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14 diciembre 2009 1 14 /12 /diciembre /2009 09:03

Clich--Filosof-a

Orígenes del Humanismo.  Ensayo, 2009 
Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica; 
http://espacio-geografico.over-blog.es/; 
México, 14 dic 09.

 

Orígenes del Humanismo.

 

Empecemos reflexionando en el hecho de que, cuanto más nos remontamos en la historia hasta los orígenes de la humanidad, más nos vamos dando cuenta de la pérdida de la condición humana del ser humano, hasta que ésta se pierde, primero despreciado por la doctrina religiosa como la pura “prisión del alma”, y luego, en la Antigüedad, totalmente fundido con la naturaleza en calidad de cualquier otra especie animal, y en esa misma condición.

 

No es pues casual, el que la primera forma de la filosofía entre los griegos, el hilozoísmo, no separase al ser humano como algo distinto a la naturaleza.  La filosofía presocrática fue exclusivamente una “Filosofía de la Naturaleza”, y el ser humano estaba en ella como un elemento más de la misma.

 

Fue con Sócrates, entonces, que el pensamiento humano empieza a separar de la naturaleza el fenómeno de lo relativo al ser humano.  La célebre frase de éste: “Conócete a ti mismo”, como una forma de expresar: <<distingámonos de lo demás>>; o algo más fino quizá en: <<no confundamos más nuestra identidad>>, expresaba claramente esa intención.

 

En el Diálogo de Platón Alcibíades, Platón en la voz de Sócrates pregunta a Alcibiades qué es el hombre, a lo que éste responde que no lo sabe; mas Sócrates, diciéndole: ”pero tu sabes que es algo que se sirve del cuerpo”, le induce entonces a reconocer que el hombre es el alma, dicotomía de lo racional (donde reside lo divino según Sócrates; y en realidad Platón) y lo espiritual.  Así, conociendo lo racional, se conocerá mejor el alma, y conociendo el alma, se conocerá el hombre a sí mismo.  Platón ha mostrado con ello la preocupación por el ser humano, pero sin responder a qué es precisamente el ser humano, que no sea apenas haber establecido por toda respuesta una metonimia*: el ser humano es el alma.

 

Contemporáneo de Sócrates en el siglo V ane, fue Protágoras, al cual se debe la frase: “El hombre es la medida de todas las cosas”, base de toda reflexión de la escuela de los sofistas, que si bien pone al hombre en el centro, es claro que más que por una reflexión acerca del mismo, ello está principalmente enunciado como sistema de referencia, es decir, que toda reflexión filosófica, tendrá ahora como referencia ya no a la naturaleza, sino al ser humano.

 

Mas debemos dejar claro que hay aquí dos objetos de estudio distintos: uno, el del ser humano como algo distinto a la naturaleza; y otro, el que tal simple distinción pudiera ser ya de por sí una reflexión –y de hecho a ello conduce necesariamente– acerca de qué es el ser humano.  Desde Sócrates, pasando por Protágoras, por Platón y hasta Aristóteles quien ya escribe no sólo una Política, sino una Ética, bien pudiera pensarse que se avanza en esa reflexión.  Sin embargo, el problema real de qué es el ser humano, no se podrá plantear con toda su justedad, sino hasta quince siglos después, en el momento del Renacimiento.

 

Aún a Aristóteles le hubiera sido del todo imposible deslindarlo sumido en la creencia de la primacía de un Zeus o un Logos entendido como Dios metafísico; y aún por más heraclitiano que fuese dicho Logos, en tanto independiente éste del ser humano, o peor aún, del ser humano subordinado a aquel, difícilmente podría ser una reflexión acerca del ser humano como tal.

 

Después de Aristóteles vino la descomposición de las escuelas socráticas y surgieron los filósofos de Cirene, los cirenaicos, y los de la Plaza del Cánido, los llamados por ello como los cínicos, y nada relevante se aportó ya.  Prácticamente, por los primeros quince siglos de Nuestra Era, bajo el dominio absoluto de la religión, el ser humano como tal, en tanto material, fue despreciado y en su lugar fue privilegiada el alma y su salvación.  Demos pues un salto hasta el Renacimiento, y desde ahí consideremos lo que respecto del Humanismo, significó la Edad Media que le antecedió.

