condiciones meteorológicas del Valle de México.

 

Hasta ahí, fue la geografía (la cartografía, el análisis espacial), aplicada a ciertas necesidades y soluciones.  A partir de los años cuarenta del siglo XX, se dio esa inversión en donde la aplicación (el ámbito del problema, no lo que se aplicaba), resultaba ser la geografía.

 

Desde siempre, la geografía, la ciencia del espacio terrestre, estuvo vinculada a las exploraciones en extensión, al conocimiento de ese vasto espacio que se iba plasmando en el desarrollo cartográfico.  La geografía estuvo presente siempre en esas hazañas, hasta que, precisamente en esos años cuarenta en que empezó el desarrollo de la “Era Espacial” (la cohetería y la navegación en la exosfera con la cosmonáutica y la astronáutica), esa geografía contemporánea ya no estuvo presente en ello.  No sólo había desviado su rumbo del estudio del espacio al estudio de los fenómenos, sino –sin poder eludir su posición frente al problema del espacio–, juzgó que el espacio estratosférico y la exosfera misma ya no era espacio geográfico o terrestre.

 

Al recuperar la geografía como ciencia del espacio y al determinar la realidad y naturaleza del mismo, nos levó a la consideración  de que el espacio terrestre, es una determinación del campo de gravedad de la Tierra, que encuentra sus límites superiores en su interacción con el espacio lunar, determinado, a su vez, por el campo de gravedad lunar; luego entonces, la estratósfera, la exosfera hasta la magnetosfera, forman parte del espacio terrestre, y la geografía necesita volver a hacer presencia en ello.

 

En el plano teórico, la geografía contemporánea enfrenta el intento de descrédito de los antiguos “geógrafos fenomenistas” (hoy “geógrafos literarios”), haciéndole ver como una geografía reducida a la “Geografía Matemática” de la antigua división y clasificación fenomenista, y como tal, una mezcla de Astronomía de Posición, Geodesia y Geofísica…; la paradoja es que todo ello es verdad, con la única diferencia esencial, de que, en vez de ser una burda área de la “geografía fenomenista” de antaño, ello son los fundamentos teóricos y metodológicos del estudio del espacio terrestre tridimensional.  La teoría del espacio geográfico, por lo que todo ello es en su base y en lo que todo ello desemboca, no está de en ninguna de esas otras ciencias antecedentes del conocimiento geográfico.  Ninguna de ellas estudia el espacio terrestre como tal, ni la geografía estudia la geometría de precisión de la geodesia, ni las formas físicas de la Tierra en los términos en que lo hace la geofísica.  La geografía encuentra su propia originalidad y unidad teórica, en el estudio del espacio terrestre, cuyas propiedades están determinadas por los estados de espacio.

 

Nuestra teoría del espacio geográfico nació del modelo analógico con la cristalografía, tomando de éste sólo su base geométrica y ciertos indicios, como los Puntos de Red, que descartándolos en un principio, luego los encontramos referidos, en nuestra analogía, en los Puntos Báricos de Riábchikov, precisamente en los puntos de cruces de los frentes con las corrientes marinas (sin importarnos ni el frente como fenómeno meteorológico, ni las corrientes marinas como fenómeno oceanográfico, sino sólo los estados de espacio) de cuyas interacciones regulares forman Puntos de Red de una eratosténica esfrágida (o zona tridimensional del espacio geográfico), todo lo cual, en ninguno de sus aspectos, es objeto de tratamiento por ninguna de las ciencias a las que se pretende limitar el planteamiento de la geografía científica contemporánea.

 

Si la geografía es la ciencia del estudio del espacio terrestre, la historia del conocimiento  de este espacio mostrará como ninguna otra cosa, la esencia de la historia misma de la geografía, y la historia del conocimiento del espacio terrestre no es otro que la historia de los mapas, de la cartografía.  Los problemas teóricos esenciales de la geografía en cada época histórica, han quedado plasmados en sus mapas, y hoy, esta “nueva geografía”; en entredicho con las comillas, por ser tan sólo la vieja geografía bien olvidada; está por hacer la nueva cartografía  del espacio terrestre de esta época, y plasmar en ella el problema teórico esencial de su tiempo.  Esa historia de los mapas, esa historia de la Cartografía, no debe verse, pues, como algo distinto a la historia de la Geografía, sino, por lo contrario, justo lo que hace la esencialidad de la historia de esta ciencia.

 

La necesidad de un cuerpo único de teoría  como reflejo de la unidad material espacial continuo-discreta del mundo, es algo que en los últimos treinta años hemos venido resolviendo, y es algo ya prácticamente definido.  Pero frente a ello, y no ajeno a posiciones ideológicas en la interpretación del mundo, e intereses de clase sociales, hay, en el fondo, un hecho real –hasta cierto punto desconcertante– en cuanto al carácter de la geografía como ciencia moderna: en el siglo de la Ilustración, ese siglo XVIII en donde prácticamente surgió la ciencia moderna en todos sus casos particulares (por lo menos en los básicos, de los cuales la Geografía forma parte), la Geografía, a pesar de los trabajos de Mercator, de Sanson, de Buche, que muestran un carácter axiomático, hipotético-deductivo, no logró consolidar  su estatus de ciencia rigurosa…; pero aún en el siglo XXI, una geografía hipotético-deductiva no existe (apenas y puede ser vislumbrada en nuestros trabajos en forma teórica).  El geógrafo, por los últimos tres siglos, no se ha formado en el método de la ciencia.  Su trabajo, a pesar de todo lo que se diga, es aún eminente empírico, descriptivo, enciclopédico, subjetivista.  Es ajeno a toda noción de la lógica y al desarrollo de hipótesis, leyes y teorías, no hace una investigación causal dirigida a algo propio; su observación se centra en el hacer del otro; no mide, no experimenta, y sólo se limita a una vaga “aplicación” sin fundamento alguno, pues no está buscando en el modelo aplicado de comprobación, ni en el modelo analógico, la solución a sus teorías propias.  Se reduce meramente al análisis cualitativo de lo concreto (y para más, por lo concreto del otro), creyendo que los fundamentos científicos de éste, son los suyos, desconociendo, e incluso rechazando conscientemente, el análisis cuantitativo, por supuesto, sin saber ni entender a qué ni cómo aplicarlo (y todo esto ya lo habíamos expuesto desde el XI Congreso nacional de Geografía en México, desde 1987.  Si no se ha avanzado en ello, no sino por la acción oscurantista deliberada de reaccionarios grupos de poder.  Así, al geógrafo actual, le hace falta, de manera total y absoluta, una formación en el método de la ciencia.

 

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27 enero 2013 7 27 /01 /enero /2013 23:03

Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700)Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700): Primer Geógrafo Mexicano de la Ciencia Moderna.  Artículo, 2012.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

Espacio Geográfico, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geogrfico.over-blog.es/

27 feb 12.

 

Por un producto eminentemente del saber geográfico: su Mapa General de la nueva España (entre 1668 y 1671), Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700), es acertadamente calificado, tanto por Irving A. Leonard en la biografía de aquel de 1929; como por Miguel Sánchez Lamego que retoma la idea (no sabemos si independientemente), en su ponencia a la VII Reunión del Instituto Panamericano de Geografía e Historia (IPGH), de 1955: Primer Mapa de México Hecho por un Mexicano, con motivo de que, recién unos años antes, había encontrado dicho mapa en la Colección de “Mapas Españoles de América de los Siglos XVI, XVII y XVIII”, en su edición de 1951 por la Real Academia de Historia de Madrid, luego de que el mismo estuviese extraviado desde fines del siglo XVIII.

 

Mapa-Siguenza--1668-1691 

Mapa General de la Nueva España, 1670; de Carlos de Sigüenza y Góngora.  Primer Mapa de México, hecho por un mexicano.

 

Ese calificativo en Irving A. Leonard, se expresó como: “el primero en haber hecho un mapa general de Nueva España”[1]; o, en la expresión de Miguel A. Sánchez Lamego, en el ser: “el primer mapa de México hecho por un mexicano”[2].  Por ello, es que podemos considerar a Carlos de Sigüenza y Góngora, como el primer geógrafo mexicano de la ciencia moderna.

 

Sin embargo, no es sólo por ese hecho que hacemos tal afirmación, si bien es lo esencial, sino incluso por el conjunto de sus estudios y trabajos, por las cuales fue nombrado en 1680 por Carlos II, como “Cosmógrafo Real”; término elástico –dice correctamente su biógrafo más reconocido, Irving A. Leonard– que lo mismo es atributo del catedrático en Matemáticas que era Sigüenza, o designa al astrónomo, agrimensor y cartógrafo, e incluso al ingeniero y mecánico, como, agregamos nosotros, al geógrafo; investigaciones todas ellas, a las que –dice Leonard– ciertamente de cuando en cuando se entregaba.  Y en que, de las observaciones astronómicas y cálculo matemático que ello implica, estableció la longitud de la Ciudad de México, fundamental para su elaboración cartográfica, y con ello, para su estudio sobre el desagüe de éste (de donde se involucra por último, la ingeniería y mecánica).

