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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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20 abril 2015 1 20 /04 /abril /2015 22:03

Relación Geográfica-MapaLa Ciencia, el Método de la Ciencia, y la Formación del Geógrafo: la axiomatización, la síntesis, y el método de exposición. (9/10)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

12 dic 12.

 

La demostración científica supone ser un hecho aparentemente trivial: su delimitación.  Se hace necesario precisar exactamente qué es lo que se demuestra, en un mar de afirmaciones secundarias que sólo son apoyo de esa demostración.  Afirmaciones secundarias por lo demás, sujetas a cuestionamiento mismo de que, a su vez, requieren ser demostradas, y ese sólo hecho conduciría a la investigación al infinito.

 

Por lo tanto, hay límites dados por ciertas condicionantes teóricas, lo que se conoce como axiomatización, procedimiento compuesto por un reducido conjunto de postulados, principios, axiomas, y teoremas.

 

Toda la investigación (y la teoría que resulta de ello), ha de quedar determinada por dos o tres postulados básicos; esto es, entendiendo por el postulado: una afirmación que no requiere demostración.

 

El que el postulado no requiera demostración, no implica la introducción de un precepto subjetivo y hasta metafísico en la investigación, sino, simplemente, como lo expresara Lenin, que el postulado es una afirmación de un precepto elemental, cuya demostración está dada por la larga experiencia humana.  No es que se eluda la demostración, sino que ésta, por evidente, se acepta como dada.  Esa es una primera delimitación teórica de la investigación; esto es, por lo cual, no ha de exigirse de ella nada más que no quede determinado por dichos postulados (cuando éstos no se definen, es muy fácil atormentar al investigador inquiriéndolo en por qué no consideró tal o cual cosa, que puede llegar a ser de lo más disparatado).

 

Los postulados, pues, están en íntima conexión con la naturaleza de la investigación y su teoría; esta define los postulados (da sus propiedades esenciales), como los postulados determinan el campo de dicha teoría.  Los postulados, pues, están en la base de toda investigación, pero si los hemos tratado al final, es porque de ésta se evidencia más su necesidad explícita en la exposición del trabajo, no tanto como en la investigación misma.

 

Están también otros enunciados que tampoco requieren ser demostrados, y en este caso, ya no nada más por la experiencia histórica en la cual constituyen regularidades fundamentales, a su vez, dadas por la experiencia, sino por su simple definición que caracteriza al objeto de estudio: son los principios (igualmente, un conjunto muy limitado de tres o cuatro regularidades básicas).

 

De igual manera están esos elementos de la axionamatización a los que le caracteriza la no necesidad de demostración y son los fundamentos delimitantes de la teoría, y son ciertos enunciados que dan su nombre a este conjunto de elementos: los axiomas.  Nuevamente, un pequeño conjunto de enunciados, que, a su vez, sin necesidad de demostración, a diferencia de los postulados y principios, pero en los límites de éstos, tienen la peculiaridad de deducirse unos de otros, constituyendo las bases y lógica esencial y más general de la teoría.

 

Finalmente, en la secuencia se tiene a los teoremas.  Éstos, a diferencia de los otros elementos de la axiomatización, ya requieren ser demostrados, en términos de las demostraciones más básicas de la investigación.  Son el puente entre lo que se acepta de facto por una experiencia histórico-social, a todo lo que ha de ser rigurosamente demostrado, tanto más, cuanto ello no está, precisamente, en esa experiencia.  Una teoría que se delimita así, se hace perfectamente sólida y lógicamente consistente.

 

En un momento dado, la investigación ha de terminar.  Una vez satisfecha la demostración de la hipótesis, ésta se constituye, por esa razón, en síntesis (del gr. Sin, junto con o conjunto; y thesis, juicio lógico indemostrado), o “visión de conjunto de la teoría”.

 

Es esa condición de síntesis lo que transforma a la hipótesis en teoría, y ese es el principio de la teoría (que supone otros procesos en su elaboración), en donde concluye esta exposición del método general de la ciencia.

 

Resta referirnos al método de exposición, y ello, como en el método de investigación, no implica ningún momento de “inspiración” afortunada para elaborar el esquema más idóneo.  Por supuesto que se le puede imprimir diversas variantes, pero en su base, lo que está, es el silogismo de la demostración, por esa misma razón.  El esquema (o Índice)) del capitulado de la exposición, luego de los formalismos de un posible Prólogo, de su obligada Introducción, y de un primer capítulo en el cual se exponen los elementos del método y procedimiento empleado, los siguientes capítulos[d] exponen de manera secuenciada, en un segundo capítulo, los argumentos de la premisa antecedente; en un tercer capítulo, los argumentos de la premisa de tesis; y en un cuarto capítulo, la argumentación de la hipótesis.  Luego irán las conclusiones y bibliografía con anexos posibles que se crean necesarios.

 

Hacer investigación científica, pues, no es asunto de ciertos “elegidos” que gustan de mantener todo esto en un lenguaje y procedimiento hierático; es, y debe ser cada vez más, expresión metódica y sistemática de la capacidad del pensamiento del proletariado más común.

 



[d]       En una investigación más avanzada (maestrías o doctorado) habrá de incluirse un capítulo adicional referido a la refutación de la tesis contrapuesta si es el caso.

 

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19 abril 2015 7 19 /04 /abril /2015 22:05

Editorial

Carta de Uso Potencial de Morelos, INEGI 

El Embeleso de la Magia de un Mapa: el Espacio Geográfico.

[Carta de Uso Potencial; Morelos, México; INEGI]

Desde Anaximandro  hasta nuestro tiempo, en el mapa como la esencia del conocimiento geográfico, se sabía que ”algo” había allí que fascinaba (cual el oculto truco en la ilusión de la magia), en una magia de tal belleza y perfección, que a la humanidad le costó veinticinco siglos desentrañarlo.  Y como en la más excelente magia en donde ésta no es por la complejidad del truco, sino precisamente por todo lo contrario a ello, el desentrañamiento pudo entenderse por la simple inversión del sistema de referencia: en geografía, no es el estudio de las cosas (los fenómenos) en el mapa (en el espacio geográfico), sino el estudio del espacio geográfico (el mapa), como una determinación de las cosas (en tanto estados de espacio).

 

*

 

Tomo una moneda con los dedos de una mano y la pongo en la palma de la otra, de una manera clara, despacio, de forma físicamente viva; luego empiezo a frotarla en el codo haciendo ver que va a desaparecer, y… ¡ah, mago torpe!, la moneda resala y cae.  Se repite el proceso igual de diáfano, para el observador queda claro que la moneda está en la palma de la mano; la moneda vuelve a caer, ¡quien pondría en duda que como magos somos unos torpes!...; pero a la tercera vez, cuando hemos cambiado de posición de modo que ya no se caiga y cuando hemos creado la ilusión de que la moneda está en la palma de la mano…, ocurre la variante que hace la magia…; luego de “frotarla en el codo” con el acompañamiento de alguna farfulla…, la moneda ha desaparecido!

