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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • Espacio Geográfico.   Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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5 abril 2015 7 05 /04 /abril /2015 22:04

Molusco-Fumando.jpgEl Espacio Terrestre en el Continuum Einsteniano, en José C. Martínez Nava, 1995. (3/…)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

30 ene 13.

 

Caracterizar el espacio terrestre como la espacialidad del continuum terrestre, debe resolver su fiel objetividad en esa “prueba de fuego” que resulta se la determinación de la Geografía en el cuadro de la clasificación de las ciencias, en función de sus objetos de estudio, o más esencialmente dicho, como lo establece Engels, en función de las formas de movimiento de la materia; dando un cuadro de la lógica del mundo debe explicarse, pues, el lugar de la geografía como ciencia de la espacialidad del continuum.

 

José C. Martínez Nava enfrenta entonces el problema de la función lógica de la Geografía en el conjunto de la lógica de la realidad objetiva, y establece: “La Geografía…, no estudia algún tipo específico de materia…  No es, pues, ni una ciencia natural…, ni una ciencia social... (y aclara también que no ha de ser clasificada absurdamente como “ciencia mixta”).  Así, afirma: “En suma, la Geografía íntegra no entra en la clasificación de las ciencias por especie de (forma de movimiento de la) materia…”.

 

Y entonces asume otra posición: si la geografía no encuadra en el cuadro de la clasificación de las ciencias, entonces habrá que hacer algo semejante a encuadrar la clasificación de las ciencias a las necesidades de la geografía; es decir, adopta lo que Kedrov en su obra sobe la clasificación de las ciencias denomina como “clasificaciones geográficas” (concepto que encierra diversos matices); y propone una clasificación que divide a las ciencias por especies de materia (de formas de movimiento de la materia), la clasificación clásica, y a ella agrega una clasificación de las ciencias por regiones del Universo, que divide en dos, el Universo, y la Tierra.

 

En las ciencias por regiones del Universo, menciona a la Astronomía, la Cosmología, la Cosmografía, la Astrofísica, y la Astrobiología; y en aquella referida a la Tierra, relaciona a la Geografía, Geología, Geodesia, Geoquímica, y Geofísica.

 

Pero el desconcierto se hace evidente: si bien hay un conjunto de ciencias del Universo, es claro, por otra parte, que en ellas se estudia diversas formas de la materia dadas en los astros (su física, su química, etc); como en el conjunto de las ciencias de la Tierra a su vez, es evidente el estudio de las mismas formas de movimiento de la materia, ahora, referidas a la Tierra (geofísica, geoquímica, geobiología, etc)

 

Junto con la Geografía, sólo hay otras dos que parecen no referirse a formas de movimiento de la materia: la Cosmografía, y la Geodesia.  Pero aquí vuelve el inasible “fantasma del espacio” que se presenta como algo más que formas de movimiento del continuum.  La Cosmografía estudia la estructura, como los movimientos relativos y absolutos que determinan las propiedades de la espacialidad tanto del Universo, como de la Tierra; y la Geodesia es la ciencia de los “cortes espaciales” que determinan las medidas de la Tierra (la posición de un punto, la distancia entre dos o más, la determinación de un plano de referencia, etc).  Y ese fantasma salta gritando: <<¡Soy no sólo forma o condición de existencia, sino también forma de movimiento de la materia; desarrollad la dialéctica de Engels!>>.  Pero he aquí que desarrollar la dialéctica de Engels en este aspecto, implicaba, en 1995, romper con el dictatum “oficial”, a riesgo de ser acusado de “revisionista” y de desviación ideológica al idealismo.  Y eso, a pesar de un lustro del derrumbe de la URSS, por consecuencia con los principios ideológicos, no era un asunto cualquiera; de hacerse, tendría que hacerse con plenos fundamentos.

 

En su esencia, esta valiosa reflexión de Martínez Nava, reflejaba que aún hacía falta una mayor abstracción y generalización en las categorías fundamentales: espacio y fenómenos.  La insuficiencia en el planteamiento de José C. Martínez Nava, no detectado en el momento, sino visto luego de una práctica histórico social, no es otra que la misma que ya se expresaba en la teoría de los elementos genésicos de Carlos Sáenz de la Calzada, como en la teoría equivalente de las “fases” de Riábchikov: aparte del espacio limitado a la espacialidad, el que “el espacio terrestre es el espacio de los objetos y fenómenos terrestres”, como el que para que el espacio adquiriera estatus de materia tenía que identificarse con las formas sustanciales, y el que se seguía atado a las leyes de los fenómenos como tales expresado en la idea de que a la geografía, “le hace falta el material proporcionado por las ciencias que estudian las especies de materia, sobre todo para completar el cuadro geográfico del mundo”; y esta idea, en 1995, aún también la compartíamos así.  Casi a veinte años después, esta idea también la hemos superado, dado que precisamente hacía falta un mayor grado de abstracción y generalización tanto del espacio como de los fenómenos, en una teoría única, que el compañero llama teoría integral, y que sólo recientemente (2011.2012) la hemos podido generalizar.

       Ibid. p.11.

       Ibid. p.12.

       Ibid. p.13

       Ibid. p.13.

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29 marzo 2015 7 29 /03 /marzo /2015 22:04

Modelo del Espacio Terrestre, Continuum, Proyección PolarEl Espacio Terrestre como el Continuum Einsteniano, en José C. Martínez Nava, 1995. (2/…)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

29 ene 13.

 

En esencia, la exploración consecuente que José C. Martínez Nava hace de la propuesta de Riábchikov, no sólo se refiere a apegarse estrictamente a los planteamientos de éste, sino al hecho de que tanto Riábchikov como nuestro autor, desarrollan la geografía desde una posición dialéctico materialista o marxista, en los desarrollos alcanzados en ésta hasta los años ochenta; preeminentemente, en cuanto a los fundamentos filosóficos relativos al concepto de espacio.

 

Eso explica el contenido de lo expuesto por José C. Martínez Nava en las dos primeras líneas de su texto: “el espacio terrestre, es decir, los aspectos espaciales de los objetos y fenómenos naturales y sociales…”[1].

 

El pensamiento marxista con los fundamentos filosóficos dados hasta los años ochenta, al antiguo problema democritiano de qué habría entre dos átomos (en su sentido etimológico literal de dos partículas infinitesimales indivisas, se responde con los fundamentos einstenianos de su teoría del continuum, es decir, de la existencia de más formas de sustancia y campos entre ambas partículas, excluyendo en ello la posibilidad del vacío.  De este modo, el espacio no podría ser una tridimensionalidad del vacío entre esas dos partículas, sino la tridimensionalidad misma del continuum.  En ese sentido, el espacio dejaba de ser un “algo” distinto de las cosas o el conjunto de las cosas, sino las cosas y el conjunto de las cosas mismas.  Así, el espacio terrestre, dice José C. Martínez Nava, no es algo distinto de las cosas, sino las cosas, los objetos o fenómenos naturales y sociales, en sus “aspectos espaciales”, esto es, en las propiedades de su tridimensionalidad, incluso, einstenianamente, de su tetradimensionalidad o condición de espacio-tiempo.  En los términos en que a su vez lo expresa el Dr. Eli de Gortari, decía éste: “no es que las cosas existan en el espacio, sino que su existencia es espacial[2].  Si bien la práctica histórico social hasta ahora no ha desmentido este hecho, sí hizo ver su insuficiencia teórica aún en un acierto parcial, en el concepto de espacio, al referirse a sólo un aspecto del mismo: su estado discreto plenista.

 

Hasta aquellos años ochenta-noventa del siglo XX, esa era la manera en que la dialéctica materialista daba respuesta al difícil problema del concepto de espacio (y a lo que volveremos en detalle más adelante), que en su esencia, involucraba al vacío, al que no se le daba un reconocimiento en forma material objetivamente existente, sino al cual se identificaba con el concepto de “la nada”, no obstante entonces, en el supuesto metafísico, donde esa “nada” sería realmente existente en forma independiente de la materia; y de ahí su rechazo en la dialéctica materialista.