 

Así, en el proceso del movimiento renacentista que se puede considerar en sus orígenes más remotos hasta los ss.VIII-IX, cuando por un lado se refundan las escuelas en la llamada Escuela Palatina (“Escuela de Palacio”) por órdenes de Carlomagno (742-814); Emperador a partir del año 800 del Sacro Imperio Romano Germánico; y por otro lado, cuando Juan Escoto Eriugena (810-877), interviene entre los escolastas Gottschalk (819-868), que de una parte, afirmaba que había una doble predestinación**, o sea, un doble mandato divino, uno de las cuales era para los elegidos; e Hincmaro (776-856) y Maure (780-856), los cuales por su lado, afirmaban una única predestinación común; donde Eriugena, si bien coincidente con estos últimos, da aparte, una solución especial al problema teologal acerca de la predestinación (en el fondo, asociado al acto creativo de Dios), que se convierte en una nueva herejía; esto es, que la predestinación, es coincidente con la presencia divina misma sin que esta sea causa necesaria, sino libre determinación.

 

Lo anterior lo que quiere decir, es que Dios no está aparte, designando el destino de los seres fuera de Él, sino que el destino de éstos es el mismo que el Ser de Dios, dado que Dios está en todos ellos o ellos están o son en Dios, aun cuando ocurriendo todo ello libremente, sin que Dios intervenga.

 

Ello ocurre algo así como que Dios “crece”, se desborda a sí mismo, y genera los seres; los minerales serán los más alejados de Él y por lo tanto los más despreciables, luego estarán los seres biológicos –plantas y animales–, más cercanos a Dios, y finalmente estarán los seres humanos, entre Dios y la materia, unos humanos alejándose de él, otros esforzándose por acercársele.

 

A partir de aquí, es que se va a considerar realmente el surgimiento del problema de qué es el ser humano.

 

Ya antes, en el siglo IV, justo previo al comienzo de la Edad Media, el mismo problema se había planteado en cierto modo, pero en lo que constituyó la llamada primera herejía: la herejía arriana, por la cual se convocó al Concilio de Nicea del año 325, y de donde se estableció, argumentado por Atanasio, que Jesús no era el hombre divinizándose –supuesto de Arrio–, sino el hijo de Dios, la sustancia divina encarnada en él, humanizándose.  El dogma se estableció exponiendo que Dios descendió a los seres humanos, y no que los seres humanos en el ejemplo de Jesús, pudieran divinizarse.

 

A nuestro juicio el problema empieza cuando Juan Escoto Eriugena (o Erígena), pone en entredicho el planteamiento neoplatónico-escolasta; esa filosofía que pretende fundar el dogma en la razón; de la predestinación, donde dicha filosofía no da explicación al origen del mal; y plantea algo próximo al inmanentismo; o la emanación del espíritu; del siglo III de Plotino (205-270); o sea, que Eriugena critica esa filosofía que pretende fundar el dogma en la razón, en la que, en tanto dogmática, cree que Dios está fuera del mundo natural, predestinándolo todo; cuando que dicho mundo material, había dicho Plotino, es resultado de la emanación del espíritu, de la Idea Absoluta, o sea de Dios; por lo cual, Dios no es mas que causa necesaria o predestinación; emanando o desbordándose a sí mismo (lo que en sí significa “inmanecia”); siendo así el destino mismo del ser humano; de donde Juan Escoto Eriugena expuso, con sutil diferencia de Plotino apenas perceptible, la idea del Ser Humano-Dios: Dios; emanando o desbordándose a sí mismo; es causa o predestinación, pero libremente dada, del ser humano.