 

La descripción explicativa anterior es suficiente para que cualquiera, con cierta perspicacia, pueda deducir cómo se produce el truco (pero el que no lo pueda hacer, más que decirle que Dios se apiade de su alma, debemos decirle que siga disfrutando de la magia).

 

Esto es; la descripción explicativa anterior es suficiente para que se formen tres tipos de estudiosos del problema: 1) el que sin pensar más, opta por disfrutar del embeleso de la magia; 2) el que, pensando en el asunto, le busca una explicación y apoyándose en los elementos a su vista da alguna interpretación más o menos convincente; y 3) el que, a su vez, pensando en el problema, busca la explicación, pero ahora, de plano, estudiando esa magia de los magos por la que ocurre el truco y la ilusión; es decir, ya no por lo que está a la vista, sino por lo que está de fondo, oculto, por aquello que nadie ve y por lo cual, precisamente, se produce la ilusión de la magia.

 

En la ciencia de la geografía ocurre algo idéntico, pero ahora por aparición: se tiene el mapa (el lienzo, una urdimbre, en este caso, de paralelos y meridianos), y en él se pone y se quita los fenómenos de todo tipo; pareciera asunto exclusivo de los especialistas en esos fenómenos…, y la magia ocurre; de algún modo, aparece ahí la geografía.

 

En la explicación de tal hecho han estado los tres tipos de estudiosos antes expuestos, que traducidos más en concreto, han sido: 1) el “geógrafo fenomenista” (hasta fines del siglo XX), o el “geógrafo literario” actual, que sin pensar, sin teoría, aceptan las cosas tal cual son; 2) el “geógrafo espacista” en la teoría del continuum, como en el caso del compañero José C. Martínez Nava; y 3) el “geógrafo espacista” en la teoría del vacuum, nuestro caso, cuyo planteamiento propio hurgando en el truco de la magia, analizaremos en las siguientes revistas.

 

En esas tres posiciones todo ha consistido en aquello a lo que se le ha dado primacía, y lo que se ha tomado como sistema de referencia (o elementos en función de los cuales lo primario se comprende).  Así, para la “geografía literaria”, por supuesto, la primacía ha estado en el estudio de los fenómenos (aquí el embeleso de la magia es lo que da su carácter literario y no científico); para el “geógrafo espacista” en el continuum, si bien lo primario se transfiere al espacio, el espacio mismo se explica asimilado e identificado en la espacialidad del fenómeno, no obstante, aprehensión bajo las mismas propiedades y leyes de los fenómenos (aquí la magia se trató de explicar por lo dado a la vista); y para la “geografía espaista” en la teoría del vacuum (la teoría del autor de estas líneas), la primacía está a su vez, en el espacio; pero los fenómenos desaparecieron como tales, y abstraídos y generalizados en calidad de estados de espacio, se convierten en el sistema de referencia en función del cual el espacio mismo, por sus propiedades inherentes y sus leyes propias, es comprendido (aquí la magia se explica desde dentro, por el “truco” mismo por el cual la ilusión del efecto se convierte en causa de lo mágico; esto es, por el cual la “ilusión del estudio de los fenómenos, era causa de eso incomprensible, mágico, oculto a la vista: el espacio geográfico.  Aquí lo que antes era sistema de referencia (el espacio), se convierte en objeto de estudio; y lo que antes era objeto de estudio (los fenómenos), se convierten en sistema de referencia en una abstracción y generalización como propiedades del espacio mismo en la categoría de estados de espacio.

 

La forma en que operaba la magia era muy sencilla, extraordinariamente simple, y de ahí la dificultad en desentrañarla, que consumió poco más de veinticinco siglos de esfuerzo del pensamiento humano.

 

*

Carta-Geologica-de-Morelos--INEGI.jpgFilosofía de la Geografía.

 

[____]  El Espacio Terrestre como el Continuum Einsteniano, en José C. Martínez Nava, 1995. (5/5)

 

Instrumental GeográficoFilosofía.

 

[____]  La Ciencia, el Método de la Ciencia, y la Formación del Geógrafo: el análisis y los métodos teóricos. (9/10)

 

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19 abril 2015 7 19 /04 /abril /2015 22:04

Carta-de-Uso-Potencial-de-Morelos--INEGI.jpgEl Espacio Terrestre como el Continuum Einsteniano, en José C. Martínez Nava, 1995. (5/5).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

 

 

Para concluir, entonces, con este análisis de la Geografía Integral de José C. Martínez Nava, examinando la aplicación de su planteamiento del espacio como el continuum, a la consideración del espacio terrestre, y en consecuencia, dice éste, “efectivamente, los objetos y  fenómenos de la Tierra poseen infinidad de propiedades.  Unos son sólidos, otros líquidos, ortos blandos, otros grandes o chicos, es decir, tienen diferentes propiedades que las distinguen entre sí.  Sin embargo, todas ellas, sean lo que sean, o sean como sean, poseen una propiedad común y, por lo tanto, general: la de existir espacialmente, la de ser espacio o estar en el espacio o de existir en cuanto espacio”[1].

 

Pero, finalmente, llegamos al punto crítico: reducir el espacio a la espacialidad del continuum, hace del espacio tan sólo un conjunto de propiedades particulares que dan ese atributo de espacialidad.  Sin embargo, no será la suma de propiedades particulares espaciales de la Tierra las que nos explicarán el espacio terrestre, sino ello lo será como resultado de la abstracción y generalización de las mismas en una categoría única superior.  Y es justo con esto último, que lograremos finalmente eludir lo que ha significado la principal dificultad para llegar a una teoría plena del espacio terrestre: las leyes de los fenómenos particulares.

 

Pero en 1995, ni José C. Martínez Nava ni el autor de este comentario a su obra, teníamos la menor idea, no sólo de lo que podría ser esa categorización superior,  sino ni siquiera de la necesidad y el proceso de la misma (eso, el autor de este comentario, lo descubrió apenas recientemente entre fines de 2011 y principios de 2012; y por ello la teoría del vacuum no podía cristalizar sino hasta ahora).  De ahí que, por ello, José C. Martínez Nava, siguiendo el fundamento de Riábchikov, adelantara ya entonces, una propuesta de teoría del espacio terrestre en esas consideraciones.

