Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
México 03 ago 09.
Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, una mujer española nacida en 1515; a decir de entonces, bella; quizá incluso hermosa en los prototipos de la belleza, lo que suele tener como rasgo común el “devaneo y la frivolidad”. Hay un cuadro pictórico de ella (de corte realista), refleja una mediana edad (unos 55 años), expuesto en la Real Academia Española, en Madrid, utilizado de común en las enciclopedias; si emitimos nuestra opinión acerca de su belleza, debemos confesar que por ese cuadro, no es de nuestro gusto. Pero otra pintura, en sí misma bella, aparece, como también se le conoce, Teresa de Ávila, en su juventud (por lo menos a sus 18 años, en que se ordena, pues porta los hábitos), con una pequeña criatura entre sus manos: y ahí –qué se podía esperar– sí luce verdaderamente hermosa.
Una belleza, y no obstante (aun cuando eso qué tendría qué ver, pero...), se hizo monja, Carmelita Descalza, para más precisión. La razón es simple: en el siglo XVI, desear el conocimiento, superarse como ser humano, pasaba por el acto de sacrificio monacal. A los 43 años tuvo un primer momento de éxtasis. A los 47, por orden de su confesor, redactó El Libro de mi Vida. Partidaria del erasmismo, con ese fundamento filosófico del humanismo cristiano que adecua el humanismo clásico renacentista a los nuevos tiempos, escribió El Castillo Interior, considerada su principal obra. En 1578, a sus 63 años, fue confinada en Toledo, calificada de “fémina inquieta y andariega”, y luego de ser expulsada de dos conventos, regresó a Alba, donde, a sus 67 años, en 1582, murió.
Tal mujer escribió, y no podía haberlo escrito nadie más, el más maravilloso poema que existe (por lo menos a nuestra consideración); San Juan de la Cruz escribió un remedo, lo incluiremos aquí en el análisis; pero ese poema tenía que ser, no podía ser de otro modo, escrito por una mujer. Cuando lo he recitado a los estudiantes, primero he tenido que pedirles que no escuchen mi voz, los remito enfáticamente a una mujer. Por su contenido, refiriéndose a Dios, puede ser admitido sin problema como dicho por un hombre, pero (por lo dicho por ejemplo en el artículo De la Relación Sexual de los Sexos a su Relación Ético-Estética consultable en este Sitio), en una mujer, es maravilloso.
En esencia, no sólo es la métrica y la rima y todas las reglas de la poesía, sino más allá de ello, es la idea de la relación entre ella y Dios (masculinizado), en la más profunda dialéctica (sin importar que esa dialéctica se exprese en el idealismo dialéctico de la metafísica, la cual fue llevada a su máxima expresión filosófica por Hegel en el siglo XIX).
Vivo Sin Vivir en Mí
(o Amores de Vida Eterna)
Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el Corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.
Aquesta divina unión,
del amor en que yo vivo,
hace a Dios ser mi cautivo,
y libre mi Corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.
¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga:
quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.
Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegure mi esperanza;
muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.
Mira que el amor es fuerte;
vida, no me seas molesta,
mira que sólo me resta,
para ganarte perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero
que muero porque no muero.
Aquella vida de arriba,
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva:
muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.
Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.