 

La idea de Eriugena de que el Ser Humano es Dios mismo, no parece diferir de la inmanentista idea de Plotino de que el ser humano no es sino “Dios desbordado de sí”.  Pero cuando Juan Escoto Eriugena dice que el Ser Humano es Dios, aparece el materialismo panteísta (de pan, todo; theos, Dios; por lo cual el filósofo panteísta decía estudiar ese inmanentismo, mas con ello lo que hacía era tan sólo eludir al Santo Oficio, para estudiar científicamente los fenómenos; en este caso, el qué es el Ser Humano), en el cual Dios desaparece como entidad metafísica; es decir, deja de existir como un ser “real” en un mundo sobrenatural denominado como el “Reino de los Cielos”, para convertirse en el ser humano mismo en el Reino de la Tierra.  El planteamiento de Eriugena, no es pues ya el inmanentismo, sino el ateismo.

 

Este desplazamiento de Dios para poner en el centro de la atención al ser humano, llevó poco a poco, con la formación misma de las universidades a partir del siglo XII, a la “glorificación” misma del propio ser humano; que con el güelfo*** Dante Alighieri (1265-1321), no sólo se centra en la mujer misma, antes totalmente despreciada y considerada “origen de todo mal”, sino centrándose en él como individuo frente a la injusticia y el desorden social; a él le siguen Boccaccio (1313-1375), que en su Decamerón hace mofa de los miembros del clero; y Petrarca (1304-1374), que ya abiertamente critica todo lo religioso como un vicio; hasta la glorificación que ya se lee en el siglo XV en los títulos mismos de ciertas obras, como la de Giannozzo Manetti (1396-1450): “De la Dignidad y Excelencia del Hombre”; o en la obra de Pico della Mirándola (1463-1494): “De la Dignidad del Hombre”.

 

Por su parte, Erasmo de Rótterdam (1469-1536), escribía su “Elogio de la Locura”, en el cual se burla de la ignorancia monacal.  Y de Tomás Campanella (1568-1639) tomamos el pasaje: “Oh, cuán inmenso poder.  El hombre piensa, piensa”[1].  Diciéndolo como rompimiento con la idea de la predestinación y el doma, y en el sentido de la luz que se contrapone a la oscuridad del medioevo.  Así, el sentido ateísta de que el ser humano es Dios mismo, se glorifica.

 

El Renacimiento va a tener entonces como fundamento filosófico; como concepción del mundo; al Humanismo, en tanto materialismo panteísta.  Como bien lo dejó asentado Ulrich Von Hutten (1488-1523), al calificar a los escolastas como “hombres incultos” (obscurorum virorum; hombres oscuros)[2], la lucha de los humanistas será contra la ignorancia, a lo cual se refirió con la idea del “oscurantismo”; pero con ello, contra el pensamiento religioso, metafísico y dogmático.  En esa lucha contra el oscurantismo metafísico religioso dogmático, en contraposición a éste, poco más tarde; durante los ss.XVII-XVIII; en el último momento del rompimiento con el medioevo y todos sus resabios; por la misma razón, tendrá lugar el período llamado de la “Ilustración”.

 

Y estos pensadores serán precisamente, miembros de esa burguesía naciente y revolucionaria luchando contra el sistema feudal poniendo en juego no sólo su libertad, sino su propia vida.  En la Italia renacentista, ya desde el siglo XIV se inicia el desarrollo del capitalismo, lo cual se evidencia por Josef Polisensky cuando nos da el dato de que “la primera rebelión de trabajadores asalariados conocida en la historia estalló en septiembre de 1343 en Florencia..., y dos años más tarde estalló en esa misma ciudad la primera huelga...”[3].  Poco después tiene lugar en Francia la sublevación campesina de la Jacquerie, en 1358, o el levantamiento de los artesanos y pequeños comerciantes de París en 1382; y un año antes, en 1381 en Inglaterra, se da el levantamiento campesino dirigido por Wat Tyler[4].  En este ambiente, los Humanistas eran los intelectuales de esa burguesía revolucionaria, frente a los clérigos, intelectuales por su parte, de la nobleza feudal.

