Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
La Evaluación Ético-Esteticista
en el Aula Universitaria Durante un Curso.
Tesis Maestría en Educación Superior, 2007 (20)
Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.
“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica
de Geografía Teórica,
http://espacio-geografico.over-blog.es/;
México, 30 sep 2010.
Finalmente, a través de los planteamientos de este pedagogo mexicano, se llega así a una posición metafísica, idealista objetiva, en donde lo que siendo objeto del acto evaluatorio, el estudiante –que el autor remite al niño y nosotros generalizamos–, se ha convertido de objeto, en sujeto del acto evaluatorio como acto justo. Puede verse cómo de manera natural, el psicologismo conduce necesariamente a posiciones idealistas y acientíficas a partir de la negación de la realidad objetiva misma.
No es casual, pues, que Santiago Hernández Ruiz diga que con la verdadera objetividad, se “invalidaría del modo más absoluto toda la pedagogía de los dos últimos siglos”, en lo cual tiene la más absoluta razón.
Para él –y con él así lo comparte la autora del texto en cuestión–, lo importante finalmente respecto del sujeto que aprende, es “evaluar con justicia su aprovechamiento”. Esto es, la objetividad en su “dimensión subjetivada”, no es para hacer una evaluación objetiva, sino una “evaluación justa”. Aquí, “objetividad” y “justicia” se identifican.
“En realidad no se trata, en mi opinión –continúa el pedagogo mexicano Santiago Hernández Ruiz (1972)–, de restar la necesaria objetividad que debe caracterizar a la evaluación del aprendizaje, ni condicionarla a una pretendida neutralidad, sino de reconocer su dimensión subjetiva como algo objetivo y actuar en consecuencia. De lo contrario sería confundir la arbitrariedad con la objetividad y simplificar en demasía la evaluación a aquellos atributos cuantificables del objeto que se pretende valorar”[1] No se trata de restar la necesaria objetividad, aclara para nuestro desconcierto cuando nosotros precisamente considerábamos eso, sino de lo que se trata, es de reconocer la dimensión subjetiva de la objetividad; y cuando parecía aclararse, nos da de nuevo un vuelco en donde lo objetivo, dice, ha de tener una “dimensión subjetiva”. Idealismo metafísico.
Pensemos por ejemplo en la “evaluación justa” que deja de lado los abrumadores “cien reactivos” de opción múltiple (no olvidemos que el asunto es conductual, por estímulo y respuesta, por excitación y reacción), para pasar al “examen” o “test” de sólo diez preguntas. De inmediato el estudiante “siente la muerte”, fallar en cuatro respuestas simplemente implicará ser no-acreditado. Y en la medida que el docente procure la “objetividad” del psicologismo, es decir, “lo justo”, y haga preguntas unívocas y precisas, en esa medida no alcanzará a abarcar una cantidad razonable de temas vistos, sino en función de que el examen crezca numéricamente en preguntas. Luego, inversamente, para poder salvar la contradicción entre el voluminoso examen y la real constatación del aprendizaje, tendrá que recurrir a la subjetividad en la formulación de preguntas cada vez más abiertas. Y en esa proporción el estudiante se sentirá dado al capricho y arbitrio del docente. En consecuencia, la situación de conflicto aumenta.
Vayamos a más, consideremos ahora que dejamos de lado el “test” de diez preguntas para hacerlo tan sólo de cinco. El estudiante caerá ahí en la total incredulidad, se sentirá totalmente despojado del control de su destino: <<pues hay que sea –pensará– lo que Dios (el profesor) quiera>>, y eso cuando el profesor ejerce autoridad, porque cuando no, la insurrección es segura. El subjetivismo del docente en este caso prácticamente será extremo. La objetividad comienza a pasar del arreglo convencional para aparentar justedad, a una determinación en los hechos: la verificación real de que el estudiante sabe o no sabe lo que se supone debió haber aprendido, simplemente porque sabe expresarlo con cierta coherencia.
