Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog

Presentación Del Blog

  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • Espacio Geográfico.   Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
  • Contacto

Buscar

Archivos

7 febrero 2011 1 07 /02 /febrero /2011 00:02

Geopolítica del Eje del MalMaquiavelo, y la Ética Deontológica para su Acertada Interpretación.  Ensayo, 2010 (2/3).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geografico.over-blog.es/;

México, 20 dic 10.

 

Empezando por lo primero, el problema, pues, en la obra de Maquiavelo, es el juicio de valor acerca de lo bueno o lo malo, y en los extremos antes mencionados, hay un error en la absolutización maniquea de lo uno o de lo otro.  Ciertamente, El Príncipe no puede ser analizado sin una consideración moral, pues ésta está presente en todo acto social y político humano; pero ver inmoralidad en la obra de Maquiavelo, es no entender de política y lo que ésta implica como acto de gobierno, como función de Estado, y como ejercicio de poder.

 

El Príncipe, no es una obra cuasi literaria para el lego en política, e infinitamente menos, para el lego puritano que ha de juzgar el acto moral por sus consecuencias, en el marco estrecho de un código moral religioso.  El Príncipe, es una especie de manual para el político; para el entendido en la acción política en función de obtener el poder y saber cómo conservarlo.  Dicho en otras palabras, el que no sea un entendido en política a partir de haberla ejercido en la acción práctica, ¡absténgase!, no le es una lectura propia, no la entenderá…; a menos que cuente con una sólida teoría de la moral, es decir, a menos que cuente con un amplio conocimiento de la Ética.

 

Las elaboraciones sobre la teoría de la moral vienen desde la Ética de Aristóteles; particularmente en el desarrollo de la axiología o teoría ética de los valores, los cuales se determinan como un satisfactor social; pero en los tiempos de Maquiavelo, y aún varios siglos después, en la ciencia acerca de la moral, la Ética, en el marco axiológico, sólo se hacía la consideración teleológica o del juicio del acto moral normado sujeto a sus consecuencias; aún no se teorizaba sobre el juicio del acto moral complejo en que, a pesar de tener una parte normada, el sujeto pasa por alto la norma, omite las consecuencias, y actúa.  Y que en el error de sus actos, el cargo es enorme, inefable; pero que en el acierto de los mismos, cifra el desarrollo mismo de la sociedad, pues tiende a modificar la norma cambiando el juicio de valor.

 

Grave error de los teóricos burgueses idealistas en la interpretación de Maquiavelo, punto fundamental por lo cual no pueden resolverlo, es que, entendiendo que el momento histórico de Maquiavelo es también el de la separación de la Iglesia y el Estado, identifican con ello, equivalente y erróneamente, “separación de la moral y la política”; y la razón del equívoco, está en que se entiende, reduccionistamente, que la Iglesia es la Moral, y no que ella es, tan sólo la expresión de un código moral dado en el ámbito más general de la moral social.

 

La teoría ética de ello en la rama de la deontología, no ha sido sino hasta relativamente muy reciente, a partir de Bentham, en 1834.  De manera general, ello ha sido entendido desde siempre empírica o intuitivamente por aquel que se encuentra en ese límite, y cuyos conocimientos lo facultan, frente a la sociedad, para, en un momento dado, tomar decisiones más allá de la norma e independientemente de las consecuencias; esto es, por el profesional.  De ahí que la deontológica se conozca a su vez, como ética profesional.

 

El principio es que se aplica en aquel, y sólo en aquel, en el supuesto de que posee conocimientos, producto del estudio y de la práctica, por encima del común de la sociedad (incluso que por ello obtiene una Licencia).  En ese tipo de decisiones, unos profesionales se ven más comprometidos que otros por el tipo de su profesión; lo es, por ejemplo, en el caso extremo del médico, de cuya decisión inmediata depende la vida de un individuo; pero lo es, también, y más enfáticamente aún, para el profesional de la política, de cuya decisión depende incluso la situación de toda la sociedad.

 

Así, El Príncipe, analizado desde el campo de la axiología y teleología, no puede juzgarse sino inmoral.  Pero El Príncipe, como un tratado sobre política dirigido a los “príncipes”, ha de ser analizado en el marco estricto de las leyes de la deontología para poder entenderse y juzgarse acertadamente.  No se trata, pues, de un asunto de “dobles morales” ni de “egoísmo moral” o “relatividad moral” ni de “confrontación de códigos morales distintos”; es la misma y única teoría general de la moral, en el campo de sus casos complejos (a principios del siglo XIX, campo aún de la metaética, que con el desarrollo de las profesiones y su compromiso social, se fue esclareciendo).

 

En El Príncipe, Maquiavelo se mueve exclusivamente en el terreno de la ética deontológica (así en su tiempo no existiera teorizada), de ahí que el príncipe en todo momento ha de actuar conforme a los preceptos morales teleológicos y un buen hombre a la vista de la sociedad; pero en un momento dado, ha de tomar decisiones que contravienen toda buena norma moral, y habrá de estar dispuesto, incluso, a matar.  De ahí que no todos tengamos “la madera” de políticos[c].  Y es justo por ello, que el ciudadano común no pueda entender la manera de ser del político, el que con toda entereza le promete resolver su situación, pero que apenas da la vuelta hace todo lo contrario.  Y ese ciudadano común, acaba no pudiendo por más, que confiar en que el próximo, “ahora sí” actúe con honestidad moral.  Es decir, juzga al profesional de la política con el resero de su propia moral (independientemente de todo juicio de valor), y espera que el político haga lo que él haría, en un acto moral que obedece al deber ser y se atiene a las consecuencias.

 



[c] Entre 1974 y 1979, o en cierto modo hasta 1982 (entre nuestros 24 y 32 años de edad), fuimos militantes comunistas.  Lo fuimos producto del estudio, la convicción ideológica, y una cierta influencia y determinación social.  Y como yo, muchos otros jóvenes participaban igualmente.  Pero pertenecimos, y ahora entendemos por qué, a la militancia del “socialismo romanticista” de  los años setenta del siglo XX.  Una cosa era luchar románticamente por las ideas, y otra muy distinta estar dispuesto, y no como adoro, a enfundarse una escuadra al cinto.  Ello no es sólo un asunto exclusivo de valentía, sino también de consideraciones morales.  Cuando vaga, rudimentaria e intuitivamente fuimos entendiendo esto hacia principios de los años ochenta, optamos por continuar nuestra formación en el campo de la ciencia.

 



Compartir este post

Repost 0
Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Política
Comenta este artículo

Comentarios