 

Que en José C. Martínez Nava había ya un desarrollo teórico del concepto de espacio en la teoría del espacio terrestre en esos términos consecuentes a la dialéctica materialista de aquel entonces, se trasluce con toda evidencia cuando, con todo acierto en ese contexto, apuntaba que: “Hacía falta no sólo la teoría del conocimiento geográfico”, sino una teoría del espacio terrestre; y refiriéndose a sí mismo, nos dice: “…hasta el surgimiento de la teoría del espacio terrestre más acabada aunque inédita aún, construida por el autor de estas líneas”[3], deja ver con tal expresión, que tenía ya una propuesta teórica del mismo.  Sin duda, pues, José C. Martínez Nava tenía ya en 1995 un planteamiento propio de la teoría del espacio terrestre, cuyo contenido concreto desconocimos, pero que podemos deducir en sus principios en la teoría plenista del continuum, tal como está dada, en el supuesto teórico, en la Estructura y Dinámica de la Esfera Terrestre (1976), de A.M. Riábchikov, de la cual José C. Martínez Nava parte y desarrolla en una abstracción y generalización mayor, llevando a más el supuesto teórico de aquel en un fundamento teórico concreto, independientemente de que en  ello falta aún su formalización teórica como axiomatización lógica.

 

Una vez que se establece un marco teórico gnoseológico explícito, el objeto de estudio claramente determinado en forma lógica e históricamente que se entiende en un conjunto categorial, dados los elementos del método propio, así como la definición de la teoría misma de su objeto de estudio, se está en una lógica plenamente consistente para determinar aspectos subsecuentes tales como la consiguiente estructura de conocimientos; y de una masa de datos históricamente dados, Martínez Nava procede a establecer la categorización de esa estructura y de la teoría geográfica que le corresponde.

 

Es pues, se puede decir, una propuesta que, como en todos los casos, será tanto más certera, cuanto más objetivamente refleje la faceta de la realidad que dice estudiar: el espacio terrestre; y, en consecuencia, el que dicho espacio sea ciertamente la espacialidad del contiunuum terrestre (en la que particularmente se prescinde de la noción del vacío), como verdadero reflejo objetivo de lo que el espacio terrestre es en la realidad.

 

Ello no es verificable sino en el contexto de una práctica histórico social.  En su momento ya diferíamos en este punto, pero a casi veinte años después, esa práctica histórico-social, se hace concreto fiel de la balanza: en la propuesta había aún insuficiencia, en ella no se estaba abarcando aún la noción del espacio en el máximo contenido y extensión posible, que no le hiciese caer en contradicción o insuficiencia.

 



[1]       Ibid. p.1

[2]        De Gortari, Eli de; Dialéctica de la Física; Grijalbo, México, 19; p. (subrayado nuestro)

[3]        Martínez Nava, José C; Geografía Integral; Ediciones Especiales, SMTHG, México, 1995; p.2

 

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22 marzo 2015 7 22 /03 /marzo /2015 23:04

Modelo del Espacio Terreste en el Continuum, JCMN, 1995El Espacio Terrestre como el Continuum Einsteniano, en José C. Martínez Nava, 1995. (1/…).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri,

http://espacio-geografico.over-blog.es/

29 ene 13.

 

Introducción.

 

La exploración consecuente de la teoría de las “fases” de Riábchikov (1976), la habría venido realizando el compañero José C. Martínez Nava, que, en 1995, con enormes dificultades, logró publicar su libro Geografía Integral, en el cual, si bien como un libro de texto para la educación media superior, formaliza su propósito de exponer los fundamentos teóricos de la teoría del espacio como el continuum einsteniano, contenida en los desarrollas de Riábchikov.

 

Su Geografía Integral es una obra compuesta por ocho unidades (o, como se dijera en la Antigüedad, formada por ocho libros), dedicando las tres primeras a los fundamentos teóricos e históricos de la geografía.  Un aspecto notablemente interesante dado en el tercer capítulo, titulado: “El Espacio Terrestre como un Sistema de Elementos”, está en que el autor retoma, como lo hace a su vez Riábchikov denominándolos “fases” (en alusión a las grandes fases evolutivas en la historia natural), y que, evidentemente, son los mismos elementos de los que habla el Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, la idea de los elementos de Empédocles (tierra, aire, agua y fuego), sólo que , desde luego, no con la misma idea, sino como base de un conocimiento natural que se da en el ámbito de la geografía, y una complicación más que discutiremos más adelante.

 

El año 1995 fue ese año de la catástrofe económico-social en México, que destruyó todo cuanto hasta ahí se había hecho.  La obra Geografía Integral, fue una de las últimas cosas que compartimos, pero sin que para ello hubiera ya esos ricos coloquios de discusión teórica en la Sociedad Mexicana de Teoría e Historia de la Geografía (SMTHG), y quedó ahí , como todo, en espera de mejores tiempos para poder pensar…, sólo que éstos, en colectivo, ya nunca volvieron.

 

Dejamos de frecuentarnos enfrentando la adversidad como se pudiera, pero el paso de los años hizo sus estragos.  En el año 2007, cuando el que esto redacta estaba por entonces viviendo un proceso oscurantista, implicado en ello con motivo de nuestra titulación en una Maestría en Educación Superior, que nos significó nuestra liquidación laboral en la Universidad en que laborábamos, él ya había creado su Blog, que en su título refleja el profundo estado de ánimo ante una situación generalizada: “Un Soplo de Eternidad”.

 

Nos enteramos de su Blog hasta 2009, cuando nosotros creamos el nuestro y empezamos a sondear en la Red actualizándonos nuevamente en el campo de la geografía.  Lo que nos encontramos fue algo explicable, aun cuando en cierto modo, desalentador, no obstante absolutamente comprensible: en el compañero José C. Martínez Nava, la geografía misma había pasado a un segundo plano, como consecuencia de un cerrado e intolerante oscurantismo que se agudizó durante aquellos años.  De momento nosotros habíamos sentido lo mismo en aquellas primeras semanas de julio y agosto de 2009, al plantearnos sobre qué publicar en nuestro Blog.  Hasta que comprendimos lo que teníamos en las manos.  Pero ya no hubo un proceso de retomar las cosas nuevamente en forma colectiva (de ahí que lo que trabajábamos entonces para la reorganización de la SMTHG, ahora a través de la Red, quedó , a su vez, desplazado a un segundo lugar).  En cierto modo, luego de cuatro años, nosotros estamos publicando ya nuestros últimos documentos en la denso de una oscuridad que los hace ilegibles, ya no sólo porque no puedan leerse, sino porque no deben leerse, sino a consecuencia de ser condenados por la “oficialidad” institucional del “saber geográfico”, sin que se vea la presencia de ánimo en nadie para enfrentar la situación y dar continuidad a esta línea de pensamiento.

 

El infortunio en la falta de discusión de su Geografía Integral, no permitió ver un mayor grado de abstracción y generalización en sus categorizaciones, en un trabajo que había preparado desde el ámbito de la educación media superior, y eso nos impide hoy deducir conclusiones con mayor riqueza teórica, que, sin duda, y tal como nos aproximaremos a ello, está contenido en el fondo de su trabajo.

 

Haremos, pues, aquí, una aproximación crítica en el contexto de ese mediados de los años noventa, tratando de discutir la pate de mayor abstracción teórica en los términos en que entonces analizábamos esos problemas.

 

Concluyamos pues, esta primera entrega introductoria, comentando su Prólogo a la Geografía Integral; que a casi veinte años de su redacción (1995), ya apuntaba ahí que: <<aun no acabamos de salir del oscurantismo de la época medieval>>, cuando ciertamente, ello, esa expresión, no era sino el indicio de que así se vislumbraba el inicio de una nueva edad oscurantista; sin duda alguna, un preclaro pensamiento marxista, ya adelantaba el trágico escenario de esa densa oscuridad recrudecida de hoy (2013), por la cual, y no por más, no puede sino hacerse en la conciencia del que simplemente piensa, un panorama desolador que explica los ánimos.: “El fin del capitalismo –decía ya Martínez Nava en 1995–, fin que se ha extendido…, ha llevado a la bancarrota a la sociedad humana”[1]; y ello, refleja nuestro propio juicio, no sólo ha sido el fracaso del sistema capitalista, sino que con el derrumbe mismo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), el fracaso es de la humanidad misma.  <<A los descubrimientos científicos –agrega–, nadie les hace caso, a nadie le interesan>> (y era apenas, 1995).