 

Ejemplo notable de estos intelectuales de la burguesía revolucionaria que luchaba por establecer su propio régimen económico-social, son: Nicolás de Cusa (1401-1464), sosteniendo la misma idea de Eriugena; Leonardo de Vinci (1452-1519), que interesado en los problemas de la teoría del conocimiento, rechazaba la teoría de la “doble verdad” (teológica, y científica), afirmando que la verdad es una: la científica; y Nicolás Maquiavelo (1469-1527), que en El Príncipe, aporta en general la teoría del nuevo Estado.

 

Pero justo en el mismo año en que Maquiavelo nace, será el año de nacimiento de un personaje al que ya nos hemos referido antes, pero aquí muy importante: Erasmo de Rótterdam (1469-1536).

 

Hasta entonces, luego de ocho siglos si nos remontamos al Renacimiento Carolingio y a Eriugena, o por lo menos luego de tres siglos si sólo nos remitimos a Dante, el Humanismo, como una filosofía materialista y ateísta oculta en el panteísmo, había sido uno.  Con Erasmo ocurrirá un fenómeno extraordinariamente interesante: el Humanismo se desdobla, se hace en dos grandes teorías, pero con ello, al mismo tiempo, deja de ser condenado, y el mismo clero cristiano lo hace suyo y se asimila a él.

 

Erasmo, con su Philosophía Christi, con la que trata de renovar el cristianismo adaptándolo a los nuevos tiempos; ya no del dogma, sino de la racionalidad; funda el llamado “Humanismo Cristiano”, que se va a distinguir del Humanismo materialista y ateísta clásico renacentista único hasta entonces, denominándose a éste, por exclusión, “Humanismo Literario” (o en ocasiones también “Humanismo Erudito”), ya que, lo que le caracterizaba dados los tiempos de censura que corrían, era precisamente la exposición de sus ideas a través de la obra literaria.

 

Con ello, Erasmo hace pasar a la historia toda una larga Era del pensamiento teísta absoluto en el que –decía Engels, <<la ciencia fue sólo sierva de la teología>>, o como luego encontramos la misma idea expuesta por Pablo González Casanova con sentido literario: época en la que <<Agar era sólo la sierva de Sara>>; pero, al mismo tiempo, Ersmo con su “Humanismo Cristiano” que por su propia definición religiosa conserva un pensamiento filosóficamente idealista metafísico y dogmático, atenua la radicalidad original científica, materialista y ateísta, de la filosofía humanista.

 

A Erasmo le siguió en esa línea de pensamiento de un Humanismo religioso, Melanchthon (1497-1560), el principal colaborador de Lutero (1483-1546), y dirigente del movimiento de la Reforma a la muerte de éste.

 

Se formaron así, prácticamente a partir del siglo XVI, dos teorías del Humanismo: el Humanismo clásico renacentista, materialista, que evoluciona del panteísmo de los siglos IX-XVI, al deísmo de los siglos XVII-XVIII, y al franco ateismo del siglo XIX que nace, paradójicamente, con el mismo Hegel, al ser éste el primero en atreverse a declarar, en la teoría de la estética, que el ser humano, al igual que Dios, es un ser creador; retomado por Marx y Engels, que, más aún, ven en ello al ser humano socialmente realizado, al ser humano real; siguiendo de ellos, así, a nuestros días; todo ello, fundamento de la ciencia moderna; conocido este Humanismo a partir de entonces como “Humanismo Literario” (lo que lo desdibuja y pretende despojarlo de su esencia); verdadero Humanismo puesto que es el que realmente reivindica la condición de la dignidad humana, haciendo del ser humano, el Ser Humano-Dios.  Y el llamado “Humanismo Cristiano”, idealista metafísico, de vago y simulado panteísmo de real fondo teísta; fundamento del pensamiento religioso de la época de la Reforma a nuestros días; pero en esencia, falso “Humanismo”, hipócrita, que vuelve a poner al ser humano de rodillas ante el mito, humillado ante el ícono, tributario del ídolo; sumiso mediante el miedo frente a la imagen de un mundo sobrenatural; y que antes que reivindicar la dignidad humana, sólo piensa mezquinamente en la salvación de su alma, y más aún, no por sus propios méritos, sino por los “del otro”, es decir, por la redención de Cristo.

