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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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19 junio 2011 7 19 /06 /junio /2011 23:01

Ícono Filosofía-copia-1La Geografía y el Concepto de Espacio en Kant.  Artículo, 2011.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geografíco.over-blog.es/

La Tierra, 1 (φN, λW); 20 jun 11.

 

Immanuel Kant (1724-1804), es, por sobre de todo, un filódofo del siglo XVIII, y en su madurez intelectual, del apogeo de la Ilustración; no por ello “ilustrado”, dirá él, sino en “proceso de ilustrarse”.

 

Como filósofo, es un seguidor del pensamiento de Leibniz, Descartes, Berkeley, Hume, y Wolff, es decir, en general, del idealismo filosófico.  Elaborando su propio sistema de conocimiento, conocido como filosofía crítica, criticismo, o trascendental, Kant se delimita más en la línea de pensamiento que excluye primero a Leibniz en su metafísica, y luego a Descartes en su racionalismo; esto es, en la línea del empirismo idealista subjetivo, por el cual existe un mundo material indiferenciado fuera del pensamiento, y es a partir de las ideas proyectadas en nuestras sensaciones (la intuición de los juicios a priori), que ese mundo material se objetiva de manera diferenciada en sus objetos singuares, hecho al cual él llamo “trascendentalidad”.

 

El pensamiento filosófico de Kant se divide en dos grandes períodos: 1) el llamado período precrítico, hasta 1770; y 2) el período crítico, de ese año hasta su muerte.  En cuanto a su vínculo con la Geografía, es en el primer período, principalmente influido por Leibniz, en que el pensamiento de Kant está más dirigido hacia la Cosmología en esa idea metafísica leibniznina.  Es en este período que Kant enuncia las dos intuiciones básicas de la sensibilidad: el espacio y el tiempo, no como propiedad objetiva de la cosa-en-sí (de la objetividad material), sino como exigencias formales de la razón, como una necesidad del pensamiento de formular esos conceptos cómodos para interpretar todo lo demás.  En ese sentido, el espacio y el tiempo son ideas trascendentales en el empirismo idealista subjetivo que Kant llamaba teorético, por el cual sólo podemos conocer lo dado a priori por la razón, en forma de fenómenos, sin poder accesar a la esencialidad propia de la cosa-en-sí.

 

Cuando para Kant tanto el espacio como el tiempo son, como intuiciones, sólo conceptos a priori para entender los fenómenos, lo que Kant nos está diciendo, es que el espacio y tiempo no son reales, sino sólo una proyección sensible del sentido de simetría de nuestra propia corporalidad y de nuestro propio sentido del cambio, para poner orden en el todo indiferenciado de los fenómenos.

 

Así, cuando Kant imparte su curso de Geografía Fïsica, lo que centra su atención es la interconexión de los fenómenos como forma de explicación causal de los mismos, donde espacio y tiempo, en su razón filosófica, son sólo el recurso del pensamiento para la diferenciación y movimiento de esos fenómenos.

 

El retomar a Kant en el pensamiento geográfico, particularmente en el siglo XX, ha implicado: 1) considerar al espacio y tiempo sólo conceptos abstractos ajenos a todo reflejo posible de alguna faceta de la realidad objetiva, 2) limitar el conocimiento al “fenómeno”, y 3) aplicar una metodología que Kant mismo denominaba teorética, consistente exclusivamente en el conocimiento empírico subjetivo que a lo más que podía aspirar, era a la descripción, si bien no únicamente ennumerativa, sino conocedora de la causalidad, o descripción explicativa.

 

Tal planteamiento en sí mismo, o de manera absoluta, no es erróneo; en todo caso, su valor es algo que tendría que demostar en función de sus aportes.  Sin embargo, el neokantismo en geografía, de manera relativa o comparado con otros sistemas filosóficos, implica poner en consideración con cuál se obtiene no sólo un camino o método más directo en el conocimiento, sino esencialmente, con cuál se es más certero en el conocimiento de la verdad.

 




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12 junio 2011 7 12 /06 /junio /2011 23:01

Ícono Filosofía-copia-1La Filosofía Positivista: su Evolución y sus Características Esenciales.  Artículo, 2011.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

La Tierra, 1 (φN, λW); 13 jun 11.

 

La filosofía positivista, dice Nicola Abbagano, es elaborada desde Saint Simon, “para designar el método exacto de las ciencias y su extensión a la filosfía” (Saint Simon,1830).  Por entonces, era su secretario Augusto Comte, el cual, años después, utilizó el término para titular así a su filosofía.

 

Abbagnano ubica dos etapas en su evolución: primera, la que denomina del “positivismo social”, de Saint Simon, Comte y Stuart Mill, entre 1830 y 1870 aproximadamente; y segunda, la llama del “positivismo evolucionista”, principalmente caracterizado por la teoría del organicismo, de Spencer, luego de 1862.  Sin embargo, autores en la línea del materialismo dialéctico como Rosental e Iudin, Foroba, o Blauberg, establecen tres etapas: en la primera estarían las dos antes mencionadas por Abbagnano; luego, una segunda etapa es la caracterizada por el empirocriticismo de Ernest Mach y Avenarius en el último quinto del siglo XIX, a partir de 1880; y una tercera caracterizada por el llamado neopositivismo del Círculo de Viena, que fusiona varios otros sistemas filosóficos, surgido entre los años veinte a treinta del siglo XX.  Entre esas corrientes, están la filosofía analítica, el empirismo lógico, la filosofía lingüística, el positivismo lógico, la Escuela Lvoviano-Varsoviana de Lógica, y la pragmático-positivista “filosofía de la ciencia”.

 

Pudiéramos agregar ahora una variante posterior, aparecida entre los años cincuenta a sesenta del siglo XX, en la llamada filosofía del racionalismo crítico, de Karl Popper (también llamada, etapa del postpositivismo, en función de que es así como se enuncia, a nuestro parecer un tanto erróneamente, pues con tal denominación pareciera ya no pertenecer a la misma corriente de pensamiento; y aun cuando la somete a crítica, incurre en limitaciones semejantes).  Ubicamos al racionalismo crítico como continuidad más, que lo niega, del positivismo, en tanto que a éste se le conoce también como “empirismo crítico”, “criticismo” o “falsacionismo”  Un real rompimiento con el positivismo desde sus principios, ya real postpositivismo, ocurre hasta los años ochenta del siglo XX, con el desarrollo del llamado, “posmodernismo”.

 

Las características esenciales de la filosofía positivista, aparecen como un rompimiento con la llamada “filosofía especulativa”, dada en la metafísca y el conocimiento a priori, y de ahí ahora el nombre de “filosofía positiva”, y en ese sentido, fue un rompimiento con los sistemas de Kant y Hegel principalmente, y que en mayor o menor medida o con otras formas, se presentan en todas sus etapas y variantes, son:

 

1        La ciencia es el único conocimiento posible y el método de la ciencia es el único válido.

2        El método de la ciencia es puramente descriptivo concreto, en el sentido de que describe los hechos y muestra las relaciones constantes entre los hechos que se expresan mediante la leyes y permiten la previsión, o en el sentido que muestra la génesis evolutiva de los hechos más complejos partiendo de los más simples.

