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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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19 octubre 2014 7 19 /10 /octubre /2014 22:01

 

Ponencia la XXI Congreso Nacional de Geografía.

“Síntesis de la Teoría Unificada de la Geografía”[*]

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri[**]

http://espacio-geografico.over-blog.es/  

02 ene 14.

 

Una geografía única sobre la base del principio unificador de la abstracción y generalización de las categorías de “fenómenos” y “espacio” en la categoría de “estados de espacio”, permite establecer con consistencia lógica en la homogeneidad, un sistema de conocimientos hipotético-deductivos desde los postulados mismos de toda ciencia, deduciendo en forma axiomatizada principios, categorías, leyes y teorías.

 

 

Postulados.

 

Un postulado es la afirmación que se hace acerca de algo, aparentemente sin necesidad de demostración, es decir, sin aparente necesidad de deducirlo lógicamente de nada; pero, en realidad, ello no se da subjetiva o arbitrariamente, sino es una afirmación deducida de la ancestral práctica histórico-social elemental.

 

Así, una afirmación, la más general y esencial dada desde la más antigua práctica histórico-social en cuanto a la naturaleza del conocimiento geográfico, es la noción que responde al dónde: esto es, a la localización, ya por referencia física, astronómica, o geográfico-geométrica, de donde se sigue que este es un conocimiento físico y matemático aplicado al entendimiento del espacio terrestre en particular, o geográfico en general.

 

Siendo el espacio un atributo físico de la realidad objetiva, de esta manera, un segundo postulado es que la geografía es, en consecuencia, una ciencia natural de la naturaleza inorgánica.

 

A partir de ello puede establecerse su conjunto breve de regularidades observadas y deducidas a manera de leyes más generales, denominadas principios.

 

 

Principios.

 

La geografía, sobre la base de sus postulados, tiene como un primer principio, el ser una ciencia de las interacciones físicas externas entre los estados de espacio.

 

En consecuencia, un segundo principio establece que por estado de espacio ha de entenderse un conjunto de propiedades medibles, o magnitudes, de una condición del espacio o forma de existencia de la materia, en primer lugar, ya como un espacio discreto (planeta) en calidad de cuerpo; para, luego, en segundo lugar, establecer su condición o forma de estado: sólido, líquido, gaseoso, plasmático, coloidal, etc; como condición suficiente, y en donde con mayores magnitudes en unidades consistentes de espacio-tiempo, es posible pasar del conocimiento de unos a otros.

 

El conocimiento de los estados de espacio en sus interacciones físicas externas supone, como un tercer principio, el principio de localización, ya como la forma condensada de una distribución, o bien como la forma desplegada de un conjunto de localizaciones.

 

Las interacciones físicas externas (inmersas en el principio filosófico de relación universal), entre los estados de espacio, establece entonces, una cuarta regularidad general como el principio del orden de coexistencias.  Esto es que, los estados de espacio se localizan y distribuyen en el espacio más general, con arreglo a la interacción física externa de sus magnitudes.

 

 

Categorías Fundamentales.

 

Al tratar el tema de las categorías, lo primero a aclarar es que que estos son conceptos fundamentales, es decir, que encierran en sí mismos desarrollos teóricos básicos, y en ese sentido se distinguen de todo otro concepto en el análisis geográfico.  Por tal razón, esos conceptos fundamentales en calidad de categorías, constituyen, en segundo lugar, un conjunto limitado, pero suficiente,, para reflejar las facetas esenciales del objeto de estudio.

 

Las categorías fundamentales, según lo anterior, forman, entonces, el aparato metodológico más general y esencial, en este caso, del conocimiento geográfico, cuyas propiedad más esencial es su carácter dialéctico.  Es decir, las categorías forman pares de contradicciones (no antagónicas), indisolubles, en las cuales un opuesto se transforma en el otro.  Romper esa dialéctica, es condenar el método más general de la geografía, a un análisis estático y mecánico, incapaz de desentrañar las causas y movimiento dela realidad y naturaleza del objeto de estudio.

 

Todo el “truco” del conocimiento científico en cualquier campo de estudio e investigación (no sólo en geografía), está en la capacidad del manejo amplio y profundo, implicando todos sus fundamentos teóricos, del conjunto de categorías fundamentales, en ese sentido hay en ello implícita una lógica, y es en ello en lo que radica la importancia esencial del aparato de categorías fundamentales.

 

De 1980 en que relacionábamos tres o cuatro pares de categorías, al 2013, ese sistema que hace la lógica de la geografía, comprende por lo menos unos diez pares de categorías.

 

Imaginémonos (en un caso ideal un tanto mecánico), como los geógrafos más primitivos que podamos, haciendo conciencia por primera vez, del mundo que nos rodea.  Observamos a nuestro alrededor, y lo primero que geográficamente conceptuamos, es la pregunta deldónde, dónde se está; y responder a ello supone una lógica, como reflejo de la lógica misma del lugar, dada en su estructura o situación.  Así, dialécticamente, el lugar condensa esa situación, como la situación es el lugar desplegado.

 

El lugar más general, es la Tierra misma como planeta, y su situación se refleja, en principio, como un “Eje del Mundo” en torno al cual el firmamento “gira alrededor de la Tierra”, donde tal Eje da el sentido más primario y general de orientación, que determina ciertas direcciones básicas, con lo cual es posible dar un salto del mero sistema físico de referencia de carácter empírico concreto, a un sistema de referencia astronómico, que ya supone cierta conceptualización teórica; de modo que el sistema de referencia físico se convierte en ese momento en una estructura afín al sistema de referencia astronómico, más abstracto y general.  Y dialécticamente, así como la orientación condensa un conjunto de direcciones de referencia concreta o abstracta, ese conjunto de direcciones es la orientación desplegada.

 

Habiendo reflexionado en ello como los primeros conocimientos geográficos teóricos fundamentales, entonces el lugar se convierte en una localización; esto es, la Tierra misma se conceptúa como una localización, en este caso, respecto del conjunto de astros del Universo, que forman otras localizaciones; y lo mismo se puede plantear par una localización de la superficie terrestre respecto de otra; y de esta manera, un conjunto de localizaciones hace una distribución, o en términos dialécticos, así como una localización condensa un conjunto de distribuciones, una distribución despliega una localización.  Así, en un conjunto dado, una distribución constituye una localización en sí misma, tal como la localización se entiende como un conjunto de distribuciones.

 

Pero veremos de inmediato que ese despliegue de una localización en su distribución, implicará una extensión (lineal, superficial o volumétrica), y esa extensión podrá suponer o no, límites.  La extensión, dialécticamente, condensa los límites, como los límites despliegan la extensión.

 

En geografía, el concepto de descripción adquiere un carácter más especial que su pura connotación dada en el método de la ciencia como la enumeración simple de cualidades empírica y concretamente dadas.  La descripción en geografía denota el trazo simbólicamente abstracto de los estados de espacio en un análisis espacial (por ejemplo, cartográfico), y estos trazos, en los parámetros de un sistema de proyección de coordenadas y escala, implicarán ya un concepto no sólo cuantitativo acerca de propiedades abstractas, sino un carácter causal de las propiedades del espacio.

 

Luego, esa descripción, como toda descripción, se despliega en un conjunto de comparaciones; o, dialéctica e inversamente dicho, toda comparación, se condensará en una descripción.  Ese geógrafo primitivo que hemos imaginado en las circunstancias más primarias, en este punto estará obteniendo un conocimiento de extraordinario detalle de las propiedades del espacio, particular y geográficamente expresados en el grafos de esta ciencia: el mapa.

 

Con ello, nosotros, en calidad de ese geógrafo primitivo, estaremos en posibilidad de poder empezara establecer  ciertas relaciones entre lo existente; ya porque éstas se despliegan de manera evidente como una conexión directa, ya porque aún sin aparente conexión, esa relación existe; o inversa y dialécticamente dicho, un conjunto de conexiones posibles, se condensarán en una explicación de relaciones.

 

Nuestro conocimiento del espacio como geógrafos primitivos, adquirirá una forma, teóricamente dicho, adquirirá un isomorfismo (o una morfometría); y ésta no puede ser sino la condensación de las contradicciones entre posibles unidades morfológicas, y su situación de anamorfismo (o anamorfometría), que pareciera negarlos pero que, en su caso, por excepción, las afirma.

 

Como primitivos geógrafos del neolítico o quizá ya de la Edad de los Metales, nuestra mirada se dirigiría a las regularidades de mayor evidencia: las simetrías, distinguibles de su ausencia, las asimetrías; e incluso observaríamos que, dialécticamente, algo que a una escala aparece asimétrico, a otra, muestra su perfecto orden de simetría, y viceversa.  Lo asimétrico puede desplegar así a lo simétrico; como lo simétrico, en un momento o escala dada, puede contener la asimetría.

 

Y lo anterior, dado respecto a tres magnitudes del espacio, se traducirá en las categorías de sincronía y asincronía en la coordenada del tiempo.  Lo que en un lapso puede parecer asincrónico, en otro, a otra escala de tiempo, mostrará su plena sincronía, y viceversa.

 

Ese geógrafo de los tiempos ancestrales, como tal, en la pureza del origen, incidirá en las propiedades del espacio objetivamente dado, y antes que ver “fenómenos” como tales, verá estados de espacio uniformes o disformes; esto es, de “forma única” o sin “forma única”; de un bosque no verá las especies de árboles, sino la expresión de las categorías geográficas dadas en su uniformidad o del rompimiento de la misma.

 

En especial hay otras categorías, que ahora mencionaremos para destacar mediante ellas un problema teórico metodológico esencial.  Son, primero, las categorías fundamentales de zonalidad y azonalidad, y sectorialidad y asectorialidad.  Aluden por forma, obviamente, a extensiones espaciales, pero por su contenido, no son arbitrarios convencionalismos de escala o magnitud de espacio, sino estructuras objetivas del espacio geográfico.  El concepto de zonalidad derivó de la teoría de las esfrágidas de Eratóstenes (conforme se vieron uniformidades, sincronías, simetrías, isomorfismo, relaciones, etc), que contrastaron las “zonas climáticas” (donde “clima”, aquí, no significa “estado promedio de la atmósfera”, sino lo que etimológicamente es: una inclinación, referida ésta al grado de latitud en relación con la incidencia de los rayos solares).  Y esas “zonas de inclinaciones”, son las gradaciones tórrida, desértica, templadas, frías, y polares, lo que dio lugar a la asociación actual de “clima” como las condiciones ambientales promedio”, pero gradación que con un sentido más propiamente espacial, objetivamente se refiere a las extensiones latitudinales de la zona ecuatorial de 0°j, a los 23°27’j, o zona de los trópicos, y de los 66°33’ja los 90°j, o zonas polares.

 

Luego, esas zonas latitudinales objetivamente dadas, se ven cortadas, interrumpidas, por la alternancia de continentes y océanos que modifican transversalmente las características del espacio terrestre, y objetivamente forman los llamados sectores.

 

De igual manera, en segundo lugar, se da en el pensamiento geográfico como reflejo objetivo de la realidad objetiva, y no como algo convencional, los conceptos fundamentales de planetaridad y regionalidad, como la relación espacial entre el todo del espacio y la parte del mismo.

 

Pero el tratamiento idealista, subjetivista y mecanicista de estas categorías (zonalidad, sectorialidad, planetaridad y regionalidad), las convierte en meras “tipologías del espacio”, en clasificación de escalas fijas, inamovibles, muertas, despojándolas de toda su riqueza metodológica.

 

Una vez más, debe entenderse que así como una categoría despliega a la otra, aquella es condensación de ésta; por ejemplo, la región despliega la planetaridad, como la planetaridad condensa las regiones; pero, a la vez, planetaridad y región (como en el caso de todas las demás categorías) son lo mismo, en dos categorías semejantes que expresan relaciones distintas en distintos momentos, y, por lo tanto, que se intercambian una a otra.

 

Aquella que en un momento dado  expresa la generalidad, en otro se hace lo particular; aquella que en un momento dado define lo particular, en otro, ello mismo expresa lo general.  Estas categorías no son “tipologías” clasificatorias, fijas y mecánicas; sino conceptos abstractos que reflejan la realidad objetiva, y como ella, se mueven, se intercambian y permiten darnos una comprensión más profunda de esa realidad.

 

Leyes.

 

La esencia de una ciencia radica en un conocimiento dirigido por el descubrimiento de las leyes objetivas que explican las regularidades del objeto de estudio.

 

Hay dos tipos de leyes que reflejan esas regularidades: 1) las leyes empíricas, de carácter descriptivo, que explican regularidades objetivas observables directamente por sus simples propiedades cualitativas; y 2) las leyes teóricas, de carácter explicativo causal, que explican regularidades objetivas deducidas luego de ciertas mediciones y análisis de propiedades cuantitativas.  Un as se siguen de otras luego de largos procesos de observación, medición y elaboración de hipótesis.

 

En la ciencia de la geografía, a lo largo de su historia, únicamente se han establecido unas cuantas leyes empírico-descriptivas de orden cualitativo; y, peor aún, estas no se han reconocido como tales sino hasta hace relativamente muy poco tiempo, a partir de los años setenta del siglo XX.

