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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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1 marzo 2010 1 01 /03 /marzo /2010 09:03

Clich--Educaci-n--Posgrado-Educaci-n

Haciendo un poco de Filosofía de la Educación:
la Didáctica Concreta (3/5)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri 

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica 
http://espacio-geografico.over-blog.es/; 
México, 8 mar 10. 
 

En un tercer punto examinemos la práctica docente de Hans Christian Oersted (1777-1851)  El 11 de septiembre de 1820 fue leída la disertación  científica de Oersted, contenida en cuatro páginas, en la Academia de Ciencias de París: se trataba del descubrimiento de la tan buscada relación entre los campos magnético y eléctrico, que se intuía existía, pero más de siglo y medio de estudios no había permitido demostrarlo, a tal punto, que el descubrimiento de Oersted se produjo como consecuencia de un experimento, para demostrar que tal relación no existía; y lo más interesante aun para los fines de la teoría educativa que aquí discutimos, fue que tal experimento y demostración, ocurrió en el ámbito de una clase normal del profesor Hans Christian Oersted, en ese año de 1820.
 

Existen distintas litografías que recrean aquel momento, la más significativa es precisamente la que se plasmó en la Medalla Conmemorativa a “Hans Christian Oersted, Teacher Scientist, 1820”.  Se afirma que este es el único descubrimiento científico realizado en una clase, lo cual de manera efectiva aceptaríamos que así lo es, pero hemos relatado ya el caso de la “genial intuición” –como lo dijeran Marx y Engels en estas situaciones”-, del modelo de los cinco sólidos perfectos de Kepler que lo condujo al descubrimiento de sus tres famosas leyes del movimiento de los planetas. 
 

El profesor de Física, Oersted, en un día como cualquier otro de la rutina educativa, recibió a sus alumnos en la Sala de clases.  Había preparado algunos dispositivos experimentales para mostrar a sus alumnos que no existía relación alguna entre el campo magnético y el campo eléctrico.  En la Medalla Conmemorativa a que hemos hecho referencia, se muestra esa escena en la cual, a la vista azorada de “cuatro estudiantes”; que bien sólo pudieran representar simbólicamente un mayor número; al borde de una mesa ven con extrañeza precisamente lo contrario de lo que el profesor Oersted les había advertido que ocurriría.  Y cabría pensar que por sus cabezas estaría pasando la idea de que, o entendieron mal las instrucciones, o lo que su profesor les había anticipado era falso.
 

Se ve ahí al profesor Oersted sosteniendo un cable en las manos, por el que, se entiende, está fluyendo la corriente eléctrica, y que lo tiende sobre una aguja magnética soportada libremente en un pivote.  La imagen es absolutamente clara, esa es la esencia del problema: la aguja magnética ha girado 90º y se ve perpendicular al cable de la corriente eléctrica.
 

En otro momento, en una historieta de caricaturas de nuestra propia manufactura, recreábamos “cuadro a cuadro” la escena que ahí imaginamos: al azoro de los estudiantes ante el discernir entre una instrucción mal entendida o una contradicción en su propio profesor, resolvían la duda desde el momento mismo en que –nos imaginamos al pobre del profesor Oersted- éste veía girar la aguja magnética en 90º cuando él había advertido justo que eso era lo que no iba a ocurrir, y él entonces hacía lo propio girando el cable de la corriente eléctrica en 90º para alinearlo a la aguja, la cual, obstinada, volvía a girar otros 90º.  En ese momento –no podemos imaginar otra situación-, los estudiantes de Oersted que finalmente comprendían que habían entendido bien las instrucciones y por lo tanto su profesor era el que había caído en contradicción, estarían esbozando la más amplia sonrisa, tapándose la boca para no exclamar la sonora carcajada, entendiendo que el palidecer y enrojecer del rostro de Oersted, al mismo tiempo que comenzaba a transpirar profusamente en su danza en torno al pivote persiguiendo con su cable en las manos a la necia aguja que lo eludía, debería ser como consecuencia de su error.  A su vista, su profesor se equivocaba abiertamente.
 

Pero esa condición de Oersted, lo que estaba revelando, era que se había hecho un descubrimiento científico.  Su desconcierto y su placer, debían ser infinitos. 
 

Mas lo que a continuación diremos de Oersted, se aplica por entero al mismo Kepler; transcribimos ahora –sin recriminación a la extensión de lo trascrito dado el texto, con ciertos arreglos, de nuestra propia autoría-, nuestras propias palabras de la ponencia presentada en el I Congreso Estatal Sobre Experiencias Didácticas en la Áreas de Ciencias Naturales y Matemáticas, en mayo de 1996:
 

Hasta aquí, todo lo expuesto, más bien parece hablar <<...al educador entendido en estas cosas, justo y aparentemente, “lo que no se debe hacer”.
 