3        La descripción se fundamenta en el conocimiento del empirismo materialista.

4        De acuerdo con el empirismo, nada que no sea sujeto de experimento pertenece al conocimiento científico.

5        El método empírico descriptivo y experimental, se expresará en términos matemáticos y sistemáticamente mediante el orden enciclopeédico de lo simple a lo complejo.

 

La corriente de pensamiento positivista ha sido muy influyente entre las ciencias, dado que, por un lado, enarbola el estandarte de la ciencia y el método científico de la modernidad (ese nacido con Galileo y Kepler, y con Bacon y Descartes), aparentando objetividad en la posición empírico materialista (como reconocimiento de la existencia de un mundo de los objeto materiales fuera del pensamiento, y en ese sentido superando la teoría del conocimiento idealista subjetiva del fenomenalismo); pero, por otro, reduciendo la posibilidad del conocimiento a la pura descripción de lo empíricamente dado negando la posibilidad del conocimiento de la esencia, con lo cual (no obstante las limitaciones y contradicciones), exime así al científico del vínculo de ese empirismo objetivo materialista con la dialéctica, liberándolo de ser asociado con la dialéctica materialista y el marxismo, que tanto terror infunde en el intelectual burgués “oficialista” e “institucionalista”.

 

No causalmente, dadas las aparentes “proximidades” del positivismo y la dialéctica materialista, es que desde el llamado “posmodernismo” (la negación del método científico de la modernidad), en una supuesta crítica de éste al positivismo, en realidad, en medio de una confusión que deliberadamente genera, está enfilando su ataque al marxismo.

 



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5 junio 2011 7 05 /06 /junio /2011 23:02

 Ícono Filosofía-copia-1El Pragmatismo: un Sistema Filosófico, que No Quiere Serlo.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

La Tierra, 1 (φN, λW); 6 jun 11.

 

 

                              El pragmatismo (del griego pragma, obra, acción), es una forma del idealismo subjetivo, es decir, de la interpretación del mundo por la cual, primero es la idea (de ahí lo del sistema filosófico idealista), el pensamiento del sujeto (y de ahí lo de idealismo subjetivo), y como consecuencia suya, es el mundo de los objetos materiales de la realidad que rodea al sujeto.  En ese sentido, dice Schiller: “…realmente transformamos las realidades por nuestros esfuerzos cognoscitivos, y por tanto, probamos que nuestros deseos e ideas son fuerzas reales en el proceso de darle forma al mundo”[1].

 

                              Este sistema filosófico se constituyó en la “filosofía oficial” de los Estados Unidos, a partir del “Club Metafísico”, en 1872.  Para el pragmatismo, un principio esencial, es que el conocimiento se determina por sus efectos prácticos; esto es, que un conocimiento real lo es, en tanto tiene un efecto práctico; y por supuesto, conforme al fundamento idealista subjetivo, ese efecto práctico ha de ser según los intereses del individuo.  En consecuencia, según ello, un conocimiento teórico, de un cierto nivel de abstracción, no tiene lugar en el marco teórico de este sistema filosófico.

 

                             En ese sentido, el pragmatismo, desarrollado entre 1878 y 1905 por Charles S. Peirce (1839-1914), es una continuación extrema del empirismo idealista, que ha seguido al empirocriticismo del siglo XIX.  En esa concepción empirista y subjetiva del conocimiento, lo esencial es el significado, entendido en general como las consecuencias futuras.  Es decir, que el pragmatismo, con un fundamento empirista subjetivo, no se propone el conocimiento verdadero, sino el conocimiento, por sus consecuencias futuras, práctico, o útil.

 

Luego de Pierce, tanto William James (1842-1910) como John Dewey (1859-1952), son sus desarrolladores. Con Dewey, el pragmatismo dio lugar a derivaciones tales como el instrumentalismo o el operacionalismo; pero es Dewey el que, afirmando que el pragmatismo se identifica con el método científico, aquel, en consecuencia, sería igual para un filósofo que para otro, de donde el pragmatismo estaría por encima de toda filosofía, pretendiendo negarse así como tal.

 

El empirismo en general, ha sido una limitación evidente, tanto más en su versión de un empirismo idealista subjetivo; al que el pragmatismo de los años sesenta y subsiguientes, se ocupara de darle un fundamento teórico tratando de no contravenir sus postulados empiristas, de donde surgió la llamada teorética, concepto que venía desde Kant, para designar “un pensamiento reflexivo sobre la cognición…, por oposición a la “razón práctica” (la intuición moral y religiosa)”[2].

 

Encontramos así, en Mario Bunge, un crítica verdaderamente sofística a ese empirismo pragmático, en la cual, el empirismo como tal, hecho teoría en la reflexión cognitiva en teorética, se deja incólume, y se introduce un “estado preteorético” o semiempírico, de donde citamos:

 

"La infancia de toda ciencia se caracteriza por su concentración sobre la búsqueda de variables relevantes, datos singulares, clasificaciones e hipótesis sueltas que establezcan relaciones entre esas variables y expliquen aquellos datos.  Mientras la ciencia permanece en este estadio semi-empírico carece de unidad lógica: una fórmula de cualquier rama de la ciencia es una idea autocontenida que no puede dejar de afectar a las demás.  Dicho brevemente: cualquiera de ellas puede dejar de afectar a las demás…, mientras se encuentran en el estadio semi-empírico –preteorético–, las ideas de una ciencia no se enriquecen ni controlan las unas a las otras"[3].

 

Con la teorética, el pragmatismo trató de recuperar los elementos del método científico de la modernidad: la causalidad, la lógica, la hipótesis, y el conocimiento verdadero, evidentemente, de una manera deformada.

 

Durante las décadas de los años sesenta-setenta, fue un sistema filosófico muy divulgado, respondiendo a los propósitos de la burguesía, no interesada ya en la ciencia y lo que ésta trae consigo necesariamente: el cambio y el progreso.

 

Más recientemente, de los años noventa a lo que va de este principio del siglo XXI, ha recobrado un nuevo ímpetu, mezclado con otros sistemas filosóficos, entre ellos, principalmente la filosofía superestructuralista del denominado (plagiando banderas) “neomarxismo”, de la Escuela de Frankfurt, integrando, junto con otros sistemas filosóficos, como el existencialismo; la posición ideológica del llamado “posmodernismo” (en alusión a la superación del método científico de la modernidad).



[1] Runes, Dagoberto D; Diccionario de Filosofía; Grijalbo, México, 1981; v. Pragmatismo.

[2] Ibid. v. Teorética.

[3] Bunge, Mario; La Investigación Científica, su Estrategia y su Filosofía, Ariel, Barcelona, 1975; en el apartado 7.1 “El sistema nervioso de la ciencia” (subrayado suyo).