 

Pero, ahora bien, ni es alguna especialidad de ellas echando mano de las demás, ni todas ellas por separado pero reunidas en una sola persona, y mucho menos un asunto de sabiduría aristotélica de todo ese conocimiento justo como una Totalidad (a lo que se podría agregar sus estudios de historiador, antropólogo y arqueólogo, y que por lo tanto bien le correspondería); sino poniendo de manifiesto todo ello, de forma primaria, aún no desarrollada, el conocimiento de una sola especialidad: la geografía.

 

Carlos de Sigüenza vivió en la segunda mitad del siglo XVII novohispano, en que hubo una relativa y cierta apertura de pensamiento, concordante con la revolución de pensamiento que se estaba dando por entonces en Europa con los sucesores de Galileo, Kepler, Bacon y Descartes; esto es, con Pascal, Boyle, Malpighi, Huygens, Leeuwenhoek, Hook, y final y un tanto forzadamente, con Newton, que e su madurez se adentra ya en el siglo XVIII.  Infortunadamente para el desarrollo de esa ciencia moderna novohispana naciente en ese momento, el imperio español de tintes monárquicos absolutistas feudales, fue puesto a la defensiva por el avance de las monarquías ilustradas constitucionalistas en donde se abría camino el orden capitalista.: Inglaterra, Países Bajos, Francia; y España se cerró a eso que calificaba de “perniciosas influencias”, que amenazaban con arrebatarle sus colonias en América; perdiéndose así, la continuidad del desarrollo científico novohispano en la primera mitad del siglo XVIII.  Fue eso, pues, lo que hizo esa aparente excepcionalidad de mentes como la de Juana Inés de Asbaje (Sor Juana Inés de la Cruz), y de Carlos de Sigüenza y Góngora.

 

No sabemos en qué medida, si es que lo fue, Sigüenza pudo haber hecho uso de las Relaciones Geográficas del siglo XVI en la elaboración de su Mapa General de la Nueva España; creemos que necesariamente debió haber sido así; pero ni éste, ni aún sus mapas de área local como el “Mapa de las Aguas de la Laguna de Tescuco” (1691), laguna y sus alrededores que Sigüenza conocía muy bien, revelan algún apoyo en exhaustivas Relaciones Geográficas que, en todo caso, ponen de manifiesto su imperiosa necesidad.

 

Acerca de ese último mapa generalizable a toda su obra, Irving A. Leonard dice: “Comparado con la obra de cartógrafos modernos parece burdo, desde luego, y sin embargo da una buena idea de la disposición general de la región que circunda la capital.  Las diversas posiciones no están fijadas con absoluta precisión, ni las montañas están en estricto acuerdo con la naturaleza.  Como ha dicho cierta autoridad [Manuel Orozco y Berra], los montes <<los vemos allí dispuestos por el dibujo, más como adorno de la imaginación, para llenar el espacio y darle cierta apariencia, que siguiendo su verdadera dirección>>”[3].

 

1691-Mapa-de-las-Aguas-de-la-Laguna-de-Tescuco--16-copia-1.jpg 

"Mapa de las Aguas de la Laguna de Tescuco” (1691),

Carlos de Sigüenza y Góngora.

 

Ello, sin duda, revela el clásico “horror vacui” en una cartografía que aún era imprecisa en la definición de la métrica de su espacio vacuo continuo; es decir, en la determinación de las coordenadas de cada lugar.  Ese mapa era en realidad aún un “Itineraria Picta”.  Pero su mapa anterior de treinta años atrás, su Mapa General de la Nueva España, si bien deja ver desde entonces ese “horror vacui”, por lo contrario, dispone éste de una métrica en un sistema de coordenadas para la definición de ese espacio vacuo continuo (por cuyas características a partir de una discusión en cuanto al posible Meridiano de Origen, amerita dicho mapa un tratamiento aparte).

 

El desfase con la cartografía europea es notable en todos sus aspectos, pero así nació, con esas condiciones y con esas características, la geografía propia, la geografía científica moderna en México.

 



[1]        Leonard, Irving A; Don Carlos de Sigüenza y Góngora.  Un Sabio Mexicano del Siglo XVIII; Fondo de Cultura Económica, 1ª edición, 1929; México, 1984; p.98.

[2]        Sánchez Lamego, Miguel A; Primer Mapa de México Hecho por un Mexicano; IPGH; México, 1955.

[3]        Leonard, Irving A; Don Carlos de Sigüenza y Góngora.  Un Sabio Mexicano del Siglo XVIII; Fondo de Cultura Económica, 1ª edición, 1929; México, 1984; pp.97-98.


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27 enero 2013 7 27 /01 /enero /2013 23:02

Carátula; Teorías, Leyes y...; Harvey 1983

Comentario a, La Geometría.  El Lenguaje de la Forma Espacial, de D. Harvey, 1969*.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio –geografico.over-blog.es/

03 ago 12.

 

Dada su importancia excepcional en el tratamiento del objeto de estudio de la Geografía por Harvey ya en 1969, decidimos elaborar este comentario aparte.

 

Harvey inicia la redacción de este interesante capítulo diciendo: “Toda la práctica y toda la filosofía de la geografía dependen del desarrollo de un marco conceptual que permita manejar la distribución de objetos y fenómenos en el espacio”[1].  Esto es, que, en última instancia, la geografía no será ni más ni menos que el su aparato conceptual; cierto es, y de ahí la importancia del presente capítulo de Harvey, tanto más, que ese aparato conceptual se constituye en reflejo, a decir de Harvey, de la “distribución de objetos y fenómenos en el espacio”, enunciado que ya anticipa el concepto mismo de espacio en dicho autor.

 

Harvey hace ver que el lenguaje espacial, ha de ser el apropiado tanto para expresar esa distribución espacial y las leyes morfométricas que les rigen, como el funcionamiento de sus leyes y procesos.

 

“En su mayoría –asienta Harvey–, los geógrafos aceptan que un lenguaje espacial es el apropiado, sin examinar la razón de esta elección”[2].  Hay en ello, no obstante, un cierto dejo de aparente “convencionalismo” en el hecho, el que así como “la mayoría de los geógrafos” lo aceptan, pudiera no serlo y la opinión pudiera ser otra.  Esa apreciación convencionalista de Harvey, deriva de que, en 1969, cuando expuso originalmente estas ideas, el espacio como objeto específico de estudio aún no se planteaba siquiera.

 

Dominaba entonces apenas la abstracción y generalización lograda por Hettner, y desplegada geomorfológicamente por Hartshorne en sus “unidades morfológicas”, de ahí que, dice Harvey, “…el geógrafo tendrá que saber traducir un lenguaje espacial por otro, dado el caso de que, por ejemplo, la morfometría se estudie mejor en los parámetro de la geometría euclidiana, mientras que los procesos que gobiernan esta forma deban ser analizados dentro del marco de alguna geometría no-euclidiana”[3].

 

Y este, así de sencillo, es uno de los pasajes más brillantes y esclarecedores de la esencia de la teoría geográfica: el que Harvey haya podido abstraer y generalizar del lenguaje morfológico, al morfométrico, en un paso más en el análisis geográfico como teoría del espacio terrestre.  No obstante, al parecer, el propio Harvey no estuvo del todo consciente de ese significativo hecho.  Fue un fugaz enunciado con el que anticipaba ahondar en los conceptos de espacio.

 

Pero, consecuente Harvey con los fundamentos teóricos gnoseológicos dados en el positivismo de Stuart Mill como de Rudolph Carnap, Harvey empieza analizando el concepto de espacio sobre el principio subjetivista, con una posición gnoselógica en la fenomenología, en que reconoce una realidad sólo en una determinación psicológica.

 

Por lo demás, dice Harvey, ese espacio sentido, no es cuantitativamente diferente a la estructura euclidiana, por la cual no sólo podemos invocar objetos en su ausencia, sino recurrir a conceptos sin un contenido empírico, tales como “vacío” o “infinito”.

 

Harvey, fundado en el principio de subjetividad, no rescata, en consecuencia, lo que hay de común o de geometría real, en el espacio objetivamente dado, sino se pierde en la geometría apropiada en lo diferente de un espacio culturalmente determinado.  Acaso no acaba en el marasmo, gracias a retomar al clásico Max Jammer (1954), el que: “contrapone dos conceptos del espacio esencialmente diferentes.  El primero considera el espacio como una cualidad situacional del mundo de los objetos materiales o de los fenómenos –es decir, considerados en el espacio como una cualidad relativa-.  El segundo considera el espacio como un recipiente de todos los objetos materiales –así pues, es una cualidad absoluta”[4].  En la Antigüedad Aristóteles es el representante del primer concepto, como Demócrito lo es del segundo.  En la época moderna, lo serán, por un lado, Leibniz, y por otro, Newton.  Hay en ello una confrontación, a más de en la teoría del espacio, en lo ideológico-filosófico en donde los primeros representan posiciones idealistas, y los segundos, posiciones materialistas; lo que históricamente fijó el problema en posiciones absolutamente irreductibles, ya del espacio como lo dado en un relativismo extremo, ya del espacio como el vacío absoluto.