 



[1]        Martínez Nava, José C; Geografía Integral; Ediciones Especiales, SMTHG; México, 1995; p.3

 

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15 marzo 2015 7 15 /03 /marzo /2015 23:04

Cap.-I-Historia--Saenz-de-la-Calzada--1954.jpg“Las Transformaciones de unas Sustancias en Otras”: dialéctica de los elementos genésicos en la teoría geográfica del Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, 1954.  (4/4)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

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15 oct 12.

 

 

Una maravillosa síntesis: la geografía de los estados de espacio,

es la geografía única.

 

La categoría de estados de espacio, hemos dicho, ha sido la solución simultánea a los conceptos d espacio y fenómenos, y en ella se expresa ahora la noción esencial de la preocupación centenaria del pensamiento geográfico: la geografía única.

 

Cap. I Historia; Sáenz de la Calzada, 1954

 
Facsímil del Inicio del Capítulo I de la Historia de la Geografía Médica en México, del Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, con el trascendental epígrafe que expresa la dialéctica materialista en su consideración geográfica: "Agua, Tierra, Fuego y Aire, que contrariamente unidos y unidamente contrarios, en lucha están, divididos", citado del auto sacramentel: La Vida es Sueño, de Calderón de la Barca ("clik" en la imagen para ampliar).

 

 

 

De hecho, la categoría de elemento agrigentino en el Dr. Carlos Sáenz de la Calzada ya había resuelto de la misma manera; en ella estaban ya de forma simultánea, abstraídas y generalizadas las categorías de espacio y fenómenos; sólo que en la categoría de los elementos no se reconocía la existencia del vacío, por lo que el mundo era un continuum, cuyas propiedades geométricas expresaban sus propiedades espaciales.  Y no obstante, en ellos se conservan aún las paradojas de la identidad y el movimiento, lo cual supone, para ambas, no sólo la discontinuidad de lo que se identifica como lo mismo no obstante su rompimiento, sino la discretud que identifica lo diferente; así como la separabilidad de lo discreto que garantice su movimiento independiente; y esa condición ha sido siempre, históricamente, el vacío.

 

De los pasajes de la historia de la alquimia narrados por Reinhard Fesermann, obtuvimos una idea tan filosóficamente provechosa, como geográficamente extraordinaria, para nuestros fines de la teoría espacista.  En el contexto del encriptamiento del conocimiento d la alquimia, Fesermann interpeta el enunciado de “la piedra que no es piedra alguna”, como el lapis philosophorum.  Pero en el contexto mismo de la teoría de los elementos en que Fesermann lo expresa, tal enunciado es equivalente al ápeiron (lo indefinido); y esto va a tener una esencial importancia para entender la geografía de los estados de espacio como la geografía única, en tanto ello constituye la esencialidad del espacio.

 

En u n lenguaje moderno, “la piedra que no es piedra alguna”, puede traducirse como <<la sustancia material que no es sustancia material alguna>>: el vacío.

 

Para el sentido común, el vacío se entiende como “la ausencia de algo”, de donde, en consecuencia, lo que ha quedado, es “nada de ese algo” que estaba o pusiese estar ahí.   Pero esta idea conduce directamente al error de asociar el vacío con “la nada”, ya no de “algo”, sino de “la nada en general”; de donde el vacío resulta en una noción metafísica, en la cual el vacío ya no sólo es le “vacío de algo sustancial”, sino el vacío de la materia misma.  Y es esa “ausencia de materia”, lo que lo convierte en aquello que está más allá de lo físico y de la realidad objetiva, formando parte de un mundo sobrenatural.

 

Justo es esta falsa asociación del sentido común lo que condujo al materialismo dialéctico hasta fines del siglo XX, a negar la existencia del vacío y a adoptar la idea del paradójico continumm.  Ese fue el falso fundamento para argumentar en contra de la geografía espacista de Krasnov, Chizov, Lukashevisch, De la Blache, y Hettner.  Y, con base en ese continumm, esa fue la geografía de las “fases” de Riábchikov, como de los elementos, de Carlos Sáenz de la Calzada.

 

El concepto de “la piedra que no es piedra alguna”, es la expresión del reconocimiento de la materialidad del vacío.   El vacío es algo que existe materialmente sin ser sustancia, como una forma más, de las infinitas formas de movimiento de la materia; y más aún, como la “materia prima” de cuya transformación a derivado todo lo demás.  El vacío, pues, tiene las características de un campo físico especial, que dialécticamente, a su vez, da el atributo de condición o firma de existencia para ciertas magnitudes de dimensionalidad de las cosas y en calidad de campo o sustancia; es decir, tanto por sus propiedades espaciales es posible diferenciarlas, como por aquellas mismas por las cuales es posible entender su movimiento.  EL espacio como la propiedad esencial del estado de espacio vacío, es, entonces, esa “dialéctica de la dimensionalidad material continuo-discreta”.

 

Los elementos de Empédocles retomados por el Dr.  Carlos Sáenz de la Calzada, abstraídos y generalizados como estados de espacio, ya no son, geográficamente, ni la litosfera, ni la atmosfera, ni la hidrosfera, ni la energía solar transferida a la biosfera; los estados de espacio no son, tampoco, las geoformas o unidades morfológicas de cada una de esas esferas del medio natural; los estados de espacio no son, mucho menos, los fenómenos naturales y sociales como tales.    Los estados de espacio, como abstracción y generalización históricamente dada de todo ello, dialécticamente son ello mismo, contiene a todos y cada uno de esos aspectos, y a la vez, no es nada de ello, pues, al mismo tiempo, es más que todo ello.

 

“Hacer una geografía basada en los cuatro elementos…”, tarea que nos fue asignada por el Dr. Carlos Sáenz de la calzada hace ya casi treinta y cinco años, ciertamente da lugar a una fructífera geografía, pero que, en esencia, es una de las expresiones de la “geografía fenomenista” misma dada desde mediados del siglo XIX con Ratzel o Richthofen hasta fines del siglo XX.

 

Sin embargo, apenas se considera el quinto elemento históricamente mencionado, el ápeiron (que en realidad fue el segundo cronológicamente dado), esa “geografía fenomenista” se convierte esencialmente en “geografía espacista”, devolviéndonos a la contradicción histórica esencial del pensamiento geográfico.  Pero al introducir por nuestra parte la categoría de “estados de espacio”, con ello abstraemos y generalizamos aún más los cuatro elementos y los subsumimos en el quinto elemento como categorías de espacio; y, como consecuencia de ello, una geografía más entre las múltiples “geografías”, se convierte en una geografía que, finalmente, es la geografía única.

 

 

Conclusión.

 

La idea de la geografía basada en teoría de los elementos del Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, elaborada por él desde mediados de los años cincuenta del siglo XX luego de escuchar –da cuenta él mismo– un curso de “Antropogeografía” impartido por el Dr. Jorge A. Vivó, fue, al final de todo, una idea profundamente trascendente; es decir, que dialécticamente se superó a sí misma dados sus propios fundamentos.

 

Esa “geografía basada en la teoría de los elementos contrariamente unidos…”, abstraídos y generalizados tales elementos agrigentinos en la categoría de los “estados de espacio”, da lugar a la plena geografía única como ciencia del estudio del espacio.

 

Trazado nuestro trágico destino, final e ineluctablemente, “no olvidamos los estudios históricos aplicados al campo geográfico”, y como consecuencia, no pudimos sino sentir por necesidad, el interés por “hacer una geografía basada en los cuatro elementos <<contrariamente unidos>>”.  Resultó que no eran cuatro, sino, puesta más atención en la historia, cinco.