 

Que haya pocas leyes empíricas no es lo grave; es algo, en principio, normal, lo suficiente; lo que verdaderamente motiva a una seria reflexión, es el que en geografía, desde el siglo XVIII en que lo empezaron a hacer todas las ciencias, no se haya enunciado regularidad que implique una ley teórica.  Y la reflexión no va tanto en el sentido de entender por qué ha ocurrido esto; que evidentemente ha sido a falta de claridad en la determinación y definición de su objeto de estudio; sino precisamente ene le sentido de que un trabajo científico objetivo a partir de la ciencia de la geografía dada hasta el siglo XVIII (la cartografía con la propiedad de la conformalidad, de Mercator, la cartografía con la propiedad de equivalencia, de Sanson, la determinación de la coordenada de altitud, por Bauche, e incluso la fuerza de desviación como consecuencia de rotación de la Tierra, por Gaspar Coriolis), de haberse continuado consistentemente, habría hecho luz acerca del objeto de estudio: las propiedades del espacio.

 

Lo cierto es que ello no ocurrió así, en los hechos, el pensamiento geográfico materialista del siglo XVIII, al paso del siglo XIX, fue sustituido por el pensamiento geográfico idealista, y los estudios espacial-cartográficos fueron reemplazados por el fenomenismo naturalista, y un saber enciclopédico que fundamentó el hacer geográfico hasta los años setenta del siglo XX.

 

Al darse un viraje nuevamente al pensamiento geográfico de origen en los años setenta a ochenta, fue entonces que afloró nuevamente el espíritu científico en geografía, y comenzó a hablarse de las primeras leyes empíricas por Riábchikov, en 1976, en su obra Estructura y Dinámica de la Esfera Geográfica.

 

Alexandr Maximovich Riábchikov menciona dos leyes empíricas del espacio terrestre, y en ese sentido, geográficas: 1) la ley de la zonalidad planetaria; y 2) la ley de la distribución sectorial.  La primera enunciada desde la Antigüedad por Eratóstenes; y la segunda, quizá si atribuible a Riábchikov.  Sus regularidades cualitativas están a la vista, son producto de la observación, no tuvieron que ser deducidas teóricamente.

 

Pero siguiendo esa libertad de Riábchikov, puede rescatarse la mencionada ley de la desviación por efecto de rotación (más conocida como ley de Criolis), establecida por Gaspar Coriolis (1742-1843), a principios del siglo XIX), de evidentes efectos espaciales  Pero de igual manera, en orden histórico, pueden enunciarse por nuestra parte como leyes empíricas, ciertas regularidades espaciales básicas como: 1) la ley de a bipolaridad de la Tierra; 2) la ley de la simetría-asimetría hemisférica; 3) la ley del campo de gravedad de la Tierra como determinante del espacio geográfico; 4) la ley de la precesión de los equinoccios; 5) la ley del giro del eje de los nodos; 6) la ley de la sucesión de las estaciones del año; 7) la ley de la sucesión del día y la noche; 8) la ley de la ortodromia; 9) la ley de la loxodromia.

 

Todas ellas refieren, pues, propiedades básicas del espacio terrestre, que se emplean con inexorable regularidad permitiendo la predicción científica en general en geografía.

 

Y si como leyes empíricas espaciales empíricas revelan su importancia, el reto para una geografía unificada, claramente ya determinado y definido su objeto de estudio, está en descubrir, en forma deductiva, sus leyes teóricas.

 

 

Teorías.

 

Las teorías en la ciencia, expresan su avance, su desarrollo.  Las teorías en la ciencia pueden ser de diversos tipos, según aquello a lo que están referidas, y en general, expresando los avances de la ciencia, sus aspectos de punta, que suelen darse en forma contradictoria.

 

En geografía, la teorías, nuevamente como en el caso de  las leyes, sólo hay enunciadas de carácter cualitativo; teorías rigurosas cuantitativas que impliquen medición y experimentación, inferencias hipotético-deductivas, no hay elaboradas en esta disciplina de conocimientos.

 

Ya desde 1969 David Harvey hacía la crítica a ello; pero, nuevamente como para el caso de las leyes, cuando no había claramente determinado y definido su objeto de estudio respecto del cual precisamente teorizar, era vano pretender la aparición d teorías científicamente rigurosas.

 

La importancia de disponer ahora de una teoría única de la geografía ya exclusivamente como ciencia del espacio, es que ello le permitirá centrar sus esfuerzos en los registros propios, afines al objeto d estudio, y en la elaboración de teorías cuantitativas, de medición e hipotético-deductivas acerca de las propiedades del mismo, superando las teorías cualitativo-descriptivas, que sólo disertaban, o acerca de otros campos de estudio, o sobre propuestas acerca de su identidad.

 

Como consecuencia de este nuevo nivel en la investigación geográfica, la previsión científica en geografía será a su vez, de mayor rigor científico, siendo así, ahora, más que por fin educativo básico, realmente de mayor utilidad social.

 

 

Conclusión.

 

 

Lo que nunca creímos que quedaría en nuestras manos, finalmente sí quedó nos quedó elaborarla: la teoría unificada de la Geografía.  Con ello, nuestra contribución profesional ya no fue parcial, sino de una conversión total y sustancial del concepto de esta ciencia, con la más profunda satisfacción profesional, y tanto más, cuanto lo logramos contra toda adversidad, llevada a un extremo insospechado, no creíble por la intolerancia extrema contenida en ella en forma de una represión política por defender públicamente en la Reforma Educativa en México (2012-2013), una educación fundada en el concepto de la ciencia y el método de la ciencia de la modernidad ilustrada.

 

 

 

Nuestra vida profesional se inició prácticamente con la ponencia al IX Congreso Nacional de Geografía que resumía nuestra tesis de licenciatura en esta especialidad: “Geografía: Fundamentos de su Teoría  del Conocimiento” (1983).  Luego participamos en el X Congreso Nacional de Geografía (1985), y en el XI Congreso Nacional de Geografía (1987).  Tras una larga “proscripción” impuesta por la geografía “oficial” institucional (una persecución inquisitorial institucional oscurantista por poco más de veinte años, que hasta 1994, antes de la crisis económico-social, pudimos contrarrestar, quedando tras ella en calidad de la no-existencia por quince años, hasta el 2009 en que creamos nuestro Blog: espacio-geografico.over-blog.es, y en los cinco años siguientes (2009-2014), no sólo recuperamos ese tiempo “perdido”, sino con las ideas maduras, pudimos culminar todo el trabajo teórico que implicaba la consolidación de la Geografía como ciencia rigurosa, prevista ya en nuestra tesis de licenciatura, primera en el campo de la geografía teórica en México.

 

 

 

Apasionados de la simetría, circunstancialmente en el año 2010 tuvo lugar el XIX Congreso Nacional de Geografía (diez congresos después del primero en que participamos), y con una “ponencia virtual”, forzamos nuestra presencia moral en el hacer de la ciencia de la geografía en México; de la misma manera lo hicimos con el XX Congreso Nacional de Geografía (2012), y finalmente en este XXI Congreso Nacional de Geografía (2014), con el cual ponemos punto final a nuestra vida profesional, y con ello al compromiso moral e intelectual para con la geografía en México, que al final, gracias a la Red Internacional de Información (Internet), se convirtió en compromiso moral e intelectual con la comunidad mundial de geografía.  Cuando transcribimos esta conclusión, puesto lo más posible en orden nuestros últimos materiales, ya es 14 de marzo de 2014, a unos días de dedicarnos de lleno a un enfrentamiento con el Gobierno del D.F. por su represión nazi-fascista sobre nuestra persona ya por un año.

 

 

 

Lo que dejamos a las futuras generaciones de geógrafos no es mucho, simplemente es todo; requerirán de una gran entereza ética profesional (en una lucha contra el oscurantismo), para poder avanzar en nuestra propuesta, que en tanto objetivamente dada, es el desarrollo objetivo mismo de la ciencia de la Geografía; no hay otro modo, y los falsos caminos, como el plagio de ideas, como la historia de la ciencia lo prueba una y otra vez, más tarde o más temprano evidenciarán la deshonestidad, y breves momentos de “gloria”, serán tornados en vergonzosa eternidad para la historia, que no perdona.

 

 

 

 

Recibimos una disciplina de conocimientos en el más absoluto caos, desarticulada en múltiples geografías dadas en innúmeras aplicaciones confundidas como “ramas” de especializaciones de la Geografía misma; sin definición científicamente fundada de su objeto de estudio; sin definición de método propio; pretendiendo ser todo y siendo nada a la vez; sin orden histórico, sin fundamento teórico lógico.  Entregamos una ciencia de la Geografía con pleno fundamento en todo ello coherentemente determinado y definido.  Por nuestra parte, en el compromiso moral, intelectual y profesional que nos impusimos, hemos cumplido.  Damos por terminada nuestra vida profesional con todas sus contribuciones hechas, no por “México”, o por la “geografía mexicana” ni nada de esas pamplinerías ya absurdas.  Nuestras contribuciones han sido por la ciencia, que hoy ya no puede ser sino proletaria, al servicio del proletariado como la clase social depositaria del futuro.

 

 

 

 



[*]    Ponencia al XXI Congreso Nacional de Geografía, Monterrey, N.L; 20-27 de octubre de 2014; presentada en forma “virtual” al ser publicada el lunes 20 de octubre de 2014 en http://espacio-geografico.over-blog.es/

 
 

[**]  Sociedad Mexicana de Teoría e Historia de la Geografía, sc (SMTHG).  Editor de: <<“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica>>.


 
 

 

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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Ponencias Congresos
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20 enero 2013 7 20 /01 /enero /2013 23:01

Criterios para la Evaluación de una Propuesta de Proyecto Educativo*.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

14 ene 13.

 

Introducción.

 

Nada más complejo que el fenómeno educativo, no sólo porque en él convergen todos los aspectos de la naturaleza humana, tanto en su forma social como individual; sino porque, además, no es un fenómeno externo del cual el educador o el investigador queda a distancia para poder examinar, sino en el que él es parte del problema.  Pero, a la vez, nada más trascendental en la vida de la sociedad, puesto que de la educación; en cualquier sentido que sea, dicho en sentido amplio, y más aún cuando ésta se refiere a su parte formal de preparación científica en cualquiera de sus campos; depende la misma garantía de la sobrevivencia de la sociedad, e incluso de la continuidad misma de la especie humana.

 

En ese sentido, de la educación haremos, o un arma para la emancipación humana contra las fuerzas oscuras; o el más sutil medio de control para su alienación, esto es, por lo que ello quiere decir, para confundirla y poner al conjunto de la sociedad al servicio de los intereses de unos cuantos detentadores del capital, que la han despojado de su poder y su riqueza.

 

Evaluar (de ex, extraer; y valuare, valor), es considerar aquello que hay de valioso, en este caso, en el sentido de lo valioso no como el valor económico o material, sino como lo bueno para la sociedad, e implica, en principio, definir, precisamente, lo que es socialmente bueno.

 

Lo que determina aquello que ha de ser bueno para la sociedad es, pues, el patrón de referencia para juzgar acerca de lo valioso, de manera especialmente importante, en este caso, en su educación formal.  De ahí que se suela decir que, <<evaluar es “medir”>> (donde “medir” no implica necesariamente una referencia numérica, pudiendo ser un simple recurso comparativo cualitativo), toda vez que esa valoración se hace, precisamente, con respecto a la comparación con un “patrón de referencia o medida”.

 

De este modo, evaluar la propuesta de un proyecto educativo, cual fuere, implica que antes tengamos, así sea puntualmente en general, una firme idea de la educación que juzgamos buena para la sociedad.  Esa “firme idea” no es otra cosa que un criterio o juicio científicamente fundamentado (ese será nuestro “patrón de medida” para valorar).

 

Existen en el pensamiento humano tres –y sólo tres– tipos de juicios de valoración: 1) el intelectivo, referido a la razón o y la ciencia; 2) el moral, relativo a lo bueno social; y 3) el estético, el cual se hace respecto a lo bello y a la naturaleza humana.  Y en cuanto a la valoración educativa, los tres juicios se hacen obligados.  En este breve apunte, nos habremos de referir muy puntual y generalizadamente, al contenido esencial de cada uno de esos tres juicios, que han de formar nuestros criterios científicos fundamentados a aplicar a la valoración de una propuesta de proyecto educativo.

 

 

 

1         Juicio Intelectivo.

 

a)      Teoría del Conocimiento y Criterios de la Verdad.

 

Debemos decir que, en principio, hablamos aquí de la teoría del conocimiento como la teoría del reflejo, y de la “ciencia de la modernidad ilustrada”, esa ciencia galileano-kepleriana y baconiana-cartesiana, la cual se rige por los criterios de la verdad, en tanto que la ciencia es el único conocimiento susceptible de ser verdadero, y que tiene en ello su finalidad al servicio de la sociedad.

 

La fuerza de la dialéctica materialista, está precisamente en que su teoría del conocimiento (gnoseología o epistemología), se identifica plenamente con los criterios de la ciencia (o de la ciencia de la modernidad ilustrada, si se ha de ser precisos).