 

Una cita de enorme importancia, puede, a su vez, rescatarse del texto de Harvey que comenta las posiciones idealistas de Max Jammer, quien en un momento dado considera que el concepto de espacio absoluto habría quedado eliminado: “La de la relatividad moderna –dice Harvey–, reemplaza el concepto de materia por el concepto de campo, que usamos dado por <<las propiedades y relaciones de la materia producible y la energía>>.  La métrica (o geometría) del campo está enteramente determinada por la materia”[5].

 

La afirmación de Harvey es profundamente materialista: un campo (básicamente energía), “está enteramente determinado por la materia”, o, dicho de otro modo, que el campo es material; sólo que, vagamente, aquí se confunden los conceptos de materia y de sustancia, pues se vuelve a ver la métrica del campo no en la geometría del vacío, sino en lo “enteramente determinado por la materia”, esto es, en lo enteramente determinado por la sustancia”.

 

Es el horror vacui presente, que en tanto tal hacía el idealismo, o en tanto su opuesto en el tribuari vacui hacía un materialismo que enfrentaba a las dudas del espacio como el vacío absoluto.

 

Este problema fue tan esencial, que la dialéctica materialista en el “marxismo oficial”, hasta los años noventa, se mantuvo en la posición por la cual tomó partido por el continuum einsteniano, es decir, por la negación del vacío, y, por lo tanto, por el espacio como la métrica de lo discreto.  Y ello significó una enorme dificultad teórica, a la que no hemos podido contribuir a su superación sino hasta la transición de la primera a la segunda década del siglo XXI.

 

El problema no era Aristóteles o Demócrito, ni Leibniz o Newton; el problema no era la relatividad métrica de la sustancia en el horror vacui, ni el tribuari vacui en la absoluta métrica del vacío; el problema no era o el parmenidiano mecanicismo del vacío como lo que “no es” y luego “no existe”, y lo pleno como “lo que es”, y luego existe; sino que todo fue siempre como sólo podía serlo: la heraclitiana dialéctica de lo que siendo, es; y lo que aún “no siendo”, también es..  Lo que al mismo tiempo siendo relativo en la sustancia, se hace absoluto en el vacío; o lo que al mismo tiempo, siendo relativo en Aristóteles o Leibniz, se hace absoluto en Demócrito o Newton.  Esto es, que, la solución sólo podía estar en donde siempre estuvo: en la dialéctica del espacio, sólo que había que procesarla lógicamente.

 

Luego, en esta parte del texto de Harvey, tenemos una afortunada apostilla con fecha: “¡1990!”, a un pasaje en el que éste critica a Hartshorne: “<<El concepto de la geografía como ciencia del espacio ha tenido una importancia capital en la historia del pensamiento geográfico>>.  Al menos en parte, la historia de la geografía puede considerarse como la historia del concepto de espacio…”[6].  Nos sorprendió, porque ello estaba dicho desde 1969, y el problema ya no es tanto que ello hay asido dicho claramente desde entonces, sino el que ya estamos en el siglo XXI y tales afirmaciones no tengan consecuencia en el avance de la geografía como ciencia.

 

Harvey asigna al concepto de espacio un papel metodológicamente organizador, que en su gnoseología fenomenológica mucho tiene de kantiana.

 

El asunto incluso en realidad va más allá de 1969 con Harvey, y se remonta a Richard Hartshorne en 1939, cuyas conclusiones principales en La Naturaleza de la Geografía, a decir de Harvey, “fue el que el fin específico de la geografía como ciencia podía definirse geométricamente a los conceptos espaciales.  Afirmaba que la labor del geógrafo era describir y analizar la interacción de los fenómenos en términos espaciales”[7].  Así, lo esencial de la teoría de la geografía como ciencia ya estaba dada desde poco antes de la II Guerra Mundial, y sin embargo, a los estudiantes de geografía aún en los años setenta no se nos enseñó, ya no se diga así, con esos elementos, sino ni siquiera se nos mencionó que tales elementos existieran.

 

Recordamos que el Dr. Jorge A. Vivó, partidario de Hartshorne, se ocupó más por la explicación de las “unidades morfológicas”, que por la teoría en abstracto o metodológica de las mismas; pero, más aún, con un defecto: más que como una explicación, como dijera Hartshorne, “en términos de espacio”, se insistió  en su explicación en términos de los fenómenos que implicaban.  Y es que todo esto, incluso analizado en los años noventa, aún era de difícil comprensión.  Obras como las de Hettner o Hartshorne, “misteriosamente”, aún en la segunda década del siglo XXI, siguen sin traducirse ni comentarse en español.

 

Más la objetividad del proceso hace que sea inevitable el que paulatinamente se vaya llegando una y otra vez a las mismas conclusiones por posteriores investigadores; y así llegamos nosotros nuevamente a ello en la propuesta del estudio de los fenómenos, en términos de estados de espacio.  Pero ahora hay una diferencia más; el centrar todos los esfuerzos en la explicación teórica de qué entender por ello.

 



*        Harvey, D; Teorías, Cap. XIV.  La Geometría.  El Lenguaje de la Forma Espacial; en “Teorías,  Leyes y Modelos en Geografía”; Alianza, Madrid, 1983; pp.204-240.

[1]        Harvey, D; Teorías, Teorías,  Leyes y Modelos en Geografía; Alianza, Madrid, 1983; p.204.

[2]        Ibid. p.204.

[3]        Ibid. p. 205.

[4]        Ibid. p.208.

[5]        Ibid. p.209.

[6]        Ibid. p.219.

[7]        Ibid. p.219.

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20 enero 2013 7 20 /01 /enero /2013 23:05

Editorial

 Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana (1651-1695);

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana (1651-1695).  Poetiza de la más amplia erudición, que en la segunda mitad del siglo XVII, introducía en la Nueva España la ciencia, que en Europa ya se movía en los tiempos de Newton, haciéndolo sutilmente en la poesía de su Primero Sueño.

 

*

 

Qué es la Geografía, segunda parte, en el cual tratamos sobre los métodos de la sistematización del conocimiento, tema útil no sólo para el que quiera saber qué es la Geografía, sino para el geógrafo mismo que asume especializarse en ello, pero en el que la falta de una formación en el método de la ciencia le impide entender claramente que todo lo que hace, se reduce al ideal positivista del puro trabajo empírico, descriptivo, enciclopédico, exclusivamente de los aspectos cualitativos de lo concreto, siendo ajeno al trabajo cuantitativo de medición sobre hipótesis y análisis de relación causal, leyes y teorías propias, geográficas, y no de otras especialidades; por lo que el geógrafo, aún en la segunda década del siglo XXI, sigue siendo ajeno a los métodos teóricos o racionales del conocimiento.

 

Juana Inés de Abaje, segunda parte; Copérnico (1473-1543), en su De Revolutionibus Orbium Coelestium, 1543 había establecido un Universo heliocéntrico, de lo que derivaba no sólo que la Tierra era una esfera que giraba en torno al Sol, sino a su vez sobre su propio eje; Galileo (1564-1642), con el recién inventado telescopio en 1609, observa Júpiter, siendo, medio siglo después, una demostración indirecta del modelo de Copérnico; pero Galileo, noventa años después de la obra de aquel, es obligado a una retractación por la Inquisición, en 1633; y Juana Inés de Abaje y Ramírez (1645-1695), en su Primero Sueño de 1689, poco más de medio siglo después de la retractación de Galileo, mediante el método de la Ilustración por Solvuntur Objecciones (el poner por delante las objeciones a lo verdadero, pero dejando entrever que esa era la argumentación equivocada), exponiendo “la verdad” del movimiento de las esferas celestes, deja entendido que ello es sólo el movimiento aparente, efecto del movimiento real de rotación de la Tierra.

 

Pero la demostración científica estricta de ello no vendría sino hasta 1851 con el experimento del péndulo de León Foucault (1819-1868), a poco más de tres siglos de Copérnico, a poco más de dos siglos de Galileo, a poco más de siglo y medio de Juana Inés de Asbaje.

 

En su momento, con su Primero Sueño, ella había trasladado la “mecánica celeste” a la “mecánica terrestre”, y echaba así los fundamentos para la moderna ciencia de la Geografía en México.  Hay en ello un fenómeno astronómico, pero geográficamente no es ello lo que interesa, sino el que la Tierra era la que rotaba, y con ello determinaba su espacio terrestre propio; ya no era el centro del Universo, sino un astro más con su propio espacio esférico y con una simetría bipolar dada por su eje de rotación.

 

Luego, en ese espacio terrestre particular hay una infinidad de fenómenos, pero geográficamente no son ellos como tales lo que interesa, sino, en tanto estados de espacio, lo que interesa son las propiedades de espacio que éstos determinan.  Nació allí, la ciencia moderna de la Geografía.

 

Y, finalmente, incluímos el artículo que hemos clasificado como de divulgación científico-geográfica: Las Cajitas Detrás del Geógrafo David Harvey, que cuando encontramos su fotografía así en la Red, de inmediato nos trajo a la memoria una interesante anécdota de experiencia profesional que él narramos.

 

*

2012 De los Fenómenos a los Estados de EspacioFilosofía de la Geografía.

 

[____]  Qué es la Geografía: Los Métodos de la Sistematización del Conocimiento Empíricos y Teóricos, y el Análisis.

 

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana (1651-1695);Historia de la Geografía en México.