 



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29 mayo 2011 7 29 /05 /mayo /2011 23:02

Ícono Filosofía-copia-1Las Categorías Dialécticas de lo Teórico y lo Práctico.  Artículo, 2011.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

La Tierra, 1 (φN, λW); 23 may 11.

 

Al respecto de las categorías filosófico dialécticas de la teoría y la práctica, dice el Diccionario de Filosofía de Foroba: “Categorías filosóficas que designan los aspectos espiritual y material de la actividad objetiva socio-histórica de los hombres: conocimiento y transformación de la naturaleza y la sociedad”[1].

 

Por lo demás, dice el autor citado, la teoría es resultado de la producción espiritual social (donde el concepto “espiritual”, que para la gente común significa la idea del Espíritu en la religión, en filosofía, se refiere a la esencia de lo humano en cuanto a su pensamiento); y la práctica, la actividad que asegura la existencia y el desarrollo de la sociedad mediante su producción material.

 

La importancia de la teoría, entendida en su forma más “pura”, constituye el esfuerzo y la capacidad humana de abstracción, que le permite ir más allá de lo empíricamente dado por la práctica, y profundizar en el conocimiento de la esencia de la realidad.  La importancia de la práctica, hemos visto en artículo anterior, estriba en que es, incluso, uno de los criterios fundamentales de la verdad; allí donde toda abstracción ha de probarse como cierta, en tanto reflejo objetivo de la realidad objetiva.  Y es precisamente este papel esencial de cada actividad reflejada en dichas categorías, lo que hace su indisoluble dialéctica, por la cual, lo teórico y lo práctico, son inseparables; y ahí donde se comete el error de sacrificar una por la otra, ambas actividades se debilitan en el proceso del conocimiento de la realidad.

 

La teoría, pues, es esencial para el desarrollo del conocimiento, para, en la síntesis de cada momento histórico, poner orden en el proceso del pensamiento, haciendo ver las semejanzas ahí donde sólo se veían diferencias, o haciendo ver las diferencias, ahí donde sólo se veían semejanzas.  La función de la teoría, en consecuencia, es poner fin a todo tipo de confusiones que de manera natural en el proceso del avance del conocimiento se van arrastrando, haciendo avanzar, de esa manera, al conocimiento científico.

 

Aquel estudioso e investigador que pretenda hacer caso omiso de la teoría, reducirá su actividad a la empíria pura y a una descripción infértil de la realidad concreta, sin poder, jamás, llevar sus conocimientos a un estadio superior.  Es la teoría la que le dice en todo momento por qué, como causa, y para qué, como consecuencia, hace o deja de hacer tal o cual cosa; pero más aún, es la teoría la que le explica la dirección y sentido de lo que hace, el objetivo de lo que estudia e investiga.  Un estudioso de cualquier disciplina de conocimientos que sólo hace por hacer, que por pereza mental y el no querer hacer el esfuerzo de abstracción que todo ciencia reclama, no se documenta en la teoría de su ciencia y enfrenta el debate de las ideas, no pasará de ser como una abeja que cumple su función de juntar miel, sin saber exactamente por qué lo hace.  Más aún, en la empíria pura, con ello cree resolver problemas, cuando sólo los describe.

 

Pero, por otra parte, aquel estudioso e investigador que sólo se reduce a lo teórico sin verificar sus conocimientos en la práctica, será tanto o más infértil en su quehacer.  Y ello será así, porque la práctica significa producción, y ésta a su vez, significa transformación de la realidad.  Y algo que es inherente a la condición humana para su sobrevivencia y continuidad como especie, es su capacidad para producir sus bienes materiales, a partir de la transformación constante del mundo que le rodea.

 

Así, la ciencia se definirá en tanto tal, en la medida de su capacidad teórica para entender la realidad objetiva, empezando por entender la faceta de dicha realidad que le corresponde investigar, así como en la medida manifiesta de su capacidad práctica productiva y transformadora de esa realidad en su faceta correspondiente.

 

Otro problema, y ciertamente crucial, es el de la capacidad social para poner en práctica los avances teóricos, donde esa capacidad social no sólo se refiere a las disposiciones tecnológicas o de infraestructura, sino, esencialmente, a los intereses progresistas o retrógradas de los grupos de poder en sus posiciones avanzadas o conservadoras.

 

No obstante, el grado de desarrollo científico, ya de un individuo, ya de toda una especialidad, o bien incluso de la sociedad misma, queda determinado por esa capacidad del discernimiento teórico y de su práctica productiva y transformadora de nuestra realidad económico social.

 



[1] Foroba, T; Diccionario de Filosofía; Editorial Progreso , Moscú, 1984; v. Teoría y Práctica.

 


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25 mayo 2011 3 25 /05 /mayo /2011 23:02

Ícono Filosofía-copia-1 La Estética y el Arte en la Ciencia.  Artículo, 2011.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geografíco.over-blog.es/

La Tierra, 1 (φN, λW); 26 may 11.

 

La Estética (aisthetikos, sensible), una de las formas de la aprehensión del mundo, junto con el intelecto y la valoración moral, con arreglo a lo bello y la creatividad.

 

Como el intelecto y la valoración moral, la percepción sensible, evidentemente, es inherente al ser humano, pero como ciencia que empieza a teorizar acerca de esta forma de comprender el mundo, surge con los griegos como la poética, pero no se sistematiza como ciencia sino hasta 1750, a propuesta de Baumgarten, formándose en ella las dos interpretaciones del mundo, por las cuales, desde el punto de vista materialista, lo bello está en la dialéctica de la interacción del sujeto con realidad objetiva misma; como desde el punto de vista idealista, inversamente, lo bello está determinado solamente por la Idea, la subjetividad o el pensamiento del sujeto.  Siguiendo la idea de Schelling en su Idealismo Trascendental, de 1800; en el primer caso, la naturaleza es la regla de lo bello y el arte; en el segundo, inversamente, lo bello y el arte, son la regla de la naturaleza.

 

No obstante, en ese primer caso en donde la naturaleza es la regla de lo bello y el arte, esa regla no es unívoca o unidireccional, sino una dialéctica en la que entra en juego la creatividad del sujeto.

 

En la sensación, percepción y representación de la realidad, el proceso intelectivo tiene como base el reflejo objetivo de la realidad objetiva misma, en donde se trata de eliminar la valoración subjetiva y con ello la intervención del sujeto; pero, en el extremo opuesto, la sensación, percepción y representación de la realidad en el proceso estético o limitado meramente a la valoración sensible, si bien la base sigue siendo la realidad objetiva como fuente de esas sensaciones, en ello ahora, es determinante la actitud del sujeto sobre la realidad, actitud que no siendo nunca pasiva, tampoco ha de ser necesariamente consciente.  Es decir, que el sujeto percibe la realidad a través de sus sensaciones, ya sea inconsciente e independientemente de que se lo proponga, o bien conscientemente dependiendo de su actividad creativa, siendo esencial, en este caso ahora de la valoración estética, la intervención del sujeto mismo.