 

En la teoría del conocimiento dialéctico materialista, la relación del sujeto pensante con la realidad, se define como una relación  “sujeto-objeto”, donde el sujeto, mediante sus sensaciones o aparato sensorial, percibe la realidad el mundo de los objetos materiales (ya sea que la realidad se le eche encima, ya que él incida sobre la realidad, pero lo cierto es que ocurriendo ello simultáneamente), de donde se forma en su cerebro un reflejo de esa realidad a manera de su representación en conceptos e ideas, siempre incompletas, de dicha realidad; viéndose siempre en la necesidad de incidir infinitamente sobre los objetos de su conocimiento, los cuales en su movimiento y transformación natural, van siempre adelante del conocimiento posible del sujeto, haciéndose necesario, por ello, la ciencia.

 

Si ha de impartirse una enseñanza científica de la ciencia, la educación ha de tener un fundamento teórico y una práctica científica para el conocimiento verdadero.  Pero más aún, la educación científica hoy en día, está reclamando el combate a los embates de la anticiencia, que despoja al proletariado del arma más poderosa para la transformación de la realidad, y de ahí que se debe ser explícito en una propuesta de proyecto educativo, en el responder a los criterios de la verdad:

 

1        La objetividad; concepto por el cual no debe entenderse “neutralidad”, sino que, aún teniéndose una posición definida, la objetividad se da cuando: 1) se reconoce la existencia de una realidad exterior a nuestro pensamiento, 2) cuando se entiende que esa realidad está formada por el mundo de los objetos materiales, 3) cuando, dando primacía a la realidad objetiva, en nuestro pensamiento se procura reflejar en lo más posible de la manera más fiel, esa realidad, independientemente de nuestros deseos o voluntad.

2        La causalidad; o también el llamado determinismo; es decir,  por lo cual podemos saber qué origina un efecto dado, y que por lo regular, será sólo eso lo que lo origina; de modo que conociendo la causa, y en la eventualidad el poderla modificar, se obtendrán los efectos deseados.

3        La lógica; de lo cual se sigue esencialmente el método hipotético-deductivo en la investigación científica, pero en lo que se expresa la necesidad ineludible de la argumentación demostrativa  con arreglo a las leyes de la lógica misma.

4        El experimento o comprobación en los hechos; del cual, dependiendo de la ciencia particular, existen diversas formas, pero sin cuya  aplicación no habrá demostración rigurosa, en tanto el conocimiento de un fenómeno que bajo condiciones controladas, sea susceptible de reproducirse.

5        La previsión científica; la capacidad de, dados los conocimientos objetivos, de poder predecir los acontecimientos a un plazo dado futuro bajo ciertas condiciones, como fin último de la ciencia en beneficio de la sociedad.

 

Todo lo que no se apegue rigurosamente a ello, sencillamente no es ciencia en el contexto de la ciencia de la modernidad.

 

La teoría del conocimiento dialéctico materialista en general, como el método de la ciencia en particular, han de ser el fundamento de una educación científica (en la modernidad ilustrada), en la que se enseñe la ciencia misma, formando; no sujetos esencialmente con ciertas habilidades y capacidades o competencias; sino sujetos pensantes, críticos, capaces de transformar la realidad y emanciparse, como condición humana necesaria.

 

 

b)      Teoría Sociopedagógica.

 

La educación es, en principio, un fenómeno social; externamente responde a leyes económico-políticas; e internamente a la ley tanto intelectiva o de la teoría del conocimiento; como a las leyes éticas o morales, acerca del consciente acto del individuo ante la sociedad; así como a las leyes de la estética, o de la percepción emotiva.

 

El ser humano, un sujeto altamente complejo, es, no obstante, algo más que relaciones económico-políticas, que procesos intelectivos, que relaciones morales y apreciación estética; es, también, una psiquie; esto es, una conducta inconsciente determinada por innúmeros e insospechados factores sociales, como por factores internos del carácter del individuo.  En ese sentido, la psicopedagogía es una herramienta importante, particularmente para el tratamiento de casos especiales relevantes en el comportamiento común y socializado en la educación.

 

La psicopedagogía, pues –a nuestro juicio–, debe entenderse como lo excepcional en el proceso educativo, y no como la regla.  Es la teoría sociopedagógica lo que debe regir el proceso educativo; es decir, de los principios de la socialización y la conciencia social; esto es, de la conciencia de la obligatoriedad moral y de la responsabilidad y compromiso social que ello impone; de los principios de la estética en el reconocimiento de la naturaleza humana y su propósito social consciente.  Estos principios deben ser, pues, la base de la educación.

 

 

2        Juicio Moral.

 

a)      Socialización.

 

Suele creerse que lo moral es inherente, o pertenece exclusivamente, al ámbito de lo religioso; y este error se sigue del hecho de que más de tres cuartas partes de los seres humanos profesan una religión, desde la cual se les impone una norma de conducta en el deber ser, en la búsqueda de expresar la mayor bondad entre los seres humanos en sociedad.  Pero menos de una cuarta parte de la población mundial no profesa ninguna creencia de orden religioso o teológico; son los ateos y no-religiosos (este último creyente en Dios, pero no prácticamente de ninguna religión),  Así, si lo moral fuese inherente a la religión, los ateos y los no-religiosos tendrían que definirse como no-morales o amorales (que no necesariamente inmorales, lo que significa obrar en contra de lo moral), lo cual, como veremos a continuación, no es posible.

 

De todas las relaciones posibles entre los seres humanos (económicas, políticas, jurídicas, educativas, comerciales, etc), las relaciones morales son las más esenciales, al punto de que le son imprescindibles.  Es decir, entre dos seres humanos podría dejar de haber cualquier otro tipo de relación, y ello no alteraría en lo esencial su condición humana.  Pero entre dos seres humanos, por su sola presencia, y aún siendo ajenos el uno del otro, se establece necesariamente, una relación moral; esto es, un acto de responsabilidad y compromiso de uno para con el otro en forma mutua o recíproca (así sea que esa responsabilidad y compromiso sea nulo, ello será ya un acto moral).  Lo moral, pues, es independiente de la religión.  Lo que la religión hace, es imponer un código moral (un conjunto de reglas de conducta) especial en las relaciones entre los seres humanos; de modo que a los sujetos religiosos, además de la normas morales sociales en general, les norma un determinado tipo de conducta especial en medio de esas normas sociales más generales, y a las que, por lo regular, no contraría.  El ateo y no-religioso, pues, es un sujeto moral necesariamente, en el código de la normas morales sociales más generales y esenciales, independientemente de todo código moral religioso.

 

Otro aspecto de este mismo problema, es el que lo moral, sólo es inherente a los seres humanos y entre los seres humanos.  Un individuo solo, aislado en el mundo sin la presencia en éste de ningún otro ser humano, no está en posibilidad de expresar ningún acto de orden moral.  Suele creerse, también erróneamente, que ese individuo podría expresar su acto moral ante otros seres, como los animales o las plantas; pero ello es equívoco, dada la falta de reciprocidad en esos seres en un acto de conciencia.

 

Podría pensarse, no obstante, que bastaría el acto de conciencia del individuo humano frente a esos otros seres del reino animal o vegetal procurándoles el bien, para que el acto moral se diera; sin embargo, más allá del conflicto moral que enfrentaría a tener que depender de esos seres para su subsistencia causándoles el mal en un daño irreparable (los ha de matar, y se los ha de comer), está en el hecho de que, si un individuo ha de prodigar cuidados a la naturaleza, ello será en razón del respeto que debe, no en sí a la naturaleza (como erróneamente se expresa), sino a los demás seres humanos que vivimos inmersos en ella y de ella depende nuestra existencia colectiva.  Lo moral es, pues, un hecho exclusivamente humano, y el hecho más esencial de todos: la relación que en nuestro trato mutuo nos hace ser seres humanos (o que en su ausencia, nos despoja de tal condición).

 

Si lo moral es lo esencial de las relaciones humanas, la esencia de la moral es la conciencia de un acto para con los demás, en libertad y responsabilidad, que será tanto más valioso, cuanto más ello contribuya a la humanización del ser humano, esto es, cuanto más contribuya a su dignidad.

 

La conducta moral, pues, ha de tener siempre por principio, en consecuencia, la obligatoriedad de la dignificación del otro (la otredad), el saberse obligado en el deber del hacer yo, del otro, un ser humano cada vez más digno de considerarse como tal, de hacerme responsable por esa dignificación del otro, de mi semejante.  Cuando el acto íntimo realizado así se generaliza socialmente, la sociedad alcanza mayores niveles de desarrollo moral.

 

La conducta moral ha de distinguirse, entonces, de la conducta vista desde la psicología, la cual es de carácter pulsivo o inconsciente, pues en lo moral, la conducta se basa en el acto libre y consciente del individuo, en la cual éste eleva en las más altas cualidades a la otredad, y por ello mismo se ve dignificado.

 

En nuestra sociedad actual, bajo el régimen capitalista profundamente egoísta, del culto a un individualidad mezquina y del aprovecharse de los demás, todo lo cual se complementa con una forma de vida ampliamente coercionada por el Estado en beneficio de la clase social en el poder, la decisión por el deber y la responsabilidad es en algo en exceso mermada en las convicciones del individuo, pero más aún, a lo que se ha de enfrentar bajo un aparato coercitivo que unas veces sutilmente y otras de la manera más burda, se lo impide.

 

 

b)       Obligatoriedad debida.

 

El acto moral, dado en condiciones de libertad y en apego al a responsabilidad se expresa como una obligatoriedad en el deber ser frente a la sociedad, no es el simple propósito de actuar conforme a lo que se cree bueno, o en el simple hecho de “hacer el bien”.  Se enfrenta en ello el problema de distinguir en un dilema, qué es lo bueno y qué no, cuándo es que se hace un bien, cuándo no, sometido al juicio social.

 

El despliegue del acto moral discurre por tres fases: 1) los motivos que llevan a asumir la voluntad dada en la toma de una decisión; 2) el grado de conciencia social, manifiesta en los fundamentos de la responsabilidad que se asume, y el compromiso que se expresa; y 3) las consecuencias del acto moral, es decir, allí donde el mismo se consuma, las cuales podrán ser ya en correspondencia con el propósito, juzgándose entonces como un acto positivo y valioso; o bien en contra del propósito, juzgándose entonces como un acto negativo y despreciable, de donde el sujeto del acto moral puede sentirse orgulloso de su acción, o bien quedar abatido, no obstante el motivo y propósito hayan sido buenos.

 

En la primera fase, el motivo está determinado por la obligatoriedad del acto moral dado por conciencia, y el dilema es asumirlo o no.  En la segunda fase, el grado de conciencia social, significa el grado de conocimientos fundados lo más científicamente, los cuales norman el criterio en la responsabilidad y determinan el compromiso para con el otro (satisfaciendo esa obligatoriedad de conciencia).  Finalmente, en la tercera fase, está el caso especial de la sanción.  En el acto moral, a diferencia del acto jurídico, la sanción no implica un castigo corporal como en el ir a prisión, o un saldo de la pena en una multa económica, sino, no obstante, hay una sanción aún más fuerte y poderosa: el cargo de conciencia.

 

Tales son, pues, las complejas componentes de la estructura del acto moral; pero, como hemos visto, por el cual el sujeto ha de ser juzgado; y ese juicio nunca lo podrá ser por el propio sujeto, pues en el juicio de valor nadie puede juzgar acerca de sí mismo, sino por terceros y por los hechos, desde fuera del acto moral dado.  Tal es pues, el juicio de valoración moral.

 

Ante la necesidad de ajustar la conducta de cada individuo a los intereses de la comunidad (a los intereses de los que se asumen en igualdad), ello determina qué es lo que ha de considerarse como lo valioso, en tanto ello refuerza la unidad, la organización y el desarrollo de esa comunidad.

 

Todo acto moral, ya sea que se haga o deje de hacer; y dejando de hacer sea lo correcto; tiene consecuencias dictadas por las normas de costumbre, y es en función de las mismas que se toma la decisión.  Suele suceder, en ciertos casos, que se toma la decisión en contra del dictado de la norma de costumbre, y no por error, sino con conciencia deliberada.  Ello es plenamente válido, y se legitima, en su caso, en el acierto del acto.  Justo este tipo de decisiones son las que van a determinar el desarrollo de la sociedad en función del progreso moral, rompiendo ciertos atavismos.

 

Un valor moral, aquello bueno socialmente considerado, es, pues, un satisfactor social.  Objetivamente, aquello de la realidad material portador de tal valor, es el propio ser humano.  Subjetivamente, por lo que está en la capacidad del sujeto, se ha de reconocer y diferenciar las cualidades que da el satisfactor, socialmente.