 

[____]  Juana Inés de Asbaje: Primero Sueño; el Movimiento Aparente de Rotación de la Tierra.  (2/2).

 

 

 

D Harvey (pablotaricco.blogspot.comDivulgación Científico-Geográfica.

 

[____]  Las Cajitas Detrás del Geógrafo David Harvey.

 

  

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20 enero 2013 7 20 /01 /enero /2013 23:04

2012 De los Fenómenos a los Estados de EspacioQué es la Geografía: Los Métodos de la Sistematización del Conocimiento Empíricos y Teóricos; el Análisis.  (2/…)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

01 nov 12.

 

Otros componentes del fundamento científico de la Geografía son sus métodos dela sistematización del conocimiento dados en la metodología empírica en la observación, la medición y la experimentación (o “modelos en x” de comprobación); como en los métodos teóricos o racionales en la hipótesis y métodos de relación causal, las leyes y teorías, desplegado todo ello en el análisis tanto cualitativo como cuantitativo.

 

La geografía trata con todo cuanto existe en el espacio terrestre, por el solo hecho de que ello existe él, puesto que todo cuanto existe, existe en el espacio y determina sus propiedades.  Cuando la geografía estudia el todo sólo por cuanto existe, no lo hace por sus propiedades particulares concretas (que es el procedimiento de las ciencias particulares acerca de cada fenómeno), sino lo hace en el más alto grado de abstracción y generalización posible.  A principios del siglo XX fue sólo por sus propiedades de localización, distribución y relaciones; durante el segundo tercio del mismo fue ya por la abstracción y generalización en las unidades morfológicas o geoformas, y poco después por los elementos dela estructura terrestre o “fases”; para ser, finalmente, hoy en día, la abstracción y generalización dada en la estados de espacio.

 

Bajo dicha categoría geográfica, todo es espacio, ya en su forma discreta dada por los fenómenos concretos naturales o sociales particulares, como un componente aislado o individual en forma de sustancia; o bien ya en su forma continua dada por los fenómenos concretos naturales o sociales particulares como un componente generalizado e ininterrumpido en forma de campos; y en ese sentido, todo es en calidad de estados de espacio.

 

En la categoría de estados de espacio se prescinde de los atributos particulares del fenómeno, de modo que el fenómeno sólo es “la cosa”.  Se prescinde, por ejemplo, de los atributos particulares de la montaña como actividad volcánica, una intrusión o un plegamiento; incluso se prescinde de su atributo como “forma del relieve” o geoforma, para ser sólo “la cosa” (con el nombre de montaña), que constituye un estado de espacio sustancial discreto, en constante transformación, sujeto de estudio sobre sus atributos y leyes espaciales propias.

 

Esa dialéctica de la dimensionalidad material continuo-discreta, históricamente se reflejo en el pensamiento geográfico formando la contradicción dialéctica histórica esencial del conocimiento geográfico: la contradicción dialéctica espacio-fenómenos.  Por muchos siglos, la dificultad en el pensamiento humano para el entendimiento de un concepto de alto grado de abstracción, en la falta de comprensión del “objeto espacio” reflejado en el “concepto de espacio”, y su tratamiento meramente empírico ya como “la espacialidad” de lo concreto mismo, ya como el exclusivo sistema de referencia de las cosas (el que las cosas existen en el espacio), fue llevando al geógrafo a concentrar su atención una y otra vez, no en el estudio del espacio y el mapa, sino en el estudio del fenómeno y su historia.  Se formaron así, histórica y objetivamente, dos corrientes o escuelas de pensamiento geográfico fundamentales; las más generales y esenciales: la de la “geografía espacista” (Anaximandro, Eudemo, Dicearco, Eratóstenes, Hiparco, Eudoxio, Gémino, Marino, o Ptolomeo, en la Antigüedad; o Cosmas Indicopleustes, El Edrisi, Fra Mauro, o Cresques, en la Edad Media; o Toscanelli, Behaim, Vespucio, Frisius y Mercator, entre un alista ya muy grande de geógrafos en esta línea hasta nuestros días); y la “geografía fenomenista” (Estrabón, Polibio, Plinio, De Falera, Ibn Jaldún, hasta Kant, Ritter, Humboldt y una abundante lista de pensadores hasta nuestro tiempo).  La primera, sin tener históricamente los elementos suficientes para elabora una teoría del espacio geográfico, y la segunda como una salida falsa al problema, incurriéndose en una deviación científica.

 

Por toda la historia se entendió, en general, por todos, que el espacio terrestre y su representación en el mapa era lo esencialmente geográfico; pero al no elaborarse científicamente una teoría de ese espacio, el objeto de estudio, quedándose en lo empírico concreto, se confundía con el estudio de los fenómenos.  Por toda la historia se entendió en general por todos, que los fenómenos y sus relaciones eran objeto de tratamiento geográfico, y el problema, por siglos, consistió en desentrañar cómo tendría que ser el tratamiento de los fenómenos en geografía, que no implicase lo propio a las otras ciencias de las que tales fenómenos son su objeto de estudio propio.

 

Esa contradicción histórica esencial le tocó resolverla al autor de estas líneas en el año 2012, en el contexto de una síntesis lógica por la cual: si todos los fenómenos son estados de espacio, en donde las propiedades particulares de los fenómenos desaparecen; y la geografía es una ciencia del tratamiento de todos los fenómenos por igual; luego, la geografía es una ciencia de los estados de espacio, en los cuales los atributos particulares de los fenómenos desaparecen.

 

Quedó superada así, con fundamento teórico, la contradicción histórica esencial de la geografía.  Hoy, la antigua “geografía espacista”, quedó generalizada en el hecho de que toda geografía es sólo geografía del estudio del espacio en sus múltiples estados.  Por su parte, la antigua “geografía fenomenista” quedó subsumida en la síntesis, abstraída y generalizada en los estados de espacio.  El geógrafo no ha de perderse más en esa pretenciosa fatuidad que ya desde el origen acusaba Heráclito como “la mucha ciencia”.

 

El que por siglos haya sido así, se entiende por la falta de una teorización de su objeto de estudio complejo.  Aún en los años ochenta del siglo XX, en los que el geógrafo siguió siendo un “geógrafo fenomenista”, ello se entiende en tanto que, a pesar del cuestionamiento lógicamente consistente y una propuesta fundamentada del espacio terrestre, se careció aún de un de un reconocimiento generalizado del mismo.  Pero en los años noventa del mismo siglo, una vez “oficializada” la “nueva” propuesta (que lo único que tenía de “nueva” era ser sólo la vieja propuesta bien olvidada), todos los esfuerzos de las nuevas generaciones –o por lo menos de una buena parte–, debieron dirigirse a resolver el siguiente paso: ¿qué era ese espacio?, ¿cuál era su realidad y naturaleza?  Por eso, en las generaciones de los geógrafos en los años noventa y primera década del dos mil, ya no es entendible el que continuara en algo (esa “geografía fenomenista”) que cada vez se mostraba más sin fundamento científico alguno.  Más aún, hay algo peor a esa situación: las generaciones de la segunda década del siglo XXI, ya no pueden continuar en ello; de hacerlo –cuando ya no sólo está cuestionada, sino refutada la antigua “geografía fenomenista”, y plena y científicamente fundamentada la proyección de la antigua “geografía espacista”–, será ya cerrazón oscurantista que niegue el desarrollo de la Geografía).  Esa antigua “geografía fenomenista” de insistir en ser, tendrá que demostrar lo que por mucho tiempo no se pudo: su fundamento científico, en el método de la ciencia de la modernidad.  De no hacerlo así, se hace sujeta de crítica como anticiencia por falsear la verdadera ciencia de la Geografía que la ha superado; o bien, definirse en el contexto de la “posmodernidad”, ya no como una ciencia acerca de un propio conocimiento verdadero lógicamente fundamentado (todo lo cual es negado por el “posmodernismo”), sino tan sólo como un saber válido.  En ese sentido es aceptable en la forma en que ahora la hemos caracterizado: como una “geografía ensayista literaria”, siguiendo la misma idea de la teoría del “posmodernismo”.

 

De ahí que toda aquella división y clasificación de la Geografía en sus “ramas” de “Geografía Física”, “Geografía Biológica” o “Geografía Humana” (“Económica y “Política”), han perdido sentido y utilidad, desapareciendo de conjunto con toda la “geografía fenomenista”.

 

De momento no se puede hablar de una nueva división y clasificación interna de la Geografía, de su estructura, dado que ello no es un problema de orden teórico de principio, sino práctico, resultado de su propia práctica en la investigación concreta y madura del espacio terrestre.

 

Otra cosa son los campos formales de investigación en la estructura de toda ciencia, y en nuestro caso: el campo de investigación en geografía teórica (sobre los problemas esenciales de la geografía); en el campo de la investigación en geografía aplicada (sobre los posibles desarrollos en modelos teóricos dirigidos a su aplicación en soluciones prácticas); y el campo de la geografía operativa (que más que campo de investigación, es campo de resolución directa de problemas prácticos concretos).  Históricamente, ni la geografía teórica, ni la geografía operativa, nunca han tenido dificultad de comprensión de su función y de sus procedimientos; han expresado a lo largo de la historia el verdadero pensar y hacer geográfico.  La dificultad ha estado siempre en la parte de la geografía aplicada, en donde el modelo de aplicación para examinar sus posibles contribuciones, se confundió como la geografía misma.