 

Con los cuatro elementos de Empédocles, bien podíamos hacer una geografía en el lineamiento fenomenista; pero al existir un quinto elemento, la quintaesencia, el espacio, volvía a hacerse presente la contradicción histórica esencial del pensamiento geográfico; y entonces, a ello no quedaba sino resolver trascendentemente.

 

Si en una generalización mayor se identifican los cuatro elementos como estados de espacio, éstos, por definición, se subsumen como propiedades particulares de la quintaesencia; y entonces  la geografía aparece como una geografía única, y sólo estudiosa del espacio.

 

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8 marzo 2015 7 08 /03 /marzo /2015 23:04

Cuatro Elementos de Empédocles“Las Transformaciones de unas Sustancias en Otras”: Dialéctica de los elementos genésicos en la teoría geográfica del Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, 1954. (3/…)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

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15 oct 12.

 

La Satisfactoria Tesis: la geografía de los estados de espacio,

es una geografía basada en la dialéctica de los elementos genésicos.

 

Entre fines del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX, el pensamiento geográfico avanzó en el método científico elaborando las dos primeras abstracciones y generalizaciones teóricas sobre os conceptos que estaban involucrados en la contradicción dialéctica histórica esencial de la geografía: de un lado, el espacio, y en el opuesto, los fenómenos.

 

Al iniciar la segunda mitad del siglo XX, impensadamente comenzó el proceso que llevaría, en los años setenta, a la tercera abstracción y generalización de dichos conceptos esenciales.  Este tercer momento histórico tuvo dos variantes: 1) la dada por Alexandr Maximovich Riábchikov; y 2) la dada por el Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, que ahora tratamos.

 

Hay en ambas propuestas una generalización con variantes de nombre: lo que está en la teoría de Sáenz de la Calzada, son directamente los cuatro elementos de Empédocles: tierra, aire, agua y fuego; que en Riábchikov reciben el nombre de “fases”, pero que, en ambos casos representan la litosfera, atmosfera, hidrosfera y energía solar.  Ambas teorías están referidas, en general, a la teoría de los elementos, y en dicha teoría de os elementos, el problema central radica en la transformación de unos en otros.

 

Remitiremos a los esquemas ya de Empédocles, o bien a la variante de éste expuesta por Aristóteles en su Meteorológica.  La “vuelta” a la teoría de los elementos, por supuesto, no debe entenderse como un recurso metodológico literal, tal cual, sino que ha de entenderse en términos de la tercera abstracción y generalización dada históricamente en el pensamiento geográfico, por la cual se suple el pretendido estudio de los fenómenos particulares, por un estado general de los mismos denominado históricamente como “elemento”; y, a la vez, el espacio se resuelve como la “espacialidad de las cosas” en la teoría del continuum einsteniano, y esto es, pues, el aspecto esencial de dicho planteamiento.

 

En los Fundamentos de la Geografía Médica, del Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, éste expone, ya desde los años cincuenta, la manera en que se transforman unos elementos en otros, de donde es necesario volver a los esquemas de Empédocles del siglo V ane, y de Aristóteles, del siglo IV ane.

 

El esquema de Empédocles es el siguiente:

 

Cuatro Elementos de Empédocles 

Esquema de los Cuatro Elementos y sus Cualidades, de Empédocles de Agrigento (s.V ane).

[Fuente: Sáenz de la Calzada, Carlos; Los Fundamentos de la Geografía Médica en México; (copias); p.18]

 

El esquema de Aristóteles da, primero, un giro a la derecha en 90° al esquema de Empédocles, y luego una inversión en 180°, quedando de la siguiente manera:

 

Cuatro-Elementos-de-Aristoteles.jpg 

Esquema de los Cuatro Elementos y sus Cualidades, expuesto por Aristóteles en su Meteorológica, s.IV ane.

[Fuente: Sáenz de la Calzada, Carlos; Los Fundamentos de la Geografía Médica en México; (copias); p.18]

 

Inherente a los elementos como formas de movimiento físico de la materia, al fuego –explica el Dr. Sáenz–, son las cualidades (o propiedades particulares) de calor y seco; a la tierra, seco y frío; al agua, húmedo y frío; y al aire, calor y húmedo.  Si bien se ve, tales cualidades en sus combinaciones, están dadas sólo por dos factores: la temperatura (o el campo térmico), y la humedad (como estado sustancial molecular discreto).  La base material de dichos elementos y sus cualidades en el organismo humano, se daba en los humores (sangre, flema, bilis amarilla, y bilis negra); prescindiremos de esto último dado que no es nuestro propósito  el particularizar, sino, en lo opuesto, el generalizar, y en ese sentido, respecto del organismo humano, los humores equivalen al concepto generalizador de los “sustratos portadores”.

 

En esencia, pues, los elementos “contrariamente unidos”, dialécticamente en consecuencia, se transforman unos en otros a través de sus cualidades o propiedades: el fuego en aire a través del calor (el sustrato portador serían las moléculas); el aire en agua a través de la humedad (el sustrato portador los será la condensación); el agua en tierra mediante el frío (y el sustrato portador lo será el hielo); y la tierra en fuego mediante la sequedad (donde el sustrato portador sería el material combustible).  El ápeiron, la quintaesencia, o el éter, sólo opera en abstracto (sin hacer alusión a él), como sistema de referencia: él es el lugar de las cosas.

 

Reinhardd Federmann, en su trabajo, La Alquimia, va a referir al ápeiron según la literatura hermética, como “la piedra que no es piedra alguna”, la “tintura”, el “elixir”, la “materia prima” o con el nombre más conocido de, lapis philosophrum o “piedra filosofal”.  Y para los fines de esta disertación en una generalización final a la que debemos llegar, resulta de enorme importancia citar un pasaje de Federmann: “Este elemento llamado materia prima y también <<tierra virgen>> y <<leche virgen>>, corresponde al caos, al desorden, y sólo se sabe de él que está formado por los cuatro elementos…, que los alquimistas llamaban <<esencias>>…  Además, estas cuatro esencias deben contener asimismo una quinta, la quinta essentia, la quintaesencia, o sea, la <<piedra>>”.[1].

 

Está ahí toda la teoría del espacio (luego, ésta es la verdadera “piedra filosofal”), que es finalmente a lo que queremos llegar; y para ello basta operar una abstracción y generalización superior sobre la base de los elementos.

 

La materia prima, el ápeiron, “está formado por los cuatro elementos o esencias…, estos mismos deben contener a la quintaesencia…”.  Está expuesto ahí, con toda su profundidad, la esencia del espacio: “la dialéctica de la dimensionalidad material continuo-discreta”, tal como la hemos definido nosotros.  En lo “contrariamente unido”, el espacio está formado por los cuatro elementos, y éstos, a su vez, contienen al espacio.

 

Nada nos limita ya, pues, para hacer esa generalización, la cuarta abstracción y generalización históricamente dada en el pensamiento geográfico en la búsqueda de la síntesis del espacio y los fenómenos.  Y llamaremos a los elementos, entonces, como “estados de espacio” (lo son, en tanto contienen al mismo), incluyendo al quinto elemento, que como “materia prima” es por definición y exclusión, el “estado de espacio” más general y esencial” (la génesis en el caos, como interpretación del vacío, precisamente en el horror vacui), en tanto contiene a los otros cuatro elementos, y cada uno de ellos lo contienen a él.

 

Los estados de espacio tienen, a su vez, sus cualidades o propiedades esenciales (propiedades de espacio), a través de cuyas transformaciones de unos estados de espacio en otros, se opera su transformación.  En ellos, quedan como sustratos portadores ahora, los elementos en calidad de unidades morfométricas o geoformas.  Lo que ha de interesar al geógrafo, sin embargo, son las propiedades de espacio y sus transformaciones, y ya no, en tanto tales, los sustratos portadores de las mismas, las cuales se generalizan como formas continuas (campos), o discretas (sustancias), de los estados de espacio.

 



[1]        Federmann, Reinhard; La Alquimia; Editorial Bruguera, Barcelona, 1974; p. 43.