 

Paradójicamente, nunca supimos si el compañero trató o no con el Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, por lo pronto, nunca lo menciona, pero he aquí que, siguiendo a Riábchikov, fue él, el compañero José C. Martínez Nava, justamente el que acabó haciendo esa geografía que el Dr. Sáenz de la Calzada nos sugirió: la de los elementos, tierra, aire, agua y fuego, que “contrariamente  unidos y unidamente contrarios, están divididos” (como así citaba éste a Calderón de la Barca, quien de esta manera expresaba la dialéctica de los mismos).

 

Para el compañero José C. Martínez nava, el espacio terrestre, así, finalmente, es un sistema: un “sistema espacial de elementos”[2] (como apunta en uno de los subtítulos de su tercera unidad).  De ahí que para poder conocer el  espacio terrestre,  habrá que analizarlo, es decir, descomponerlo en sus partes o elementos componentes, estudiando cada uno por separado y luego haciendo la síntesis.  De ese modo, cada elemento formará, dice José C. Martínez Nava, un subsistema, de los cuales él relaciona seis: tres de los clásicos elementos (tierra, aire, agua), y tres más de su aporte, mencionados como los organismos y el hombre…, y no sin dejar de ser sorprendente algo tan profundo como exacto: la gravedad.

 

Finalmente, hace ver que los estados materiales de dichos elementos no son sino los estados clásicos de la materia (sólido, líquido y gaseoso), una de cuyas propiedades más generales y esenciales en común, es su densidad.  De ello, geográficamente se clasifica lo que denomina ya como la litosfera, atmosfera, hidrosfera, biosfera y noosfera (como él llama a lo que correspondería a la sociosfera).

 

Mas, “mágicamente”, el problema que se le suscita, es ese mismo que sorprendentemente ha introducido: la gravedad., que no siendo sustancia sino campo, aún es material, y la cual, de manera precisa, está esencialmente asociada a la densidad, en  forma directamente proporcional (a mayor densidad, mayor gravedad, y a  menor densidad, que podría considerarse infinitesimal, menor gravedad)… ¡Y el vacío, necio, vuelve a hacerse presente!

 

Y he aquí que en ese estado infinitesimal de vació relativo, tan relativo que un vació absoluto se hace lo dominante, es, precisamente, lo que caracteriza a eso “indefinido” dado en la quintaesencia, el ápeiron, el segundo elemento  históricamente propuesto y justamente tal propuesta hecha por el primer  geógrafo, Anaximandro; pero que en su dificultad de comprensión quedó relegado como un quinto elemento, que difícilmente se rescata en la teoría de los mismos, traducido con otros nombres: éter, aéther, vacío, gravedad…, o espacio.

 

El intento de su propuesta, que culmina con pleno fundamento teórico lo hecho antes por Carlos Sáenz de la Calzada como por Riábchikov, si bien no ha  explicado con suficiencia ese último punto, no ha dejado de ser profundamente fructífera, tanto más, que finalmente “agotó la última alternativa”, resultado de lo cual, y gracias a ello, ahora las cosas tendrían que plantearse de otro modo; y a ello vino la teoría de los estados de espacio, del autor de este comentario al aporte del compañero José C. Martínez Nava.

 



[1]        Ibid. p.45.

[2]        Ibid. p.47.

 

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13 abril 2015 1 13 /04 /abril /2015 22:02

La Ciencia, el Método de la Ciencia, y la Formación del Geógrafo: el análisis y los métodos teóricos.  (8/10).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

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b)  El análisis y los métodos teóricos.

 

En la parte teórica, un primer recurso para el análisis, es la utilización de los métodos de relación causal.  En la investigación científica se trata, pues, de saber cuál es, entre un conjunto posible de causas, la causa real, misma que nos lleva a la esencia del fenómeno u objeto de estudio.

 

Los métodos de relación causal son cinco: 1) por concordancias; 2) por diferencias; 3) mixto  por concordancias y diferencias; 4) por residuos; y 5) por variaciones concomitantes.  Los tres primeros métodos son los más usados, no sólo porque en principio la búsqueda de toda causa se inicia por ahí y por lo que los tres métodos tienen en común, sino por su sencillez y evidencia en los resultados.  El método de residuos supone ya un control directo del fenómeno, es un método, por decirlo así, de laboratorio; y de la misma manera, y más aún, lo es el método de variaciones concomitantes.  Estos últimos pueden llegar a ser usados en ciencias sociales (en la aplicación de modelos de comprobación), pero son más comúnmente usados en los procedimientos experimentales en ciencias naturales.

 

Al iniciar estos apuntes de asesoría, plateamos un sencillo ejercicio en el cual aplicamos, precisamente, el método de concordancias.  Se trataba de saber cuál era la causa de una manera de ver e interpretar el mundo por el lector de estos apuntes.  Entonces establecimos como variables (conocidas como independientes), una serie de criterios que definen tanto al materialismo como al idealismo, y el lector, al seleccionar tales o cuales criterios a su libre juicio, establecería, en parte o en su totalidad, las concordancias con uno u otro sistema filosófico.  Cuanto más las concordancias corresponden al total de criterios dados para una u otra corriente de pensamiento, más claramente se evidencia la real manera de interpretar el mundo.  Una mezcla de criterios pone de manifiesto, o bien una evidente confusión de pensamiento, o ya la afinidad a un posición intermedia en la teoría del conocimiento.  Ahora, si bien se ve, lo que hay aquí, es un análisis comparativo.

 

Otro método teórico de la sistematización del conocimiento es el que se refiere a la consideración de los ciclos, las regularidades, progresiones y leyes del objeto de estudio.  Desde Galileo y Kepler, de manera práctica, o desde Bacon y Descartes, de manera teórica, la esencia de la investigación científica se basa .decía Bacon– en la certidumbre de sus leyes; de eso que ocurre objetiva e invariablemente en forma cíclica, con cierta regularidad o progresión, lo cual, estudiado y descubierto en su naturaleza, permite predecir los acontecimientos.

 

Estas leyes con evidentes en ciencias naturales, pero, contra lo que afirma la corriente de pensadores idealistas en el sentido de que en la sociedad no hay leyes objetivas, éstas se han demostrado fehacientemente desde mediados del siglo XIX por Marx y Engeles.  Ciertamente, su  comportamiento no es igual al de las leyes naturales; la sociedad imprime una fuerte determinación a condiciones variantes, no determinando el fenómeno con la misma exactitud que las leyes naturales; pero esas leyes sociales objetivamente existen, a tal punto que, basados en esos ciclos y regularidades, Marx pudo, primero, explicar la secuencia de los modos de producción económico-sociales precapitalistas en la historia; y, segundo, predecir el derrumbamiento del capitalismo y el surgimiento de la sociedad socialista; o bien, pudo explicar y predecir las crisis cíclicas del modo de producción capitalista.