 

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20 enero 2013 7 20 /01 /enero /2013 23:03

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana (1651-1695);Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana; Primero Sueño…: El Movimiento Aparente de Rotación de la Tierra.  Artículo, 2012 (2/2).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

Espacio Geográfico, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

20 feb 12.

 

Y de esa apolinea ciencia, cuando el alma despierta, cuando nos adentramos en la racionalidad, en la ciencia; y esa separación del espacio terrestre entendido por el movimiento de rotación de la Tierra expuesto por su efecto en el movimiento aparente por Juana Inés de Asbaje, siendo ya Sor Juana Inés de la Cruz, de ella, en erudición de prodigiosa memoria, así deliberadamente ejercitada, nos recitaría el Dr. Carlos Sáenz de la Calzada:

 

“…  Llegó, en efecto, el Sol cerrando su giro/ que esculpió de oro sobre el azul zafiro;/ de mil multiplicados/ mil veces, flujos mil dorados/ –líneas, digo, de luz clara– salían/ de su circunferencia luminosa,/ pautando al Cielo la cerúlea plana;/ y a la que antes funesta fue tirana,/ de su imperio, atropadas embestían;/ que sin concierto huyendo presurosa/ –en sus mismos horrores tropezando–/ su sombra iba pisando,/ y llegar al Ocaso pretendía/ con el fin (sin orden ya) desbaratado/ ejército de sombras, acosado/ de la luz que el alcance le seguía.

 

Consiguió, al fin, la vista del Ocaso/ el fugitivo paso,/ y –en su mismo despeño recobrada/ esforzado el aliento en la ruina–/ en la mitad del globo que ha dejado/ el Sol desamparada,/ segunda vez rebelde determina/ mirarse coronada,/ mientras nuestro Hemisferio la dorada/ ilustraba del Sol madeja hermosa,/ que con luz judiciosa/ de orden distributivo, repartiendo/ a las cosas visibles sus colores/ iba, y restituyendo/ entera a los sentidos exteriores/ su operación, quedando a luz mas cierta/ el Mundo iluminado, y yo despierta”.

 

En la literaria personificación, en el movimiento aparente, llega el Sol cerrando su órbita, llenando el azul zafiro del Cielo con el dorado resplandor; “pautando al Cielo la cerúlea plana”, esto es, enmendándole, corrigiendo al Cielo lo que tenía establecido por la oscuridad de la Noche, “la que antes funesta fue tirana”; y ésta huye, se repliega torpe y presurosa, y la Noche misma proyecta su sombra con el Sol tras de sí, de modo que ésta iba pisando su propia sombra, pretendiendo llegar al Ocaso derrotada por la luz del Día que iba tras ella y le seguía.

 

La oscuridad, la Noche, la que huía, llegó al fin al Ocaso, y despeñándose al otro lado del globo que el Sol había dejado desamparado, recobra entonces de su ruina su aliento, y vuelve a verse coronada; mientras en el Hemisferio iluminado por la melena del Sol, que iba repartiendo a todo sus colores; restituyendo por entero los sentido con los que se percibe ese Mundo exterior, con su luz más cierta; quedando ese Mundo iluminado, y ella despierta.

 

Luego de mediados del siglo XVII, la teoría copernicana, pues, está plenamente presente.  La Tierra, como ptoloméico centro del Universo, deja de ser el escenario mismo de la existencia del Cosmos, el espacio terrestre deja de contener al Universo mismo, y ahora sólo lo es del espacio en el que se escenifica la eterna lucha entre el Día y la Noche.

 

Si con la muerte de Hipatia en manos de las turbas de San Jerónimo al inicio del siglo V, moría la luz de ciencia griega y se hacía la larga noche medieval; con Juana Inés de Asbaje en la segunda mitad del siglo XVII, esa luz de la ciencia renacía, y se hacía la resplandeciente luz que todo lo iluminaba en el nacer de la ciencia de aquel México-novohispano.

 


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20 enero 2013 7 20 /01 /enero /2013 23:02

D Harvey (pablotaricco.blogspot.comLas Cajitas Detrás del Geógrafo D. Harvey

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

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05 nov 12.

 

 

 

Determinado y definido el objeto de estudio; determinado y definido el método hasta su axiomatización; descubierto el proceso histórico de abstracción y generalización de los conceptos de “espacio” y “fenómenos”, e introducida en una lógica consistente con ello, la categoría de “estados de espacio”; determinado y definido el carácter de su síntesis; determinado y definido en función de ello su teoría unificada, y a su vez, en función de ello precisada  su clasificación en el cuadro de la clasificación de las ciencias como una ciencia única, producto de un cierto grado de conocimientos antecedentes necesarios, y ella a su vez, antecedentes necesarios de otras ciencias; quedaba por delante el siguiente paso: formalizar la teoría científica de su objeto de estudio, la teoría del espacio geográfico o terrestre.

 

Entonces, entre otros materiales, tuvimos que volver al de David Harvey: Teorías, Leyes y Modelos en Geografía, 1983 (publicado originalmente en inglés con el título de “Explanation in Geogrphy”, 1969); un buen trabajo explicativo en la parte que corresponde a ello, acerca de los elementos de formalización de una teoría científica.  Hasta entonces, nunca habíamos tenido necesidad de ello.

 

Hicimos un comentario bibliográfico general a las primeras partes de su obra, y a manera de análisis crítico, tratamos con las partes significativas  restantes, ahí donde aborda la “teoría de la teoría”.  Luego nos dispusimos a mostrar dicho documento en nuestro Blog, y para ilustrarlo, intentamos una búsqueda de Harvey en la Red.  Y lo encontramos, entre otras muchas imágenes, posado en el sillón de su mesa de trabajo, y apareciendo en la imagen, detrás de él, un misterioso armario de pequeñas cajitas.  Ello, de golpe, nos trajo a la memoria la anécdota de geografía teórica que aquí narraremos.

 

Era el año 1979, éramos aún pasantes de la Licenciatura en Geografía, preparábamos apenas nuestra tesis, cuyo propósito era dar un orden lógico, con fundamento científico suficiente, a esa geografía en que habíamos sido formados, y que, de buen grado, la asumíamos así necesariamente; quedaba en ello, hacerle avanzar, propiciar su desarrollo elaborada más rigurosamente su lógica.

 

Recién egresados, un primer empleo como profesionales, se nos dio como docentes en el relativamente reciente Colegio de Bachilleres, para impartir el curso de Ciencias de la Tierra (la Geografía en esa institución en ese entonces).  Y, con convencimiento propio, comenzamos así nuestra recreación en la enseñanza –como diría la crítica de Heráclito–, de la “mucha ciencia”.

 

Terminó el año escolar y calendario, y se invitó por la Coordinación (no todo el plantel), a un convivio de fin de año en el domicilio de algún profesor.  Se invitó al mismo a algunos funcionarios de la Dirección General, y ya ahí reunidos y departiendo, uno de tales directivos ubicado próximo a mí, haciéndonos platica, incidió de lleno, ni más ni menos, en esa crítica –hasta entonces exclusivamente dada en forma externa a los geógrafos, por aquellos que “no podían entendernos”, sobre el problema esencial de la Geografía: <<A mi me cuesta trabajo entender –dijo más o menos aquel directivo con enorme perspicacia–, cómo es la Geografía; me imagino a los geógrafos ante un anaquel lleno de cajitas en que clasifican y guardan todos los fenómenos, y cuando necesitan de uno van y abren esa cajita, y cuando necesitan de otro van y abren esa otra cajita>>…  Ahí estaba, habíamos recibido sutilmente la primera crítica, el primer cuestionamiento a nuestro ser profesional.  Cómo es que podía haber una ciencia tal, con tal mecanismo de conocimientos tan pobre, y más aún, que se asumiera como ciencia.

 

Disponíamos, para entonces, pertrecho teórico, del que nos habíamos hecho personalmente durante todos nuestros estudios , por lo menos en lo histórico; y salvamos la situación dignamente trayendo a cuento desde Estrabón a Jaldun, y de éste a Varenio, enfatizando con la autoridad de Ritter y el ampliamente conocido Humboldt, y justificamos así, con cierta lógica histórica, el asunto – ya criticado desde Heráclito como “la mucha ciencia”– de las cajitas.  Pero en el fondo, cierto era, en tal lógica histórica, no había, a su vez, correspondientemente, una lógica teórica.  Si aquel directivo se dejó adormecer por nuestro extenso discurso histórico que parecía dar amplios fundamentos, o si a pesar del “suficiente argumento histórico demostrativo” aún veía la ausencia de lo teórico, es algo que ya no se dejó ver, más allá de mostrar una actitud condescendiente, abrumado de datos históricos que obnubilaban los fundamentos teóricos.  No obstante, nosotros estábamos plenamente conscientes, tanto del artilugio, como de las limitaciones, pero justo ello era por entonces el motivo de nuestra investigación de tesis.