 

Y aquí hay un aspecto de esencial importancia, que sólo se deduce en el análisis dialéctico.  La relación moral: 1) es sólo entre humanos, y 2) que ello se da en una mutua reciprocidad, necesariamente.  Ello quiere decir, entonces, que lo que yo (sujeto), reconozco como valor en el otro (objeto de valoración), es algo que, a manera especular, me realiza como ser humano, es decir, que nos hace ser  seres humanos reales, tanto más reconozco en el otro no sólo a mis semejantes, sino a mi mismo perfeccionado.  Se vuelve al punto: en la medida que positivamente yo veo a un ser humano cada vez más humanizado, ello me humaniza a mi mismo (lo cual puede expresarse en forma negativa), y así, en la medida que veo en la otredad la deshumanización constante en la pérdida de sus valores morales, el deterioro de su perfección, en esa medida yo mismo me deshumanizo, yo mismo formo parte del deterioro social y de mi pérdida de la condición humana; y ello ocurre así, por más que las personas pretendan refugiarse en el ámbito de códigos morales que parecieran más sólidos, como ocurre en el caso de la religiosidad; ello no los abstrae de la vida social, y ello determina a su vez su deterioro en su calidad humana.  Su religiosidad, dijese Marx, sólo se convierte en “denuncia de la miseria real”.  Lo que se impone, es la necesidad de un cambio social radical o sustancial, hacia una sociedad en la que opere una más profunda y amplia socialización, que imponga los nuevos valores que hagan la calidad humana.  Así, no es con los valores morales como se tendrá una sociedad distinta, sino que será con una sociedad distinta, que se tendrán los verdaderos valores morales, como esa relación social concreta, dada por esas cualidades que dignifican a condición humana.

 

 

3        Juicio Estético.

 

a)      Identidad con el alter ego.

 

La Ética, la teoría de la moral o teoría de ese tipo de conducta humana obligada y debida, constituye en sí mismo en un juicio de valoración moral; pero, como hemos visto, en tanto la conducta moral ha de ser con plena conciencia, hasta el punto del fundamento científico de los actos, ello implica, además, un juicio intelectivo de certidumbre.  Pero el acto moral, sin embargo, implica algo más; de un orden muy sutil: el juicio de apreciación estética.

 

La Estética se refiere a la ciencia acerca de lo bello y el arte; es decir, elabora la teoría de lo bello (no de qué cosa es bella), y la teoría acerca del arte como acto de la capacidad creativa humana.  El arte es pues, no sólo el acto creativo de lo bello (de lo que es armónico y proporcionado en todos sus aspectos), sino el acto creativo que nos embellece a nosotros mismos, a nuestra espiritualidad humana, y que nos perfecciona.

 

Es a través del arte y sus cualidades de lo bello, que aquel que lo elabora se reconoce a sí mismo en su obra, y tanto más aún, reconociéndose perfeccionado.  Otro tanto ocurre en el trabajo productivo, en donde el obrero se reconoce a sí mismo en el producto de su trabajo, el cual lo ennoblece y dignifica.

 

Pero cuando el ser humano es capaz de reconocer en el otro no sólo a su semejante, sino a sí mismo, y más aún a sí mismo perfeccionado, ese otro se transforma en su alter ego, en su “otro yo”, y el juicio de valoración moral, se complementa en su caracterización al aplicar el juicio de valoración estética.

 

Así, lo que finalmente despoja a esa valoración moral de todo viso de interés por más abstracto que sea, es precisamente el agregado del juicio de valor estético; ese en el cual lo socialmente satisfactorio como positivo, lo bueno, es, por decirlo de momento así, la proyección de uno mismo.  Ya no será lo bueno o lo malo del otro que socialmente nos afecta positiva o negativamente, sino lo bueno o lo malo de nosotros mismos reconociéndonos en el otro, proyectados en nuestro alter ego, ya negados o ya realizados en el otro.  Ya no sólo será la valoración positiva o negativa del acto moral del otro, sino, además, el placer estético, en su caso, de su acto moral, y en ello, el exquisito deleite espiritual que nos recrea (literalmente dicho, que nos “vuelve a crear”) socialmente, haciendo nuestra armonía en la humanización mutua.

 

 

b)      Humanización del ser humano por el ser humano mismo.

 

Lo estético tiene por esencia el arte, la capacidad creadora humana en lo bello, en lo armónico en lo estilizado y proporcionado.  Así, cuando el juicio de valoración estética se vincula a la valoración moral, lo bueno o lo malo simple que está en el acto moral del otro y de su entera responsabilidad en interés de la sociedad, se convierte en lo bueno o lo malo, producto de la vida social misma, y, en ese sentido, en el más profundo acto de conciencia social.  El responsable del acto moral seguirá siendo el otro, pero ese otro ya no será un ajeno, sino –hemos dicho– un alter ego, un “otro yo”, alguien producto de la sociedad, alguien creado por esa sociedad de la que yo mismo forma parte, y, en consecuencia, que me hace corresponsable del acto moral.

 

Sentir la satisfacción por lo bueno, implicará, además, la admiración por lo positivo que ennoblece y dignifica a la sociedad humana, y, por lo tanto, que la humaniza.  Por lo contrario, sentir la reprobación por lo malo, será nuestra propia negación ante aquello que nos envilece y nos despoja de nuestra propia condición humana.

 

Hay, en la redacción anterior, un cierto dejo de lo que habrá de ser a futuro; y ello es así, porque en la sociedad capitalista actual, del culto al relativismo extremo, al individualismo y a la mezquina propiedad, de explotación y abuso del uno por el otro, es del todo imposible aplicar el juicio de valoración estética en la relación moral.  De ahí que en la sociedad capitalista actual, la moral tiende a quedar vinculada, más que al juicio de valoración estética de mi alter ego, al juicio legal de orden jurídico que se ejerce sobre el otro que obra mal.

 

Lo ético-estético es pues, el juicio más elevado de la sociedad acerca de sí misma; pero ese juicio requiere de otra condición de necesidad muy distinta a las actuales: requiere de las condiciones objetivas y concretas de un nuevo orden social de una sociedad superior en la que puedan manifestarse libremente las capacidades creadoras de la sociedad consigo misma.  Hasta entonces, la valoración ético-estética no sólo se ha de reducir a lo íntimo de las capacidades individuales, sino que quedará reducida a su vez, a su mera expresión como satisfactor social con un cierto carácter utilitario, dado en la valoración uso.  En la sociedad capitalista, mi pobre condición humana, no es sino un pálido reflejo de la depauperada condición humana de mi alter ego reducido a ser el otro (una alteridad simple), que moralmente me corresponde (y en lo satisfactorio de mi íntimo deleite subjetivo), en calidad de valor de uso en lo humano, pobremente realizado.

 

Hemos visto que la estética es, en su esencia, la capacidad humana de reconocerse a sí mismo en su obra y de verse en ella perfeccionado.  El ser humano ha evolucionado de su existencia como un grupo símido-antropomorfo, a las distintas especies de homínidos, y entre ellos, a aquel del cual ha devenido nuestra sociedad actual.  El ser humano, desde siempre, ha nacido en sociedad; así sea que esa sociedad haya sido la de los pequeños o grandes grupos tribales de simios; es por ello, como lo dijeran Marx y Engels, que el ser humano es un ser social por excelencia.  Más aún, el ser humano se hace un ser humano, no sólo por nacer en sociedad, sino porque es la sociedad la que lo crea como un ser humano.  El ser humano, fuera de la sociedad, dependiente por entero de sí mismo y de la naturaleza, se animaliza, pierde su condición de ser humano, precisamente en la medida que pierde su dependencia a las relaciones humanas (económicas, sociales, políticas, científicas o culturales).  Todavía más, la sociedad humana misma también pierde algo de su riqueza dada en la diversidad, con la exclusión de aquel.  En esta conclusión de origen estético, es el ser humano el que hace al ser humano, en sociedad.

 

 

 

Conclusión.

 

Establecimos desde el primer momento, que evaluar la propuesta de un proyecto educativo, cual fuere, implicaría el que antes tuviésemos, así fuese puntualmente en general, una firme idea de la educación que juzgamos buena para la sociedad.  Y adelantamos que esa “firme idea” no sería otra cosa que un criterio o juicio científicamente fundamentado como nuestro “patrón de medida” para valorar.  Ese criterio o juicio científicamente fundamentado en lo general, ha quedado, pues, expuesto en su aspecto intelectivo o de certidumbre; en su aspecto moral o de responsabilidad y compromiso social; y en su aspecto estético o de identidad del ser social con la sociedad, y de ésta con el individuo mismo.

 

No se trata de formar sujetos simplemente habilitados y capacitados para la producción capitalista, sino se trata de formar sujetos humanos que han de luchar por su emancipación transformando su realidad, no sólo al infinito respecto de la naturaleza, sino, principalmente, erradicando para siempre, la opresión y explotación de una clase social por otra.  La educación ha de ser, así, necesariamente, un proceso de humanización del ser humano por el ser humano mismo, como una propuesta del proyecto de sociedad que queremos.

 

Este es pues, el “patrón de medida” mediante el cual una propuesta de proyecto educativo ha de ser juzgado.  Otra cosa será cuando dicho proyecto opere, entonces el proceso de evaluación en su mejora continua habrá de implicar otras técnicas específicas.
____
*  Ponencia al I Congreso Nacional Popular de Educación, Cultura, Arte, Ciencia e Investigaciòn, Convocado por el "Comité Ejecutivo Nacional Democratico", del SNTE; 2-4 de febrero, 2013.
 

 

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4 noviembre 2010 4 04 /11 /noviembre /2010 00:03

Cliché Espacio Geográfico, Revista 2010 

Teoría del Análisis Cualitativo

del Espacio Geográfico.

“Ponencia, XIX Congreso Nacional de Geografía”,

2010 (3/3).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica;

http://espacio-geografico.over-blog.es/;

México, 11 nov 10.

 

 

III El análisis geográfico, espacial,

es la transformación cualitativa de los nexos

entre los estados de espacio.

 

El caso, en el ejemplo, del sustrato portador de la roca, es sólo referir un estado de espacio; ahora hay que multiplicar la acción simultánea y en sus nexos, entre múltiples estados de espacio de distintas formas de movimiento y de diversos sustratos portadores diferentes; ello implicará un análisis exhaustivo de las conexiones entre los estados de espacio, que en lo concreto nos aparece literalmente anudadas en un vínculo indescifrable.  Desentrañar ese nexo, explicar las conexiones entre los estados de espacio, implicará considerar el movimiento que nos dirija al momento en que esas conexiones se expresen como las relaciones ente los mismos, allí en donde unos estados de espacio afectan a otros en un orden causal físico externo.  Al final, el resultado del análisis cualitativo, será narrarlo en la descripción de una Relación Geográfica, y representarlo en la descripción gráfica de una Carta Geográfica.  Entonces, y sólo entonces, a partir de ahí, será posible ascender el estudio geográfico, en ese análisis espacial mismo, al análisis cuantitativo o de las tranformaciones no-estables.

 

El análisis cualitativo del espacio geográfico es, pues, la descripción no meramente enumerativa, sino una descripción explicativa; esto es, una descripción conocedora del orden de causalidad en los procesos (una explicación en los ordinales), explicando las relaciones físicas y el orden de causalidad externas; qué ocurre primero y qué ocurre después, en las conexiones físicas externas entre los estados de espacio (dejando el fenómeno como tal en sus relaciones de causalidad internas, al especialista en él).

 

Hemos expuesto, entonces, la objetividad del espacio y sus propiedades; ahora queda expuesto, con lo anterior, la causalidad del mismo.  Los estados de espacio discreto y sus relaciones, determinan los atributos del espacio continuo, es decir, que aquellos son causa; pero esta es una causalidad secundaria, pos facto a una causa antecedente por la cual, el estado discreto de espacio mismo, es.  Traducible, quiere decir que no sólo los estados de espacio determinan la propiedades del espacio continuo en general, sino que el espacio mismo; no obstante la propiedad de invariancia que rige en el campo cualitaitvo; es causa en los sustratos portadores, no sólo en los términos filosóficos de ser su condición de existencia, sino porque –explica la física cuántica–, en el origen, la más ínfima inestabilidad del vacío, dio lugar a la aparición de los estados discretos.  El físico Feynman llegó a decir: <<dadme un rayo de luz salido de la nada y quince mil millones de años, y os daré el Universo>>, y aún demandaba demasiado.  Hoy basta con decir: <<dadme una infinitesimal inestabilidad en un estado de vacío absoluto y quince mil millones de años, y os daré el Universo>>; quizá pudiéramos decir, incluso: <<dadme vacío absoluto y tiempo, y os daré el Universo>>, pues la inestabilidad será una condición dialéctica necesaria del vacío.  Pero esta causalidad; a manera como Einstein explicara los efectos gravitatorios por la curvatura del espacio; es la que rompe la continuidad, da el salto en el movimiento de la materia, y con ello, da lugar a transformaciones sustanciales, y es, por lo tanto, como tal, objeto del análisis cuantitativo del espacio geográfico.

 

En la simplificación del modelo del “Arca de Indicopleustes”, hemos expuesto –porque ha sido suficiente–, el ejemplo de la roca.  Pero los geógrafos fenomensitas no dejarán de insistir en cuanto a qué pasa, en este caso, con la sociedad.