 

En el método de la ciencia, es, pues, esencial, avanzar a la luz del conocimiento antecedente, y en la certidumbre de sus leyes ya descubiertas, que, en forma hipotético-deductiva, nos habrán de llevar al descubrimiento de nuevas leyes.  Y no hay dificultad en ver en todo ello el proceso del análisis cualitativo, y en ciertos casos, del análisis cuantitativo mismo.

 

De manera semejante, un tercer método teórico de la sistematización del conocimiento, está en la teoría.  La teoría es precisamente esa luz de conocimiento antecedente.  En la teoría se culmina el proceso de investigación científica, y la teoría se convierte en punto de partida de nuevos conocimientos.  La teoría es, así, el más importante indicativo del desarrollo y madurez de una ciencia.

 

La sucesión de teorías, sea la ciencia que sea, conforme más evoluciona, más van implicando métrica y matematización, de donde se da en ello el proceso del análisis cuantitativo pleno.

 

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12 abril 2015 7 12 /04 /abril /2015 22:05

Editorial

 Molusco Fumando

Un “molusco” fumando lo que “no es una pipa”.

La idea del “molusco”, a decir de Filoppo Salvaggi, es de Einstein, para dar una idea de lo que había que entender por el continuum; y la idea de que fumase en lo que “no es una pipa”, pertenece al título del famoso cuadro (1928) del pintor surrealista René Magritte “Ceci n’est pas une pipe” (“Esto no es una Pipa”).

Discutido en muchos ámbitos, faltaba hacerlo en geografía: eso en que fuma el “molusco”, no es sino la noción empírica de una descripción exclusivamente cualitativa.  Y tanto el “molusco” que no es tal, como la pipa que tampoco lo es, en geografía, requerirá un mayor grado de abstracción, para hacer de ello, ciertamente, una noción teórica explicativa.

 

*

 

En el cuadro de René Magritet (1898-1967), en el que éste representa una pipa y luego titula “Cesi n’este pas une pipe” (“Esto no es una Pipa”), entenderá el lector que el pintor, por demás surrealista, no está aludiendo a la posible deficiente representación de una pipa, ni “dándonos una pista surrealista” para que nuestra imaginación vea en ello otra cosa, sino simplemente aludiendo a que, evidentemente, no es una pipa intrínsecamente real, es decir, a que no es una pipa objetivamente concreta, sino sólo una abstracción de ella.

 

Pero pintar una pipa que por su forma se reconoce fácilmente que representa una pipa real, lo que nos da es un cuadro de una noción exclusivamente empírica y de una descripción puramente cualitativa.  Y ocurre aquí una paradoja extraordinariamente interesante: cuanto más detalle se ponga en su representación para tratar de mostrar la pipa por lo que realmente es (sus medidas, su estructura interna), tanto menos parecerá una pipa real, como a la vista de todos objetivamente aparecería como tal, a pesar de que mayor conocimiento nos muestre de ella.

 

Así, el estudio geográfico del continuum por los fenómenos no muy lejos de estudiarlos como lo que son, haba en  su tratamiento exclusivamente empírico como una pura descripción cualitativa.  Su estudio más en detalle, en lo particular, por sus propiedades y leyes correspondientes, convierte al geógrafo en el especialista de aquellas otras ciencias que tienen a tal fenómeno por su objeto de estudio.  Por lo contrario, abstraer y generalizar hasta ahí donde el fenómeno deja de reconocerse como tal y es tratado por otras propiedades y leyes (y el mismo espacio deja de entenderse como ese “molusco” o continuum), dará un conocimiento geográfico propio y real en tanto geográfico.

 

*

Molusco FumandoFilosofía de la Geografía.

 

[____]  El Espacio Terrestre en el Continuum de Einstein, en José C. Martínez Nava, 1995 (4/…)

 

Corredera, Brújula Gnomónica, Ampoyeta Reloj de ArenaFilosofía.

 

[____]  La Ciencia, el Método de la Ciencia, y la Formación del Geógrafo (8/10)

 

 

Estructura de la SustanciaComentario Bibliográfico en Geografía Teórica.

 

[____]  Comentario a, La Estructura de la Sustancia; de Karapetiants-Drakin, 1974.

 

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12 abril 2015 7 12 /04 /abril /2015 22:04

Molusco FumandoEl Espacio Terrestre como el Continuum Einsteniano, en José C. Martínez Nava, 1995. (4/…)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

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29 ene 13.

 

A lo anterior hay que agregar un hecho importante muy simple, pero determinante.  En 1995, aún no existía la Red Internacional de Información (Internet).  Y ello está vinculado a  otro hecho de particular  importancia: un reflejo determinado de la realidad objetiva, inducirá a una interpretación determinada de la historia; pero, dialécticamente, por lo inverso, una defectuosa interpretación de la historia, sólo dará un reflejo defectuoso de la realidad.  Y esa era una situación  crítica aún en 1995.  De una lectura general de la historia, habíamos desarrollado un modelo interpretativo de la historia que nos ayudó a entender mejor la realidad de la geografía, tanto en su historia como en su teoría, pero ese modelo, en su generalización a falta de fuentes documentales, estaba plagado de lagunas, de vacíos, de falta de continuidad, de falta de explicación de transiciones; y ello no podía sino inducir a un error tan crítico; hoy, casi veinte años después, visto evidentemente así; como el considerar la fundación de la geografía como ciencia moderna, en Alejandro de Humboldt y Carlos Ritter, en el siglo del romanticismo, cuando en esencia, ello ya estaba en el siglo anterior, en la Ilustración, pero, no casualmente, del que no sabíamos casi nada, y lo poco que conocíamos estaba totalmente distorsionado y nada entendíamos.  Y de ahí esas críticas contradicciones, como el juzgar a Humboldt y Riiter como los fundadores de la geografía científica moderna, y, a la vez, reconocerlos como idealistas subjetivos y origen contemporáneo de la idea equivocada de la geografía como ciencia de los fenómenos.

 

Cómo podría hablarse, por ejemplo, de una geografía como ciencia moderna, cuando aún ésta no tenía claro su propio objeto de estudio.  Evidentemente, nos faltaba información, y sobre su base, un esfuerzo aún mayor de abstracción y generalización.