 

Un año después, justo (a fines de 1980 en que reportamos al Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, director de nuestra investigación de tesis, la falsedad de la hipótesis investigada), las cajitas del armario detrás del geógrafo Harvey y todo su artilugio histórico dejaban de ser sólo de la crítica externa al geógrafo (de esos que por no ser geógrafos “no nos entienden”), para empezar a ser autocrítica; la crítica interna y del propio geógrafo más o menos bien entendido en la materia, a lo que se reconocía no sólo infundado teóricamente, sino en la imposibilidad de darle una lógica en términos de una ciencia.  Y todo, impensadamente, comenzó a dar un giro.

 

Durante 1981 rehicimos la investigación, y hacia el último tercio del año, nos replanteamos la interpretación histórica sobre la base de otra categoría esencial (el primer intento lo habíamos hecho sobre la base de la categoría de relación), ahora sobre la base de la categoría de espacio; y así, justo otro año más después, teníamos ya la base de la “nueva teoría”, que, en realidad, como lo anotamos desde nuestra tesis, todo lo que tenía de “nueva”, era ser sólo la vieja teoría bien olvidada.

 

Treinta años después, estamos culminando dicha vieja teoría de la Geografía que aún hoy se sigue viendo de soslayo, con la realmente nueva formalización de la teoría del espacio geográfico; poniendo fin así, a la demostración rigurosa de la totalidad del conjunto de sus fundamentos teóricos necesarios y esenciales como ciencia moderna.

 

Y a todo esto…, ¿será la “mucha ciencia”? o, ¿qué habrá en el misterioso armario de las cajitas detrás del geógrafo “fenomenísta” (a pesar de su Explanation in Geography), David Harvey?

 

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20 enero 2013 7 20 /01 /enero /2013 23:01

Criterios para la Evaluación de una Propuesta de Proyecto Educativo*.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

14 ene 13.

 

Introducción.

 

Nada más complejo que el fenómeno educativo, no sólo porque en él convergen todos los aspectos de la naturaleza humana, tanto en su forma social como individual; sino porque, además, no es un fenómeno externo del cual el educador o el investigador queda a distancia para poder examinar, sino en el que él es parte del problema.  Pero, a la vez, nada más trascendental en la vida de la sociedad, puesto que de la educación; en cualquier sentido que sea, dicho en sentido amplio, y más aún cuando ésta se refiere a su parte formal de preparación científica en cualquiera de sus campos; depende la misma garantía de la sobrevivencia de la sociedad, e incluso de la continuidad misma de la especie humana.

 

En ese sentido, de la educación haremos, o un arma para la emancipación humana contra las fuerzas oscuras; o el más sutil medio de control para su alienación, esto es, por lo que ello quiere decir, para confundirla y poner al conjunto de la sociedad al servicio de los intereses de unos cuantos detentadores del capital, que la han despojado de su poder y su riqueza.

 

Evaluar (de ex, extraer; y valuare, valor), es considerar aquello que hay de valioso, en este caso, en el sentido de lo valioso no como el valor económico o material, sino como lo bueno para la sociedad, e implica, en principio, definir, precisamente, lo que es socialmente bueno.

 

Lo que determina aquello que ha de ser bueno para la sociedad es, pues, el patrón de referencia para juzgar acerca de lo valioso, de manera especialmente importante, en este caso, en su educación formal.  De ahí que se suela decir que, <<evaluar es “medir”>> (donde “medir” no implica necesariamente una referencia numérica, pudiendo ser un simple recurso comparativo cualitativo), toda vez que esa valoración se hace, precisamente, con respecto a la comparación con un “patrón de referencia o medida”.

 

De este modo, evaluar la propuesta de un proyecto educativo, cual fuere, implica que antes tengamos, así sea puntualmente en general, una firme idea de la educación que juzgamos buena para la sociedad.  Esa “firme idea” no es otra cosa que un criterio o juicio científicamente fundamentado (ese será nuestro “patrón de medida” para valorar).

 

Existen en el pensamiento humano tres –y sólo tres– tipos de juicios de valoración: 1) el intelectivo, referido a la razón o y la ciencia; 2) el moral, relativo a lo bueno social; y 3) el estético, el cual se hace respecto a lo bello y a la naturaleza humana.  Y en cuanto a la valoración educativa, los tres juicios se hacen obligados.  En este breve apunte, nos habremos de referir muy puntual y generalizadamente, al contenido esencial de cada uno de esos tres juicios, que han de formar nuestros criterios científicos fundamentados a aplicar a la valoración de una propuesta de proyecto educativo.

 

 

 

1         Juicio Intelectivo.

 

a)      Teoría del Conocimiento y Criterios de la Verdad.

 

Debemos decir que, en principio, hablamos aquí de la teoría del conocimiento como la teoría del reflejo, y de la “ciencia de la modernidad ilustrada”, esa ciencia galileano-kepleriana y baconiana-cartesiana, la cual se rige por los criterios de la verdad, en tanto que la ciencia es el único conocimiento susceptible de ser verdadero, y que tiene en ello su finalidad al servicio de la sociedad.

 

La fuerza de la dialéctica materialista, está precisamente en que su teoría del conocimiento (gnoseología o epistemología), se identifica plenamente con los criterios de la ciencia (o de la ciencia de la modernidad ilustrada, si se ha de ser precisos).

 

En la teoría del conocimiento dialéctico materialista, la relación del sujeto pensante con la realidad, se define como una relación  “sujeto-objeto”, donde el sujeto, mediante sus sensaciones o aparato sensorial, percibe la realidad el mundo de los objetos materiales (ya sea que la realidad se le eche encima, ya que él incida sobre la realidad, pero lo cierto es que ocurriendo ello simultáneamente), de donde se forma en su cerebro un reflejo de esa realidad a manera de su representación en conceptos e ideas, siempre incompletas, de dicha realidad; viéndose siempre en la necesidad de incidir infinitamente sobre los objetos de su conocimiento, los cuales en su movimiento y transformación natural, van siempre adelante del conocimiento posible del sujeto, haciéndose necesario, por ello, la ciencia.

 

Si ha de impartirse una enseñanza científica de la ciencia, la educación ha de tener un fundamento teórico y una práctica científica para el conocimiento verdadero.  Pero más aún, la educación científica hoy en día, está reclamando el combate a los embates de la anticiencia, que despoja al proletariado del arma más poderosa para la transformación de la realidad, y de ahí que se debe ser explícito en una propuesta de proyecto educativo, en el responder a los criterios de la verdad:

 

1        La objetividad; concepto por el cual no debe entenderse “neutralidad”, sino que, aún teniéndose una posición definida, la objetividad se da cuando: 1) se reconoce la existencia de una realidad exterior a nuestro pensamiento, 2) cuando se entiende que esa realidad está formada por el mundo de los objetos materiales, 3) cuando, dando primacía a la realidad objetiva, en nuestro pensamiento se procura reflejar en lo más posible de la manera más fiel, esa realidad, independientemente de nuestros deseos o voluntad.

2        La causalidad; o también el llamado determinismo; es decir,  por lo cual podemos saber qué origina un efecto dado, y que por lo regular, será sólo eso lo que lo origina; de modo que conociendo la causa, y en la eventualidad el poderla modificar, se obtendrán los efectos deseados.

3        La lógica; de lo cual se sigue esencialmente el método hipotético-deductivo en la investigación científica, pero en lo que se expresa la necesidad ineludible de la argumentación demostrativa  con arreglo a las leyes de la lógica misma.

4        El experimento o comprobación en los hechos; del cual, dependiendo de la ciencia particular, existen diversas formas, pero sin cuya  aplicación no habrá demostración rigurosa, en tanto el conocimiento de un fenómeno que bajo condiciones controladas, sea susceptible de reproducirse.

5        La previsión científica; la capacidad de, dados los conocimientos objetivos, de poder predecir los acontecimientos a un plazo dado futuro bajo ciertas condiciones, como fin último de la ciencia en beneficio de la sociedad.

 

Todo lo que no se apegue rigurosamente a ello, sencillamente no es ciencia en el contexto de la ciencia de la modernidad.

 

La teoría del conocimiento dialéctico materialista en general, como el método de la ciencia en particular, han de ser el fundamento de una educación científica (en la modernidad ilustrada), en la que se enseñe la ciencia misma, formando; no sujetos esencialmente con ciertas habilidades y capacidades o competencias; sino sujetos pensantes, críticos, capaces de transformar la realidad y emanciparse, como condición humana necesaria.

 

 

b)      Teoría Sociopedagógica.

 

La educación es, en principio, un fenómeno social; externamente responde a leyes económico-políticas; e internamente a la ley tanto intelectiva o de la teoría del conocimiento; como a las leyes éticas o morales, acerca del consciente acto del individuo ante la sociedad; así como a las leyes de la estética, o de la percepción emotiva.

 

El ser humano, un sujeto altamente complejo, es, no obstante, algo más que relaciones económico-políticas, que procesos intelectivos, que relaciones morales y apreciación estética; es, también, una psiquie; esto es, una conducta inconsciente determinada por innúmeros e insospechados factores sociales, como por factores internos del carácter del individuo.  En ese sentido, la psicopedagogía es una herramienta importante, particularmente para el tratamiento de casos especiales relevantes en el comportamiento común y socializado en la educación.

