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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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19 julio 2010 1 19 /07 /julio /2010 08:04

Los Métodos

de la Teoría del Conocimiento en Geografía.

  Curso, Universidad de Guadalajara, 1985 (4).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica,

http://espacio-geografico.over.blog.es/;

México, 29 jul, 2010.

 

 

2  La Importancia de la historia y de la historia de la ciencia.

 

La importancia de la historia puede reducirse, en palabras de Jorge Santayana, al hecho de que, quien no la conoce, está condenado a repetirla.

 

La historia es pues, la memoria de nuestra conciencia social; en ella se recogen los errores, los planteamientos problemáticos sin resolver, las causas, y en suma, la experiencia social, el conocimiento.  Por lo tanto, desconocer la historia, equivale a desconocer el método general del conocimiento, es decir, de la ciencia.

 

Ahora, si como hemos dicho en el punto anterior, la ciencia es una forma de la conciencia social, se ve claro entonces que no puede haber ciencia sin historia, y por lo tanto, pretender hacer investigación científica prescindiendo del análisis histórico es, desde todo punto de vista, imposible.

 

Hacer un análisis histórico tanto más objetivo y exacto, supondrá un conocimiento del acontecer histórico cuanto más amplio y profundo.  Un conocimiento detallado de la historia nos brindará los elementos para el análisis correcto de la experiencia, del conocimiento, es decir, de la ciencia.

 

Y aquí tenemos que recoger los datos del punto anterior, pues un conocimiento objetivo de la historia de la filosofía, de tal modo que las leyes de la filosofía son a las leyes de la ciencia, el método histórico, lo será a los métodos de las ciencias.

 

No se puede hacer ciencia sin el método histórico, ya que la investigación científica implica el estudio de las cosas en su desarrollo, en su movimiento, en lo cual está contenida la causalidad.

 

Pretender ciencia ajena a la historia, es pretender la investigación de lo estático, de lo inamovible, en donde la causalidad sólo puede ser externa al fenómeno y no propia del fenómeno mismo; y, por lo tanto, de una investigación a-histórica, nada se puede saber acerca de la esencialidad.

 

Sin un conocimiento de lo que la ciencia ha sido, jamás podremos saber lo que la ciencia es, y mucho menos lo que la ciencia será.  Si pretendiésemos conocer algo sin analizarlo en su desarrollo, no pasaríamos de tener una descripción estática de ese algo, pero jamás ello nos explicará las relaciones causales que le hacen ser lo que es, ni podríamos predecir las tendencias de su movimiento evolutivo.

 

La importancia de la historia de la ciencia, en ese sentido, se cifra por su parte, en posibilitar esta explicación de las relaciones causales de la ciencia, sus características y propiedades actuales y su proyección futura.

 

Si la ciencia, en sus términos generales significa conocimiento sistemático acerca del mundo que la humanidad ha alcanzado, la historia de la ciencia representa ese proceso multifacético del paulatino conocimiento del mundo, de sus logros en cada momento histórico.

 

El conocimiento sistemático del mundo, se mueve determinado por dos premisas generales: 1) la premisa de las relaciones o contradicciones externas del a ciencia; y, 2) la premisa de la relaciones o contradicciones internas de la ciencia.; o sean, respectivamente, las condiciones socioeconómicas y políticas de cada momento histórico, y las condiciones teórico-metodológicas y conceptuales de cada momento de su desarrollo, inmerso, atrapado en su momento histórico.

 

No obstante que en la actualidad está prácticamente reconocido por todos los historiadores de la ciencia la fundamentalidad de ambas premisas en el análisis de la historia de la ciencia[*], no siempre se han considerado indisolubles en su vínculo ambas premisas, y más aún en un principio, ni siquiera fueron tomada en cuenta como tales.

 

Pueden distinguirse así, tres grandes etapas en la práctica de la historia de la ciencia, las cuales es necesario distinguirlas para destacar la importancia de ésta en sus términos generales y en cada una de sus etapas históricas particulares.

 

La primera práctica de la historia de la ciencia se inició en Francia en 1892, a iniciativa de Augusto Comte, padre del positivismo.  El contenido de la historia de la ciencia en ese entonces, quedó determinada fuertemente por la teoría metodológica positivista, que la caracterizó como simples descripciones cronológicas (eminentemente “internalistas”), expuestas en el plano biográfico.

 

Durante el primer tercio del siglo XX, se enfatizó más en las investigaciones sobre historia de la ciencia, acerca del aspecto de las relaciones internas, discutiéndose más el desarrollo y sucesión de las teorías científicas en cada especialidad, al grado que, a decir de Einstein la historia de la ciencia no era el drama de los hombres, sino el drama de las ideas.