 

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1 marzo 2015 7 01 /03 /marzo /2015 23:04

La Geografía Médica en México, Carlos Sáenz de la Calza“Las Transformaciones de unas Sustancias en Otras”: dialéctica de los elementos genésicos en la teoría geográfica del Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, 1954. (2/…)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

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15 oct 12.

 

Redactamos este ensayo durante la semana de publicación, con fecha 15 de octubre de 2012, de una Edición Especial en la Bitácora, de “Espacio Geográfico”, en donde narramos la constante expansión de la “Mare Nostrum”, desde el Mar Egeo, hasta la “Mar Vacui” en un radio de 320,000 km desde el centro de la Tierra.  En las lecturas de apoyo que hicimos para tal redacción, nos encontramos con la fascinante hazaña cuasi-realidad, cuasi-mito, de la expedición de los Argonautas (por el nombre dado a su navío), y, en consecuencia, del mito de Argos, llamado el “Panoptes”, en cuyo homenaje se nombra el navío.  Y, pues, ahora, en la lectura de apoyo para hablar de la teoría de los elementos dada en La Alquimia, de Reinham Federmann, nos encontramos que éste también se remite, aun cuando con otro propósito, a la leyenda mítica del objetivo de la expedición de los argonautas: el vellocino de oro (justamente por el oro, propósito esencial de la alquimia, cuyo procedimiento de transmutación –según Federmann– estaba escrito en el reverso de la piel del Aries, el vellocino).  De todo ello, lo que ahora quedó en nuestro centro de interés, está el gigante Argos, llamado el “Panoptes”.  A nuestro parecer, si quisiéramos remitirnos al origen mítico, ya no hasta el de la Geografía como ciencia en la diosa Gea, sino en el posterior y práctico hacer mismo de la geografía, su simbolismo mítico está en la naturaleza del gigante Argos, dado en su pseudónimo: “el que todo lo ve”.  La Geografía es así, tiene esa cualidad panóptica que hace su propia complejidad.

 

Así, esa complejidad de “hacer una geografía basada en la teoría de los elementos”, no sólo estaba en el dictamen, sino en el reconocer el lugar del ápeiron en el conjunto de los mismos, en la insuficiencia de la generalización en la categoría de los “fenómenos”.

 

A ese respecto, dicho restringidamente a su área de especialización expuesta en su “Geografía Médica en México a Través de la Historia” (1971), al final de su Introducción, dice el Dr. Carlos Sáenz de la Calzada: “El problema no es fácil por las numerosas y tan variadas facetas que presenta; requiere, en consecuencia, aportaciones de muy distintas especialidades, y por tanto, será fácil objetar al geógrafo que (de) lo que trata, (es de) la intromisión en campos extraños a su especialidad”[1].

 

Y en 1971, justo una década antes de que el pensamiento geográfico diese un vuelco, Sáenz de la Calzada retoma un pasaje de Vidal de la Blache en el que, si por una parte pareciera justificar esa “geografía de los fenómenos”, por otra parte, más sutil, apenas visible en aquella primera abstracción y generalización teórica que De la Blache estaba haciendo en la categorización del espacio en geografía, éste –citado por Sáenz de la Calzada– asentaba: “En la complejidad de los fenómenos que se entrecruzan en la naturaleza, no debe haber una sola manera de abordar el estudio de los hechos; es conveniente que sean examinados desde ángulos distintos.  Y si la Geografía toma a su cargo ciertos datos que llevan otra estampilla, no hay nada en esta apropiación que se pueda tachar de anticientífico”[2].

 

Hasta 1980, nunca hubiéramos hecho esos subrayados en tal cita.  ¿A qué se referiría el examen de las cosas desde “ángulos distintos”?; ¿cuáles son esos “ciertos datos” a cargo del geógrafo?; ¿Cuál es la “estampilla” propia?  Hasta ese momento, esos conceptos nos representaban un vacío de contenido.  Sólo luego de 1981 estábamos en posibilidad de poder empezar a entender, y para 1987 esos conceptos tenían ya determinada una extensión y contenido propio: los “ángulos distintos” son los de los “cien ojos de Panóptes”; Argo observa incesantemente a Ío (en este caso los fenómenos), no por ellos mismos (no admirando la belleza, ni mucho menos desando a Ío, sino simplemente porque la tiene a su cargo por dictado de Hera), sino por su hacer, por sus movimientos, por su comportamiento, específicamente a instrucciones de Hera, para saber dónde está en cada momento; los “ciertos datos” a cargo del geógrafo son, pues, el lugar y los movimientos de Ío en la previsión de los riesgos de su acercamiento a Zeus y la toma de medidas del caso por Hera; la “estampilla” propia de la geografía, pues, es la dada por esas propiedades expuestas en lo mas general y esencial: el espacio.  No es que De la Blache nos estuviese revelando en un saber iniciático con conceptos crípticos, es que le mismo De la Blache, hace un siglo, no entendía, ni podía entender esto tal cual hoy, 2012, lo apuntamos.  No obstante ya era vislumbrado así por él y otros, incluso aún con más preclaridad, como Krásnov, Chizov, Lukashévich, y Hettner.

 

A nuestra actitud de estudiantes renuentes a hacer esta tarea ya desde 1978 y hasta ahora elaborada y expuesta, el Dr. Carlos Sáenz de la Calzada nos obsequió su libro La Geografía Médica en México a Través de su Historia (1971), en el cual nos anotó una dedicatoria, en la que, en lo esencial, por supuesto referido al autor de estas líneas, se lee: “…con la esperanza de que no olvide los estudios históricos aplicados al campo geográfico”.

 

La Geografía Médica en México, Carlos Sáenz de la Calza

 

Dedicatoria-de-Carlos-Saenz-de-la-Calzada--1980.jpg

Facsímil de la dedicatoria del Dr. Carlos Sáenz de la Calzada a nuestra persona, en su libro La Geografía Médica en México a Través de su Historia (1971).

 

Cierto, ante nuestra necedad, qué le quedaba más, que recurrir a Élpiz.  Y ni Esquilo, ni Sófocles, ni Eurípides, ni los tres juntos, podrían haber urdido una trama con la elusión más clara del dictatum predestinado en la tarea asignada, que impensadamente, al final, ineluctablemente, se cumple.

 

Satisficimos sus esperanzas, nunca olvidamos los estudios históricos aplicados a lo geográfico, y sabiendo él de antemano las consecuencias de ello, lo que tenía que suceder, sucedió: no sólo “elaboramos una geografía sobre la base de la teoría de los elementos”, sino que ahora, en un proceso dialéctico de abstracción y generalización, estamos haciendo de ella a La Geografía misma.

 



[1]        Sáenz de la Calzada, Carlos; La Geografía Médica en México a Través de la Historia; Editorial Pax-México; México, 1971; p. 10.

[2]        Ibid. p.10 (subrayado nuestro).

 

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22 febrero 2015 7 22 /02 /febrero /2015 23:04

La Geografía Médica en México, Carlos Sáenz de la Calza“Las Transformaciones de unas Sustancias en Otras”: Dialéctica de los elementos genésicos en la teoría geográfica del Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, 1954. (1/…)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

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15 oct 12.

 

 

Introducción.

 

En alguno de los días de aquellos años de 1977 o 1978, viendo el Dr. Carlos Sáenz de la Calzada el que nosotros estábamos presentes en sus cursos aún sin estar inscritos en ellos, entendiendo que en ello había un interés especial de nuestra parte, nos invitó a dedicarnos al área de su espacialidad, la Nosonoctonología, como él la denominaba, o la “Geografía Médica”, como más comúnmente se aceptaba; y nos habló con particular énfasis de la teoría de los elementos de Empédocles de Agrigento (490-430), en el desarrollo de la geografía misma en general, en una frase que nos quedó grabada: “Sería interesante hacer una geografía basada en los cuatro elementos, tierra, aire, agua y fuego, <<contrariamente unidos>>…”  Acostumbrados a sus inflexiones cuando insertaba entre sus ideas –como solía hacerlo– de algún pasaje literario, apenas percibimos que esa última idea era uno de esos pasajes, que invitaba al análisis dialéctico de dicha teoría.  Poco después nos obsequió unas copias en separta del “Cap. I  Historia”, de sus Fundamentos de la Geografía Médica, y pudimos ver, en efecto, el origen de esa última idea: del auto sacramental La Vida es Sueño, del renacentista Calderón de la Barca, quien, junto con Sor Juana Inés de la Cruz, eran a nuestro parecer, sus autores literarios predilectos.