 

El ejemplo de la roca es suficiente, decimos, porque siendo la sociedad un estado de espacio más, si bien el más dinámico y complejo, a ello se aplica las mismas consideraciones metodológicas categoriales; y ello no será reduccionismo, como suele alarmar al geógrafo fenomenista; puesto que no se está estudiando la sociedad como tal, que implicaría hacerlo con sus propias leyes, sino en tanto estado de espacio.  Tendrá una localización, la Ciudad; y una distribución como un momento desarrollado de la misma localización: su presión e impacto en el medio natural desde el ámbito rural, y el factor fabril mismo.  Geográficamente lo que nos interesa es esa localización y su despliegue; ello es, como estado de espacio discreto, lo que impone atributos al espacio continuo.  Lo que nos importa de ello en el análisis cualitativo del espacio geográfico, es –limitándonos al ejemplo en las consideraciones más generales de apenas tal par de categorías– su localización y su desarrollo en la distribución, que nos caracterice esas propiedades del espacio continuo.

 

La vieja crítica podrá ser la acusación de incurrir en reduccionismo; esto es, en pretender explicar el fenómeno social, a partir de conceptos y leyes físico-matemáticas.  Digámoslo una vez más, si tal cosa pretendiésemos, sin duda pecaríamos de reduccionistas.  Pero no hay tal reduccionismo, porque no pretendemos tal absurdo; la explicación del fenómeno social, se lo dejamos al sociólogo.  Nosotros no pretendemos explicar tal fenómeno que se rige por sus propias leyes, investigadas por el especialista en ello.  Para nosotros, la sociedad; por darle ese nombre a un estado de espacio particular; no es sino un estado de espacio tal como lo es la roca misma; hay en ello una forma distinta de movimiento de la materia y un sustrato portador diferente; y de ello lo que nos interesa como investigación propia, geográfica, no son las leyes sociales que le rigen como fenómeno social, sino la leyes espaciales que le rigen como fenómeno espacial.  Geográficamente, de ello lo que nos interesa, no es la lucha de clases sociales, sino sus atributos espaciales tales como su localización y distribución, o sus conexiones y relaciones (y éstas, por lo demás, físicas externas en la coexistencia espacial).  Esto es, como geógrafos, no estudiamos el fenómeno, sino estudiamos el espacio; o, en todo caso, no estudiamos el fenómeno social (como pudiera ser cualquier otro fenómeno de la naturaleza), sino el fenómeno espacial.   Como geógrafos, no estudiamos la forma de movimiento de la materia ni el sustrato portador; sino la forma de existencia[*] de la materia, y las condiciones de existencia del sustrato portador.

 

Y dejar de lado esa vieja pretensión fenomenista del estudio social, no hace al geógrafo un sujeto socialmente inconsciente, un “apolítico”, y menos aún un “enajenado reaccionario” (como el considerar lo contrario, no lo hace, per sé, ni necesariamente un sujeto socialmente consciente, ni lo obliga a un compromiso político, y menos aún lo hace devenir en un revolucionario); como el físico, el químico, o el biólogo, no por no involucrar lo social en sus estudios, los deja en esa condición o los hace menos.

 

 

Conclusión.

 

1      Históricamente, demostrado estaba el que el comportamiento de los estados de espacio (los fenómenos), son la transformación cualitativa de los nexos entre éstos (en el conjunto de las relaciones de causa-efecto).  Dado ello, hemos afirmado, por nuestra parte, que el análisis geográfico espacial, es el análisis del comportamiento de los estados de espacio.  Algo que traducido es evidente, pero que bajo nuevas categorías tenía que ser demostrado más allá de sus propios argumentos, con la verificación de ese supuesto por el cual, a su vez, afirmamos que, luego entonces, el análisis geográfico espacial, es el análisis de la transformación cualitativa de los nexos entre los estados de espacio; cuyos argumentos esenciales han sido, el que análisis cualitativo del espacio geográfico es, pues, la descripción no meramente enumerativa, sino una descripción explicativa; esto es, una descripción conocedora del orden de causalidad en los procesos (una explicación en los ordinales), explicando las relaciones físicas y el orden de causalidad externas; así como el que los estados de espacio discreto y sus relaciones, determinan los atributos del espacio continuo, es decir, que aquellos son causa; pero esta es, decíamos, una causalidad secundaria, pos facto a una causa antecedente por la cual, el estado discreto de espacio mismo, es.

 

Y si el análisis cualitativo geográfico espacial, es el análisis de la transformación cualitativa de los nexos entre los estados de espacio, como hemos verificado, luego entonces, el análisis cualitativo geográfico espacial, como lo establecimos en la premisa de tesis, es el análisis del comportamiento de los estados de espacio.

 

2      Finalmente, en esencia, el estudio geográfico como el estudio de los fenómenos, en esa condición, limitó a esta ciencia a exclusiva consideración de las transformaciones estables o cualitativas entre los mismos (cuyas transformaciones cuantitativas o no-estables, son objeto de estudio del especialista en el fenómeno), y por ende, a la exclusiva consideración descriptiva.

 

Así, el estudio geográfico como el estudio del espacio, guardando consistencia categorial con las propiedades físico-matemáticas objetivamente dadas del espacio, dota a esta ciencia ya, de un cuerpo de teoría con sus postulados, principios, categorías y leyes (expuesto todo ello de tiempo atrás en otros documentos), con un lenguaje lógicamente consistente y propio.

 

3      Ese cuerpo de teoría propio, finalmente, se desplegará en el análisis de las transformaciones cuantitativas, o de los condiciones no-estables, del espacio.

 



[*] Sospechamos, no obstante, que lo que hoy en términos de la dialéctica materialista se denomina “forma de existencia”, en el futuro, como resultado de la investigación, podría ser no más que una “forma de movimiento” más, singularmente cualitativa.

 



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4 noviembre 2010 4 04 /11 /noviembre /2010 00:02

Cliché Espacio Geográfico, Revista 2010 

Teoría del Análisis Cualitativo

del Espacio Geográfico.

“Ponencia, XIX Congreso Nacional de Geografía”,

2010 (2/3).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica;

http://espacio-geografico.over-blog.es/;

México, 08 nov 10.

 

 

II     El análisis geográfico espacial,

es el comportamiento de los estados de espacio.

 

Los estados discretos de espacio, como lo que comportan (una forma de movimiento de la materia y un sustrato portador), se mueven, siendo ese movimiento, junto con el tiempo y el espacio, condiciones o formas de existencia de la materia.

 

El análisis cualitativo del espacio geográfico, es el análisis –hemos dicho– del comportamiento de las transformaciones estables; esto es, aquellas en las que un estado de espacio no cambia su forma de movimiento, pero el sustrato portador se transforma (la roca moviéndose bajo la acción de la gravedad, continuará siendo un movimiento físico, pero las características de la roca misma cambiarán).  El estudioso del fenómeno, como tal, verá un proceso geomorfológico; pero en el análisis del espacio, el geógrafo verá, precisamente, el comportamiento de los estados de espacio en el conjunto de las propiedades dadas por las categorías del espacio; y así, la localización puntual de la roca, se ha desarrollado en la distribución de sus materiales en una extensión y limites determinados.


cosmas Topografía Cristiana 535

Carta de Indicopleustes 1

La Carta de la primera representación del espacio geográfico tridimensional, en el “Arca de la Topografía Cristiana”, de Cosmas Indicopleustes.

[Imagen del “Arca de la Topografía Crisitiana”; Fuente: http://www.interactiva.matem.unam.mx/mapas/imágenes/mapas/cosmas.gif

Carta; Fuente: “Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica; http://espacio-geografico.over-blog.es/]

 

Carta de Indicopleustes 2 

 

Mapa de Cosmas Indicopleustes: representación bidimensional del espacio geográfico, a partir del espacio tridimensional del “Arca de la Topografía Cristiana”.

[Fuente: “Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica; http://espacio-geografico.over-blog.es/]

 

 Carta-de-Indicopleustes-3.jpg

 

Dado un tiempo (en este caso, geológico), la localización de la roca (por la que se puede entender todo Europa), se ha distribuido en los límites y extensión de los derrubios, donde ahora éstos, constituyen la transformación cualitativa de dicho estado de espacio.

[Fuente: “Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica; http://espacio-geografico.over-blog.es/]

 

 

Obsérvese, pues, que no estamos hablando de nada ajeno al saber geográfico históricamente dado; lo que estamos haciendo, es darle una identidad propia dejando de lado las categorías de las ciencias sobre los fenómenos, para hacerlo con las categorías de la teoría del espacio; y no hacemos ello precisamente de manera subjetiva; sino por las determinantes objetivas dadas por la consideración del objeto de estudio: el espacio terrestre y sus atributos –reiteramos–, en función de sus categorías propias.

 

El análisis cualitativo del espacio geográfico, vemos pues, es el comportamiento de sus estados de espacio.  La simplificación en el modelo del “Arca”, vacía, es el espacio geográfico en su condición exclusiva como el estado de espacio continuo tridimensional.  Cuando irrumpe en él la roca, tenemos un estado discreto de espacio que atribuye nuevas propiedades al continuo.  El estudio del comportamiento dado, finalmente, es una parte de lo que nos permitirá realizar la predicción científica.

 

A partir de la localización de dicho estado de espacio, éste, en la dialéctica y en función del tiempo, se distribuye.  Tal distribución no es, como se nos ha mostrado hasta ahora en los libros de texto, la extensión del afloramiento rocoso o lítico (dado el ejemplo), sino la transformación del sustrato portador dado en dicho estado de espacio; en este caso, por ejemplo, precisamente en la extensión de la distribución de sus derrubios o sedimentos.  Pero “roca o estructura lítica”, “afloramiento rocoso o lítico”, y “derrubio o sedimento”, si bien son categorías en el análisis geológico, geográficamente son sólo conceptos intercambiables y hasta prescindibles, para nombrar con propiedad las cosas que se explican; de manera diferente, “localización”, “estado de espacio”, “tiempo”, y “distribución”, apenas conceptos para los geólogos o cualquier otra especialidad, son categorías geográficas fundamentales para explicar, y sin las cuales no se podría explicar, su propio objeto de estudio: el espacio terrestre.  Obsérvese, por lo demás, que también se usa la palabra “extensión”; es una categoría geográfica, podría tomarse en ese sentido, pero no la hemos dado en antecedentes, y, en este caso, su empleo bien puede quedar con el carácter de un concepto en el lenguaje expositivo.

 


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4 noviembre 2010 4 04 /11 /noviembre /2010 00:01

Cliché Espacio Geográfico, Revista 2010 

Teoría del Análisis Cualitativo

del Espacio Geográfico.

"Ponencia, XIX Congreso Nacional de Geografía",

2010 (1/3).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica;

http://espacio-geografico.over-blog.es/;

México, 04 nov 10.

 

 

Introducción.

 

Partimos de considerar una tesis a sustentar en este ensayo: <<El análisis geográfico espacial, es el estudio del comportamiento de los estados de espacio>>.  Esta tesis la dejamos planteada ya desde 1985, y su consideración suponía, ya la elaboración de una teoría del espacio geográfico o terrestre; o bien, el que avanzando en dicha tesis, contribuyésemos a aquella teoría.  Un cuarto de siglo después, para efectos prácticos, estamos en el segundo caso.

 

El análisis cualitativo del espacio geográfico, es el estudio del comportamiento de los estados de espacio, ya que éstos son la transformación cualitativa de los nexos entre los mismos.

 

Esto es, que el comportamiento de por sí, representa la transformación cualitativa de las relaciones o nexos entre los estados de espacio.  Y dicho comportamiento (de portar con, en el sentido de llevar o traer mediante algo), por lo demás, proceso estable en el cual ocurre una transformación cualitativa, es justo el objeto de la descripción geográfica inicial; esto es, de la descripción de los procesos estables.

 

Apegándonos al riguroso método científico hipotético-deductivo de la modernidad en la exposición, establecemos explícitamente aquí el siguiente silogismo:

 

Premisa Antecedente:      El comportamiento de los estados de espacio, es la transformación cualitativa de los nexos entre éstos.

Premisa de Tesis:          El análisis geográfico espacial, es el comportamiento de los estados de espacio.

Consiguiente Hipótesis:   Luego entonces, el análisis geográfico espacial, es la transformación cualitativa de los nexos entre los estados de espacio.

 

Esto es, que, si la hipótesis por la cual el análisis del espacio geográfico se significa en su primer momento por la descripción de las transformaciones cualitativas en las relaciones entre los estados de espacio en función de los antecedentes dados, luego entonces, la tesis que se afirma será correcta.

 

 

I     El comportamiento de los estados de espacio, es la transformación cualitativa de los nexos entre éstos.

 

La primera condición es entender qué es un “estado de espacio”, y por tal, habremos de entender: una forma de movimiento de la materia en un sustrato portador; geográficamente, el movimiento físico de un objeto, en el sustrato portador, por ejemplo, de la roca; o el movimiento biológico, en una asociación vegetal, o el movimiento social, en la lucha de clases sociales, et sig.  Una categoría es un concepto, pero un concepto especial que contiene en sí mismo todo un planteamiento teórico.  La diferencia entre un concepto cualquiera y un concepto en el grado de categoría, es que el concepto nos permite articular una exposición y puede ser prescindible e intercambiable por otros conceptos semejantes o sinónimos; pero una categoría, es un concepto sin el cual una teoría no puede ser expuesta.  Lo esencial de la categoría de “estado de espacio”, como un estado discreto del espacio, radica en que, mediante ella, habremos de suprimir los conceptos de “fenómenos naturales y sociales”, que desafortunadamente inducen al estudio causal de los mismos, siendo objeto de estudio de sus especialistas correspondientes; o dicho de otro modo, los estados de espacio son eso mismo, los fenómenos naturales y sociales, pero entendidos en el contenido teórico de una categoría geográfica o espacial.