 

De tal modo, en tanto que el Humanismo clásico renacentista aporta los ideólogos burgueses con más entereza de espíritu, más osados y revolucionarios, que ante el oprobio humano no busca condolerse del pobre, sino erradicar la miseria; el “Humanismo” cristiano se desnaturaliza y se vuelve hipócrita misericordioso; anodinamente filantrópico.  Éste no busca erradicar la pobreza, sino sólo ayudar al pobre a sobrellevar sus penas.  Es el “humanismo” burgués de aquel que sale de misa a dar, con miseria de espíritu para salvar su conciencia, una migaja de limosna al pobre; a aquel que deshumanizado, despojado de toda dignidad y condición humana, es a su vez un miserable de espíritu que medra la limosna en los pórticos de las iglesias.  Es, pues, el “humanismo” de los miserables de espíritu.

 

Ya de lleno el siglo XVI, con sus contemporáneos, Jean Bodino (1530-1596) y sus Seis Libros Acerca de la República, así como Albérico Gentile (1551-1611), Hugo Grocio (1583-1645), y Thomas Hobbes (1588-1679), este último con su Leviatán; que le darán un particular lugar al Derecho y a la teoría del “Contrato Social”, como forma de coacción del ser humano, pues para este último por ejemplo, el ser humano en su estado natural está en permanente guerra de todos contra todos porque es “malo por naturaleza”.  John Locke (1632-1704), en su doctrina del Estado y el Derecho que emanaba de la experiencia de la segunda revolución burguesa; la revolución burguesa de Inglaterra de 1648, un siglo después de la primera revolución burguesa dirigida por Guillermo de Orange, que da lugar a la independencia de Holanda; establece la idea del paso del estado natural al estado cívico con la administración estatal dividida en tres poderes, para preservar la libertad y la propiedad; luego Charles de Montesquieu (1689-1755), basándose en el principio del “Derecho Natural” (de que el Derecho es inherente a la naturaleza humana, y de ahí su imperfección), establecerá en El Espíritu de las Leyes, de manera más elaborada que la idea de Locke acerca de la forma de gobierno en tres poderes; y Jean Jaques Rousseau (1712-1778); poco antes de la tercera y definitiva revolución burguesa que establece un nuevo orden de cosas, la Revolución Francesa de 1789; culminará para la burguesía esa teorización, en sus planteamientos del Discurso Sobre el Origen y los Fundamentos de la Desigualdad entre los Hombres (1755), y del Contrato Social (1762), pero ahora sobre la base de que el ser humano es “bueno por naturaleza”.

 

La burguesía anglo-sajona del norte de Europa, más progresista que la burguesía latina conservadora de la parte sur, va a romper el control papal feudal con el movimiento de la Reforma de Martín Lutero, no obstante este último un antihumanista.  Tal Reforma tuvo sus antecedentes en la revolución husita, en los años veinte del siglo XV en Bohemia; revolución cuyo nombre se tomaba de su dirigente Jan Hus (1369-1415), muerto en la hoguera; y las luchas campesinas dirigidas por Tomas Müntzer (1490-1525) que favorecieron a su vez esos avances del nuevo régimen económico-social, tuvieron en su momento su Contrarreforma y su intento de “vuelta al oscurantismo” con el religioso Concilio de Trento de 1545 a 1563 (en los tiempos de Bodino y Hobbes)

 

Pero a la par, incontenible, la ciencia acerca de la naturaleza se abría paso desde Paolo del Pozzo Toscanelli (1397-1482), Gutemberg (1400-1468), Leonardo Da Vinci (1452-1519), Pietro Pomponazzi (1462-1524), Nicolás Copérnico (1473-1543), Paracelso (1493-1541), Bernardino Telesio (1509-1588), Patrizzi (1529-1597), Servet (1511-1533); éste condenado a la hoguera ya no por los católicos, sino por los protestantes calvinistas; Vesalio (1514-1564), Tycho Brhae (1546-1601), y Johann Krpler (1571-1630), como los más famosos entre otros muchos (como Peurbach, Regiomontano, Tartaglia, Cardano, et sig) en un explosivo desarrollo científico-tecnológico, hasta Galileo (1564-1642), entre otros muchos como, Helmont (1577-1644), Harvey (1578-1657) o Torricelli (1608-1647), y más en esos siglos XVII y XVIII de la Ilustración, ya más lejanos en el tiempo al acoso de la Santa Inquisición y la intolerancia calvinista.