 

Y fue precisamente esa manera de impartir sus clases insertando en su discurso pasajes ya de Calderón de la Barca, ya de Sor Juan Inés de la Cruz principalmente, lo que nos movía a estar en el aula escuchándolo disertar.  No era, pues, contra su frustración, nuestro interés por la “geografía médica”, sino su sola erudición.

 

En La Vida es Sueño (más que la comedia, el auto sacramental del mismo título), de Calderón de la Barca, su personaje protagónico, Segismundo, es la representación del ser humano que, como humano, goza del razonamiento, tanto como del don divino del libre albedrío.  El mundo que le rodea está a sus pies, y ese mundo no es otro que el de los elementos: “tierra, aire, agua y fuego/ que contrariamente unidos/ y unidamente contrarios/ en lucha están, dividíos”, escribe De la Barca.  Pero Segismundo, cual Adán, es tentado y peca, y ese paradisiaco reino sobre la naturaleza se vuelca sobre él; sólo el Amor, la Sabiduría y el Poder le salvarán.  A más elementos geográficos, en la obra, Segismundo se destaca salvando a Ulises vulnerado por los encantos de Cirse (la Culpa); al final, no obstante, se reconcilia con Dios, ante quien la vida es sueño, y el despertar la muerte.

 

Más allá de la belleza estética literaria en la expresión de la ciencia, esa tarea sutilmente asignada de hacer una geografía basada en la teoría de los elementos, cual clásicos estudiantes reacios, ante lo ineluctable cual trágica condición, no sujetos a su curso y “libres de coacción alguna”…, tardamos poco más de treinta años en aplicarnos en esa tarea inevitable.  Hela aquí.

 

 

La Fructífera Antítesis: una geografía basada

en la dialéctica de los elementos de Empédocles de Agrigento.

 

Dos cosas destacan de manera extraordinariamente esencial y notable: 1) la abstracción y generalización teórica del conjunto de los fenómenos de medio natural, “vueltos” a la antigua teoría de los elementos de Empédocles; y 2) el estudio necesariamente dialéctico de lo que no puede ser sino “contrariamente unido”, como lo canta Calderón de la Barca en su auto sacramental La Vida es Sueño.

 

De principio, para cualquiera que ni fuese geógrafo, podría criticarse la “vuelta” a los elementos agrigentinos de la más antigua alquimia; pero he aquí que para el geógrafo, tal propuesta, en lo espontáneo e intuitivo de su aceptación, no tendría más dificultad e inconveniente que, precisamente, el desprenderlo de la esotérica alquimia; pero para ninguno sería objeción el capitular la sistemática de la exposición geográfica, bajo los títulos de “Tierra”, “Aire”, “Agua” y “Fuego” (remitido lo mismo a la energía solar, como a la energía tectónica).

 

Sin embargo, muy en lo particular para nosotros en 1977 o 1978 en que el Dr, Sáenz de la Calzada nos lo propuso, realmente el problema no estaba en superar los supuestos de la alquimia (asunto de mero contexto histórico), sino en que, hasta ahí, digamos 1978, los cuatro elementos, no obstante la provechosa abstracción y generalización teórica que aún en su momento difícilmente tendríamos que comprender, ello nos seguía reduciendo a una “geografía de los fenómenos”, que en ese entonces intuitivamente rechazábamos no viendo en ello la identidad geográfica, la cual no descubrimos sino hasta 1981.

 

Cuán difícil se presentaba el problema de superar el tratamiento de los fenómenos desde la misma teoría de los elementos, que, cuando toda historia de la ciencia nos narra que Empédocles conjuntó los tres elementos dados históricamente, uno de Tales de Mileto: el agua; otro de Heráclito: el fuego; y uno más, de Anaxímenes: el aire; a los que el mismo Empédocles agregó el cuarto elemento: la tierra; sin embargo, entendidos del tema como Reinhard Federman, que en su Alquimia, se remonta en el estudio hasta los tiempos míticos, o el propio Carlos Sáenz de la Calzada; en los cuatro elementos fundamentales –hay que ponerlo entre signos de admiración– ¡omitieron la tierra, propuesta del mismo Empédocles, y mencionaron en su lugar el ápeiron, de Anaximandro.

 

Entre las cuatro esencias o elementos, tanto Federman como Sáenz dela Calzada, mencionan la propuesta de Anaximandro: el ápeiron (lo indefinido); y ciertamente, de manera histórica es incluso la segunda propuesta, pero se hace evidente que el mismo no fue plenamente aceptado desde el primer momento, sino hasta mucho después, incluso, de la conjunción que elabora Empédocles, comenzándosele a reconocer, entonces, como el quinto elemento, o como la quintaesencia; a la que a su vez se le empezó a denominar como el éter, lo que nos permite entender que ese áperion, como “lo indefinido”, se refería al espacio, e incluso, a la propiedad más relevante de éste: el vacío.  Y sin embargo, ni Federman ni Sáenz de la Calzada, identifican de esa manera la propuesta de Anaximandro, y nosotros mismos no lo vimos sino hasta luego de 1981 cuando ya estudiábamos con atención el concepto de espacio.

 

Como ahora, 2012, cualquiera lo podrá entender, la teoría de los elementos, incluyendo la quintaesencia, redondea aún más la posibilidad real de “hacer una geografía con base en la teoría de los elementos”.  Pero, al mismo tiempo, lleva ella a su vez, la contradicción histórica esencial de la geografía; esto es, el que se estudie en geografía ya los fenómenos (ahora generalizados en los cuatro elementos agrigentinos); o el espacio (la quintaesencia).

 

Cuando redactamos este ensayo (octubre de 2012), hemos resuelto ya la teoría unificada de la geografía introduciendo la categoría de estados de espacio, como una abstracción y generalización teórica superior aún, incluso, a la categoría de los elementos; y es desde ello que nos es posible no sólo, finalmente, hacer la tarea encomendada hace poco más de treinta años por el Dr. Carlos Sáenz de la Calzada en la sugerencia de que “sería interesante hacer una geografía basada en la teoría de los cuatro elementos, <<contradictoriamente unidos>>…”; sino el establecerla como una condición necesaria en ese proceso científico de abstracción y generalización del pensamiento geográfico que permitiese resolver su contradicción histórica esencial.

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15 febrero 2015 7 15 /02 /febrero /2015 23:04

Análisis Crítico a, Estructura y Dinámica de la Esfera Geográfica, 1976; de A.M. Riábchikov (6/6).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

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08 sep 12.

 

Tal es la hipótesis rotacional de Katterfeld (1962), una hipótesis absolutamente geográfico espacista, que Riábchikov refiere como “hipótesis astrogeofísica”.

 

Dado el movimiento rotacional de la Tierra, ésta adquiere dos ejes de simetría objetivamente dados (R1, polar, y aR2, ecuatorial, en nuestra notación), ligeramente diferenciados en su longitud por 21 m, siendo mayor el eje ecuatorial (aR2); pero dada la presencia de la masa de la Luna (formada simultáneamente a la de la Tierra), y en ese momento, hace 5000 millones de años, siendo su movimiento de traslación  alrededor de la Tierra sincrónico al de rotación de ésta (siempre según Katterfel), ello originó, por efecto de compensación gravitatoria en las masas de ambos cuerpos aún más plásticas que en la actualidad, la formación simultánea tanto de la cuenca del Océano Pacífico al cual estaba perpendicularmente la Luna en forma estacionaria; como del continente de África diametralmente opuesto, un segundo eje de simetría objetivamente dado, cuyos puntos diametralmente opuestos están, uno, en el centro el Océano Pacífico sobre los 165° lw, y el otro en el Congo, próximo a la frontera con Gabón, sobre los 15° lE (eje que en nuestra notación denominamos como cR2), diferente en su longitud en 425 m.