 

De ahí que el acto estético consciente tenga una importancia fundamental, en tanto actividad práctica creadora, en la conciencia social del sujeto, en donde no sólo se puede diferenciar lo bello de lo feo, lo sublime de vil, o lo cómico de lo trágico, sino, esencialmente, en donde, finalmente, el sujeto encuentra su propia realización social humana; es decir, en donde el sujeto, en esa actividad social creadora, se hace un ser humano real.

 

Tal hecho deviene del desarrollo histórico mismo del concepto del arte.  Así, en tanto que para Platón el arte no podía ser sino únicamente imitación; para Plotino, viendo que en el arte había algo de más que superaba la simple imitación de la naturaleza, éste agrega que eso de más, es tomado de una realidad superior (Dios), al que –dice Plotino– el arte dirige su mirada.

 

Esa limitación en el concepto del arte, devenía de que el único ser creador puede ser Dios, y el ser humano no podía tener tal pretensión.  De ahí que Kant propusiera un término medio: para Kant, el arte es construcción.  No obstante, si algo destacaba esencialmente en el arte, era precisamente el acto creador, y entonces Schelling, poco después de Kant, a principios del siglo XIX, definió el arte como la propia actividad creadora de lo Absoluto, por la cual, el arte humano, es una continuación de la actividad creadora de Dios.  Hegel retomó y perfeccionó la idea de Schelling.  Si el ser humano finalmente es creador, sólo lo es en tanto es el medio de la expresión del Espíritu (Dios).  No obstante, lo esencial aquí, es que, finalmente, se aceptaba al ser humano como un ser creador.

 

A partir de ahí, ya en la dialéctica materialista de Marx y Engels que invierte la dialéctica metafísica de Hegel, el arte se convirtió no sólo en pleno acto creativo del ser humano sin intervención divina alguna, sino un acto por el cual se reconoce a sí mismo; como humano, por sus capacidades como tal, y por la socialización que tal arte representa; y por lo tanto, un acto en el cual se produce la realización social humana, esto es, por el cual el ser humano se convierte en un ser humano real.

 

A partir de ahí, entender a la ciencia estéticamente y como arte, adquiere un profundo y enorme sentido: en ello el ser humano produce, crea, se reconoce cada vez más como el ser humano que es, y especialmente como el ser social humano que es.

 

Así, el arte en la ciencia no se refiere únicamente a alguna elegancia poética, sino, principal y esencialmente, a esa simple actividad creativa puramente científica.  La estética en la ciencia se expresa en el reconocimiento de lo bello en el conocimiento nuevo, pero en donde éste no emerge sino, precisamente, de su propio arte, entendido como su propia actividad creadora.  De ello se sigue que habrá tanto más valoración estética en el arte realizado en la ciencia, cuanto más productiva sea ésta, en tanto más contribuya a la transformación de la realidad en beneficio social, y cuanto más aporte ésta tanto al desarrollo de conocimiento humano, como a su progreso social.

 



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22 mayo 2011 7 22 /05 /mayo /2011 23:01

Ícono Filosofía-copia-1La Ley de Identidad en la Geografía.  Artículo, 2011.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geografíco.over-blog.es/

La Tierra, 1 (φN, λW); 23 may 11.

 

Durante el IX Encuentro Nacional de Estudiantes de Geografía en México a principios de los años noventa, que tuvo lugar en las instalaciones de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, siendo nosotros ya egresados hacía un década, nos interesó, no obstante, escuchar los trabajos de la nueva generación en la Mesa de Trabajo sobre “Teoría de la Geografía”.  Escuchamos seis ponencias, y en una tras otra, se expuso una idea constante: la propuesta era abandonar este campo de estudios, dado que –se dijo textualmente– “sólo los confundía más” (sic).

 

Es decir, que un campo de estudios destinado a esclarecer, resultaba que sólo los confundía más.  He ahí el problema esencial de la Geografía desde entonces; es decir, ya no es el de su objeto de estudio, sino el de una asimilación racional de lo que es la ciencia.  Y no es que el geógrafo requiera de un profundo conocimiento de filosofía para resolver esa problemática teórica; es que el geógrafo desconoce incluso, de la lógica formal más elemental.

 

Hace ya casi dos años, cuando “volvimos a las andadas”, lo primero que hicimos fue revisar el estado del concepto de espacio geográfico luego de quince años[*], e hicimos ver, primero, que se aceptaba ya, sin más, aquello que veinte años atrás había sido resultado de un enorme trabajo teórico, sobre el cual se decía que “confundía”; y, segundo, que en esos enunciados se argumentaba el absurdo de la conceptualización del espacio geográfico, por errores elementales de lógica.

 

Comentaremos ahora aquí, una ley esencial de la filosofía, aplicada a la teoría de la Geografía: la Ley de Identidad.  Ábrase cualquier libro de Lógica Formal, de ser un buen libro de Lógica, invariablemente traerá un capítulo acerca de ésta.

 

En el libro de Lógica que disponemos, dice ahí: “La ley de identidad puede expresarse por medio de la fórmula “A es A”, en la cual, la variable lógica A denota un pensamiento cualquiera”[1].  Esto es, entonces, por la cual podemos decir que: “la Geografía es la Geografía” (aguárdese un poco, hay una razón de ello en esta explicación).

 

El texto continúa: “En la ley de identidad se expresa que un pensamiento es idéntico a sí mismo si los objetos que refleja no se transforman en el momento en que lo utilicemos o si podemos abstraernos de sus cambios”[2].  Esto es, que ahí donde dice condicionalmente que: <<si los objetos que refleja no se transforman en el momento en que utilicemos ese pensamiento>>, es decir, si la extensión sobre los objetos que dicho pensamiento abarca, se mantiene la misma.  O dicho de otra forma, si la extensión del concepto se mantiene el mismo.

 

Pero es justo esto último, lo que nos permite ver en la ley de identidad que, en tanto no se modifiquen la extensión, pueden usarse pensamientos de distinto contenido, esto es, por lo que: <<A es A’>> (por representarlo convencionalmente así).

 

Volviendo al caso de la Geografía, ciencia del estudio del espacio, podemos decir entonces en apego a la ley de identidad, que: “La Geografía es el espacio”; más estrictamente aún, para saltar de la pura igualdad a la identidad como tal: “la Geografía es el espacio, y sólo es el espacio” (a manera de A es A y sólo A).  La condición ha sido, pues, que la extensión se mantenga invariable, y el contenido no se transforme al establecer esa identidad; y la historia del pensamiento geográfico, nos corrobora, en este caso, que así es.

 

Con esos elementos podemos hacer ya la crítica, entonces, a ese pensamiento geográfico perezoso de aquellos años noventa y anteriores, que “se confundía más” con la teoría.