 

Así nació y se desarrolló el Humanismo, los renacentistas y estos últimos son los verdaderos Humanistas; ellos, con el materialismo filosófico y el ateismo en una mano, y la ciencia en la otra, lucharon contra el mundo teológico medieval oscurantista que en su misticismo (en su idea del “misterioso” camino para llegar a Dios), que despreciaba al ser humano; simple cuerpo hecho carne, para sacar de él en calidad de prisión, al alma, “la verdaderamente digna de Dios”.

 

Es ello lo que explica moralmente; en esa moral cristiana medieval; los actos de la Inquisición, pues quemar vivos a los seres humanos, no se hacía exactamente por castigo a sus “pecados” o “faltas por herejía” (que “herejía quiere decir, “búsqueda de la verdad”, en contra del dogma establecido por acto de fe, por mera creencia sin fundamento alguno), sino, cometido el pecado, se hacía para salvar al alma purificando en las llamas al cuerpo.

 

El Humanismo, nos dice Ruggiero en su Historia de la Filosofía: “en su ropaje exterior, es un movimiento predominantemente literario...”[5].

 

El Humanismo; en una especie de vuelta al ateísta materialismo hilozoísta y al cobijo del estoicismo de Marco Tulio Cicerón o Marco Aurelio –entre los ss.I ane a II dne–, frente un mundo adverso de barbarie e ignorancia oscurantista; es decir, de ignorancia no por que se desconozca, sino porque no se quiere conocer; el Humanismo como ese pensamiento panteísta filosófico-literario, científico, y sociopolítico; tiene su expresión más acabada y sintética en personajes y sus soñadoras, esperanzadoras y anhelantes obras acerca de un mundo ideal, como Tomás Moro (1478-1535) y su Utopía; Giordano Bruno (1548-1600) y su copernicana obra Acerca de lo Infinito, el Universo y los Mundos; Tomás Campanella (1568-1639) en su Ciudad del Sol; o Francis Bacon (1561-1626) en La Nueva Atlántida.

 

Y en este punto, para la continuidad de ese Humanismo renacentista en el nuevo materialismo, el materialismo dialéctico, a su vez ateísta (y marxista, fundamento del comunismo, acaso, otra vez, vuelto a la necesidad del cobijo de un dintel como el del antiguo Pórtico de la Estoa)****, se presenta un problema de la más profunda sutileza filosófica: el de un ateismo que sólo lo es, respecto de la pretendida realidad de un Dios metafísico; es decir, más allá de nuestra realidad física; de un Dios como “entidad real” en un mundo sobrenatural denominado “Reino de los Cielos”; pero no de un “Dios” como concepto, y de ese concepto, como mera contribución histórico-cultural.

 

Esto es, Dios, para sus creyentes como una “entidad real” en el sobrenatural “Reino de los Cielos”, no es sólo descanso espiritual –independientemente de que estemos o no de acuerdo con ello–, sino es; por lo menos teologalmente debe serlo; anhelo de perfección de sí mismo, así sea que jamás se alcance tal condición de omnipresencia en la deidad, pero que en tanto ésta lo ha creado “a su imagen y semejanza”, el ser humano debe aspirar a ser como Él, debe aproximarse al ejemplo del Todo Bondad, del Todo Justicia, del Todo Amor.  Dios no puede ser como es el ser humano, sino que el ser humano debe ser como Dios; esto es lo que estaría en su gracia.  Dios –en la mitología hebrea– arrojó del Paraíso a su deífica creatura convirtiéndose ésta en un ser humano, y desde entonces éste viene luchando por perfeccionarse en esa dirección; y cuanto más alejado del Edén, en consecuencia más humano; pero cuanto más humano, más cerca de Dios, tanto por lo que Dios es, como por lo que Dios esperaba de él a su imagen, como su semejanza misma.  De otro modo –a nuestro juicio– no tendría lógica.