 

En segundo lugar, el estudio del comportamiento de los estados de espacio, ha de darse en función del análisis de sus transformaciones cualitativas o estables, en términos de los pares dialécticos de categorías esenciales del espacio (lugar y situación, localización y distribución, extensión y límites, conexiones y relación, et sig), en las cuales la segunda es un momento de desarrollo de la primera; de modo que, por ejemplo, de la roca habremos de considerar su localización y distribución, en donde esa distribución es un desarrollo de su localización cuyas cualidades dadas por sus condiciones estables, en principio, son objeto de observación y descripción.

 

Las transformaciones de esas condiciones estables sólo pueden ser observadas en función de la propiedad física del espacio dada en el tiempo; de modo que la distribución, como categoría tomada en el ejemplo, ha de ser considerada, en principio, en función de ello; pero, geográficamente, no sólo en función del tiempo, sino en función de las conexiones o nexos que alcanzarán un momento de su desarrollo en la relación entre los diversos estados de espacio.

 

Lo esencial en este planteamiento está en la capacidad de ver geográficamente, en el ejemplo, a las propiedades físicas del concepto de roca (concepto que en geología adquiere el rango esencial de categoría fundamental), en su localización y distribución, no como las vería el geólogo o el geomorfólogo como un objeto de estudio en sí, sino geográficamente, en tanto un estado de espacio.

 

Así, ya podemos echar mano de la alegoría del “Arca de la Topografía Cristiana” de Indicopleustes, primera representación histórica del espacio geográfico tridimensional, para entender la representación en él, geográficamente, de lo que no veremos sino como estados de espacio.

 

 

Topografía de Cosmas

[Fuente: Topografía de Cosmas; o espacio geográfico representado en el Arca de la Alianza, de Cosmas Indicopleustes, del siglo VI]

 

 

Vayamos más allá de las propiedades básicas del espacio dadas en la orientación de ese continuo tridimensional, de la consideración de su linealidad y del sistema de referencia coordenado respecto del cual se da la localización de los estados de espacio, entre otras; para partir, como en toda ciencia que se precie de serlo, de las rigurosas leyes que rigen, en este caso, precisamente, el comportamiento de los estados de espacio como la transformación cualitativa de sus conexiones a un momento de su desarrollo dado en sus relaciones.

 

De este modo, en función de la ley de la zonalidad planetaria, por ejemplo, ciertos estados de espacio quedarán determinados a una cierta localización y distribución en lo que Eratóstenes denominaba las esfrágidas (zonas latitudinales), y sólo a esa localización y distribución, tanto en superficie como en altura (sería el caso, por ejemplo, de las asociaciones de vegetación).  Sin embargo, los nexos entre los estados de espacio y sus transformaciones, quedan sujetas a su vez por leyes espaciales más particulares.

 


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23 agosto 2010 1 23 /08 /agosto /2010 08:04

Cliché Espacio Geográfico, Revista 2010 

Análisis Crítico a los

“Apuntes para la Historia de la Geografía en México”,

de Manuel Orozco y Berra, 1880.

  Ponencia, II Congreso Mexicano de Historia

de las Ciencias y de la Tecnología, 1990 (4/4).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica;

http://espacio-geografíco.over-blog.es/;

México; 02 sep 10.

 

 

Del pasaje anterior destaca, en primer término, que Orozco y Berra reconoce por trabajo geográfico, esencialmente, la elaboración de mapas, pero, en segundo término, que olvidó esas referencias a los pilotos de las expediciones, personas que claramente, en su misma apreciación, se dedicaron desde los principios del siglo XVI, a trabajos geográficos, uno de los cuales incluso cita.

 

Esas dudas en cuanto a lo que exactamente constituirá el saber geográfico a historiar, se refleja con más nitidez en otro pasaje, al tratar el siglo XVII.  Nos referimos a la omisión que hace desde el “Repertorio de los Tiempos”, de Enrico Martínez (1606), hasta el “Mapa General de Nueva España”, de Carlos de Sigüenza y Góngora (1681-1689), como productos del trabajo geográfico, y, sin embargo, continuando en la historia, pasando al siguiente siglo, exaltará como “único trabajo geográfico durante el siglo XVIII”, precisamente uno al estilo de las Relaciones Geográficas que él omite: el “Teatro Americano”, de Antonio Villaseñor y Sánchez (1746).  Pero ahora, por el contrario, en aras de ello, prescinde del vasto trabajo geográfico con el que, si algo caracteriza al siglo XVIII, es precisamente la abundante actividad exploratoria por la cual Orozco y Berra mismo ha calificado este siglo de brillante, y en el cual se ha dado incluso la producción del primer trabajo de geografía teórica: el “Estado de la Geografía de la Nueva España y modo de Perfeccionarlo”, de 1772, de José Antonio de Alzate y Ramírez.

 

Paradojas extrañas estas, pues, que bien justifican a esta obra aquí analizada, trabajada por su autor como Apuntes para…, y no como la Historia de la Geografía en sí.

 

Hay entonces una rigurosa lógica internalista en la historia de la ciencia de la geografía que explica la aparición de esta obra y de sus características, de Manuel Orozco y Berra, personaje también, producto de su tiempo.

 

El siglo XIX reclamó desde el primer momento el conocimiento del país, y para esto no bastaba el informe de lo existente y su evolución en el tiempo, no era suficiente, pues, el método histórico.  Era preciso poder tener la referencia del lugar en una gráfica, y además, científicamente construida: la Carta Geográfica, que permite evaluar la situación espacial; era necesario, en consecuencia, la paliación sistemática del método geográfico, como antes habían sido ordenados los documentos producto del saber histórico; y justamente ésta es en esencia la importante contribución de Manuel Orozco y Berra a la Geografía.

 

Sin duda, el siglo XIX es quizá el más importante para el desarrollo de la ciencia en México.  En él se forja la moderna institucionalización de la ciencia y con ello su “oficialización” y viabilidad.  Es un siglo que por su propia naturaleza debe precaver a todo historiador de la ciencia de la unilateralidad en el análisis de su siglo en circunstancias complejas.

 

Para la historia de la Geografía en particular, no dejará de representar una compleja contradicción a resolver, el considerar las facultades de esa oficialización de la ciencia y las posibilidades del desarrollo de la Geografía en manos de funcionarios de gobierno de alta investidura, como lo llegaron a ser un Joaquín Velázquez de León, un Francisco Jiménez, un Joaquín de Mier y Terán, un José Salazar Ilarregui y el mismo Manuel Orozco y Berra, éste aún mas, por encima de todos ellos; frente a lo que fueron dichas posibilidades del desarrollo de la Geografía en México, en manos de un Francisco Díaz Covarrubias, de un Blás Balcárcel, o de un Joaquín de Herrera.

 

Y la complejidad de contradicciones como ésta, radica no tanto en problemas de orden interno en la lógica de la ciencia, como en toda una circunstancialidad histórico-social, ante cuyo examen nosotros mismos fijamos nuestra propia concepción del mundo, nuestra identidad ideológica, e incluso militante, y nuestro compromiso científico y social como individuos en la historia.  Tan simple como preguntarnos hoy , cual sería y a qué respondería nuestra actitud ante la permanente y siempre posible amenaza de invasión de los Estados Unidos, como ya en su tiempo, en los mismos términos, los dijera Santiago Ramírez en sus “Notas para la Historia del Colegio de Minería”.

 

Los Apuntes para la Historia de la Geografía en México, de Manuel Orozco y Berra, son una sutil resultante de la composición de todos esos aspectos de la historia de la ciencia.

 

Sin duda, un estudio con propósitos más exhaustivos, habrá de extenderse en el análisis de dichos aspectos, cuyos elementos de juicio hemos dejado asentados aquí.

 


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23 agosto 2010 1 23 /08 /agosto /2010 08:03

Cliché Espacio Geográfico, Revista 2010 

Análisis Crítico a los

“Apuntes para la Historia de la Geografía en México”,

de Manuel Orozco y Berra, 1880.

  Ponencia, II Congreso Mexicano de Historia de las Ciencias

y de la Tecnología, 1990 (3/4).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica;

http://espacio-geografíco.over-blog.es/;

México, D.F; 30 ago 10.

 

Privaba en Europa, en la época de la fructífera producción geográfica de Manuel Orozco y Berra, una poderosa influencia del pensamiento geográfico de Humboldt y Ritter, a la vez, producto de un siglo en que retomaron un fuerte impulso las exploraciones, ahora, por ejemplo, en África.

 

Ningún autor ha dudado en que esta nueva era de exploraciones geográfica estuvo determinada por la revolución industrial y el despliegue del capitalismo de libre competencia.  Tanto era el mutuo impulso de ese desarrollo paralelo exploración geográfica-capitalismo, que más que nunca la Geografía sirvió a los intereses de gobierno capitalistas del imperialismo colonialista, y de ahí la fundación una tras otra a partir de 1821, de las Sociedades Geográficas del mundo, las cuales auspiciaron toda esa actualidad; Sociedad de Geografía que en México nació en 1833 en forma de Instituto Nacional de Geografía y Estadística, recibiendo el nombre de Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística hasta 1850, pues hacia fines de la década en que se funda el Instituto, éste no funcionó como se esperaba a falta de fondos del Estado, como consecuencia de los intentos separatistas de Texas (1836) y la famosa “Guerra de los Pasteles” contra Francia (1838), y sus trabajos se planea sean desarrollados  por la Comisión de Estadística Militar (1839-1849), misma que vio perturbadas sus funciones con la invasión norteamericana de 1847, y sobre la base de dicha Comisión de Estadística Militar, es que el antiguo Instituto Nacional de Geografía y Estadística, se transforma en Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.

 

La dependencia de la ciencia de la geografía a a las relaciones externalistas, pudieran resumirse como el que, viéndose el naciente Estado mexicano independiente en la necesidad de administrar el vasto territorio, urgió su conocimiento presionado por las ambiciones imperiales, de ahí la institucionalidad integrada en el Instituto Nacional de Geografía y Estadística; la guerra separatista texana demostraba esa necesidad, y a fin de empeñarse en la tarea con más rigor, como acertadamente los señalara Chavarría y Ferrari, se crea la Comisión Estadística Militar, que, como militar, y bajo los sucesos de varios conflictos armados, tampoco resuelve plenamente las necesidades del Estado, no obstante, es como mejor se avanzó a pesar de que la historiase le echó encima.  Pasado el conflicto y luego del ominoso Tratado de Guadalupe, bien podía transferirse la misión nuevamente a una institución civil, ahora la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.

 

Pero, así mismo, las relaciones internalistas pudieran resumirse en que, aún a pesar de un Orozco y Berra en desgracia, casi vedado el camino a la viabilidad de su producción científica, no obstante la autoridad de su trabajo científico y su quehacer personal, dio fruto en dos de sus más importantes trabajos para la ciencia de la Geografía en México.

 

El tiempo de Manuel Orozco y Berra es básicamente el siglo XIX, desde la época que va de la revolución para la restitución de poderes en España conforme a la Constitución de 1812 y la supresión de la Inquisición, que trajo consigo la consolidación de la independencia de América; pasando por todo el movimiento de la Revolución Industrial, el Movimiento Cartista de los obreros de Inglaterra, y el rompimiento con el romanticismo para dar lugar al realismo.  Esa época en que toda persona culta en el primer tercio del siglo XIX, se vería influido por la literatura de Balzac, Goethe, por Rousseau, Voltaire, Montesquieu; y las filosofías de Hegel, Kant, Schiller, Fichte, Schellin, y poco después Comte.

 

Manuel Orozco y Berra fue un directo contemporáneo de Marx y Engels, quienes trabajaron juntos a partir de 1842 siendo protagonistas de los movimientos revolucionarios del segundo tercio del siglo –sin verse influido por su pensamiento.

 

Especialmente importante para la Geografía en México y los destinos de Manuel Orozco y Berra, serían la emigración a América, con todo el proceso de ocupación de tierras más allá de las trece colonias a partir de 1822, y el golpe de Estado en Francia de 1852 que restituyó el imperio y propiciaría la invasión francesa en México.

 

Así mismo, el tiempo de Manuel Orozco y Berra es el de grandes avances científicos: el descubrimiento de la ley de la conservación de la energía, el desdoblamiento celular, la geometría de Lobachevski, la Tabla Periódica de los Elementos de Medeleiev, el origen de las especies mediante la selección natural, etc.

 

Las influencias filosóficas más penetrantes en la concepción del mundo entre los intelectuales, específicamente en México, fueron la filosofía de Kant y Comte.

 

Orozco y Berra, con su vocación literaria y como abogado, bajo una fuerte influencia de la francmasonería, no podía ser ajeno al estudio e influencia de estas corrientes de pensamiento enciclopedista venidas de la Ilustración; pero incluso como político, por sus relaciones en este ámbito más que por sus posiciones , cabe suponerlo miembro del partido yorkino.