 

La ley de identidad aplicada entonces al pensamiento geográfico fenomenista, implicaría que: “La Geografía es los fenómenos, y sólo los fenómenos” (y da lo mismo no obstante las vueltas que le demos al asunto con el concepto de relación o elaborándolo en términos funcionales); y desplegada la idea, se enfatiza el absurdo al observarse la alteración en extensión y contenido entre el concepto “Geografía”, y el concepto “fenómenos”; es decir: “la Geografía es la Geología, y la Geomorfología, y la Meteorología, y la Climatología, y la Hidrografía, y la Oceanografía, y la Edafología, y la Loxenografía, y la Ecología, y la Antropología, y la Historia, y la Economía, y la Sociología, y la Polítología, y sólo es… (idem…)”, y por sólo referir esas ciencias básicas, relativas a esos fenómenos básicos, pero la lista acaba siendo el Todo.

 

Dicho en otras palabras, al aplicar la ley de identidad en la geografía concebida como ciencia de los fenómenos, esa identidad de esta ciencia se altera totalmente, de modo que la Geografía acaba siendo cualquier cosa, menos, precisamente, Geografía.  O, dicho también de otro modo, ciertamente un tanto más filosóficamente, en donde la Geografía acaba siendo el Todo, equivalente a ser la Nada.

 

En la geografía fenomenista, su clasificación interna de conocimientos está dada por las clases de fenómenos que integrarían su cuerpo de teoría, los cuales son todos de distinta extensión y contenido, razón esencial por la cual esta vieja idea de la Geografía estaba equivocada, resultando un absurdo en el pensamiento científico, incapaz de conducir al conocimiento nuevo acerca de algo.

 

Por lo contrario, en la geografía espacista, hoy ya simplemente geografía, su clasificación interna de conocimientos está dada por las clases de conocimientos relativos a su objeto propio de estudio, el espacio, integrando éstos su cuerpo de teoría, siendo los cuales, todos, de igual extensión, y de categorías semejantes al espacio terrestre por su contenido.

 



[*] Ver en este mismo Blog el artículo seriado en veinte fascículos: “El Concepto de Espacio Geográfico en la Red Internacional”.

[1] Goski, D.P-Tavants, P.V; Lógica; Editorial Grijalbo, México, 1968; p.307.

[2] Ibid. p.307.

 



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18 mayo 2011 3 18 /05 /mayo /2011 23:01

Ícono Filosofía-copia-1 Geografía: Summum Genus.  Artículo, 2011.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

La Tierra, 1 (φN, λW); 19 may 11.

 

La Geografía, necesariamente, como todo, es un summum genus…, pero, de qué.  Pero para empezar, qué es summum genus.  Por ello se entiende el todo de algo, dado por todas las clases, especies y géneros lógicamente ordenados por subordinación, y el desarrollo en sí mismo desde su origen, y que finalmente le integran, y le hacen ser lo que es; independientemente de que ese todo sea siempre algo más que la suma de sus partes.

 

Y esa no es más que una manera elegante, filosófica, de referirnos a la división y clasificación interna, en este caso, de la Geografía; es decir, a entenderla por aquello que la integra por el desarrollo de algo que está en su origen, y que se despliega en una subordinación de géneros, especies, y clases, dando el orden lógico interno de conocimientos de esta ciencia.  El súmmum genus, es pues, en este caso, el contenido y extensión del concepto, Geografía.

 

Este es un problema ab antiquo en esta disciplina de conocimientos, que había permanecido irresoluble hasta en tanto no había sido precisado el objeto de estudio.  El objeto de estudio es el genus (en latín), el origen, lo que determinará todo lo demás conforme se despliega y se precisa.

 

En el conjunto de las ciencias más antiguas, o básicas, la Geografía ha sido de las últimas en precisar su objeto de estudio; y se vio en esa necesidad ineludible ya en la segunda mitad del siglo XIX, justo cuando las demás ciencias deslindaban con precisión su objeto de estudio y método.  Vaga y dificultosamente se fue elaborando el concepto que esencialmente era el reflejo objetivo de esa faceta de la realidad objetiva estudiada específicamente por esta ciencia, por autores que fueron haciendo hito en esta tarea: De la Blache, Martonne, Hettner; hasta quedar precisado el concepto de espacio, entendido como el espacio terrestre.  Luego, en la segunda mitad del siglo XX, vino el proceso de definir la realidad y naturaleza de ese espacio a la luz de los avances de los conocimientos aportados por otras ciencias, como la Filosofía, la Matemática, Astrofísica, y la Física.

 

Mientras la Geografía se definió, de uno u otro modo, como una ciencia del estudio de los fenómenos; incluso como una corología en función de éstos; ello determinó su propuesta de organización interna, de modo que las clases de conocimientos que definían su contenido y extensión, resultaban ser el conjunto mismo de las ciencias especializadas en esos fenómenos.  En esa medida, la Geografía resultaba ser una “ciencia de ciencias”.  Evidentemente, había en ello una insuficiencia lógica que daba lugar a ese absurdo.

 

Pero en cuanto esta ciencia se definió consecuentemente como ciencia del estudio del espacio, discriminando no sólo el estudio de los fenómenos, sino los fenómenos mismos como tales, ello impuso la necesidad de definir otro conjunto posible de calases de conocimientos, y no otros, que los propios o inherentes al objeto de estudio.  Y en la segunda mitad del siglo XX, particularmente en México, de la geografía del paisaje del Dr. Jorge A. Vivó, la geografía hettneriana corológica y de las regiones del Dr. Ángel Bassols Batlla, y de la geografía de los Elementos del Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, nos formamos los geógrafo José C. Martínez Nava y Luis Ignacio Hernández Iriberri, que propusimos como clases integrantes del contenido y extensión del conocimiento geográfico, en el caso del compañero Martínez Nava, el desarrollo de los Elementos en un marco regional, propuestos por el Dr. Sáenz; en tanto por nuestra parte, propusimos los elementos mismos de la naturaleza del espacio, tales como el desarrollo de su dimensionalidad determinada en sus propiedades por la dialéctica de los estados de espacio continuo-discretos.

 

De acuerdo con Aristóteles, el génos (en griego) el género, o lo que está en el origen o esencia de algo y se subordina al ser contenido parcialmente en la especie, forma finalmente esas clases que integran y definen el objeto.  Referido ello a la Geografía como ciencia del espacio, el génos no podría ser otro que los elementos esenciales mismos del espacio, tales como su dimensionalidad en sus distintos movimiento posibles (E1, E2, E3, E4…, En); y ello está contenido en los atributos dados por los estados de espacio, formando así las clases de elementos que integran el conocimiento geográfico.

 

El despliegue particular del estudio de tales clases, dará la división y clasificación lógica interna de esta ciencia; sus verdaderas “ramas”, dadas ya no por las ciencias de los fenómenos, sino por las clases de conocimientos acerca del espacio mismo.