 

La psicopedagogía, pues –a nuestro juicio–, debe entenderse como lo excepcional en el proceso educativo, y no como la regla.  Es la teoría sociopedagógica lo que debe regir el proceso educativo; es decir, de los principios de la socialización y la conciencia social; esto es, de la conciencia de la obligatoriedad moral y de la responsabilidad y compromiso social que ello impone; de los principios de la estética en el reconocimiento de la naturaleza humana y su propósito social consciente.  Estos principios deben ser, pues, la base de la educación.

 

 

2        Juicio Moral.

 

a)      Socialización.

 

Suele creerse que lo moral es inherente, o pertenece exclusivamente, al ámbito de lo religioso; y este error se sigue del hecho de que más de tres cuartas partes de los seres humanos profesan una religión, desde la cual se les impone una norma de conducta en el deber ser, en la búsqueda de expresar la mayor bondad entre los seres humanos en sociedad.  Pero menos de una cuarta parte de la población mundial no profesa ninguna creencia de orden religioso o teológico; son los ateos y no-religiosos (este último creyente en Dios, pero no prácticamente de ninguna religión),  Así, si lo moral fuese inherente a la religión, los ateos y los no-religiosos tendrían que definirse como no-morales o amorales (que no necesariamente inmorales, lo que significa obrar en contra de lo moral), lo cual, como veremos a continuación, no es posible.

 

De todas las relaciones posibles entre los seres humanos (económicas, políticas, jurídicas, educativas, comerciales, etc), las relaciones morales son las más esenciales, al punto de que le son imprescindibles.  Es decir, entre dos seres humanos podría dejar de haber cualquier otro tipo de relación, y ello no alteraría en lo esencial su condición humana.  Pero entre dos seres humanos, por su sola presencia, y aún siendo ajenos el uno del otro, se establece necesariamente, una relación moral; esto es, un acto de responsabilidad y compromiso de uno para con el otro en forma mutua o recíproca (así sea que esa responsabilidad y compromiso sea nulo, ello será ya un acto moral).  Lo moral, pues, es independiente de la religión.  Lo que la religión hace, es imponer un código moral (un conjunto de reglas de conducta) especial en las relaciones entre los seres humanos; de modo que a los sujetos religiosos, además de la normas morales sociales en general, les norma un determinado tipo de conducta especial en medio de esas normas sociales más generales, y a las que, por lo regular, no contraría.  El ateo y no-religioso, pues, es un sujeto moral necesariamente, en el código de la normas morales sociales más generales y esenciales, independientemente de todo código moral religioso.

 

Otro aspecto de este mismo problema, es el que lo moral, sólo es inherente a los seres humanos y entre los seres humanos.  Un individuo solo, aislado en el mundo sin la presencia en éste de ningún otro ser humano, no está en posibilidad de expresar ningún acto de orden moral.  Suele creerse, también erróneamente, que ese individuo podría expresar su acto moral ante otros seres, como los animales o las plantas; pero ello es equívoco, dada la falta de reciprocidad en esos seres en un acto de conciencia.

 

Podría pensarse, no obstante, que bastaría el acto de conciencia del individuo humano frente a esos otros seres del reino animal o vegetal procurándoles el bien, para que el acto moral se diera; sin embargo, más allá del conflicto moral que enfrentaría a tener que depender de esos seres para su subsistencia causándoles el mal en un daño irreparable (los ha de matar, y se los ha de comer), está en el hecho de que, si un individuo ha de prodigar cuidados a la naturaleza, ello será en razón del respeto que debe, no en sí a la naturaleza (como erróneamente se expresa), sino a los demás seres humanos que vivimos inmersos en ella y de ella depende nuestra existencia colectiva.  Lo moral es, pues, un hecho exclusivamente humano, y el hecho más esencial de todos: la relación que en nuestro trato mutuo nos hace ser seres humanos (o que en su ausencia, nos despoja de tal condición).

 

Si lo moral es lo esencial de las relaciones humanas, la esencia de la moral es la conciencia de un acto para con los demás, en libertad y responsabilidad, que será tanto más valioso, cuanto más ello contribuya a la humanización del ser humano, esto es, cuanto más contribuya a su dignidad.

 

La conducta moral, pues, ha de tener siempre por principio, en consecuencia, la obligatoriedad de la dignificación del otro (la otredad), el saberse obligado en el deber del hacer yo, del otro, un ser humano cada vez más digno de considerarse como tal, de hacerme responsable por esa dignificación del otro, de mi semejante.  Cuando el acto íntimo realizado así se generaliza socialmente, la sociedad alcanza mayores niveles de desarrollo moral.

 

La conducta moral ha de distinguirse, entonces, de la conducta vista desde la psicología, la cual es de carácter pulsivo o inconsciente, pues en lo moral, la conducta se basa en el acto libre y consciente del individuo, en la cual éste eleva en las más altas cualidades a la otredad, y por ello mismo se ve dignificado.

 

En nuestra sociedad actual, bajo el régimen capitalista profundamente egoísta, del culto a un individualidad mezquina y del aprovecharse de los demás, todo lo cual se complementa con una forma de vida ampliamente coercionada por el Estado en beneficio de la clase social en el poder, la decisión por el deber y la responsabilidad es en algo en exceso mermada en las convicciones del individuo, pero más aún, a lo que se ha de enfrentar bajo un aparato coercitivo que unas veces sutilmente y otras de la manera más burda, se lo impide.

 

 

b)       Obligatoriedad debida.

 

El acto moral, dado en condiciones de libertad y en apego al a responsabilidad se expresa como una obligatoriedad en el deber ser frente a la sociedad, no es el simple propósito de actuar conforme a lo que se cree bueno, o en el simple hecho de “hacer el bien”.  Se enfrenta en ello el problema de distinguir en un dilema, qué es lo bueno y qué no, cuándo es que se hace un bien, cuándo no, sometido al juicio social.

 

El despliegue del acto moral discurre por tres fases: 1) los motivos que llevan a asumir la voluntad dada en la toma de una decisión; 2) el grado de conciencia social, manifiesta en los fundamentos de la responsabilidad que se asume, y el compromiso que se expresa; y 3) las consecuencias del acto moral, es decir, allí donde el mismo se consuma, las cuales podrán ser ya en correspondencia con el propósito, juzgándose entonces como un acto positivo y valioso; o bien en contra del propósito, juzgándose entonces como un acto negativo y despreciable, de donde el sujeto del acto moral puede sentirse orgulloso de su acción, o bien quedar abatido, no obstante el motivo y propósito hayan sido buenos.

 

En la primera fase, el motivo está determinado por la obligatoriedad del acto moral dado por conciencia, y el dilema es asumirlo o no.  En la segunda fase, el grado de conciencia social, significa el grado de conocimientos fundados lo más científicamente, los cuales norman el criterio en la responsabilidad y determinan el compromiso para con el otro (satisfaciendo esa obligatoriedad de conciencia).  Finalmente, en la tercera fase, está el caso especial de la sanción.  En el acto moral, a diferencia del acto jurídico, la sanción no implica un castigo corporal como en el ir a prisión, o un saldo de la pena en una multa económica, sino, no obstante, hay una sanción aún más fuerte y poderosa: el cargo de conciencia.

 

Tales son, pues, las complejas componentes de la estructura del acto moral; pero, como hemos visto, por el cual el sujeto ha de ser juzgado; y ese juicio nunca lo podrá ser por el propio sujeto, pues en el juicio de valor nadie puede juzgar acerca de sí mismo, sino por terceros y por los hechos, desde fuera del acto moral dado.  Tal es pues, el juicio de valoración moral.

 

Ante la necesidad de ajustar la conducta de cada individuo a los intereses de la comunidad (a los intereses de los que se asumen en igualdad), ello determina qué es lo que ha de considerarse como lo valioso, en tanto ello refuerza la unidad, la organización y el desarrollo de esa comunidad.

 

Todo acto moral, ya sea que se haga o deje de hacer; y dejando de hacer sea lo correcto; tiene consecuencias dictadas por las normas de costumbre, y es en función de las mismas que se toma la decisión.  Suele suceder, en ciertos casos, que se toma la decisión en contra del dictado de la norma de costumbre, y no por error, sino con conciencia deliberada.  Ello es plenamente válido, y se legitima, en su caso, en el acierto del acto.  Justo este tipo de decisiones son las que van a determinar el desarrollo de la sociedad en función del progreso moral, rompiendo ciertos atavismos.

 

Un valor moral, aquello bueno socialmente considerado, es, pues, un satisfactor social.  Objetivamente, aquello de la realidad material portador de tal valor, es el propio ser humano.  Subjetivamente, por lo que está en la capacidad del sujeto, se ha de reconocer y diferenciar las cualidades que da el satisfactor, socialmente.