 

México fue, en los años de vida de Manuel Orozco y Berra, escenario de turbulencias político-sociales permanentes.  La mitad de su vida transcurrió en la época de Santa Anna (entre 1830 y 1855) como un liberal inconsecuente; la otra mitad, la dividió a su vez en servir, por una parte al liberalismo y el gobierno juarista, y la otra al conservadurismo del Imperio Francés.  En este ambiente produjo su obra, de la cual examinamos en particular, sus contribuciones geográficas.

 

La primera de ellas es su Carta Etnográfica (1857), que, como él mismo lo menciona, le sirvió de base para desarrollar y presentar en 1864, su Geografía de las Lenguas.

 

Aquí destacan tres importantes elementos metodológicos: 1) su Carta Etnográfica es, de hecho, una de las primeras Cartas Temáticas Generales elaboradas en México; 2) su elaboración sirvió de base para su estudio sobre Geografía de las Lenguas.  Es decir, en contra de lo que se había hecho hasta entonces (construir la Carta en función de la información de las Relaciones Geográficas); Orozco y Berra procede a la inversa, y en ello está la segunda contribución metodológica, pues su Geografía de las Lenguas es a su vez –generalizando el contenido de este tipo de trabajos– una Relación Geográfica derivada o de segundo orden.  En esta contribución metodológica, la investigación geográfica parte del análisis del mapa; pero como ningún mapa que refleje la realidad puede construirse sin datos reales, el mapa mismo supuso una investigación temática preliminar: es decir, Orozco y Berra estaba, con ello, mostrando la metodología más general y esencial de la investigación geográfica, consistente en recopilar la información de especialistas en el tema, y darle su tratamiento en términos de análisis espacial (cartográfico), para de ello, derivar un estudio geográfico del tipo de las Relaciones, que más detalladas, más exhaustivas, permitirán la formación de Cartas para el análisis espacial superior.

 

Otra cosa es hasta qué punto Orozco y Berra fue consciente de trazar con ello una definición metodológica no sólo en general –donde si fue consciente de ello– sino en geografía; y baste decir que, por lo menos, no lo mencionó así.

 

En 1864 construyó su Carta Hidrográfica del Valle de México, que se complementa con su estudio derivado, expuesto en la Memoria para la Carta Hidrográfica del Valle de México, de ese mismo año.

 

Luego, en la última etapa de su vida, en 1871, es que da a conocer sus Materiales para una Cartografía Mexicana.

 

Expuesto por el mismo Orozco y Berra, éste dice haberse dado cuenta del enorme valor metodológico geográfico en la compilación cartográfica, y durante esos años se dedicó a colectar Cartas y clasificarlas.

 

Evidentemente, de ahí a una historia de la Geografía en México, ya no había mas que un paso, pues la historia de la Cartografía, no es mas que la historia de la Geografía misma, si bien unilateral, sí en un aspecto medular.

 

Un estudio etnográfico como método distinto al método antropológico clásico, y por tanto aparentemente “novedoso”, tan sólo por ser la aplicación del método geográfico al mismo objeto de investigación; tuvo que ser impactante en alto grado, como para que ello lo impulsara a preparar sus Materiales para una Cartografía Mexicana, como base metodológica para futuros estudios; pero la sistemática de estos materiales por sí sola, le habría de dar el contenido fundamental de su Historia de la Geografía en México, de 1876, reimpresa en 1880 como Apuntes para la Historia de la Geografía en México.

 


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23 agosto 2010 1 23 /08 /agosto /2010 08:02

Cliché Espacio Geográfico, Revista 2010 

Análisis Crítico a los

“Apuntes para la Historia de la Geografía en México”,

de Manuel Orozco y Berra, 1880.

  Ponencia, II Congreso Mexicano de Historia

de la Ciencias y de la Tecnología, 1990 (1/4).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica;

http://espacio-geografíco.over-blog.es/;

México, D.F; 26 ago 10.

 

El siglo XVII fue prolijo en el levantamiento de Relaciones Geográficas, Informes, Crónicas de Viajes, etc.  En el singular capítulo XI, Orozco y Berra ha puesto de relieve la importancia de la “Instrucción y Memoria para la Descripción de las Indias”, que en parte fue causa de esas abundantes Relaciones Geográficas; mas, no obstante, Orozco y Berra no les da el tratamiento especial como documentos geográficos, de una importancia paralela a la cartografía.

 

Al parecer, para él, estos documentos se reducían a un carácter histórico.  Así, se puede deducir de un pasaje en el capítulo XX, en el que para hacer la historia de la Geografía con base en la exploración y la cartografía, Orozco y Berra, textual, dice: “Estas exploraciones no eran inútiles a la geografía; servían para reconocer la dirección de las montañas; los ríos con sus vados, el volumen de sus aguas y sus crecientes, los aguajes diseminados y su situación, los productos de la tierra, las diversas tribus que poblaban el país, etc.  Muchos de estos viajes, ejecutados por gentes ignorantes no dejaron más de los enseñamientos prácticos que se perpetuaron oralmente entre los colonos; pero de algunos quedan derroteros precisos, con la descripción de los lugares y cálculo de las leguas, que ya presentan mayor interés, y no falta alguno que se sitúe cierto número de puntos por cálculo de la latitud”[1].  Es decir, los Informes o Crónicas de Viajes, se reducen a los documentos históricos para constancia de los hechos y no forman parte en sí del proceso de investigación geográfica; aun cuando no dejan de ser útiles a la Geografía.

 

Entre los capítulos XVI a XXIII, estudia todo lo relativo al siglo XVIII.  De esta parte, destaca en el capítulo XXI al referirse al “Teatro Americano (1746) de Antonio Villaseñor y Sánchez, que aun cuando critica de adolecer de graves deficiencias científicas (sin mencionar cuáles), dice de él ser el “único trabajo geográfico y estadístico publicado en aquella centuria”[2], y en especial el capítulo XXIII, en el que hace un resumen de “lo que había sido la ciencia geográfica en la colonia…”[3].

 

Dice allí Orozco y Berra: “El siglo XVI fue de exploración y de descubrimientos”[4], y agregamos nosotros, de representaciones gráficas, que si bien deficientes, y continua la cita de Orozco y Berra, “eran estos los primeros pasos dados en el contenido de la ciencia…”[5].

 

Sobre el siglo XVII, omitiendo la abundante aportación de Relaciones Geográficas, dice que este siglo no ofrece nada notable.

 

El siglo XVIII es el que Orozco y Berra califica de brillante, en el que destaca el interés de os gobiernos por los trabajos, por los establecimientos públicos y los métodos de enseñanza.  Preestablece aquí, antes de abordar el siglo XIX, el papel meritorio de Humboldt.

 

A partir del capítulo XXIV y hasta el término de su obra en el capítulo XXXI, Orozco y Berra trata la historia de la Geografía que le es contemporánea: el siglo XIX.

 

Se muestra un cambio cualitativo, cesan las exploraciones y descubrimientos, y estas actividades se traducen en trazo de límites y divisiones políticas.

 

Llama la atención el capítulo XXVII, en donde esa transformación cualitativa del saber geográfico deriva al trabajo de detalle regional y de mayor calidad, concibiéndose por Orozco y Berra en 1856; siendo Oficial Mayor del Ministerio de Fomento; el Atlas Nacional, cuya Comisión reprodujo la actividad exploradora y cartográfica ahora a esta escala..  Por su parte, las Relaciones Geográficas adquirieron ahora también el nombre de Memorias.

 

A partir de este capítulo, Manuel Orozco y Berra se sitúa a sí miso como parte de esta historia, y es interesante mencionarlo, porque va en ello el entendimiento mismo de los antecedentes de sus Apuntes para la Historia de la Geografía en México.

 

El desarrollo y las transformaciones cualitativas en el saber geográfico, conducen también a la elaboración de la primer Carta Geográfica de México, formada por el mismo Manuel Orozco y Berra: su Carta Etnográfica de la República Mexicana (1857), cuya carta base es la Carta General de la República Mexicana, formada por Antonio García Cubas, para la configuración y división del territorio.  Debe hacerse notar en este punto, que la cartografía temática en México era ya elaborada incluso por los estudiantes del Colegio de Minería, quienes, según instrucción dada por su Director, deberían de elaborar de las situaciones del Real de Minas; dando lugar a la cartografía de distintos procesos que hoy conocemos como geomorfológicos, “para cuya inteligencia –dice la instrucción, que es recogida por Santiago Ramírez en su trabajo:“Datos para la Historia del Colegio de Minería”– señalará, en lo posible con diversos colores en el plano geográfico, la extensión que ocupa según la calidad de sus rocas”[6].  Por lo demás, se descubre en ello la metodología de investigación geográfica racionalizada por Manuel Orozco y Berra en su obra: “Geografía de las Lenguas” (1864).

 

Curiosamente, la obra que aquí analizamos de Manuel Orozco y Berra, termina lamentándose de no haber podido abordar  las aportaciones de José Salazar Ilarregui, primer Ing. Geógrafo formado en la institucionalización de la Geografía en México.

 

Manuel Orozco y Berra (1816-1881), de mente preclara, a los 18 años de edad, en 1834, se titula como Ingeniero Topógrafo (o Agrimensor) e Hidromensor, en el Colegio de Minería.  Esta formación es la que lo aproximaría a la ciencia de la geografía, a pesar de su activida literaria y sus estudios de abogacía, mismos que lo enrolarán en la vida pública y el despliegue de un quehacer semienciclopédico.

 

Inmerso en la vida pública, no siendo político por convicciones, vaciló en el momento de la Guerra de Reforma (1858-1860), abandonando la causa liberal militante.  Para entones había formado su Carta Etnográfica (1857), no obstante, al término del conflicto civil armado, es invitado a colaborar como Oficial Mayor del Ministerio de Fomento, entre 1861 y 1863, año último éste, en que pasó a ser Ministro de la Suprema Corte, y en que se suscita la Intervención del imperio francés.

 

En esos años de intervención (1863-1867), Orozco y Berra no sólo nuevamente abandonó la causa del liberalismo, de la que ya había dado muestra de no ser precisamente militante, para incurrir en la falta de lesa patria; patria por la que aparentemente había abogado cuando la intervención de los Estados Unidos.  Desde su nueva posición colaboracionista con el imperio francés, produce su “Memoria para la Carta Hidrográfica del Valle de México” (1864); así como complementaría su Carta Etnográfica con su “Geografía de las Lenguas” (1864).

 

Al triunfo de la universal causa patriótica y nacionalista del siempre legal y  legítimo gobierno liberal de Benito Juárez, Orozco y Berra, evidentemente colaboracionista del Imperio, hubo de ser juzgado como traidor a la República, encarcelado y sancionado.

 

A pesar de todo, a partir de aquí, que es el último período de su vida, hace dos de sus más importantes contribuciones a la Geografía: sus “Materiales para una Cartografía Mexicana” (1871), y su “Historia de la Geografía en México” (1876), que –a decir de René Avilés en sus “Notas Bibliográficas Sobre Orozco y Berra”[7]– fue reimpresa en 1880 por la Secretaría de Fomento, con el título, más prudente y recatado, de “Apuntes para la Historia de la Geografía en México”; seguramente modificado por el mismo Orozco y Berra, y si no, por lo menos, concediendo en ello.

 



[1] Orozco y Berra, Manuel; Apuntes para la Historia de la Geografía en México; México, 1881; Imprenta de Francisco Díaz de León; Edición Facsímile, 1973; Guadalajara, Jal; p.307.

[2]      Ibid. pp. 313-314.

[3]      Ibid. p.334.

[4]      Ibid. p.334.

[5]      Ibid. p.335.

[6]      Ramírez, Santiago; Datos para la Historia del Colegio de Minería; SEFI, UNAM; México, 1982.; pp158-159.

[7] Avilés, René; Notas Bibliográficas Sobre Orozco y Berra; Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística; SMGE, T CXXII, México, D.F. 1975: pp. 87-94; p. 92.

 



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23 agosto 2010 1 23 /08 /agosto /2010 08:01

 Cliché Espacio Geográfico, Revista 2010

Análisis Crítico a los

"Apuntes para la Historia de la Geografía en México”,

de Manuel Orozco y Berra, 1880.

  Ponencia, II Congreso Mexicano de Historia

de las Ciencias y de la Tecnología, 1990 (1/4).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica;

http://espacio-geografíco.over-blog.es/;

México, D.F; 23 ago 10.

 

 

Resumen.

 

El presente trabajo es parte de una serie de análisis críticos obligados en la recopilación y estudio de los materiales ex profeso sobre Historia de la Geografía en México, con el objeto de contribuir a su examen.

 

En su primera parte, al referirnos a este que fue el primer trabajo ex profeso de Historia de la Geografía en México, y a sus dificultades, se hace una exposición de nuestra metodología para abordar el tema: la metodología en Historia de la Ciencia, y la definición del campo de la Historia de la Geografía.  Se examina brevemente la estructura de la obra: “Apuntes para la Historia de la Geografía en México”, de Manuel Orozco y Berra, en la lógica del internalismo, así como las relaciones externalistas y su influencia en dicha obra.

 

En la segunda parte se hace el análisis crítico propiamente dicho, considerando la obra general de Orozco y Berra, y en particular a sus Apuntes para la Historia de la Geografía en México.

