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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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19 septiembre 2010 7 19 /09 /septiembre /2010 23:04

Mis Primeros Conocimientos de MagiaDe la Magia y la Ciencia

en la Comunidad de Geografía en México.

  Artículo, 2010 (4/8).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica;

http://espacio-geografíco.over-blog.es/;

México, 30 sep 10.

 

Qué es, pues, la magia.  Para entenderlo, tengo que contarles otro par de anécdotas maravillosos de mi experiencia docente.  Aquella plática con el compañero físico y la conferencia del Dr. Éli de Gortari tenidas a principios de los años noventa, al parecer, a la vista del no-entendido, pudiera decirse como, “no obstante” mi posición dialéctico materialista (cuando en realidad es gracias a ella), me permitía reconocer la existencia de la magia.  Pero al empezar el siglo XXI, ya no sólo reconocía su existencia, sino que ya era capaz de producirla.

 

La había ensayado con unos profesores, con los resultados que ya conocen; pero ahora tenía que llevarla con los estudiantes.  No por razones esotéricas, eso está claro –espero–, sino justo por las razones de la importancia de la investigación científica en general, y ya no sólo de frontera.  Así que, iba a aplicar la magia entre mis estudiantes, pero por simples razones didácticas.

 

Preparé el terreno, ya saben, hay del mago que no proceda con esa cautela; elegí a mi mejor grupo, con el que mejor me llevaba, estudiantes de la Licenciatura en Relaciones Internacionales; y aquí sí, la “víctima” tenía que ser una de las niñas bonitas del grupo, o “no funcionaría”.  Y una de ellas, muy segura de sí misma, se prestó; y voluntariamente dos estudiantes con la fama de bárbaros, se propusieron para tirar de las cuerdas.

 

Procedí de la manera que procede todo buen mago que se precie de serlo: mostré los implementos (las cuerdas), las hice revisar por varios de ellos; luego las tomé y coloqué sobre los hombros de la estudiante, de momento, aún sin entrelazarlas.  Fui disponiendo cosas raras a su vista: el bote de basura lleno de papel periódico al pie de la estudiante; hojas del mismo extendidas a su alrededor; y luego, antes de darles las instrucciones de lo que tenían qué hacer, procedí a explicarles en qué consistía el “experimento” de magia entrelazando otras cuerdas en un periódico enrollado, y diciéndoles, “miren, esto es lo que va a pasar con la compañera: las cuerdas van a pasar su cuello como se los voy a mostrar con este artefacto”, y pases por aquí y pases por allá, y, a un tirón de las cuerdas…, y, ¡el periódico quedó estrangulado!...  “Bueno, ven, como les decía, esto es lo que no va a pasar con la compañera”…  Y, por supuesto, en medio de la risa de todos, la antes muy segura estudiante, comenzó a transpirar y enrojecer, y como que ya mejor no; pero de inmediato le di instrucciones “para su seguridad” y pasé al acto de magia.

 

Una recomendación muy especial fue que se tapara los ojos con las palmas de las manos…; y es que era entendible, si me fallaba (algo muy probable), los ojos se le podrían botar y saldrían rodando como canicas.  Y por eso el cesto de basura con papeles para amortiguar la caída de su cabeza, ante la posibilidad de que no sólo quedara estrangulada, sino degollada; por lo menos su cabeza caería “en colchoncito” y no se haría un “chipote”.

 

Pero conforme todo aquello pasaba, la tensión fue creciendo; todo ese asunto se veía peligroso (y que si no), y varias de sus compañeras comenzaron a conminarme a que desistiera.  Entrelacé las cuerdas a su cuello y di cada extremo al bárbaro correspondiente…, pero en medio de aquella tensión, comenzaron a flaquear y finalmente desistieron (¡bhuuu!).  Yo hacía ver que me sudaban las manos tallándolas y secándolas contra mi ropa, y hacía como que dudaba, como que la pensaba una y otra vez…, pero, en mucho, ello no era fingido, sólo recordaba que, en verdad, ya mero estrangulaba a un profesor.  Y la tensión llegó a su extremo cuando sus compañeras exclamaban: “¡No profesor, no lo vaya a hacer, la va a lastimar!”; y yo por mi lado: “¡No, no se preocupen, con suerte, y no pasa nada; casi siempre me ha salido bien!”…  Se estaba en el punto; entonces tomé los extremos de las cuerdas, las palabras mágicas, las compañeras se reclinaron sobre las paletas de sus butacas metiendo su cabeza entre sus brazos, se tapaban la cara con sus manos apenas mirando entre sus dedos, la sonrisa en los compañeros era ya una mueca desfigurada..., y a la de tres…, y, ¡¡zaz!!..., un tirón a las cuerdas, y un grito de exclamación y cometarios de sorpresa: las cuerdas habían atravesado el cuello de la estudiante (y hasta sus brazos, pero eso no tenía chiste y ni lo mencioné).

 

Luego le tomé de la cabeza y la agité de un lado a otro, y consumatum est, le dije que podía pasar a su lugar.  Ya nada más aclaré por qué había hecho eso último; y es que una vez me quedé con la cabeza de una estudiante colgando de los cabellos, en lo que su cuerpo se fue a su butaca; y ese no fue tanto el problema, sino el ajustarle luego nuevamente la cabeza de manera correcta.

 

Bueno, ya sabrán, a partir de entonces fui conocido como el “Maestro Mago”.

 


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