 

Luego, siguiendo a Katterfel, a la vez que aumentaba la masa de la Tierra por acreción, también se contraía aumentando su densidad, pero lo cual provocó la aceleración de la rotación de la Tierra (en dirección W-E), comenzando a formar el movimiento aparente de retrogradación en el movimiento de traslación dela Luna, la cual, ante la descompensación de masas (pues el eje de simetría del Océano Pacífico al África comenzó a desalinearse con la Luna), esta compensó, entonces, haciendo mayor distancia.

 

En el octavo tema de su obra, basándose en esa hipótesis (eminentemente hipótesis-“e”), Riábchikov, en función de ella [f (e)], incide en la explicación de la formación de los océanos, del Océano Pacífico, y África, como antípodas geoestructurales, centrando la atención no en ello, sino en la cualidad dada por tensiones radiales epiro-talasogénicas (“n”), y teorías tangenciales orogénicas por plegamiento o fallamiento (“n”) donde, pues, n = f (e).

 

Así, la propiedad espacial de la Tierra dada por su simetría-asimetría, resulta no el efecto espacial a estudiar, sino la causa de los fenómenos estudiados, por demás en una categorización compleja, en donde esa causalidad, “crea zonas latitudinales activas” y “zonas meridionales activas”; pero, esto es, entendida esas “zonas”, no central y esencialmente en su efecto como espacio, sino en la cualidad de los fenómenos (de ahí lo “activo”).

 

Los megaciclos de 600 millones de años, y los subcíclos de 75 millones de años, paleogeográficamente se centran en la explicación de los fenómenos, y no del espacio terrestre.

 

Ahora, por su parte, en lo azonal (“e”), dice Riábchikov, está en la causalidad de la morfogénesis de loas morfoestructuras (“n”), es decir: n = f (e); cuando en términos de la teoría del espacio, ello se expresa al revés, es decir: en la morfogénesis y las morfoestructuras (“n”), veremos la causalidad de las propiedades del espacio terrestre (“e”), esto es: e = f (n).

 

En su noveno tema, Riábchikov expone ya como “modelo en x”, su modelo planetario de la zonalidad (1959), una teórico o ideal continente homogéneo, en el cual se da esa distribución de la “zonalidad”, en la cual se funden e identifican la noción de espacio (zonalidad) , los fenómenos (el contenido del paisaje).

 

La “zonalidad” de Riábchikov, si bien en su base está la idea del espacio, éste, identificado al contenido del paisaje, acaba entendiéndose como las zonas por sus determinaciones térmicas, o las regiones por sus contenidos loxenográficos (de vegetación).

 

Hacia el final de su trabajo (temas XIII a XVIII), en el más puro estilo de la “geografía fenomenista” de los años setenta, Riábchikov no olvida aludir a la actividad social, al crecimiento de la población, a la autopurificación de la esfera geográfica, y al paisaje actual antropogénico.

 

Para terminar, habremos de expresar ya sólo lo siguiente: nos iniciamos en el campo de la geografía teórica, cuando, aplicando el método de Marx, consistente en ubicar la categoría fundamental y luego de ella derivar el análisis de la contradicción principal, “descubrimos” independientemente el objeto de estudio del la Geografía, esencialmente argumentando su demostración objetiva.

 

Hoy, hacia el final de nuestro estudio, al hacer este análisis crítico a la obra e Riábchikov, Estructura y Dinámica de la Esfera Geográfica, 1976; no podemos sino traer a cuento esa expresión clásica de la relación filosófica entre Marx y Hegel, en donde lo que hizo Marx con su dialéctica materialista, respecto de Hegel, fue ponerlo de pie, cuando en Hegel, con su dialéctica idealista (metafísica), todo estaba de cabeza.  Algo semejante se deja sentir en este análisis crítico a Riábchikov, en donde en nuestra “geografía espacista”, respecto de Riábchikov, lo que hacemos es invertir sus planteamientos, cuando en él, con su “geografía fenomenista”, todo se expresa justo al revés.  Y, paradójicamente, precisamente es en ello donde radica la importancia trascendente de la obra de Aleandr Maximovich Riábchikov.

 

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8 febrero 2015 7 08 /02 /febrero /2015 23:04

Análisis Crítico a, Estructura y Dinámica de la Esfera Geográfica, 1976; de A.M. Riábchikov (5/…).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

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08 sep 12.

 

Hasta antes de elabora este análisis crítico a la obra de Riábchikov, y con ello omitiendo el análisis real de su aporte, habíamos considerado sólo dos momentos de abstracción y generalización anteriores al nuestro: 1) el de Vidal de la Blache-Emmanuel de Martonne de principios del siglo XX, y 2) el de Hettner-Hartshorne, entre el primer tercio y mediados del mismo siglo.  Entre estos dos momento había, de hecho, plena continuidad, se daba en ellos un traslape; pero del momento de Hettner-Hartshorne al nuestro en el principio de la segunda década en que ubicamos la tercera abstracción y generalización, en más de medio siglo, se perdía aparentemente todo traslape y continuidad.  Al revisar la obra de Riábchikov a la luz de los elementos de la teoría del espacio en función de la introducción por nosotros en geografía, de la categoría de “estados de espacio”, descubrimos en dicha obra y de manera independiente en la propuesta de Sáenz de la Calzada, en realidad, el tercer momento histórico de abstracción y generalización, entre principios de los años cincuenta y el segundo lustro de los años setenta; y entonces se formó el traslape y la continuidad histórica, y nuestro momento propio de abstracción y generalización, pasó a ser, en realidad, el cuarto momento de este largo y complejo proceso.

 

Así, volviendo al texto de Riábchikov, eso que estaba ahí profundamente enraizado en el hacer geográfico, pero que una y otra vez era dejado de lado de una u otra forma: el espacio, no podía dejar de ser considerado por éste; y ello aparece ya en su quinto capítulo: Zonas Geográficas.

 

Desde el primer momento, fue esto todo lo que extrajimos de la obra Estructura y Dinámica de la Esfera Geográfica.  En el problema de la zonalidad geográfica está el estudio inicial del espacio terrestre, y en ello aparece ya, desde muy temprano en nuestra investigación de tesis de Licenciatura, el principio filosófico de que <<todo cuanto existe, existe en el espacio y determina sus propiedades>> (en la filosofía dialéctico materialista, nada existe fuera del espacio y el tiempo).  En consecuencia, considerando en particular el espacio geográfico, todo cuanto exista en él, determina sus propiedades.  De ahí que los fenómenos no puedan ser omitidos, y el problema se traslade, entonces, a cómo tratar con ellos en su conjunto en geografía; y de ahí el lógico y natural proceso histórico de abstracción y generalización teórica de ello.

 

Es pues, que el estudio de las relaciones cuantitativas en los elementos (litósfera, atmosfera, hidrosfera, biosfera y sociosfera), logra explicar en cierta forma la situación lógica de la realidad, justo lo que da esa impresión del logro de la geografía como “ciencia de síntesis”; pero en ello, lo que se acaba dando, es una especie más de las “ciencias de intersección”; es decir, del vínculo dela geografía con otras ciencias.  Extraer a la geografía de ese vínculo, haciendo abstracción de lo válido de su función aplicada concreta, es ganar en identidad de la misma.  De ahí que la pregunta sea: qué es lo geográfico en ese vínculo de conocimientos, e independientemente de ellos.

 

Hasta fines del siglo XX se respondía , ya anulando la pregunta: <<la geografía es precisamente ese vínculo>>; o bien, identificando lo geográfico con lo fenomenista: <<lo geográfico es el estudio del fenómeno mismo, considerado, además, en sus propiedades espaciales>>.  Pero en ninguno de los dos casos, se desarrolló un argumento demostrativo, histórico y lógico, científicamente fundado.  Estas dos respuestas fueron las que se refutaron en ese proceso histórico de abstracción y generalización en sus cuatro momentos antes narrados.