 

Géneros, especies y clases, son conjuntos homogéneos dialécticos (es decir, que están contenidos unos en otros, y no separados mecánicamente entre sí; a tal punto que a veces se prefiere hablar sólo de grupos de clases), de modo que de un conjunto de géneros se forman, en este caso, los conocimientos de las especies; y del conjunto de éstas, se forman los conjuntos de conocimientos de las clases; en consecuencia, del conjunto de los conocimientos en sus respectivas clases, se formará el conjunto de conocimientos del summum genus.

 

El conocimiento geográfico no nació del por qué de los fenómenos, sino, en el origen, lo que estuvo, fue la preocupación por el dónde de todas las cosas.  Incidir en el por qué de esas cosas, ha constituido en la historia, una y otra vez, una reiterada desviación del verdadero objeto de estudio.  A esta desviación o desvirtuación de los verdaderos conocimientos geográficos, que no pueden ser otros que espacisitas, es a lo que hemos denominado geografía fenomenista.

 

De acuerdo con esta posición, esos géneros, especies y clases bien podrían ser los diversos conjuntos homogéneos de conocimientos dados por las ciencias y sus especializaciones, obvia y dialécticamente conectadas entre sí; pero, como hemos visto, la clasificación aquí, no arroja un orden de conocimientos homogéneo, sino, por lo contrario, absolutamente heterogéneo, y el summum genus resultante ha sido una “ciencia de ciencias”, que, por un principio lógico, es igual a nada.

 

Si, por lo contrario, en esa dialéctica del conjunto homogéneo de clases, todas referidas a la múltiples facetas de una sola cosa, es el espacio, la clasificación se refiere entonces así, al orden de un conocimiento homogéneo mismo, y el summum genus resultante es, en este caso, la ciencia de la Geografía.

 

Acerca de cuáles son esas clases, y en función de ellas cuál es ese orden o clasificación lógica o hipotético deductiva del desarrollo interno o propio del conocimiento geográfico que da cuerpo de teoría a la Geografía, ya nos referiremos aquí en otros artículos posteriores.

 


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15 mayo 2011 7 15 /05 /mayo /2011 23:02

Ícono Filosofía-copia-1La Dialéctica de lo Abstracto y lo Concreto, y el Desarrollo de la Ciencia.  Artículo, 2011.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

La Tierra, 1 (ɸN, λW); 16 may 11.

 

Lo abstracto y lo concreto, par de categorías de la dialéctica materialista, las cuales se refieren, en lo concreto, a la integridad multifacética, tanto por la cosa sensorial y empíricamente dada de la realidad del mundo de los objetos materiales, como por la síntesis de la cosa compleja pensada.

 

Como categorías dialécticas, significan una unidad de contrarios, pero no en una contradicción antagónica en la cual un opuesto excluye y elimina al otro, sino una contradicción por la cual, un opuesto significa un momento del desarrollo del otro; de tal manera que, en un primer momento de ese desarrollo, el conocimiento va de lo concreto sensible, a su abstracción en el pensamiento.  Luego, en un segundo momento del desarrollo, cuanto más lo abstracto se despliega y se convierte en un reflejo lo más fiel de la realidad en toda su complejidad multifacética, más se convierte así en lo concreto conceptual o concreto pensado como reflejo de esa realidad objetiva, y como síntesis de un conocimiento nuevo acerca de la misma.

 

La explicación de dicho proceso tiene una importancia esencial en el proceso desconocimiento científico, ya que destaca el papel que desempeña: 1) la consideración de lo objetivamente dado; 2) el proceso en el cual se abstrae o separa de ello, paso a paso, cada uno de sus aspectos, hasta formarnos una idea lo más acabada (y nunca completa), de eso concreto objetivo; y 3) que con el despliegue de lo abstracto en una síntesis conceptual cada vez más aproximada a la realidad, nos formamos ese conocimiento científico acerca de la misma.

 

En ese sentido el proceso de abstracción es esencial en el proceso del conocimiento científico.  Lo inverso, la propuesta del conocimiento dado tanto por la totalidad u holismo, como por la limitación al conocimiento empírico en la percepción sensible (neokantismo, positivismo, pragmatismo, existencialismo) no pueden desentrañar la esencia de lo concreto dado en la realidad objetiva, y de hecho, de ahí que ello sea una negación explícita de que sea posible.

 

Cuando en el conocimiento geográfico, dicho en particular, nos limitamos al conocimiento descriptivo de los fenómenos (lo concreto objetivamente dado como un todo en las relaciones naturaleza-sociedad), sin hacer de ellos un proceso de abstracción, no deducimos la síntesis de ningún conocimiento nuevo.  Mas, cuando pretendemos ir más allá de esa descripción empírica de los fenómenos desarrollando su conocimiento abstracto, y separamos ya los aspectos naturales ya los aspectos sociales, entonces, tanto más abandonamos en ese proceso a la geografía misma, empezando a elaborar los conocimientos propios de otra ciencia.

 

Esta limitación teórica de una geografía fenomenista empezó a ser superada por Vidal de la Blache desde fines del siglo XIX, elaborando una primera abstracción geográfico espacista, en el concepto de la Geografía como “ciencia de los lugares”.  Luego, en el despliegue de esa abstracción contribuyó otro tanto Emmanuel de Martonne en el paso del siglo XIX al XX, con la abstracción en el concepto de la Geografía como “ciencia de las relaciones” entre las cosas coexistentes en los lugares.  Aún ello estaba muy lejos de reflejar lo multifacético de la realidad objetiva del espacio como complejo objeto de estudio de la Geografía, sin que el mismo fuese reconocido claramente.

 

Posteriormente vino Alfred Hettner en el curso de la primera mitad del siglo XX, en quien, reconociéndose a la Geografía como ciencia del espacio, en un nuevo proceso de abstracción, introduce los conceptos de la Geografía como “ciencia corográfica (o corológica), y de las regiones”.  Con ello no sólo descubre nuevas facetas del espacio como objeto de estudio, sino establece las bases teóricas o lógicas para resolver aquella limitación teórica de la geografía fenomenista por la que se entendía a la Geografía como “ciencia de los fenómenos naturales y sociales”.

 

No obstante, ello aún no fue suficiente para entender plenamente el objeto de estudio de esta ciencia; Richard Hartshorne por un lado y Fred K. Schaefer por otro, justo a mediados del siglo XX, evidenciaron la complejidad de la conceptualización del espacio como objeto de estudio.

 

Finalmente, nos tocó a nosotros en el curso de la segunda mitad del siglo XX, el contribuir a ese salto cualitativo en el proceso de abstracción para entender lo concreto del objeto de estudio, cuando, por último, introdujimos el espacio como concepto explícito, con el cual planteamos directa y decididamente a la Geografía como “ciencia del estudio del espacio” (es decir, ya no del espacio mediado por la exclusiva propiedad el lugar; o mediado por las relaciones físicas externas de coexistencia de las cosas; ni del espacio mediado por la región y sus propiedades corológicas; sino del espacio como tal, siendo plenamente consecuentes con ello); y en donde los fenómenos naturales y sociales, finalmente, dejan de ser tales, para pasar a ser el complejo fenómeno de espacio, en la abstracción del concepto de “estados de espacio”.