 

La segunda etapa se dio con posterioridad a la II Guerra Mundial; a medida que aumentó la socialización de la ciencia, se fueron destacando cada vez más las influencias y determinaciones de las relaciones externas, y por la absolutización de la influencia del llamado “materialismo histórico” (la dialéctica materialista aplicada al análisis histórico), dominó entonces la posición externalista, por la cual la historia de la ciencia resulta de una determinación de las condiciones económico-sociales.

 

A poco andar, la absolutización de la historia de la ciencia como producto, ya de la premisa teórica o relaciones internas, ya de la premisa social o relaciones externas, orilló a evidentes insuficiencias; y, por otro lado, descubrió un objeto más profundo de la investigación histórica de la misma (siendo éste el inicio, en la década de los años ochenta del siglo XX, de una tercera etapa en la práctica del historiar de la ciencia).

 

En tanto las corrientes internalista o externalista, como se llamaron a los extremos de aquellas absolutizaciones, no llegaban a una explicación completa o multifacética de las leyes del desarrollo de la ciencia, se perfiló cada vez más el análisis de la premisa interna en función de la externa; es decir, por la cual las teorías científicas han de tener una profunda determinación por las condiciones económico-sociales de su época, lo cual se percibió claramente en la medida en que se difundieron y crecieron las organizaciones de científicos y se institucionalizaba la ciencia.

 

Finalmente, el objeto de estudio de la historia de la ciencia, se profundizó más allá de la cronología de autores y su obra por un lado, o de los avances de la ciencia en cada época económico-social, por otra parte; así, se ahondo en el contenido de las leyes internas del desarrollo del saber científico, y de sus problemas teórico-metodológicos; “correlaciones de los periodos del desarrollo paulatino y de las revoluciones de la ciencia; factores, condiciones y esencia del proceso de formación y sustitución de las teorías científicas; evolución de la estructura de la ciencia y sus métodos; diferenciación e interacción del saber; cambios –a lo largo de la historia– de los estilos de pensamiento científico, etc.”[1].  La crisis del positivismo produjo, a decir de Semión Mikúlinski, “una singular fusión de la historia y la metodología de la ciencia”[2]

 

En resumen, la importancia de la historia de la ciencia (no precisamente el hacer de la historia de la ciencia), ha venido a ser ya en nuestros días no sólo la memoria del pasado, sino fundamentalmente, el análisis crítico del pasado, la interpretación del hecho histórico multifacéticamente considerado, sobre todo, a la luz del método dialéctico, para llegar a comprender los problemas de la metodología del conocimiento científico.

 

En general, la importancia de la historia de la ciencia, estriba en que, mediante ella, nos es posible descubrir las leyes de la teoría metodológica de la ciencia.

 

Así, la importancia de la historia de la ciencia puede extrapolarse hasta tal punto, que tiene que aceptarse que ella esparte integrante del quehacer científico.  Hacer ciencia, implica indagar en la historia de esta, tener un cuadro vivo de su desarrollo multifacético.

 

La teoría metodológica de la ciencia, supone la fundamental determinación de una serie de elementos.  Los elementos fundamentales de la teoría metodológica de la ciencia, la cual tiene su expresión concreta en sus formas singulares o ciencias especiales, son: a) la definición del objeto de estudio, b) la determinación de su lugar en el cuadro de la clasificación de las ciencias, c) la definición de postulados, d) la definición de principios, e) la estructuración de su aparato de categorías fundamentales, f) el desarrollo del carácter metodológico teórico-hipotético o hipotético-deductivo, y g) el establecimiento de leyes específicas del objeto de estudio de dicha especialidad.

 

En consecuencia, la historia de la ciencia nos permitirá descubrir las regularidades o leyes del surgimiento y desarrollo de dichos elementos metodológicos, las causas de su aparición en un momento dado, y sus propiedades en el hacer científico.



[*] En aquella década de los años ochenta, participamos activamente como miembros, tanto de la Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y de la Tecnología, justo en el momento en que contribuimos a su renacimiento; como de la Sociedad Latinoamericana de la Historia de la Ciencia y de la Tecnología, justo en el momento en que participamos en su fundación.  En sus eventos, particularmente en los Coloquios de la SLHCyT, fue notable esa discusión entre la historia de la ciencia “internalista” o “externalista”, lo que de suyo nos parecía un absurdo que pasaba por alto la dialéctica de amos opuestos en su contradicción.  En uno de los primeros coloquios, tímidamente, lo hicimos ver de esa manera (éramos recién egresados, en medio de la discusión de connotados investigadores en el ámbito internacional), y para nuestra sorpresa, un investigador soviético ahí presente se admiró de nuestra intervención y nos felicitó al final.  Pero nuestra sorpresa no era que nos felicitara, sino que algo tan elemental no se hubiese visto de tiempo atrás (al parecer ahí terminaron para siempre esas disquisiciones entre “internalistas” y “externalistas”).

[1]  

[2]  

 



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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Tesis y Monografías
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