 

Veremos luego las implicaciones de ello.  Pero desde el punto de vista ateísta, del no-creyente en un mundo sobrenatural ni en ninguna entidad metafísica (desde el punto de vista del filósofo materialista y del científico), debemos reconocer que el concepto de Dios está ahí.  El concepto, no Dios como entidad “real”.  Esto es, el concepto como un aporte de la historia de la cultura; y, en tanto tal, como algo que ha servido a la humanidad para sobrevivir.  El concepto no como la abstracción producto del reflejo de Dios como una realidad objetiva, sino el concepto como una abstracción producto del reflejo de una realidad objetiva no asimilada, no comprendida, y que por lo tanto, sin fundamentos científicos, se atribuye a Dios.

 

En consecuencia, en este caso, no ha sido Dios el creador del ser humano, sino el ser humano, el creador de Dios.

 

Y el ser humano ha creado la idea o concepto de Dios, no sólo para, metafísicamente, él en lo individual, depositar en “Dios” sus máximas esperanzas; sino para deber aspirar a Él, en tanto ser Él mismo.

 

Es así, que en este punto, dicho en términos filosóficos dialéctico-materialistas, en el Ser Humano-Dios de Eriugena o de Nicolás de Cusa, no somos sino nosotros mismos como individuos humanos con el destino en nuestras manos aspirando a nuestra propia perfección.  Mas esa es la solución, válida, pero individualista del problema.  Muy lejos a su vez, de ser confundida con el esfuerzo que luego de la Ilustración se hizo para adaptar las ideas burguesas conservadoras a los nuevos tiempos, en que ya “todo el mundo” se decía a sí mismo “humanista”, entendiendo por ello el simple humanitarismo altruista, individualista y misericordioso.

 

De este modo, lo que el concepto de Dios es para el individuo, el concepto de Utopía lo es para la sociedad: la máxima aspiración a la perfección, la esperanza por un mundo ideal de plena paz y armonía; el más eudemónico de los sueños; es decir, aquel sueño en el cual la máxima valoración moral es la felicidad de todos.  Que el creyente no diga que aspirar a ser Dios mismo no se puede, “que eso no es posible”, pues entonces podrá “creer en Dios”, pero no “creerle a Dios”.  Que el ateísta no diga que la sociedad ideal no será nunca, “que eso no es posible”, pues no hará sino revelar que en esta sociedad de oprobio, de enajenación y alienación extremas, ha sido despojado incluso hasta de su capacidad de soñar y anhelar.  Que el Ser Humano no diga que ser Dios no es posible, pues será incapaz de reconocerse y se negará a sí mismo.

 

En la mitología griega, Prometeo, desacatando a Zeuz, el dios de los dioses, y por lo tanto obrando en el mal, roba el fuego, la luz, símbolo del conocimiento, de la ciencia, de la sabiduría de Zeus; para entregarlo a los seres humanos.  La intención de Prometeo es que éstos lleguen a ser como Zeus y “Zeus” mismos.  Prometeo es castigado, pero el ser humano comienza a ser como los dioses y a rivalizar con el mismo Zeus.

 

En la mitología hebrea, obrando en el mal por desacato divino, Eva desobedece y toma el Fruto del Árbol Prohibido, el Fruto de la Sabiduría, atributo de Dios.  Lo comparte con Adán y son castigados; pero echados del Paraíso, el ser humano en ellos comienza a ser y a perfeccionarse para corresponder a la semejanza divina.  Cuanto más avanza en la historia más se humaniza, y cuanto más se humaniza, más es a la semejanza de su imagen de perfección en Dios.