 

En el campo de otras ciencias, como la Matemática, la Física, o la Astrofísica, se avanzó enormemente en la abstracción del concepto mismo de espacio como reflejo de una faceta de la realidad objetiva en su conjunto, justo entre los años noventa del final del siglo, y la primera década de este siglo XXI, y ello, hoy, nos permite afirmar a la Geografía como ciencia del estudio del espacio en su propia delimitación.

 

Ahora el problema que se enfrenta, es el de ese geógrafo de la nueva generación en quien se de la continuidad.  Sin duda, está ahí, entre nuestros lectores.  Pero la experiencia profesional no dice claramente que ello no basta (que ese fue justo el error que nosotros cometimos, no obstante, poseedores de la dialéctica materialista, con una suficiencia descomunal de nuestra parte, desperdiciando quizá no tanto la experiencia del Dr. Jorge A. Vivó, como sí, y críticamente, del Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, o del mismo Dr. Ángel Bassols Batalla).  En una transmisión discipular más cercana, se pudo haber hecho más.

 

De ahí la reserva ya en ciertos documentos, su naturaleza ya no es para todos, sino para el que ha de dar continuidad…, y para el buen entendedor, para el que no se necesita decir más.

 



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4 mayo 2011 3 04 /05 /mayo /2011 23:02

Ícono Geografía Teórica (Brújula)-copia-2Empirismo Idealista y Empirismo Materialista.  Artículo, 2011.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

La Tierra, 1 (ΦN, λW); 05 may 11.

 

Empírico (empeiria, experiencia), y empirismo, “culto a, o doctrina de, la experiencia”.  En la teoría del conocimiento, es el planteamiento que considera a la experiencia sensorial como la única fuente de conocimientos, y en ese sentido, históricamente se contrapone al racionalismo, que, por su parte, considera que es el pensamiento la fuente única de conocimientos.  Hasta la época de Francis Bacon (1561-1626) y René Descartes (1596-1650), que entre 1620 y 1637 en que publican sus obras esenciales sobre el método de la ciencia, lo empírico y lo racional se consideraron por separado y en forma contrapuesta, pero ambos autores, a partir de dichas obras, empezaron a exponer la dialéctica empírico-racionalista, si bien dándole prioridad a uno u otro aspecto en esa unidad de contrarios.

 

Es de dicha prioridad a un aspecto u otro, que tras ellos se van a formar las corrientes, principalmente, tanto del empirismo idealista, como del empirismo materialista (y otro tano lo será respecto del racionalismo).

 

Tratando aquí sobre el empirismo, ya propiamente a partir del siglo XVIII, desarrollaron el empirismo idealista autores como Berkeley 1685-1753), Hume (1711-1776), Mach (1838-1916), y Avenarius (1843-1896); o el empirismo materialista, autores como Hobbes (1588-1679) o Locke (1632-1704), y en sí la gran mayoría de los pensadores de la Ilustración.

 

Se dio así una situación compleja, dado que en el renacentista siglo XVI, el idealismo se identificaba por completo con el racionalismo, en tanto que el materialismo lo hacía con el empirismo; pero, de pronto, en el siglo XVII, con Berkeley y Hume, el pensamiento idealista dio un vuelco, y pasó a considerar que el conocimiento realmente no devenía de las ideas innatas, sino que era resultado de un acto de experiencia, y con ello pareció reconocer la posición materialista; pero justo ahí es donde aparece lo complejo.

 

Cuando el empirismo sostenía que la experiencia es la única fuente de todo saber, lo hacía desde el punto de vista por el cual, se entendía que esa fuente era externa al sujeto pensante; es decir, que le daba un atributo objetivo; pero a ello se le contraponía el planteamiento racionalista, ya no en el sentido de que lo racional fuera la fuente del conocimiento, sino de que lo racional, anterior a la experiencia, era lo que ponía orden a ese conocimiento a través de las sensaciones.

 

Y en esto último es en donde está la complicación: “a través de las sensaciones”, en el empirismo materialista se entiende de un modo, y en el empirismo idealista, exactamente en el opuesto.  En el empirismo materialista, el conocimiento viene de la realidad objetiva, mediante la experiencia y “a través de las sensaciones”, las cuales, a manera de un reflejo de la realidad objetiva, se convierten en representaciones conceptuales e ideas en el pensamiento.  Así, en el empirismo idealista, al ser exactamente lo opuesto, el conocimiento, los conceptos e ideas, van y se objetivan en la realidad mediante una especie de “proyección” de las sensaciones, a manera de un “flujo de impresiones”, o “a través de las sensaciones”, donde esas “sensaciones” son “cosas”.

 

El empirismo materialista pasa de una elaboración del conocimiento en forma mecánica (ss.XVII-XVIII), a su elaboración dialéctica; en cierto modo, esa elaboración dialéctica en su versión idealista, se da ya desde el “dualismo” de “la cosa en sí” como idea objetivada, y “los fenómenos”, del mismo Kant (1724-1804), pero, principalmente con Hegel (1770-1831), exponente propio de la dialéctica idealista; y más aún, la elaboración de la dialéctica en su versión materialista, con la inversión de la metafísica de Hegel, en el materialismo dialéctico de Marx (1818-1883) y Engels (1820-1895).

 

En el empirismo materialista, en su comprensión dialéctico materialista, la experiencia va a estar estrechamente vinculada, en el proceso del conocimiento, a la descripción; primero, en lo inmediato, en su forma de descripción enumerativa.  Pero el acto de experiencia en el pensamiento humano, conlleva al paso de la descripción enumerativa, a la descripción explicativa, es decir, a la descripción en la cual se interpreta, se deduce, con fines del conocimiento de la causalidad, y de la esencia de los fenómenos.

 

El empirismo idealista tanto neokantiano como positivista y sus versiones subsiguientes (la “teorética” del pragmatismo, el empirocriticismo, el empirismo lógico, o la “dialógica” del “posmodernismo”, etc), en una dialéctica idealista incompleta con el racionalismo, se diferencian del empirismo materialista en que no se reconoce la posibilidad del conocimiento de la esencia (y en algunas versiones, ni de la causalidad misma), y por lo tanto, hacen de dicho empirismo idealista, un conocimiento dado por la experiencia, que se limita a lo meramente enumerativo.

 

Por su parte, el empirismo materialista, como tal, ya es sólo propio al materialismo mecanicista de los siglos XVIII a XIX, pues con Marx y Engels, el empirismo materialista, por el acto de deducción necesaria que implica en el pensamiento humano, no puede entenderse sino en la dialéctica empírico-racionalista.

 

Este fundamento dialéctico materialista es pues, de esencial importancia en el proceso del conocimiento científico, ya que implica el acto de abstracción y generalización de la experiencia (de lo empírico) en la elaboración de categorías teóricas (racionales), que hacen avanzar a la ciencia misma en la elaboración de teoría del conocimiento, en el momento mismo del avance del conocimiento humano acerca de las leyes de la realidad objetiva.