 

Sin duda, el siglo XIX es quizá el más importante para el desarrollo de la ciencia en México.  En él se forja la moderna institucionalización de la ciencia, y con ello su “oficialización” y viabilización.  Es un siglo que por su propia naturaleza debe precaver a todo historiador de la ciencia de la unilateralidad en el análisis de un siglo vasto en circunstancias complejas.

 

Para la historia de la Geografía en particular, no dejará de representar una compleja contradicción a resolver, el considerar las facultades de esa oficialización de la ciencia y las posibilidades del desarrollo de la geografía en manos de funcionarios de gobierno de alta investidura, como lo llegaron a ser un Joaquín Velázquez de León, un Francisco Jiménez, un Joaquín de Mier y Terán, un José Salazar Ilarregui, y el mismo Manuel Orozco y Berra; éste, aun más, por encima de todos ellos, frente a lo que fueran dichas posibilidades del desarrollo de la Geografía en México en manos de un Francisco Díaz Covarrubias, un Blas Balcárcel, o un Joaquín de Herrera.

 

Y la complejidad de contradicciones como ésta radica, no tanto en problemas de orden interno en la lógica de la ciencia, como en toda una circunstancialidad histórico-social, ante cuyo examen nosotros mismos fijamos nuestra propia concepción del mundo, nuestra identidad ideológica e incluso militante, y nuestro compromiso científico y social como individuos en la historia.

 

*

 

 

El primer problema a que se enfrenta todo historiador de la ciencia de la Geografía, es el qué historiar; en otras palabras, resolver qué es la Geografía, motivo de permanentes análisis y discusiones teóricas entre sus especialistas, para quienes la Geografía es, enanos, una especie de ciencia enciclopédica, la ciencia de los fenómenos naturales y sociales considerados en su distribución, causas y relaciones; entre otros, explícitamente dicho, como ciencia de síntesis de un sistema de ciencias, como la ciencia de los fenómenos naturales y sociales y sus relaciones en su diferenciación espacial; o bien, en unos más, pretendiendo salvar la complejidad del problema anulándolo, declaran la invalidez de las definiciones y la inexistencia de la rigurosidad de la ciencia, de la precisión de su objeto de estudio , de su método y del campo de sus investigaciones.  En tanto que para nosotros, es una ciencia del estudio del espacio, única e íntegra, cuya unidad e integridad está dada como reflejo de la unidad e integridad espacial del mundo.

 

Hacer la Historia de la Geografía, bien vale exclusivamente por el hecho de que quien se lo propone, necesariamente, implícita o explícitamente, está resolviendo ese problema de índole teórica: qué es la Geografía.

 

De ahí la importancia para nosotros del examen crítico de este que ha sido el primer trabajo ex profeso de Historia de la Geografía en México: los “Apuntes para la Historia de la Geografía en México”, de Manuel Orozco y Berra, a través del cual se expone, en la concepción de su autor, por lo menos, cual ha sido la naturaleza del saber geográfico y su expresión en México.

 

Así, para Manuel Orozco y Berra, la historia de la Geografía es la historia del saber que se condensa en la Cartografía, producto de la actividad de exploración en extensión.  Esta historia de la Geografía no es aún expresión del conocimiento en sí del espacio terrestre, sino a lo más, de todo cuanto existe en él y le determina; cual la historia de la Física no es propiamente la historia de la mecánica, del electromagnetismo, la termodinámica o la energía nuclear, sino la historia de la categoría del campo material y de la naturaleza de la realidad objetiva misma.  O cual la historia de la Biología, que no es propiamente la historia de las plantas, de los animales y del ser humano, así, tal cual, sino la historia de la vida.  O la historia de la Sociología, no como la historia de la economía, la política, etc; sino como la historia de las formaciones económico-sociales.

 

Esta historia de la Geografía responde a las características de la concepción gnoseológica positivista en boga en ese entonces, e incluso, enfatizado en México a partir de 1860, de ser el puro testimonio del pasado, la escueta constancia de hechos sin más trascendencia.  Es decir, no hay  en ello un esfuerzo –ni el propósito– de abstracción y generalización del objeto de estudio de la Geografía: el espacio, resuelto en el saber geográfico.  No es, pues, la historia del espacio ni del conocimiento del espacio en su forma consciente, pero tampoco lo podía ser.

 

Era la época de los inicios de la Historia de la Ciencia en General.  Apenas Augusto Comte en Francia instituía la cátedra de Historia de la Ciencia en 1892.  Y eran apenas, los apuntes para la Historia de la Geografía en México.

 

No obstante, a más de un siglo, esos Apuntes para la Historia de la Geografía en México, no han sido superados.  Y es que no habrán de ser superados nada más porque se continúe o despliegue la misma información que contiene; incluso no habrán de se superados sólo porque se amplíe y densifique el detalle de los datos recopilados.  Ello no involucra mas que un esfuerzo cuantitativo.  La superación de los Apuntes para la Historia de la Geografía en México, de Manuel Orozco y Berra, habrá de ser, en principio, cualitativa, y ello sólo será producto del esfuerzo de abstracción y generalización en el sentido en que antes lo hemos expuesto, es decir, precisar el espacio como objeto de estudio de la Geografía, resuelto en el saber compendiado en esa historia.

 

Apuntes para la Historia de la Geografía en México, de Manuel Orozco y Berra, es un texto en 503 páginas, que comprende 31 capítulos en los cuales se narra desde los descubrimientos en el Golfo de México a partir de 1506, hasta los trabajos de límites como resultado del Tratado de la Mesilla, en 1857.

 

Los primeros diez capítulos tratan del siglo XVI.  El capítulo XI es un capítulo aislado en donde trata dos aspectos especiales: la determinación de las coordenadas geográficas de la Ciudad de México y otros puntos, y la “Instrucción y Memoria de las Relaciones para la Descripción de las Indias” (1577).

 

Este décimo primer capítulo destaca no sólo por su carácter aislado o los aspectos mencionados que trata, sino singularmente, porque en él hace uno de los escasísimos comentarios de índole teórica, que habremos de examinar detenidamente más adelante.

 

Entre los capítulos XII a XIV, desarrolla en la misma tónica todo lo relativo al siglo XVII.  Allí destacará las siguientes expediciones, sus descubrimientos y vicisitudes; los trabajos del padre Kino, de Enrico Martínez, de Sigüenza y Góngora, del primer plano del Valle de México, la primera Carta General y el primer plano impreso en México.

 

En los capítulos XII a XIII da un panorama general del siglo XVII, y en el subsiguiente se detiene en el examen del problema de la posición geográfica de la Ciudad de México y en el detalle del acaecer de los principales protagonistas de este siglo, extraídos de relaciones y crónicas, algunas de las cuales cita.

 



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5 agosto 2010 4 05 /08 /agosto /2010 08:05

Cliché Espacio Geográfico, Revista 2010

Evolución del Concepto de Espacio

en el Pensamiento Materialista Contemporáneo.

  Ponencia, III Encuentro de Geógrafos

de América Latina, 1991 (5/5)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica;

http://espacio-geografíco.over-blog.es/;

México, D.F; 19 ago 10.

 

 

Finalmente, se ha llegado de nuevo a ese punto que de cuando en cuando se llega en la historia de la ciencia, de dirigir los principales esfuerzos más a adaptar la “necia” realidad a la teoría, que ésta a aquella.

 

La pauta para el rompimiento con esta obsesión –que en cada momento de la historia de la ciencia siempre ha significado una revolución de pensamiento– viene dado en las reflexiones de las líneas finales al respecto, en la obra de Étichos Bitsakis, Física Contemporánea y Materialismo Dialéctico, 1973.

 

Bitsakis plasma, quizá, reductio ad absurdum, el problema de la naturaleza del espacio.  El campo-espacio, o ese espacio completamente determinado por los campos, pasa a ser en este autor ahora y justamente, el campo-partícula, ya que la existencia misma de la partícula determina su especialidad, y el espacio no designa más que su métrica, lo que hace más difícil ver que –como lo afirma el autor– “cada partícula es el quantum de un campo dado”[26], su mínima expresión dimensional.

 

El problema de la teoría unificada del campo, de Einstein, no tiene solución en este sentido, ya que cada partícula, cada “espacio discretizado”, crea un campo especial.  En todo caso, el problema se traduce en la búsqueda de una partícula original de la cual se transforma las demás.  Esto es, otra vez, la finitud del espacio-sustancia, a partir de la cual, la infinitud quedaría dada por materia aún no conocida; y así lo reconoce Bitsakis que asienta: “El ser material que ocuparía semejante “célula” debería ser simple, su estructura debería pues, ser un último constitutivo de la materia”[28]; citando él mismo a Meliujin, quien dice al respecto: “…más allá del cual comienza el mundo indestructible, con propiedades totalmente diferentes”[28].

 

Al igual que Kursánov y Eli de Gortari, Bitsakis tampoco omite  la discusión del vacío en la teoría del espacio.  Se cuestiona acerca de “cómo concebir el vacío en esta era en la que el campo aparece como el concepto fundamental de la teoría acerca de la materia”[29].

 

No obstante, destaca cómo, “en 1928 Dirac representaba el vacío no como una nada, sino como un medio, un “océano” de partículas de energía negativa.  De este océano se pueden hacer salir los electrones (negativos) dejando un “hueco”, que es el electrón positivo”[30].  Este vacío capaz de polarizarse, sería entonces una poderosa fuente de energía.

 

El vacío como noción más general y esencial del espacio identificado como campo, y éste como la especialidad del vacío, permite decir libremente que, al final de cuentas, el espacio mismo sería –según la idea de Dirac– una poderosa fuente de energía.

 

Y así, al final del capítulo titulado: “Espacio tiempo y materia”, en que Bitsakis ha tratado la realidad y naturaleza del espacio de acuerdo con el pensamiento materialista contemporáneo, expone; marcando el fin de un período de la evolución materialista del concepto de espacio, e iniciando otro en el que se ha ahondado en el desentrañamiento de su naturaleza:

 

“Pero las partículas elementales pueden ser –dice Bitsakis–, como los quanta de un campo material continuo…  El espacio debe ser continuo…  Pero al mismo tiempo debe ser discontinuo, no porque tenga células discretas, sino porque en una cierta dimensión se encuentran las propiedades nuevas de la materia, niveles de organización diferentes”[31].

 

Otros materialistas, ya no tanto filósofos como físicos, se debaten ahora en la definición de la naturaleza del continuo espacio-tiempo como forma de existencia de la materia, ya no tanto en medida o cualidad del objeto, sino como una forma más de la materia.

 

El último trabajo representativo de ello, es la obra de Fidel Castro Díaz-Balart: Espacio y Tiempo en la Filosofía y la Física, 1987, en el que destaca cómo a través de toda la historia desde la filosofía de la naturaleza desde la Antigüedad hasta el mecanicismo en el Renacimiento, el espacio había sido sólo objeto del pensamiento, y no es sino con Einstein, que pasa a ser objeto experimental y de análisis físico”[32].

 

Díaz-Balart recoge y comparte los conceptos de espacio y tiempo en Feuerbach, Engels y Lenin, y hace ver la plena correspondencia de éstos con la posterior teoría de la relatividad de Einstein; peo a la vez; y aquí está lo que distinguirá a la obra de Díaz-Balart de todas las antecedentes en esta materia; al discutir en particular las aportaciones de la teoría de la relatividad, expone las dificultades que enfrenta  en la ciencia contemporánea, destacando principalmente su principio de equivalencia (equivalencia de masa inercial-masa gravitacional), que conduce a considerar el campo gravitacional ya como un tipo esencial de materia, ya como manifestación de las propiedades geométricas del espacio-tiempo.

 

Al respecto, Fidel Castro Díaz-Balart expone las diversas posiciones teóricas, entre otras, la de Willer, quien afirma: “En el mundo no hay nada excepto espacio curvado, vacío.  La materia, las cargas, los campos electromagnéticos y otros son solamente manifestación de la curvatura del espacio”[33].

 

 

Conclusión.

 

El problema pues, está aún lejos de resolverse, más aún lejos de un consenso compartido por la comunidad científica.  Lo único claro hasta ahora, es que el espacio como un concepto manejado en un sinnúmero de sinónimos y metáforas en geografía, y como su categoría fundamental en tanto definición de su objeto de estudio, da lugar a admitir y estudiar toda esa discusión sobre la realidad y naturaleza del espacio, sin que pueda ni deba ser soslayada en nuestra ciencia.

 



[26] Bitsakis, Étichos; Física Contemporánea y Materialismo Dialéctico; Ediciones de Cultura Popular; México, 1973; p.82.

[28]      Ibid. p.146.

[28]      Ibid. p.146.

[29]      Ibid. p.144-145.

[30]      Ibid. p.145.

[31]      Ibid. p.145.

[32] Ilhuícac, Revista de la Sociedad Mexicana de Teoría e Historia de la Geografía; “Reseña Bibliográfica”, Vol. 1, Nº 1, febrero-mayo de 1990; pp.75-83.

[33] Díaz-Balart, Fidel Castro; Espacio y Tiempo en la Filosofía y la Física; Editorial de Ciencias Sociales; La Habana, Cuba, 1987; p.87.

 



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