 

En el idealismo filosófico subjetivista de Augusto Comte (1758-1857), éste hace del Ser Humano, en la tríada de su filosofía positivista, el “Gran Ser”, el Grand Étre; junto con el Gran Ídolo, la Tierra, y el Gran Medio, el espacio.

 

En nuestra realidad objetiva, en los castigos de la tragedia ya por nuestro desconocimiento o bien por nuestra subversión, debemos concebirnos individualmente como dioses (ya sea por nuestro origen divino; para el que así lo quiera creer; o bien por nuestro destino prometéico); esto es, con el Sapere aude! ilustrado de Kant, con las facultades para tomar en nuestras manos nuestro propio destino; y para llegar a ser, al fin, socialmente “Zeus”, el ser humano realizado, el dios de los dioses: el Ser Humano real.



*    Metonimia es cuando por toda definición, en lugar de enunciar las propiedades esenciales de aquello que se quiere definir, lo que se aporta es apenas una comparación con otra cosa (como cuando pretendiendo definir al instrumento musical del violín, se dice que es “el rey de los instrumentos”); así aquí, el ser humano, es el alma.

**  Filosóficamente se tiene por una parte, el Destino (al que el propio Zeus no puede gobernar), pero que a su vez, el cual entre los mortales, no es otra cosa que la conciencia de la necesidad, la conciencia o comprensión y compromiso, con aquello a lo que estamos obligados ineludiblemente.  De este modo, la predestinación viene a ser el mandato divino, que entre los mortales, es la ausencia de toda conciencia sobre los propios hechos, los que ocurren simplemente porque “así Dios lo quiso”.

*** Güelfo, partido burgués aliado de Papa en contra de los gibelinos, señores feudales.  Los Güelfos se dividían a su vez en “güelfos negros”, los más radicales en contra de la nobleza, y los “güelfos blancos” o moderados.

[1]   Otahalova, Jirina; et al; El Humanismo; en, Chadraba, Rudolf; “Renacimiento y Humanismo”; Editorial Cartago, Enciclopedia Popular Nº10; Buenos Aires, 1965; p. 77.

[2]  Ibid. p.86-87

[3]  Polisensky, Josef; et al; La Italia del Renacimiento y la Europa de esa Época; en, Chadraba, Rudolf; “Renacimiento y Humanismo”; Editorial Cartago, Enciclopedia Popular Nº10; Buenos Aires, 1965; p. 24.

[4]  Dynnik, M.A, et al; Historia de la Filosofía; Academia de Ciencias de la URSS, Instituto de Filosofía, Editorial Grijalbo, México, 1968; t.I, p.261.

[5]  Ruggiero, Guido De; Sumario de Historia de la Filosofía; Editorial Claridad, Buenos Aires, 1948; p.165.

**** Todo lo cual, ahí elegantemente dicho, no quiere decir otra cosa que, dado el revez al socialismo (Polonia, 1987; Alemania, 1989), y con ello otras secuelas entre las cuales la más significativa ha sido la disolución de la URSS (1991), consumándose con todo ello la derrota del Bloque  Socialista en la Guerra Fría (cuyo final formal a nuestro juicio fue con la disolución del Pacto de Varsovia en 1996); se dio lugar al reflujo del movimiento proletario internacional y a la pérdida de la confianza en la teoría del comunismo.  Si a todo ello se contrapone el capitalismo guerrerista de la mayor barbarie y el más irracional oscurantismo dado en la “nueva cruzada” de la “lucha del Bien contra el Mal” (y el Mal organizado incluso en un “Eje del Mal”); a lo que se suma toda esa situación del posmodernismo a lo que nos referiremos más adelante; la verdad se antoja refugiarse intelectualmente en nuevas posiciones panteísta-estoicístas.
La escuela de pensamiento del estoicismo se origina con Zenón entre los ss.IV-III ane en un edificio conocido como la Estoa, en cuya arcada: el “Pórtico de la Estoa”, tienen lugar sus disertaciones; una de las cuales, la que aquí pretendidamente compartiríamos, es la de la “impasibilidad ante la adversidad”.

 


 

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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Filosofía
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