 

A pesar de ello, con toda nitidez, se apuntaba en la dirección correcta, sin embargo, al retomar los antecedentes dados en estos trabajos, en el caso del autor aquí en análisis, luego de que en las dos primeras unidades de su obra ha tratado tanto con los fundamentos teóricos como con la historia de la geografía, de donde tales fundamentos teóricos se generalizan; en la tercer unidad de su Geografía Integral, pasa a abordar el tema que titula: “El espacio terrestre como sistema de elementos”, unidad particular de especial importancia, porque en ella se concreta, en un lenguaje y categorización al alcance del estudiante de la educación media superior, su propio planteamiento teórico acerca de la teoría del espacio terrestre.

 

En ello, todo se centra tan sólo en el enunciado del primer subtítulo: “El espacio: vacío o materia?”, el cual ya desde entonces, poseía con evidencia, una disyuntiva que estaba en el centro de la teoría del espacio desde el último tercio del siglo XIX, y ya enfáticamente durante el siglo XX, dada tanto en la física como en la filosofía; y la discusión estaba, significativamente, no en la respuesta en tal o cual sentido; en si el vacío era algo material o si simplemente no formaba parte de la realidad objetiva; sino en si tal disyuntiva era falsa o  no.  Todo ello dado particularmente en el ámbito de la filosofía y física dialéctico materialista.

 

Se formaron, pues, dos posiciones: 1) la mayoritaria, de aquellos que  negando la existencia del vacío, identificaban al espacio como las formas  materiales de las sustancias concretas, en la teoría einsteniana del continuum; y 2) la de unos cuantos, Kósiriev, Guerásimov, aquellos que se atrevieron a afirmar la existencia del vacío, e identificaban al espacio con éste, en su cualidad más esencial.  Era, pues, ya desde entonces, una falsa disyuntiva en la que se pretendía hacer del vacío una abstracción metafísica.

 

Un argumento débil de esto último, siendo una expresión funcional del vacío, la expresa el autor: “el vacío, lo que no está ocupado por cuerpos materiales”[1], establece el vacío tan sólo como “la ausencia de algo”, donde lo que queda es “nada” (nada de ese algo), induciéndonos a la identidad, primero, del espacio con el vacío, y luego de éste con “la nada”, resolviéndose así en la metafísica.  Ciertamente, el espacio, como el tiempo, son dos propiedades universales de la materia, de modo que no puede haber espacio sin materia, como estado material sin la propiedad sin la propiedad espacio-temporal.

 

Hasta antes de los experimentos de Otto von Guericke a mediados del siglo XVII al crear estados de vacío y estudiar sus propiedades, y cuando se identificaba (como incluso todavía en muchos casos), la materia con la sustancia, ciertamente el vacío podía identificarse, a su vez, con “la nada” (lo que no es sustancia=materia), y por lo  tanto, lo que  no es material.  Pero los experimentos  de Guericke demostraron nos sólo que el vacio existía, sino que tenía que ser, en consecuencia, algo perfectamente material, aún sin ser sustancia.  Pero ese “algo” que podía ser material sin ser sustancial, la física tardó en definirlo, haciéndolo sólo hasta el siglo XIX con el concepto de campo (térmico, lumínico, eléctrico, magnético, gravitacional (+p), o de vacío (-p)).

 

Así, lo que finalmente habrá entre dos partículas infinitesimales, será un campo, que sin ser sustancia, es completamente  material: como el vacío, así sea relativo en los distintos estados de densidad, que finalmente Einstein identificará con la constante cosmológica cuya energía (-p), es opuesta al campo gravitacional (+p), donde el valor de (–p) se incrementará de manera directamente proporcional a la disminución de la densidad (o conforme a la tendencia al vacio absoluto).  José C. Martínez Nava, así lo entendía ya entonces, y de ahí  que  concluya: “el espacio es la unidad de lo continuo… (los campos o estados de masa en reposo nula), y lo discreto (la sustancia)”[2].

 

De este modo, José C. Martínez Nava llegaba a las mismas conclusiones a las que nosotros habíamos arribado quince años antes en la investigación de nuestra tesis de licenciatura.  Parecería, entonces, que no habría lugar alguno a diferencias, pero sutilmente allí quedaron, y ello derivó en dos planteamientos distintos de la teoría del espacio terrestre: 1) el dado en el planteamiento del continuum einsteniano con el rechazo de la  noción del vacío (no aceptado ni en sus términos relativos); y 2) el planteamiento dado, por oposición, en lo que el autor de esta análisis sobre la obra de Martínez Nava denominó como el vacuum, con la aceptación del vacío reconocido incluso como la propiedad más general y esencial del espacio.

 



[1]        Ibid. p.43

[2]        Ibid. p.44 (paréntesis nuestros).

 

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12 abril 2015 7 12 /04 /abril /2015 22:03

1927 G.N. Katterfeld (1927-2013)Comentario a, La Faz de la Tierra  su Origen, 1962; de Genadi Nicolaevich Katterfeld.  (6/)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

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13 mar 13.

 

Del Capítulo 3: Homologías Geográficas.

 

Una homología geográfica es aquello que se dice igual a algo prefijado (de, homo, igual; y leguis, decir).  Este método de observación se complementa al de simetría, esto es, a aquello por lo cual hay armónicamente una correspondencia entre las cosas por sus mismas medidas.

 

Cuando Katterfeld echa mano de la observación de las simetrías de la Tierra y sus manifestaciones en ciertas homologías geográficas, bien dice estar rescatando la metodología geográfica científica más antigua, utilizada ya profusamente por los geógrafos griegos como una de las primeras formas para tratar de entender las regularidades o leyes que rigen la superficie terrestre (hasta los tiempos mismos de Katterfeld, tenida esa superficie terrestre por espacio geográfico).  Y, otra vez, los geógrafos griegos no andaban errados en el camino propio de una ciencia panóptica y mesoscópica como lo es la geografía.

 

Katterfeld va a explicar la importancia de las homologías geográficas, diciendo que, “describir la Tierra y dibujarla en un mapa, es sólo la mitad del asunto.  Es necesario, además, para explicar cómo apareció la superficie terrestre y los océanos, por qué están distribuidos como están en vez de en alguna otra forma, responder a una serie de muy difíciles cuestiones que no pueden dejar  de ser requeridas por cualquier persona con curiosidad.  La clave para entender la distribución de los continentes y océanos se encontrará en esas llamadas “homologías geográficas”…”.

 

Y cual si estuviésemos leyendo los trabajos de Crates de Malos de la Grecia heleno-romana, Katterfeld comienza a exponer la descripción de tales homologías prácticamente con el mismo lenguaje de aquel: “…la Antártida –dice Katterfeld–, es equilibrada por el Océano Ártico (subrayado nuestro); Europa y África por el Gran Océano, los continentes del norte por el océano del sur, y América del Norte por el Océano Índico.  Es sólo América del Sur la que no encaja en este esquema; su antípoda son las tierras del sureste de Asia”.  Y si ese “equilibrio” en calidad de “contrapeso” fue en Crates recurso explicativo real, no figurativo, si bien especulativo; en Katterfeld es recurso explicativo igualmente real, pero ya con pleno fundamento científico, en hechos que los geógrafos tuvimos en la punta de la nariz por siglos.

