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Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.

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La Evaluación Ético-Esteticista en el Aula Universitaria Durante un Curso. Tesis, Maestría en Educación Superior, 2007 (24)

La Evaluación Ético-Esteticista

en el Aula Universitaria Durante un Curso.

 Tesis Maestría en Educación Superior, 2007 (24)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

"Espacio Geografíco", Revista Electrónica

de Geografía Teórica;

http://espacio-geografico.over-blog.es/;

México, 14 oct 10.

 

2      La Evaluación Psicologista en el Aula:

      del “cientificismo” al oscurantismo.

 

a)      La corriente educativa psicologista y la evaluación

 

Curiosamente, de la influencia del Lejano Oriente, de China, viene la aplicación de los “exámenes”, que la teoría psicologista de fines del s.XIX y principios del s.XX del pleno Mundo Occidental, los aplica ya no sólo como pruebas de capacidad intelectual, sino como pruebas o “test” de capacidades, habilidades e incluso disposiciones de carácter; lo que más tarde se convertirá aun más, en “inductores de...”.  “En el antiguo mundo occidental, si bien la clasificación competitiva (como en las contiendas atléticas en Grecia), la práctica de la retórica y la alta consideración del poder de la persuasión y elegancia de estilo, la inclinación por el debate y la controversia estaban presente en el escenario educativo; no hay signos de la aplicación de un sistema de exámenes <<“que hayan establecido listas de aprobados ni de métodos de clasificación” (Judges, 1971)”>>[1], y no obstante, este es un aporte dejado de lado.

 

Junto con esta cita, comentaremos en adelante el Capítulo 1 de un Texto titulado “Evaluación del Aprendizaje”, de apoyo para la Asignatura de “Evaluación Educativa” correspondiente a la “Maestría en Ciencias de la Educación Superior” del “Centro de Estudios para el Perfeccionamiento de la Educación Superior” (CEPES), de la Universidad de la Habana.

 

No va a ser sino hasta el período medieval que la sociedad occidental empezará a andar los pasos del la antigua China.  Y transcribimos de la fuente referida:  “De tal modo, los exámenes y también los grados eran desconocidos en la Antigüedad y en los primeros tiempos de la Edad Media. Según Durkheim (en D. Barriga, 1993), aparecen en la universidad medieval como producto de la organización corporativa. Cuando los maestros se conforman en corporaciones, como cuerpos cerrados, con reglas de funcionamientos que incluyen las regulaciones para la admisión de nuevos miembros; los exámenes y los grados se constituyen en instrumentos o medios que sirven para determinar las condiciones de los aspirantes a tal fin”[2]; y estas Universidades aparecen a partir del s.XIII en el período de la Baja Edad Media.

 

Los exámenes en su origen, pues –continuamos refiriendo de la fuente mencionada, “no son por tanto, necesidades pedagógicas, del proceso de enseñanza aprendizaje, las que dan lugar a la introducción y aplicación del examen en el ámbito educativo; ni sus primeras prácticas como parte de la enseñanza estuvieron signadas por las finalidades y funciones que le dieron origen, como instrumento social de selección.  El propio Durkheim (1938), subraya que el examen, en el escenario educativo de la universidad medieval, se realiza con la finalidad de mostrar la competencia adquirida por el alumno y no como instrumento de certificación o de promoción: sólo accedían al examen aquellos alumnos que estuviesen en condiciones de exhibir el aprendizaje logrado de modo satisfactorio”[3]  En ese sentido, el examen –incluso denominado como público– era una satisfacción a la sociedad, la demostración de la capacidad del que se formaba profesionalmente ante su compromiso con la sociedad.

 

Las escuelas jesuitas ya en 1599, prácticamente con el s.XVII (el “Siglo de la Ilustración”, el siglo de Newton, de los Enciclopedistas, de Hobbes, de Locke, de Monstesquieu, estos últimos que echan las bases teórico-políticas de la consolidación del Estado capitalista burgués), “se apartaron de la práctica generalizada de su época e insistieron sobre el examen escrito.  En 1599 publicaron un texto sobre educación donde incluyeron un conjunto de reglas para la organización de los exámenes escritos que, "de no estar en latín, podría ser empleado hoy en cualquier examen" (Peth, citado por Ebel, 1993)” [4].  Esto es que, el “examen” como recurso de verificación de las capacidades y habilidades e incluso evaluación de algún modo psicométrica del carácter o disposiciones de ánimo, estuvieron ya presentes en el origen mismo del sistema capitalista, y no por casualidad precisamente en el país más avanzado en el desarrollo del capitalismo: Inglaterra.