 

Y aquí hay un aspecto de esencial importancia, que sólo se deduce en el análisis dialéctico.  La relación moral: 1) es sólo entre humanos, y 2) que ello se da en una mutua reciprocidad, necesariamente.  Ello quiere decir, entonces, que lo que yo (sujeto), reconozco como valor en el otro (objeto de valoración), es algo que, a manera especular, me realiza como ser humano, es decir, que nos hace ser  seres humanos reales, tanto más reconozco en el otro no sólo a mis semejantes, sino a mi mismo perfeccionado.  Se vuelve al punto: en la medida que positivamente yo veo a un ser humano cada vez más humanizado, ello me humaniza a mi mismo (lo cual puede expresarse en forma negativa), y así, en la medida que veo en la otredad la deshumanización constante en la pérdida de sus valores morales, el deterioro de su perfección, en esa medida yo mismo me deshumanizo, yo mismo formo parte del deterioro social y de mi pérdida de la condición humana; y ello ocurre así, por más que las personas pretendan refugiarse en el ámbito de códigos morales que parecieran más sólidos, como ocurre en el caso de la religiosidad; ello no los abstrae de la vida social, y ello determina a su vez su deterioro en su calidad humana.  Su religiosidad, dijese Marx, sólo se convierte en “denuncia de la miseria real”.  Lo que se impone, es la necesidad de un cambio social radical o sustancial, hacia una sociedad en la que opere una más profunda y amplia socialización, que imponga los nuevos valores que hagan la calidad humana.  Así, no es con los valores morales como se tendrá una sociedad distinta, sino que será con una sociedad distinta, que se tendrán los verdaderos valores morales, como esa relación social concreta, dada por esas cualidades que dignifican a condición humana.

 

 

3        Juicio Estético.

 

a)      Identidad con el alter ego.

 

La Ética, la teoría de la moral o teoría de ese tipo de conducta humana obligada y debida, constituye en sí mismo en un juicio de valoración moral; pero, como hemos visto, en tanto la conducta moral ha de ser con plena conciencia, hasta el punto del fundamento científico de los actos, ello implica, además, un juicio intelectivo de certidumbre.  Pero el acto moral, sin embargo, implica algo más; de un orden muy sutil: el juicio de apreciación estética.

 

La Estética se refiere a la ciencia acerca de lo bello y el arte; es decir, elabora la teoría de lo bello (no de qué cosa es bella), y la teoría acerca del arte como acto de la capacidad creativa humana.  El arte es pues, no sólo el acto creativo de lo bello (de lo que es armónico y proporcionado en todos sus aspectos), sino el acto creativo que nos embellece a nosotros mismos, a nuestra espiritualidad humana, y que nos perfecciona.

 

Es a través del arte y sus cualidades de lo bello, que aquel que lo elabora se reconoce a sí mismo en su obra, y tanto más aún, reconociéndose perfeccionado.  Otro tanto ocurre en el trabajo productivo, en donde el obrero se reconoce a sí mismo en el producto de su trabajo, el cual lo ennoblece y dignifica.

 

Pero cuando el ser humano es capaz de reconocer en el otro no sólo a su semejante, sino a sí mismo, y más aún a sí mismo perfeccionado, ese otro se transforma en su alter ego, en su “otro yo”, y el juicio de valoración moral, se complementa en su caracterización al aplicar el juicio de valoración estética.

 

Así, lo que finalmente despoja a esa valoración moral de todo viso de interés por más abstracto que sea, es precisamente el agregado del juicio de valor estético; ese en el cual lo socialmente satisfactorio como positivo, lo bueno, es, por decirlo de momento así, la proyección de uno mismo.  Ya no será lo bueno o lo malo del otro que socialmente nos afecta positiva o negativamente, sino lo bueno o lo malo de nosotros mismos reconociéndonos en el otro, proyectados en nuestro alter ego, ya negados o ya realizados en el otro.  Ya no sólo será la valoración positiva o negativa del acto moral del otro, sino, además, el placer estético, en su caso, de su acto moral, y en ello, el exquisito deleite espiritual que nos recrea (literalmente dicho, que nos “vuelve a crear”) socialmente, haciendo nuestra armonía en la humanización mutua.

 

 

b)      Humanización del ser humano por el ser humano mismo.

 

Lo estético tiene por esencia el arte, la capacidad creadora humana en lo bello, en lo armónico en lo estilizado y proporcionado.  Así, cuando el juicio de valoración estética se vincula a la valoración moral, lo bueno o lo malo simple que está en el acto moral del otro y de su entera responsabilidad en interés de la sociedad, se convierte en lo bueno o lo malo, producto de la vida social misma, y, en ese sentido, en el más profundo acto de conciencia social.  El responsable del acto moral seguirá siendo el otro, pero ese otro ya no será un ajeno, sino –hemos dicho– un alter ego, un “otro yo”, alguien producto de la sociedad, alguien creado por esa sociedad de la que yo mismo forma parte, y, en consecuencia, que me hace corresponsable del acto moral.

 

Sentir la satisfacción por lo bueno, implicará, además, la admiración por lo positivo que ennoblece y dignifica a la sociedad humana, y, por lo tanto, que la humaniza.  Por lo contrario, sentir la reprobación por lo malo, será nuestra propia negación ante aquello que nos envilece y nos despoja de nuestra propia condición humana.

 

Hay, en la redacción anterior, un cierto dejo de lo que habrá de ser a futuro; y ello es así, porque en la sociedad capitalista actual, del culto al relativismo extremo, al individualismo y a la mezquina propiedad, de explotación y abuso del uno por el otro, es del todo imposible aplicar el juicio de valoración estética en la relación moral.  De ahí que en la sociedad capitalista actual, la moral tiende a quedar vinculada, más que al juicio de valoración estética de mi alter ego, al juicio legal de orden jurídico que se ejerce sobre el otro que obra mal.

 

Lo ético-estético es pues, el juicio más elevado de la sociedad acerca de sí misma; pero ese juicio requiere de otra condición de necesidad muy distinta a las actuales: requiere de las condiciones objetivas y concretas de un nuevo orden social de una sociedad superior en la que puedan manifestarse libremente las capacidades creadoras de la sociedad consigo misma.  Hasta entonces, la valoración ético-estética no sólo se ha de reducir a lo íntimo de las capacidades individuales, sino que quedará reducida a su vez, a su mera expresión como satisfactor social con un cierto carácter utilitario, dado en la valoración uso.  En la sociedad capitalista, mi pobre condición humana, no es sino un pálido reflejo de la depauperada condición humana de mi alter ego reducido a ser el otro (una alteridad simple), que moralmente me corresponde (y en lo satisfactorio de mi íntimo deleite subjetivo), en calidad de valor de uso en lo humano, pobremente realizado.

 

Hemos visto que la estética es, en su esencia, la capacidad humana de reconocerse a sí mismo en su obra y de verse en ella perfeccionado.  El ser humano ha evolucionado de su existencia como un grupo símido-antropomorfo, a las distintas especies de homínidos, y entre ellos, a aquel del cual ha devenido nuestra sociedad actual.  El ser humano, desde siempre, ha nacido en sociedad; así sea que esa sociedad haya sido la de los pequeños o grandes grupos tribales de simios; es por ello, como lo dijeran Marx y Engels, que el ser humano es un ser social por excelencia.  Más aún, el ser humano se hace un ser humano, no sólo por nacer en sociedad, sino porque es la sociedad la que lo crea como un ser humano.  El ser humano, fuera de la sociedad, dependiente por entero de sí mismo y de la naturaleza, se animaliza, pierde su condición de ser humano, precisamente en la medida que pierde su dependencia a las relaciones humanas (económicas, sociales, políticas, científicas o culturales).  Todavía más, la sociedad humana misma también pierde algo de su riqueza dada en la diversidad, con la exclusión de aquel.  En esta conclusión de origen estético, es el ser humano el que hace al ser humano, en sociedad.

 

 

 

Conclusión.

 

Establecimos desde el primer momento, que evaluar la propuesta de un proyecto educativo, cual fuere, implicaría el que antes tuviésemos, así fuese puntualmente en general, una firme idea de la educación que juzgamos buena para la sociedad.  Y adelantamos que esa “firme idea” no sería otra cosa que un criterio o juicio científicamente fundamentado como nuestro “patrón de medida” para valorar.  Ese criterio o juicio científicamente fundamentado en lo general, ha quedado, pues, expuesto en su aspecto intelectivo o de certidumbre; en su aspecto moral o de responsabilidad y compromiso social; y en su aspecto estético o de identidad del ser social con la sociedad, y de ésta con el individuo mismo.

 

No se trata de formar sujetos simplemente habilitados y capacitados para la producción capitalista, sino se trata de formar sujetos humanos que han de luchar por su emancipación transformando su realidad, no sólo al infinito respecto de la naturaleza, sino, principalmente, erradicando para siempre, la opresión y explotación de una clase social por otra.  La educación ha de ser, así, necesariamente, un proceso de humanización del ser humano por el ser humano mismo, como una propuesta del proyecto de sociedad que queremos.

 

Este es pues, el “patrón de medida” mediante el cual una propuesta de proyecto educativo ha de ser juzgado.  Otra cosa será cuando dicho proyecto opere, entonces el proceso de evaluación en su mejora continua habrá de implicar otras técnicas específicas.
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*  Ponencia al I Congreso Nacional Popular de Educación, Cultura, Arte, Ciencia e Investigaciòn, Convocado por el "Comité Ejecutivo Nacional Democratico", del SNTE; 2-4 de febrero, 2013.
 

 

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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Ponencias Congresos
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