 


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1 mayo 2011 7 01 /05 /mayo /2011 23:02

Ícono Filosofía-copia-1La Dialéctica de la Simultaneidad de la Verdad Absoluta y Relativa.  Artículo, 2011.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

La Tierra, 1 (jN, lW), 02 may 11.

 

Desde que egresamos de la Facultad (1979), por gusto, teniendo otro empleo, comenzamos a impartir clases, primero en el nivel de Bachillerato (entre 1979 y 1987), y tiempo después ya en los estudios superiores en diversas carreras (1995 en adelante).  Hubo, ciertamente, un lapso de vacío entre 1987 y 1995, que nos permitió observar el fenómeno de cuán rápido evolucionan las generaciones, pues los estudiantes con los que tratamos ya a durante el segundo lustro de los años noventa, no eran, ni con mucho, aquellos estudiantes de una década antes…; ni estos serían, ni con mucho, infinitamente menos, los estudiantes de una década más, después.

 

Habría muchos aspectos con qué caracterizar todo ello; su reacción ante los estigmas de “generación perdida” en unos, o de “generación x” en otros, o su apoliticidad e inconciencia social decadente, impactantemente vista su actitud y posición ante los símbolos patrios y la defensa misma de la patria, absolutamente abandonada; pero nos referiremos aquí, exclusivamente, a un aspecto filosófico que fue el que más nos impactó por sobre de todos los demás aspectos, justo porque este determinaba en todo lo demás: su criterio de la verdad, y su solución al problema de la verdad absoluta y la verdad relativa.

 

Con los estudiantes de los años setenta a ochenta, el problema de la verdad no se discutía, simplemente porque no había necesidad de hacerlo; con mayor o menor conciencia teórica, todo el mundo entendía en lo fundamental los criterios de la verdad: su objetividad, su causalidad, su comprobación en la práctica, su logicidad, y en los más avanzados, hasta su condición de predictibilidad.

 

Entre esos estudiantes, de entre los cuales nosotros fui uno, me quedé.  Pasaron casi diez años, volvimos a tratarlos a mediados de los años noventa, y empezamos a escuchar mucho entre ellos, a manera de esos estribillos que se forman en cada generación, el que <<eso es tu verdad>>, o el que <<cada cual tiene su verdad>>.  De momento lo tomamos como un asunto de modismo, pero reflejando una situación grave que implicaba la comprensión de la realidad, por lo que confrontamos el asunto, y resultó que ahora había que discutir seriamente con esa nueva generación el problema de la verdad.

 

Y si para los estudiantes de los años noventa, la verdad ya era un asunto de cada cual, aun cuando susceptible de que entendieran el absurdo y finalmente pudiesen distinguir entre la verdad absoluta y relativa; para los estudiantes de los años dos mil, no había ya manera de hacerles entender que la verdad subjetiva, la verdad de cada cual, era sólo su opinión, y que ello no tenía nada que ver realmente con la verdad, sino por defecto.  Para estos estudiantes, el carácter absoluto de la verdad había dejado de existir, toda verdad, era exclusivamente relativa.  En última instancia, resultaban lo más consecuentes con el principio de que <<la verdad era la de cada cual>>; pero ante el problema de qué sentido tiene, entonces, no sólo la discusión de la verdad, sino la discusión de cualquier cosa, cuando cuada cual se puede ir por el mundo siendo feliz con su verdad, no había respuesta…; pero tampoco modificación de actitud; y, obvio, lo que les dijésemos, era sólo nuestra verdad.

 

Lo que filosóficamente llamamos “verdad subjetiva”, sólo por oposición a la condición de necesidad de la verdad, que es el ser objetiva, en realidad es algo falso, tal “verdad sujetiva” no existe, sino a condición de ser únicamente la opinión que decide abstraerse de los hechos de la realidad, y en tal sentido carece de sentido discutirlo.  Pero el caso es que ese absurdo lógico de la “verdad subjetiva”, se traduce sin dificultad en la relativización extrema de la verdad, ahora ya así, sí conectada a la realidad.

 

En realidad, no cuesta trabajo entender qué es la verdad absoluta, y distinguirla de la verdad relativa.  Como no cuesta trabajo entender entre lo establecido con toda certidumbre, y aquello en lo que por fácilmente cuestionable, se vislumbra algo sólo parcialmente cierto.

 

Pero la relación entre la verdad absoluta y la verdad relativa, no está principalmente en que nuestro conocimiento de la realidad es siempre incompleto y por lo tanto nunca plenamente absoluto, sino, esencialmente, en que se entiende como verdad absoluta, una afirmación demostrada en los marcos de un sistema, y sólo en los marcos de ese sistema de referencia dado; en tanto que lo que se entiende por la verdad relativa, es aquella afirmación demostrada como cierta en el marco de un sistema de referencia, pero que ya no lo puede ser necesariamente, y si acaso en cierta medida, con relación a otro sistema de referencia.

 

Así, la “relatividad de…”, es, lo que es “relativo a…”; es lo que está en “relación con…”, en este caso de la verdad relativa, con un determinado sistema de ideas y teorías, con respecto al cual sólo es parcialmente cierta.  Las leyes del movimiento de los planetas de Kepler, son verdades relativas en tanto tales movimientos los consideramos en relación con, el Sol, pero, simultáneamente, no en relación o con respecto a la Tierra misma, pues respecto de ésta, las órbitas de los planetas se verían describiendo los llamados epiciclos.

 

Pero, si bien se ve, no será difícil descubrir que esa verdad relativa de las leyes de Kepler, es, al mismo tiempo, verdad absoluta, si sólo consideramos el sistema heliocéntrico, omitiendo totalmente la posibilidad geocéntrica.  Es, pues, de este modo, que la verdad, primero, sólo ha de ser, en tanto sea objetiva; y segundo, que es, al mismo tiempo o simultáneamente, tanto absoluta como relativa.

 

Como se entenderá ahora, es pues, este, un problema de esencial importancia, tanto para el conocimiento científico, como para, en función de ello, la vida práctica de la sociedad.  Aquellas personas que hacen de la verdad algo puramente subjetivo, y que con ello reducen la verdad a un relativismo exclusivo extremo, viven en un trágico mundo en el cual, por su subjetividad, lo que piensan y sienten en su verdad, no necesariamente corresponde con lo que la realidad, por su objetividad, les impone en su decir y hacer, como necesaria expresión de una verdad objetiva.

 

Y cuando esa condición de subjetivismo y relativismo se generaliza en una sociedad, no es de extrañar, entonces, la situación actual (en el inicio de la segunda década de los dos mil), de esquizofrenia colectiva en la que ya no sólo no se sabe qué es verdadero y qué es falso, sino, peor aún, que no interesa siquiera saberlo; en una incapacidad generalizada para resolver los problemas sociales.

 

Pero “los del poder”, los que con el sistema educativo fraguaron todo esto, ya podrán estar felices en un reino omnímodo.

 


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