 

Con ello, se dice en el texto aquí trabajado, “se perfila una línea de evolución, comenzada en Inglaterra, de la “estandarización de la excelencia", con utilización de trabajos escritos y nuevas disciplinas además del dominio de los clásicos, matemática y física, que fue conformando gradualmente el sistema de honores (exámenes de especialización sumamente difíciles, por los cuales se otorgaban distinciones).  Resulta interesante observar que la finalidad de este sistema no era saber si el candidato era competente para obtener un título, sino el grado de competencia con que lo había logrado”[5]; y podríamos agregar que ello era así, debido a que la competencia en el mercado laboral no era lo que es hoy.

 

Amplia y profundamente determinado por la influencia de la filosofía positivista y particularmente empirocriticista, “en 1903 aparece el primer libro sobre medición educativa de Edward Thorndike, considerado el padre de las “modernas mediciones educacionales”, aunque en 1864 George Fisher había publicado los “Manuales de escalas de evaluación” coincidente con el gran auge de los exámenes de admisión que se produce a finales del siglo XIX. Thorndike fue un ferviente defensor del experimento y la medición”[6]

 

Así va el capitalismo “perfeccionando” su sistema de “promoción”, y –continúa la fuente de referencia– “surge en Alemania el abitur, examen final de la escuela clásica, de elevadas normas y prestigio para avalar la entrada a la universidad y el nivel logrado en la escuela. Similar práctica de examen se desarrolla en Gran Bretaña y más tarde en Francia”[7]; y así se llega a los inicios del s.XX, y dice el texto en análisis: “El interés por las cuestiones relativas a la evaluación del aprendizaje en la primera mitad del presente siglo estuvo ligado al auge de los test y el desarrollo de las ideas conductistas en la Psicología.  La evaluación educativa de principios del siglo se reducía a la medición del aprovechamiento de los estudiantes, con énfasis en los productos o resultados finales del proceso, en el dominio de los contenidos y con referencia a un normotipo estadístico basado en la curva gausseana”[8].  Ese “conductismo” expresaba ya claramente la intención “inductiva”, el manejo, el control deliberado con un fin dirigido.  Esos fueron en el fondo los intereses de la Psicología Experimental de Watson y luego de Stanley Hall.

 

Con efectos prácticos concretos –y he ahí que abusemos ahora de la extensión de la cita–, ya en el curso de la década de los años setenta; particularmente en México al impulsarse por la Secretaría de Educación Pública (SEP), la formación del sistema de los Colegios de Bachilleres, “los trabajos del 60 amplían, como se dijo, el campo de la evaluación de modo sustancial.  El interés se desplaza al proceso y no solo importan los resultados.  Estos trabajos trascienden el campo de la evaluación del aprendizaje propiamente, pero no lo excluye, porque la famosa distinción de Scriven entre evaluación formativa y sumativa surge referida al aprendizaje aunque rápidamente se extiende a toda la evaluación educativa.  En este contexto aparecen los valiosos trabajos de Starke, Scriven, Stufflebeam, McDonald, Parllett y Hamilton y muchos otros, cuyos aportes permite hacer serios cuestionamientos a los modos de enfocar y realizar la evaluación, tanto en sus aspectos instrumentales como en su sujeción a los resultados. Un modelo casi paradigmático es el conocido CIPP (Contexto, Input o entradas, Proceso y Producto), propuesto por Stufflebeam (1981), para la evaluación de programas educativos y que es extrapolable a la evaluación del aprendizaje, a los fines de enriquecerla”[9].

 

Paradójicamente es, en este momento histórico de los años setenta, que ocurre lo que la autora del texto prolijamente aquí citado nos dice: “La reflexión sociológica y filosófica, sobre todo los aportes de autores europeos, referidas a la educación se pueden considerar trascendentes para el campo de la evaluación educativa”[10].  Es decir, al exacerbado psicologismo conductista-pragmático o utilitarista, se le va a oponer, en México, el proyecto de los Colegios de Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), sustentados en un método estructural-funcionalista.  Mas el documento comentado no se refiere a esta historia en México, explícitamente se refiere a los aportes de autores europeos; nosotros estamos estableciendo el paralelismo; pero si tal paralelismo se da, es porque el fenómeno se está presentando internacionalmente, en particular entre los países del “mundo occidental”, es decir, capitalistas.

 



[1] Universidad de la Habana; Centro de Estudios para el Perfeccionamiento de la Educación Superior (CEPES); Evaluación del Aprendizaje;  Cap 1 (actualizado al 4 de febrero 2005); <<Asignatura: “Evaluación Educativa”>>;  Biblioteca Virtual de la Maestría en Ciencias de la Educación Superior.  Index of/bibliomaestria/evaluacioneducativa/basico; p.22.

[2]       Ibid. p.22.

[3]       Ibid. p.22.

[4]       Ibid. p.23

[5]       Ibid. p.24.

[6]       Ibid. p.27.

[7]       Ibid. p.24.

[8]       Ibid. p.24.

[9]       Ibid. p.25.

[10]       Ibid. p.26.

 



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