 

Hasta este punto, no había sido necesario que nos refiriésemos a ninguna de las figuras que Katterfeld inserta en su trabajo, alusivas todas ellas ya a las condiciones geológicas de la Tierra, o bien a su figura geodésica.  Pero es a partir de la figura N° 17 en que es posible comentar lo geográfico.

 

En la figura N° 17, Katterfeld muestra el siguiente mapmundi con el título: “Distribución Antípoda de Continentes y Océanos”.

 

 

Como puede verse en él, está ahí en el mapa lo que antes nos ha explicado al más puro estilo de Crates de Malos acerca de las “masas de contrapeso” para el “equilibrio” de la Tierra, que ahora se convierte en un hecho gravitatorio real.

 

En esta simetría; o como el llama: “distribución asimétrica”; se va a referir en particular a las regiones polares.  El Ártico está ocupado por un círculo casi cerrado de una cuenca marina circumpolar de una profundidad de unos 4,300 m.  Por lo contrario, la Antártida está ocupada por un continente circular, cuya altitud es de 2,800 m, y cerca del Polo Sur alcanzando los 3,700 m.  De lo cual, explica Katterfeld, la región de la superficie de la litósfera en el Polo Norte, está a casi 8.5 km más cerca del centro de la Tierra que la región del Polo Sur.

 

Katterfeld, geodésicamente, observa que la figura de la Tierra adquiere forma “cardioide”.  Luego, en la figura N° 18, en un cartograma titulado “Asimetría de la Distribución Zonal de Tierras y Mares en la Superficie de la Tierra”, Katterfeld muestra la distribución proporcional de tierra y mares.  Destaca que los paralelos de 62°j, determinan la regularidad de condiciones de la distribución de la litósfera o del océano, de manera inversa entre el norte y el sur; de modo que el paralelo 62°jN es epirogenético (ascendente), en tanto que el de 62°jS es talasogenético (descendente), mientras que las regiones polares tienen el comportamiento inverso; el Polo Norte tiene un comportamiento talasogenético, y el Polo Sur epirogenético.

 

Esta relación antípoda en un espacio de 13’100,000 km2, “es resultado de movimientos compensatorios de material que se produjo en las regiones polares…”

 

Katterfeld, aún más, menciona que esa distribución de tierra firme y de mar, afecta a su vez a la distribución asimétrica respecto del ecuador geomagnético, en la intensidad del campo magnético de la Tierra, donde la intensidad es mayor en los paralelos de tierra firme, que en los mismos paralelos del océano.  De la misma manera, hace ver otras sorprendentes correspondencias de los meridianos de simetría gravimétrica, con el campo magnético.

 

Luego Katterfeld pasa al análisis del “planeta doble Tierra-Luna”, descartando las hipótesis catastrofistas de que la Luna hubiese sido un desprendimiento de la Tierra precisamente dejando formado el Océano Pacífico, o que hubiese sido capturada por el campo de gravedad e la Tierra luego de un impacto que provocara la depresión de dicho océano.

 

Más bien, Katterfeld muestra en un par de gráficas, el proceso de formación de la Tierra, e inmediatamente después, el de la formación de la Luna.  En ese proceso, se formaron la litósfera y la hidrósfera bajo la ley de la actividad de los “círculos activos” formadores del relieve, como es el caso del círculo con centro en los 0°j, 10°lE; circunscrito al Meridiano Epirogenético de los 70°lW, 105°lW; o de su lado oriental, que rodea la actividad epirogenética de África, y su antípoda en el círculo de actividad talasogenética en el centro del Océano Pacífico, con centro en los 0°j, 165°lW, circunscrito al mismo Meridiano Epirogenético del lado occidental.

 

Hasta la actualidad, la Tierra ha tendido a eliminar su asimetría triaxial, que se hace particularmente evidente en la Proyección Cilíndrica Interrumpida, que muestra la distribución de los continentes con respecto al Meridiano del Eje Ecuatorial Menor (que pudiera decirse, a su vez, diámetro del Meridiano Epirogenético).

 

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12 abril 2015 7 12 /04 /abril /2015 22:01

Estructura-de-la-Sustancia.jpgComentario a, La Estructura de la Sustancia; de Karapetiants-Darkin, 1974.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

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16 feb 13.

 

La obra de Karapetiants-Darkin, La Estructura de la Sustancia, 1974. Está dividida en cuatro grandes partes: 1) La estructura del átomo, 2) La ley periódica de los elementos de Mendéleiev, 3) Estructura de las moléculas y los enlaces químicos, y 4) Estructura de la sustancia en el estado de condensación.

 

Fue este libro en nuestra biblioteca personal, uno de esos libros que se adquieren porque se intuye que su estudio es esencial, aun cuando de momento no se tengan los elementos para entenderlo.  Intuíamos, en aquello años del segundo lustro de los años setenta, que el conocimiento de la estructura de la sustancia era esencial, pero que la real capacidad para entenderlo estaba algunos años por delante…, pero nunca nos imaginamos, ni podíamos hacerlo, que esos años sumarían cuasi cuarenta, pero para poder entender en su justa dimensión, simplemente, las tres primeras líneas de su Prefacio: “En el presente –dicen ahí Karapetiants y Darkin a mediados de los años setenta–, frecuentemente llamado período de la revolución científico-técnica, tiene lugar la reestructuración de las disciplinas científicas[1].

 

Y cierto, la geografía era una de esas disciplinas en reestructuración como consecuencia de esas determinaciones objetiva de la revolución científico-técnica (y nosotros estábamos convirtiéndonos, en esos años setenta, en uno de sus principales protagonistas en la insurrección).

 

Unas líneas más adelante, agregan: “Por otro lado, la teoría de la estructura de la sustancia se hace indispensable durante el trabajo en las ramas más diferentes de las ciencia y la técnica, desde la astrofísica hasta la agricultura”[2]., donde habría que explicitar: <<pasando  por la geografía>>, dado ese sentir de los geógrafos, de que su ciencia es ajena  a la problemática de las demás.  Si hubiésemos leído esas líneas en aquel entonces, simplemente no nos hubiera significado nada, ¿qué tendría qué ver la estructura de la sustancia con la geografía?  Si intuíamos la necesidad de este conocimiento, no era por las necesidades específicas de la geografía, sino por una simple razón de cultura.  Entender la estructura de la sustancia en geografía como algo indispensable, es algo que se fue formando cada vez con más atingencia, conforme comprendíamos la realidad y naturaleza del espacio.