Un escalón más para, “reductio ad absurdum”, sorprendernos precisamente del absurdo del fundamento psicologista. Establezcamos ahora un “examen” de tan sólo una o dos preguntas. Más aun, inaudito, dejemos que se sustente “a cuaderno abierto”. Ahí “nos disculpará”, relativamente, el Maestro Heráclito –el Oscuro de Éfeso–, pues en los términos más parmenideanos en los hechos, se hará evidente que el estudiante o sabe, o no sabe. La objetividad del conocimiento y su aprendizaje, así como de su evaluación, desde el punto de vista de lo que debe entenderse por objetividad, ahora aquí es plena; pero a la vista del estudiante, la subjetividad, y con ello el arbitrio del docente, también. Y si bien el estudiante pudo “darse por muerto” mucho antes, aquí el docente a su vez podrá empezar a sentir los “estertores de la muerte”, pues: cómo ha de determinar ahora la medida, que no sea a su entero criterio.
El siguiente paso y último, es abandonar en absoluto la idea del examen por vía del psicologista “test psicométrico”. El aprendizaje habrá de verificarse entonces en los hechos, con plena evidencia objetiva, por lo que realmente ha de entenderse la objetividad. Aquí entra en escena la pretendida solución de la evaluación del aprendizaje mediante “Ensayo”. Solución intuitiva del docente dado el razonamiento anterior; y en términos generales correcta, de no ser porque en la práctica, en primer lugar, éste no está en capacidad de revisar con seriedad la cantidad de trabajos que supone, ya no se diga tres o cuatro grupos, sino uno sólo. El estudiante percibe tal situación, y de ahí que se atreva a presentar cualquier cosa para salir del paso; mas si resulta que –contra toda adversidad– el docente es exhaustivo no sólo en la revisión sino en la metodología de elaboración que supone un ensayo, constatará –por lo menos en este año 2005– tantas veces como haga el ejercicio, que: primero, el estudiante sólo recurrió a la Internet, y “bajó la información” tal cual (incluso de páginas especiales que ya tienen preparadas las tareas y que por efecto de reciclamiento cada vez será más completa la posibilidad de dar satisfacción al docente); o segundo, que simplemente pagó para que le hicieran el trabajo. Luego, en segundo lugar, habrá que considerar ecuánimemente, si el estudiante actual está en posibilidad de satisfacer los parámetros estrictos de un Ensayo, mismo que no sea confundido con un Reporte de Opinión o algo peor, como un Resumen.
En estos momentos (año 2005), hágase lo que se haga, el estudiante en general (evidentemente hay sus notables excepciones) recurrirá al fraude; y la razón es simple: mientras que para el docente es un problema de adquisición de conocimientos, para el estudiante, en su visión fetichizada, es un mero trámite de cumplimiento ante la exigencia del docente como figura de autoridad por poder (no autoridad ni moral, ni intelectual por principio).
Hemos constatado; en esto consistió en parte la etapa de verificación de la hipótesis; en esa búsqueda del nivel de objetividad; que el estudiante tiene dificultad incluso para describir; es decir, hay dificultad en fijar los datos del fenómeno observado, justo al no manejar el lenguaje de la ciencia; su pensamiento carece de una estructura mental sistemática. Evidentemente, la metodología didáctica, por muy “Escuela Nueva” que sea, debe ser revisada. El efecto es que, cuando los métodos pedagógicos aparentemente “cada vez son mejores”, así se presume, el resultado es que cada vez estamos peor, visto desde el lado de los intereses de una clase social deseosa del conocimiento científico que le explique los procesos de cambio social (en el fondo si bien se ve, el que estemos cada vez peor, no tiene nada de extraño: justo eso es lo que está en el interés del Estado capitalista, respecto de él, las cosas marchan con la absoluta exactitud de un mecanismo de relojería de alta precisión). Ello está en el hecho del llamado currículo oculto, el cual tiene por objeto en esas paradojas, reforzar los reales valores que pretende.
En suma, se enfrentan aquí tres paradojas: 1) se satisface más el propósito de la educación en este último sentido (por ejemplo, el Ensayo), pero la posibilidad de situación de conflicto escolar aumenta; 2) tiende a ser más real la objetividad de la evaluación del aprendizaje, pero la subjetividad en el exclusivo criterio del docente aumenta; y 3) el inútil “test psicométrico” para medir el aprendizaje y su fundamento en las raíces psicologistas, desaparece; pero a la vez, el “desamparo”, la falta de controles, tanto de estudiantes como del docente, es total.