Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
Debemos partir del razonamiento más simple posible. Cuando el conocimiento de la verdad está en el centro de todo saber, optar por una posible idea u otra porque representan versiones, en principio, ya no idénticas entre sí (o de otra manera compartiríamos la misma opinión), sino versiones, por lo menos, contrarias; en donde ya notamos que hay algo que les hace relativamente diferentes (es decir, que una en relación con la otra, las hará diferentes); si no es que absolutamente contradictorias, en donde ya una versión niega completamente a la otra.
Lo que está detrás de cada versión, finalmente, es toda una manera de interpretar el mundo; una posición filosófico-cognoscitiva; de modo que lo idéntico, lo contrario, o lo contradictorio entre una versión o idea de las cosas, es, en el fondo, la identidad, contrariedad, o contradicción entre esas interpretaciones del mundo o posiciones filosófico-cognoscitivas.
Tales interpretaciones filosóficas del mundo, finamente, no son sino el fundamento dado en uno u otro sistema filosófico, estemos o no conscientes de él.
La coherencia de los argumentos demostrativos dependerán de esa conciencia o no, del fundamento filosófico. Serán débiles y confusos a falta de ello. Y en la comunicación o intercambio de ideas, se hace necesario, o por lo menos conveniente, el preestablecer nuestros fundamentos (lo que se conoce como Marco Teórico); el cual, en nuestro caso, lo es en la dialéctica materialista.
El problema esencial es: ¿y cuál versión, opinión, o interpretación de las cosas, es la verdadera? ¿cómo saberlo? La ideología de la llamada “posmodernidad”, niega que esto pueda ser posible, y habla sólo de una verdad relativa; esto es, de una verdad subjetiva, sólo en relación con la opinión del sujeto (en donde cada cual tiene su verdad). En esas circunstancias, carece de sentido todo intercambio de ideas, ello se hace inútil o a lo más se convierte en mera retórica; pues ya puede irse cada cual por su lado con su verdad, que la realidad, el mundo objetivo, puede ser otro.
Así, la verdad en relación no con la opinión del sujeto (subjetiva), sino en concordancia con la realidad, con el mundo de los objetos materiales fuera de nuestro pensamiento (la verdad objetiva), adquiere ya no sólo un carácter relativo, sino, en un momento dado, absoluto, válida para todos.
Saber qué es lo verdadero implica, pues, establecer cuatro criterios fundamentales: 1) la objetividad, 2) la causalidad, 3) la deducción lógica, y 4) la verificación en la experiencia o práctica histórico social.
Ahora, si nuestras opiniones son totalmente contradictorias (una niega totalmente a la otra), entonces, bajo el criterio de la verdad objetiva, una, y sólo una, será necesariamente verdadera.
En consecuencia, afirmar, por un lado, por ejemplo, que está en las manos del ser humano el poder de conciliar todas sus diferencias y ser una sola y real hermanada humanidad, consciente de su naturaleza y su propósito; o afirmamos, contradictoriamente, que hay “un poder –por demás cruel– que no tiene nada que ver con nuestros anhelos...” (Kartins), que nos impide tal fraternidad humana; en primer lugar, por el principio de objetividad, una, y sólo una interpretación, será la correcta y verdadera; y en segundo lugar, sólo lo puede ser aquella que explique las causas y pueda proponer la manera de corregirlas; que lo haga de manera hipotético-deductiva; es decir, con arreglo a las leyes de la lógica; y que argumente su demostración no sólo con los hechos semejantes dados en la historia, sino con hechos predecibles a verificar.
Esto es, que aquí se confrontan dos evidentes posiciones: la científica (que remite al mundo objetivo), y la metafísica (que remite a un mundo sobrenatural de <<un poder cruel, por el momento ineludible, que se nos opone>>. Una posición se demuestra con los recursos del ejercicio de pensamiento y de la ciencia. La otra posición, sólo se finca en la creencia, en aceptar que existe un poder extraño ineluctable.
Así, entre dos posiciones contradictorias irreducibles, sólo quedará el congratularnos por el ejercicio retórico a que invita, que siempre será uno de los máximos placeres humanos. Nadie, por ese ejercicio, convencerá demostrativamente a nadie y le hará ajustar su opinión; por lo contrario, mutuamente se reforzarán cada una por su lado..., pero eso, así fuese lo único a esperar, ya es virtuoso.