 

Y no ha sido sino hasta luego del año 2011, en que empezamos a trabajar ya decididamente con la categoría de “estado de espacio”, que hemos podido valorar algo que en otra circunstancia hubiéramos considerado como algo totalmente ajeno: el Número de Avogadro; esto es, el número de átomos en un átomo-gramo de cualquier elemento.  Y de la misma manera, cómo el número de moléculas en una molécula-gramo de cualquier sustancia individual, es el mismo, y que ello no depende de la naturaleza de la sustancia ni de sus estados de agregación.  Y la razón de todo ello es simple: nada podríamos entender de la dialéctica del espacio, sin esas bases.

 

Así, por ejemplo, de la comprensión del Número de Avogardro, citando a Karapetiants y Drakin, éstos derivan dos conclusiones: “1) las cantidades tan pequeñas de sustancia que son casi separables en un microscopio óptico contiene una gran cantidad de átomos.  Por eso la sustancia macroscópicamente nos parece continua; y 2) cualquier sustancia, hasta la más pura, siempre contiene en calidad de impurezas, cierta cantidad de átomos de diferentes elementos”[3], todos los cuales tiene un mismo orden de magnitud, 10-8 cm (igual a 1 Amstrong), y su núcleo de 10-10 cm a 10-12 cm.  Conclusiones que van a ser de fundamental importancia para poder entender la realidad y naturaleza del vacío.

 

Por otra parte, en el extremo opuesto de la sustancia, en la naturaleza del campo, se hace interesante entender la composición de la energía lumínica como la emisión de “paquetes cuánticos” de energía, cuya magnitud depende de la frecuencia de la luz emitida; lo que, por demás, explica la dualidad corpuscular ondulatoria.

 

En realidad, todo lo hasta aquí dicho, no va más allá del capítulo I de la Primera Parte.  A partir de allí, el texto, como era de esperarse, se vuelve sumamente especializado, dándonos sólo una idea muy amplia de cultura general; hasta llegar a la Parte IV, “Estructura de la Sustancia en el Estado de Condensación”.

 

En la sola Introducción al capítulo, los autores estudian las leyes de temperatura y presión de los estados de agregación (y disgregación), de los estados básicos de la sustancia: sólido y líquido, ambos estados de condensación, y gaseoso, y apenas refiriéndose entre paréntesis al estado del plasma y algunas de sus propiedades más generales.

 

Los estados de agregación dependen de la distancia entre las partículas y de las fuerzas de interacción entre ellas, y en función de lo cual, se explica su diagrama de las fases de la sustancia en la relación temperatura-presión.

 

 

Diagrama de fases de la sustancia de Karapaetiants-Darkin, simplificado por el autor de este comentario.

 

Pasan, pues, , en el primer capítulo de su Parte IV, al estudio  del estado cristalino (sólido), de particular interés por nuestra parte, porque, en su origen, ello nos sirvió como modelo analógico para desarrollar nuestra teoría geográfica acerca del espacio geográfico, a partir de los estados de espacio; una categoría equivalente a la de estados de la sustancia y campos, pero en la que se expresan relaciones distintas; esto es, no las propiedades y leyes de las sustancia y campos, sino las propiedades y leyes del espacio.

 

En el modelo analógico destaca la propiedad de la anisotropía o vectorialidad en dependencia de la dirección  del cristal; la ley de la constancia de los ángulos diedros; la ley de los números enteros (“que corrobora –dicen textualmente Karapetiants y Darkin– la estructura discontinua de la materia”), la regla de la red cristalina (atómica o molecular, de 230 tipos de simetría interna), y su unidad estructural; los elementos de simetría: centros, ejes, (giratorios y de inversión), o planos; y los tipos de simetría externa (32).

 

Finalmente tratan sobre los estados líquido y gaseoso (amorfo), en los que destaca la propiedad de isotropía o comportamiento vectorial independiente de la dirección.

 

Como ahora se podrá entender sin dificultad, una obra fundamental para trazar la reestructuración de la geografía como ciencia.

 



[1]        Karapetiants-Darkins; La Estrucutra de la Sustancia; Editorial MIR, 1ª edición, 1974; 2ª edición, Moscú, 1979; p.9 (subrayado nuestro).

[2]        Ibid. p.9.

[3]        Ibid. p.18.

 

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11 abril 2015 6 11 /04 /abril /2015 22:01

Comentario a, La Faz de la Tierra y su Origen, de Gennady Nikolaevich. Katterfeld, 1962 (5/…)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

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05 mar 13.

 

Del Cap. 2. La causa de los movimientos tectónicos.

 

El punto de partida en el análisis del origen de la superficie terrestre, en la deducción a la que llegó luego de todas las diversas mediciones de la esfericidad de la Tierra a lo largo de la historia, es el carácter triaxial de la masa planetaria, determinado no sólo por la actividad tectónica interna, sino por las condiciones cósmicas de la Tierra, esencialmente, en relación con la masa de la Luna.

 

Katterfel va a destacar un hecho que por bien sabido, suele pasar desapercibido en la relación causal planetaria: los cambios de velocidad en los movimientos de la Tierra, tanto en el muy conocido en la órbita de traslación, como en lo no bien precisado del movimiento de rotación.  Katterfeld vuelve a Kant para destacar el efecto de retardación de la rotación debida a la marea de la Luna.  Pero, además, Katterfeld aplica la hipótesis de la pulsación de la Tierra (como consecuencia de la actividad fisco-química interna expansiva, y la acción gravitatoria compresiva), y en este proceso, a su vez, se producen oscilaciones en la variación de la velocidad de rotación, de lo cual da la cifra de la variación del radio terrestre medio, en 12 cm (1897).

 

Así, en este juego de expansión-compresión se d, a su vez, un acomodo de la masa terrestre general, de modo que, dice Katterfeld, “una protuberancia que se hunde en la región ecuatorial, tiene como consecuencia necesaria una reducción prolongada en la compresión polar”.

 

Que la Tierra tenga estas variaciones en su forma y movimientos debido a sus causas físico-químicas internas como gravitacionales externas, se hacen lógicamente entendibles; pero donde la hipótesis de Katterfeld se empieza a dificultar, es cuando incluye causalidades tan sutiles como las variaciones de temperatura anuales como consecuencia de las posiciones de la Tierra respecto al Sol en su órbita elíptica; pero, más sutil aún, por la temperatura zonal del planeta.

