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9 septiembre 2012 7 09 /09 /septiembre /2012 17:29

Ícono Filosofía-copia-1Ética: la Teoría de la Moral, en los Fundamentos de la Dialéctica Materialista. Telelología: el Acto Moral Atenido a las Consecuencias.  (6/12).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

12 sep 12.

 

 

6  Telelología: el Acto Moral Atenido a las Consecuencias.

 

La teleología (del gr. telos, fin; y logos, tratado) , es la parte de la ética en que se trata del deber ser o acto moral, en función de sus consecuencias.

 

En este planteamiento general, se dan algunas teorías telelógicas particulares, tales como la “teoría del egoísmo ético”: el deber ser, según reporte el mayor bien al individuo, independientemente de las consecuencias para los demás.  Una teoría que evidentemente falsea el espíritu de al amoral, es decir, el bien socialmente dado.

 

Otra teoría es la llamada “teoría del utilitarismo”: el deber ser como el bien a los demás, independientemente de ciertas consecuencias particulares, es decir, sin que implique la conciencia del sacrificar el bien propio.  Una teoría, por su parte, que contiene el mismo egoísmo con un carácter útil, si bien considerando a los demás en el bien socialmente dado.

 

El planteamiento teleológico en general (haciendo a un lado las teorías particulares antes expuestas), como el deber ser teniendo presentes las consecuencias de los actos, implica no sólo la consideración de la sociedad, sino el desinterés de la propia persona que realiza el acto moral por sí mismo, al punto en que éste ha de estar obligdo a su sacrificio por la sociedad, es la parte de la ética o teoría de la moral normativa.  Es la consecuencia del acto lo que impone la norma.

 

Esta parte de la ética es muy próxima al acto jurídico, a tal punto que en no pocas ocasiones, el contravenir el acto moral normado incurriendo en un acto inmoral, además del cargo de conciencia, implicará, a su vez, la sanción penal jurídica.

 

Así, es en ese sentido que la teleología, es precisamente la normatividad moral que rige para todos por igual (no pestatuido a la manera jurídica, sino como valores entendidos en general por la sociedad), y todos debemos actuar en la obligatoriedad moral del deber ser, según las consecuencias de nuestros actos, sin que nadie pueda quedar ajeno a ello.  Y esto último implica lo mismo al ciudadano común, incluso sin formación educativa alguna, hasta el profesional de la más alta responsabilidad social, por ejemplo, el médico, o el político.

 

De este modo, la conducta moral es una conducta obligatoria y debida.  Esa obligatoriedad parecería contradecir la condición necesaria de libertad para considerar el acto moral, pero se está hablando aquí, no de una obligatoriedad estatuida y sancionativa, sino de la obligatoriedad de conciencia en la relación social.  Esto es, una obligatoriedad en los límites de la conciencia, que da margen a la consideración de factores determinantes que pudieran impedir esa obligatoriedad, sin menoscabo moral para el que ha de actuar.  La obligatoriedad moral, de conciencia, ha de ser, entonces, ajena a la absoluta condición de necesidad, como a cualquier tipo de coacción, sea ésta externa como factor ajeno a nuestra voluntad que nos impide el deber ser; o sea esta interna como el acto pulsivo inconsciente, como el deseo o pasión irresistibles, o la sugestión que induce anulando la capacidad de la voluntad consciente propia.

 

Aquel que actúa bajo coacción, deja de ser responsable de sus actos, y esa responsabilidad se transfiere al factor coactivo.  No obstante, la capacidad de voluntad del sujeto ha de ser valorada, pues podría darse el caso extremo de que, aún a costa de su vida, tuviese que obrar conforme a su propia conciencia en el deber ser.

 

Un aspecto particular, pero no menos esencial, de la obligatoriedad del acto moral, es el argumento de ignorancia.  Telelógicamente, nadie puede alegar ignorancia en el incumplimiento del deber ser (es decir, el que se actuó o no, porque no se sabía), antes al contrario, en ello hay una doble falta: primero por la falta dada en relación con el acto moral; y segundo, por no saber, debiendo saberlo.  Esto es, que ningún ser humano debe ser ajeno a las normas morales; no obstante, en cuanto estas son aprendidas en sociedad, suele haber casos en que, efectivamente, se desconozca la norma y no hubiese habido posibilidad de quela conociera, particularmente dado en los estratos sociales de bajo nivel cultural y escasa socialización en general.

 

Una variante del hecho de ignorancia, es el actuar “por consejo”.  En este caso, el consejo se convierte en un factor coactivo interno que el sujeto habrá de sopesar racionalmente, actuando en pleno juicio propio.  Como en el caso de la pasión irresistible en el que se pierde el autocontrol, se comete la doble falta.

 

La conciencia es, en el mejor de los casos, no sólo la comprensión del juicio acerca de la obligatoriedad del acto moral, un juicio de valor, sino del juicio intelectivo acerca de las causas y consecuencias, y del juicio estético de la razón del perfeccionamiento humano.

 

Esta situación de conciencia, aunada al actuar por costumbre en omisión de la norma aun en el campo de la teleología, es lo que da lugar, ya al deterioro, o bien al progreso moral.  Pero ello implica un caso más particular, en donde la omisión de la norma no se hace por la fuerza de la costumbre, sino por decisión deliberada, y ello abre el campo de la ética conocida como deontológica, a la que nos referiremos tema aparte.

 

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