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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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29 enero 2012 7 29 /01 /enero /2012 23:02

L iteratura capitularLa Tragedia de Parecerros.  Cuento Corto, 2012 (2/3).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geografíco.over-blog.es/

30 ene 12.

 

El amo y señor del poblado era un tal Don Aureliano, hombre viejo y malencarado, pero que se daba por bondadoso.  Se había hecho rico de la explotación de los trabajos de las minas de plata, cuando la plata ni siquiera era suya; él era, pues, sólo el administrador, y su familia venía de tiempo atrás en esa función.

 

Bien que se las sabía de todas, todas; tenía años de no verlo, nos saludamos bien (en realidad, lo saludé bien yo; porque él, como que esperaba un apuñalamiento; el viejo ya no sabía en quién confiar con tanta tropelía suya obligado por sus funciones); le hice saber que había terminado mis estudios, hasta le precisé que ahora era geólogo, y como él qué iba a saber de eso, le enfaticé que eso significaba ser un conocedor de minas; aun cuando, bien que me cuidé de ocultar mi especialidad; luego de la ingeniería en geología, me había especializado en paleontología; apenas tantito hubiera tenido que aclara qué era eso, chocaríamos; era un viejo religioso, con él no había nada de la teoría darwinana de la evolución; satanizaba los fósiles que de cuando en cuando los mineros rescataban de los socavones; cuando justo ese misterio fue el que me había llevado a esos estudios.

 

Y ya lo esperaba, apenas yo satisfecho le terminaba de informar de mis logros, y me estalló en los oídos su frasecita de siempre de mil maneras repetida: <<Así es, todo lo que uno desea, si lo hace uno con fe, se cumple>>.  Dicho así, era más o menos aceptable; pero esa frasecita en su forma más clásica, era: <<Si todos los días uno se levanta con buenos propósitos, a uno le va bien>>, lo que remataba con el estribillo de: “¿no es cierto?”, y quién le iba a decir que no.  Y luego redondeaba: <<Si uno tiene malos pensamientos, si se piensa negativamente, mal le ira>>.  En toda plática con él esa letanía salía a relucir; cualquiera del pueblo apenas lo veía, así fuera de lejos, era inevitable recordar tal rezo.  Y el problema es que, a la vista y entender de los lugareños, eso, en él, ¡se cumplía!  ¡Ah!, cómo hacerle entender a los paisanos lo que era la acumulación originaria del capital.  En ellos no era su desdichada falta de fe, no era su desventura de que por más positivos que fuesen sus pensamientos, Dios no los escuchaba…; pero, si no fuese así, los “don aurelianos”, ha mucho no existirían.  Hace algunos años hasta yo dudaba…; ahora el viejo sabía que yo era de cuidado…, quizá por eso su frasecita, sin dejar de echármela encima, por lo menos me la echó más aligerada…; ¡ah!, viejo zorro.

 

Por razones religiosas había en él el dictado de tener que elegir a un protegido, y había echado mano de un tal Ezequiel, al que todos conocían como “El Sorullo”, y ahora éste era el administrador.  Pero si el viejo tenía sus lecturas, el condenado “Sorullo” era más cerrado que un socavón derrumbado.  Ahora él era “el dueño”, y no sólo contrató a otro administrador que sólo se dedicaba a los cobros y recaudaciones, sino que todo el mundo tenía que seguir yendo con él mismo para recibir su pago.  Entonces el que iba a cobrar, llegaba al despacho de “El Sorullo”, y el desdichado y sumiso mortal sólo veía al famoso “Sorullo” sacar su gruesa cartera, literalmente a reventar, repleta de billetes; y tenía la manía de tomarla de tal modo, que al doblar por la mitad, lo billetes de menor valor quedaban en el centro del doblez, y así los billetes de mayor denominación eran los que quedaban a la vista uno tras otro en un grueso fajo; y luego, con aires de magnanimidad, veía la nómina, y comenzaba a contar parsimoniosamente billete tras billete, el mísero salario que el otro se había ganado dejando en ello la vida.  ¡Ah, desdichado “Sorullo”; de mi ya no quería saber nada!

 

Alguna vez su administrador, un viejo noble y medio ingenuo, Luciano, me fue a ver, y en la plática se le ocurrió decirme: “…pues se está considerando la posibilidad de que tu regreses…”, y molesto, indignado, lo paré diciéndole que cómo que “se estaba considerando la posibilidad” de que yo regresara; y se me quedó viendo extrañado y contrariado, pues él era en sí un alma de lacayo que no podía imaginarse que el contrato de trabajo no era una dádiva, sino un derecho, y en mi caso concreto, un “tu a tu” en la venta de la fuerza de trabajo calificado; y le rematé diciéndole que “no se quebrase la cabeza con esas <<posibles consideraciones>>, que el asunto se reducía a que si se me podía pagar lo que pedía, adelante, y si no, que yo no estaba suplicando por ello”.  Y desde entonces no he vuelto a ver por ningún lado ni al Don Aureliano y su consabido mensaje de que <<si nuestros pensamientos son positivos, nos irá bien>>, de que <<todo lo que imaginas con fe, se cumple>>; ni al condenado y pecaminoso del “Sorullo”, su protegido.  Y por fortuna no me he vuelto a encontrar tampoco con el cantor religioso y su estribillo pegajoso de que <<si piensas que la montaña se mueva, se moverá…>>.  Así andaban las cosas ahora por aquí en Parecerros, cada vez peor; y encima, se le vino la tragedia…


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