 

Katterfel da hasta aquí una descripción meramente cualitativa, la cual simplemente nosotros traducimos en sus aspectos esenciales, de lo que +el llama “la historia del paneta dual Tierra-Luna”.  Éste considera que la Luna –dice él– “evidentemente” no ha estado siempre con nosotros, sino se formó cuando ya la Tierra tenía entre 800,000 millones y 1,000’000,000 de años de existencia, formada igualmente de la nube de gas y polvo protoplanetario, siguiendo la teoría de O.Y. Smith del “origen frío” de tal agregado.

 

En ese entonces, ambos astros se encontraban más cerca el uno del otro; a decir de Katterfeld incluso, a poco más del límite de Rochd, esto es, a poco más de dos diámetros de la Tierra medidos a partir del centro de la misma.

 

En la descripción de su hipótesis, Katterfeld, de momento, no nos da más datos.  Nada sabemos hasta aquí acerca de por qué o cómo la Luna se ubicó en esa posición sincrónica; pero tampoco nada sabemos acerca de lo que ocurrió (que no sea el alejamiento de la Luna), en el proceso de desfasamiento y retrogradación de la traslación de ésta.  Todo ello, hasta aquí, sólo se menciona como causa inicial, pero no como un proceso.

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6 abril 2015 1 06 /04 /abril /2015 22:02

La Ciencia, el Método de la Ciencia, y la Formación del Geógrafo: la dialéctica del análisis a través de los métodos empíricos y teóricos (7/10).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

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a)      Los métodos empíricos.

 

Los métodos empíricos de la sistematización del conocimiento se constituyen por la observación, la medición y la experimentación o modelos de comprobación, más directamente vinculados al principio de descripción.

 

Observar, desde el punto de vista científico, no es, como se suele decir, sólo “ver”, sino el dirigir la mirada a algo específico que ha llamado la atención con curiosidad.  El primer resultado del conocimiento científico derivado de esa observación, es, justamente, la descripción, la capacidad de enumerar los elementos o partes componentes de aquello que se observa y sus características externas más relevantes.

 

Es aquí donde comienza a destacar todo lo teórico discutido anteriormente. Lo que faculta a dirigir la mirada a algo, es precisamente, la hipótesis; la hipótesis es lo que dirige la búsqueda de explicaciones (cusas); y como consecuencia de la descripción que se obtiene, se hace posible establecer comparaciones de aquello desconocido, con algo conocido, de donde comenzamos a ver lo semejante ahí donde parecía haber diferencias, o lo diferente ahí donde sólo parecía haber semejanzas, elaborando con ello el análisis comparativo cuya parte esencial es la analogía.

 

De manera natural en el inicio de una investigación, salta a los órganos de los sentidos la sensación de que nuestro objeto de estudio “se parece a…, o es como…, tal o cual cosa”, estableciendo con ello la analogía, que no pocas veces arroja fructíferos resultados en el desentrañamiento de los fenómenos.  La analogía, cuanto más acertada se muestra, mayores son los resultados que de inmediato se obtienen, pues de una analogía lo que interesa es “darse una idea” de por donde abordar el objeto de estudio, es decir, de qué posibles leyes rigen en él.

 

La medición, es el aspecto quizá más esencial de la investigación científica, a tal grado que la corriente filosófica positivista definió por la ciencia –absolutizando en hecho– aquel conocimiento capaz de medir un proceso y matematizarlo.  En otras posiciones filosóficas, como la dialéctica materialista que constituye el marco teórico gnoseológico del autor de este apunte, ese hecho de la medición y matematización no se absolutiza, pues hay conocimientos rigurosos en calidad de ciencia, que no necesariamente suponen la medición ni la matematización (y es el caso de la filosofía misma).  Sin embargo, no deja de asignarse un papel esencial a la posibilidad de medición.  De hecho, la ciencia moderna nació, en forma práctica, con el hecho de la medición, ya por Galileo (1564-1642), al poder determinar la velocidad de la caída de los cuerpos; pudiendo determinar la primera ley de la ciencia en la aceleración de la gravedad; ya por Kepler (1571-1642), al poder determinar las órbitas de los planetas, de las que derivó sus dos primeras leyes en 1609, y la tercera en 1619.

 

La medición no hace, pues, la ciencia por sí misma, sino bien e da su carácter esencial de precisión, que simple y sencillamente significa, en principio, un proceso de descripción más profunda, cualitativamente superior a la observación empírica de lo externo, en tanto que nos da a conocer aspectos que no están a la vista, es decir, que no son sensorialmente perceptibles de manera directa.  Se forma así, el análisis cualitativo, como el primer nivel del conocimiento abstracto de los fenómenos concretos.

 

Pero si la medición presenta un descripción más fina; también da las bases para la explicación cuantitativa y la matematización.  La explicación cuantitativa a lo que se refiere, es a la causalidad definida por medición (justo lo que encontraron Galileo y Kepler), donde la matematización del fenómeno sólo significa precisamente esa descripción más fina de precisión, de lo no dado directamente a los sentidos.  No casualmente es que la medición y matematización representa, como se suele decir figurativamente, “la joya de la corona” de la investigación.

 

El experimento y los modelos de comprobación, por su parte, son, en el método de la ciencia, fundamentalmente, comprobación, y en ese sentido, demostración de lo que se investiga.

 

No todas las ciencias son ni pueden ser experimentales, en la forma en que el experimento de entiende en las ciencias naturales.  No obstante,, ello no quiere decir que las ciencias sociales no sean experimentales, sino que su forma de experimentación es otra muy diferente a la de las ciencias naturales.  Por decirlo así, en las ciencias naturales el fenómeno (la realidad), es llevado a los instrumentos de medición y experimentación (al laboratorio); en las ciencias sociales, por lo contrario, son los instrumentos de medición y experimentación lo que han de ser llevados al fenómeno; y eso significa que lo experimental se expresa como la elaboración de “modelos de comprobación”; es decir, de elaboración teórica (por lo regular, matemática), a través de los cuales se trata de comprobar la veracidad de un proceso.

 

La medición, el experimento, la matematización, son procesos de orden cuantitativo; mediante ello, pasamos de la observación y descripción simple del análisis comparativo, como de la descripción explicativa del análisis cualitativo, a la explicación rigurosa misma del fenómeno, con el análisis cuantitativo.

 

Nada de lo anterior ocurre, por el hecho de que didácticamente lo hayamos expuesto así, ni en un necesario orden jerárquico, ni en una secuencia ordinal, ni mucho menos en sus aspectos, de manera aislada el uno del otro.  Todo ocurre simultáneamente en la cabeza del investigador, y éste sólo da prioridad a aquello que le permite ir entendiendo las cosas.  Al final, con todo ello, lo que ha hecho, ha sido verificar una hipótesis, y dejar asentado, en su caso, su demostración.

 

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