Qué nos revela la extraordinaria anécdota de la lección de Oersted: 1) un profesor que no ha preparado su clase; 2) un profesor que, en consecuencia, improvisa, 3) un profesor que además, es de los notables de su tiempo; 4) un profesor que, seguido de lo inmediatamente anterior, imparte un tema en los límites del conocimiento de su tiempo en esa materia; y 5) digamos en suma, un profesor que violenta todas las leyes de la didáctica, es decir, el considerar si: a) los jóvenes estaba o no preparados, b) si la lección era o no adecuada a ello, c) si estaba o no claro el sentido o finalidad de la lección, y d) por demás evidente, que Oersted no sabía, sólo presuponía los resultados de su lección, en ningún momento se ocupó de hacer él antes el experimento que habría de demostrar a sus alumnos; y e) en consecuencia, qué tan objetivo o subjetivo fue.  Y en particular con respecto a la didáctica Ley del Efecto, acerca de que aquella actividad que conduce al éxito será muy superior a la que termina en fracaso, aquí quedó hecha polvo. 
 

 

                              Por lo dicho hasta aquí, se podría decir que se ha hecho la más furiosa crítica al maestro Oersted, pero por lo contrario, desde el punto de vista de la “Didáctica Concreta”, sólo de imaginarnos esa lección y sus secuelas, cómo habríamos deseado haber tenido un maestro así>>[9] -o como lo ha dicho Koestler: “debió ser una auténtica experiencia”.

 

 

                              Así, tanto Kepler como Oersted, son quienes más idealmente responden a nuestro concepto de maestro y mejor expresa en su didaxis el sentido de nuestro concepto de “Didáctica Concreta”: a) Oersted no era “un maestro más”, uno más de los reproductores simples, empíricos e irracionales de la norma establecida; b) Oersted, para ser maestro, era antes un investigador científico; c) Toda norma didáctica (recordemos que tiempo atrás ya Comenio había publicado su “Didáctica Magna”), es superada, no por lo que equivocando conceptos llamaríamos una “práctica docente científica”, sino correctamente dicho, la norma didáctica es superada por una práctica docente inmersa en un quehacer científico; independientemente de qué tanto dicha práctica docente como tal sea realmente científica, en la medida de su propia fundamentación teórica.  Lo anterior explica por qué Oersted no necesitaba “preparar la clase” y por qué “improvisaba”; es que el proceso hipotético-deductivo de sus investigaciones científicas estaban profundamente ligadas a su práctica docente.

 

 

                              Oersted había descubierto así la relación entre los campos magnético y eléctrico, volteó a ver a sus alumnos que se carcajeaban hondamente, y luego de un momento de entrecruzar miradas, les hizo de su conocimiento que eran testigos presenciales de uno de los más notables descubrimientos científicos.  Y entonces aquello debió haber dado lugar a la explicación y secuela de clases más extraordinarias, mas ciertamente, sólo en mayor medida para los estudiantes discipulares, para los capaces de seguir al maestro tanto más de cerca como les fuese posible; luego relativamente para los estudiantes en calidad de alumnos.

 

 

                              A un docente que hace investigación no sólo sobre su especialidad profesional, sino sobre su misma práctica docente con plena capacidad crítica y creativa, no hay necesidad de plantearle ningún tipo de “credo del Buen Maestro”>>[10]

 

                              En conclusión, es absolutamente absurdo el concepto de la “Microclase” en cuanto que pretenda trazar los lineamientos del “Buen Maestro”, que, como se vio en las sesiones de clase de esta Maestría, sólo se reducían a revisar y “recomendar” aspectos de forma, del estilo didáctico muy propio del docente, lo cual resulta una aberración baladí; cuando que lo que se debió haber discutido era el contenido, no del especialista, sino de la educación.


[9] Hernández Iriberri, Luis Ignacio; La Lección de Oersted: Didáctica Concreta; Memorias del Primer Congreso Estatal Sobre Experiencias Didácticas en las Áreas de Ciencias Naturales y Matemáticas; Colegio de Bachilleres del Estado de Morelos; Cuernavaca, Mor; mayo de 1996; pp.247-251.

[10] Hernández Iriberri, Luis Ignacio; La Evaluación Ético-Esteticista en el Aula Durante un Curso: La Evaluación por Autocompromiso; Tesis de Maestría en Educación, Universidad Internacional, México, 2005 (I Cap. 2 Didáctica Concreta)


 

 

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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Educación
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