 

Así, es justo en la geografía ya como esa relación entre los fenómenos, o bien como esa identidad con los mismos en consideración espacial adicional, que Riábchikov trata con la zonalidad geográfica.  Este se apoya en dos autores: S.V. Kalesnik, y F.N. Malkov, quienes identifican las “zonas geográficas” (con sentido espacial), con las “zonas meteorológico-climáticas“ (con sentido fenomenista).  De ello se sigue el que, para Riábchikov, correctamente a nuestro parecer, son dos categorías distintas, entre las que, precisamente, se expresa el principio de que <<todo cuanto existe en el espacio geográfico, determina sus propiedades>>.  Luego, de igual manera, considera la ley sectorial (espacial), determinada por los fenómenos.

 

Como se ve, si al espacio lo simbolizamos con una “e”, y a los fenómenos con una “n”, en todos los casos, siempre “e” está dada por las propiedades de “n”, que en su expresión funcional es: e = f (n); pero, donde, bien vista la relación, de “n” no importa su propia naturaleza, ello no afecta, en principio, las propiedades de “e”, sino sólo importa su presencia y condición de existencia morfométrica, lo cual afecta ya directamente a las propiedades de “e”.

 

Pero, a pesar de que esa es la relación funcional constante en geografía, Riábchikov, a tono con toda la geografía de la época, quiere verla al revés: n = f (e), es decir, donde el fenómeno, en su naturaleza, por sus atributos y leyes propias, es, además, sólo considerado en función de sus propiedades espaciales.

 

Tal caso destaca cuando nuestro autor expone el capítulo séptimo  de su obra, que titula: “El Megareleive de la Tierra”.  Sus capítulos  quinto, sexto y séptimo, son los “más geográficos” de su obra, pero este último es quizá el “más geográfico de todos, porque, “hasta mapas tiene”.

 

Pero, más allá del dejo irónico a que se prestó el caso, el hecho verdaderamente importante, es que en este capítulo Riábchikov va a mostrar ya no sólo el fenómeno y sus propiedades en calidad de una de sus “fases” (o como elemento), sino el fenómeno en función del espacio terrestre [n = f (e)].

 

En este capítulo aparecen dos mapas en forma de mapamundis; uno ecuatorial y otro polar, mostrando la simetría del megarelieve de la Tierra, es decir, la simetría de las grandes formaciones orogénicas, o la dada entre los masas continentales (epirogénesis), y las cuencas oceánicas (talosogénesis), en lo que parece ser una hipótesis expuesta desde 1962 por G.N. Katerffeld.

 

En su “geografía fenomenista”, lo que admira a Riábchikov no son las propiedades de esa simetría del espacio terrestre [e = f (n)]; sino la causalidad geológica de la orogénesis en función de su localización y distribución [n = f (e)], en que se aprecia una simetría.

 

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1 febrero 2015 7 01 /02 /febrero /2015 23:04

Análisis Crítico a, Estructura y Dinámica de la Esfera Geográfica, 1976; de A.M. Riábchikov (4/…).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

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08 sep 12.

 

En su tercer tema, Riábchikov analiza la atmosfera en donde los efectos de la zonalidad planetaria van a hacerse más evidentes.  Tanto es así (aun cuando esto no es considerado explícitamente por Riábchikov), que la inclinación del eje de rotación de la Tierra respecto de su plano de la eclíptica, es lo que en griego se entiende por “clima” (inclinación), que asociado a la atmosfera, da lugar a que por “clima”, se entienda los “estados medios de la atmósfera en la relación temperatura/humedad de la misma.

 

En adelante procede de igual manera, analizando en ello los balances de energía y su transferencia en un sistema cerrado en torno al plano dado el movimiento de rotación.

 

Al reestudiar a Riábchikov para elaborar este análisis, lo hemos hecho ya con ciertos elementos de la teoría general del espacio geográfico en función de la teoría de los estados de espacio a partir del modelo analógico de la cristalografía, de modo que, el concepto de red cristalina que en principio desechamos no viendo lo análogo en el espacio terrestre, se nos replanteó a la vista del análisis que Riábchikov hace de los fenómenos báricos, los cuales se desplazan hasta en 10° de latitud, ocasionándose –y he aquí lo interesante–, <<el que sean activos en los puntos de cruce entre los frentes y la dirección de las corriente marina>>; luego entonces, formándose la noción de puntos o nodos de red flexible en la estructura del espacio terrestre, en donde desempeñaría un papel esencial más general, el desplazamiento del ecuador térmico.

 

En el cuarto tema analiza de igual manera las condiciones hidrotérmicas, respecto de las cuales nada en especial hay que agregar, de modo que en el quinto tema, Riábchikov se refiere ahora a la zonalidad geográfica, es decir, a un asunto que en un principio suena a algo eminentemente espacial, y por lo tanto, a la esencialidad de esta ciencia en términos del estudio fenomenista que Riábchikov reinterpreta en función del balance de energía, el cual, siendo enormemente desproporcionado entre lo que él llama las distintas “fases” (la transformación de la energía de la litósfera a la atmósfera y de ésta a la hidrósfera y a la biósfera), sólo puede apreciar en su magnitud correcta en el estudio de la evolución misma de la Tierra.

 

Todo ello, como hemos visto, se reducía a un estudio fenomenista en donde la categoría de relación entre los mismos, dejaba de lado aquello que ocasionaba la severa contradicción histórica esencial de la geografía: el que en su relación se refiriese a las interacciones físicas externas, y por lo tanto, a relaciones de coexistencia espacial.  Riábchikov, a partir del modelo analógico de la teoría de los elementos; haciendo abstracción de las propiedades de los fenómenos tomados como secundarios; había encontrado la solución al problema de la relación geográfica entre los fenómenos, entendida ahora como relación interna entre los mismos, sin que implicase, en principio, el estudio de ellos por sus propiedades particulares, de la misma manera en que eran tratados por sus respectivos especialistas: la relación entre los fenómenos, en la “geografía fenomenista”, quedaba resuelta en el análisis de los balances de energía entre ellos.

 

Si las relaciones físicas externas o de coexistencia espacial de los fenómenos imponían sólo la posibilidad  de una “síntesis combinatoria”; con las relaciones internas de transferencia de propiedades de unos fenómenos a otros, se hacía posible hablar ya de la síntesis lógica de dichas relaciones.  Con Riábchikov –y esto no lo hemos visto sino hasta ahora al reinterpretarlo en función de la teoría del espacio– la “geografía fenomenista” había alcanzado su momento más cimero de la historia, en donde la geografía quedaba delimitada como una ciencia de los balances de energía entre los elementos del medio natural entre sí, y con el desarrollo social.  El mapa, finalmente, quedaba definido tan sólo como una herramienta de expresión de los fenómenos en el espacio, y no obstante, en ello se radicaban las categorías históricas esenciales de la geografía: la localización y distribución, el lugar y situación, la conexión y relaciones externas, la morfometría y los anamorfismos en la representación, la isotropía y anisotropía, la simetría y asimetría, la homogeneidad o heterogeneidad, la uniformidad o disformidad, etc.  Al respecto, la solución complementaria que se daba en el ámbito de la geografía teórica, era que esas categorías no eran propiamente dela geografía, sino de una herramienta técnica de ella, la Cartografía, elevada a categoría de ciencia.

 

Si bien Riábchikov al aplicar el modelo de los elementos sustrajo de él la categoría de de los “balances de energía” como expresión más esencial de las posibles relaciones geográficas, Riábchikov en realidad, no extrajo del modelo, con ello, a la geografía misma.  Y en realidad, no podía haberlo hecho, dado el nivel de desarrollo teórico geográfico del momento.  No obstante, sutilmente, nos llevó un paso más hacia adelante: ya sea en el concepto de “fase” d Riábchikov, o de “elemento” como tal en Carlos Sáenz de la Calzada, los fenómenos fueron llevados a un grado mayor de abstracción y generalización teórica, que en esa noción, preparaba las condiciones para el logro de la siguiente y aún necesaria abstracción y generalización, en la cual quedara sintetizado a su vez, simultáneamente, el espacio; tarea que históricamente quedó en nuestras manos, y pudimos finalmente resolver.

 

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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Filosofía de la Geografía
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