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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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21 junio 2010 1 21 /06 /junio /2010 08:03

Clich--Literatura

El Sexto en la Mesa.  Cuento, 2005 (3)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica de Geografía Teórica;

México, 28 jun 10.

 

Y entonces Turing aclaraba precisamente el asunto de la capacidad autoprogramableaprendiendo y adaptándose.

 

_ Lo que me desconcierta en este momento –dijo Schrödinger–, es si Turing piensa que podemos construir una máquina electrónica que imite al cerebro humano en alguna de sus funciones, o si dice que es realmente posible imitar o reproducir fielmente el cerebro humano de una forma electrónica.  Me pregunto Turing, si podría usted aclararnos este punto.

_ Lo intentaré.  Sería posible, a menos que usted piense que hay algo especial en la constitución material del cerebro humano que explique sus destrezas cognitivas, no captable por un sistema de circuitos electrónicos.

 

Pronto Schrödinger asoció las ideas de Turing a la red de conexiones estímulo-respuesta de los conductistas y Wittgenstein desesperado se puso de pie y dando vueltas echaba en cara a Turing que una cosa era una programación de pasos para una suma, y otra que realmente la máquina estuviera sumando, es decir, que comprendiera, que pensara en lo que hacía.

 

_ Pero Turín dice que eso es exactamente todo lo que requiere intercedió Schrödinger–; lo único que cuenta es la conducta, no cómo se llegó a ella.

_ ¡Ah, desdichado conductista! –se burlaba el Prof. en el anonimato.

_ El razonamiento de Wittgenstein –intervino Haldane–, parece sugerir que pensar es mucho más que seguir una serie de reglas.

_ ¡Claro Mr. Haldane, claro! –seguía ahí parloteando el tal Prof.

_ Lo único que podemos hacer –argumento entonces Turing–, es juzgar basándonos en la conducta de una persona.

_ ¡Eso es...!

_ ¡Eso es conductismo! –recriminó Schrödinger, que le arrebataba la palabra al Prof.

_ Y vil –remató el Prof. para no quedarse con las ganas.

_ La prueba –añadió Haldane– de inteligencia de Turing, pues, parece ser simplemente una transferencia de este paradigma conductista del hombre a la máquina.

_ Wittgenstein –dijo Schrödinger–, ha dado ya algunas excelentes razones que apoyan la informalidad de la conducta humana.  Al parecer, es absolutamente imposible proporcionar reglas de conducta que abarquen cualquier eventualidad.  Cómo una máquina va a reproducir los patrones de conducta humanos, si éstos no están regidos por ninguna regla en absoluto.

 

<<¿Que la conducta humana no está regida por patrón alguno en absoluto?>> –reflexionaba el sexto a la mesa..., mhmmm, no lo creo.  El sólo protocolo de mesa de esta cena está regido por un patrón de conducta...  Pero Turín se quedó un tanto perplejo ante la objeción de Schrödinger, y éste volvió al teorema de la incompletud de Gödel, acerca de algo que no se puede probar siguiendo sus propias reglas lógicas.

 

_ Aun así intercedió Snow–, nosotros los humanos podemos ver que tales enunciados tienen que ser necesariamente ciertos; simplemente no podemos demostrar que lo sean.  ¿Significa esto que hay cosas que la mente humana puede conocer que una máquina nunca puede?

_ Efectivaente Mr. Snow –dijo el Prof. ganando un espacio en que todos esperaron a ser servidos–, en cuanto a lo primero, esos son los postulados, y en cuanto a lo segundo, la máquina no infiere, acumula autoprogramadamentenueva y nuevas opciones.

 

Y luego que el farsante de Haldane, muy “marxista” muy “marxista”, pero introducía allí el factor sobrenatural que nada tendría que ver con la dialéctica materialista de Marx, y los propios Wittgenstein y Schrödinger lo pusieran en su lugar, el mozo propuso servir el plato principal.

 

Al tiempo que se servía el plato fuerte, finalmente se planteaba el problema más en su esencia: ¿la máquina comprendería acaso lo representado en su programa?, ¿podría decirse acaso que sin necesidad de comprenderlo fuese inteligente?

 

_ Turín –dijo entonces Wittgenstein–, nos ha dicho que lo único que necesita su máquina para ser considerada “inteligente” es poder convencernos de que es humana dando respuestas que no se pueden distinguir de las que esperaríamos recibir de un semejante.

 

Y entonces a Wittgenstein se le ocurrió otro experimento mental, y en tanto lo explicaba, Snow ordenó se sirviesen las copas con un rico Borgoña para acompañar las jugosas carnes de rosbif..., ¡desdichado del tal Prof.!, se tapaba los ojos con las manos, se cubría la cara, se apretaba la nariz, y nada más tragaba y tragaba saliva saboreándose esos manjares; pero ahí permanecía, más interesado en escuchar aquella disertación tan interesante de esos especialistas.

 

El experimento mental consistía en que alguien aislado y conectado al exterior mediante un teletipo y una especie de diccionario de jeroglíficos, y desde fuera, otro escribe mediante el teletipo dichos símbolos; el sujeto aislado los recibe, traduce apoyándose mediante el “diccionario” y envía la respuesta.  ¿Significa eso que el sujeto que responde desde el interior comprende el mensaje que traduce apoyándose en el diccionario?  Por lo pronto, parecería pasar la prueba de un sujeto inteligente, sin embargo, se evidenciaba que no había en ello comprensión de los símbolos.  Y Haldane hizo lo suyo haciendo ver que erróneamente se identificaba “inteligencia” con “conducta”.

 

Entonces Turing soltó el tenedor estrepitosamente, retiró su plato, y retomó su bloc de notas diciendo que se aclararía las ideas anotando los razonamientos de Wittgestein en términos axiomáticos.  Y ello despertó un interés especial en el Prof. que se levantó a husmear en los garabatos de Turing, el cual anotaba:  Axioma 1.- Los programas son objetos puramente sintácticos; Axioma 2.- Las mentes humanas tienen un contenido semántico; Axioma 3.- La sintaxis  no puede dar origen a la semántica; Conclusión.- Los programas no son necesarios ni suficientes para las mentes.  Había allí un polisilogismo complicado, y el Prof. se concentró en estructurar dicho polisilogismo a partir de los entimemas enunciados en los juicios de los axiomas, en lo que los comensales caían en una especie de discusión bizantina enredada por Schrödinger que introdujo otro extraño polisilogismo en relación con el magnetismo y la electricidad.  El Prof. se desatendió de ello un tanto concentrado en determinar la clase de sorites de Turing.  Resultaba que con Schrödinger ocurría otro tanto, le parecía que en la cadena de razonamientos de éste no había consistencia.

 

Haldane, presumiendo de marxista, objetó a Turing que para que su máquina pensara, ésta necesitaba interactuar con el mundo objetivo.  Turing le hizo ver que su máquina ya hacía eso con el hecho de nuestra programación.  Y en esa discusión las cosas comenzaron a complicarse por un lado, pero a echar las bases de la solución por otro: Haldane sacó el argumento de las señales analógicasen el humano, capaz de captar de conjunto por ejemplo los números reales (todos: naturales, enteros, racionales, y complejos), contra las señales digitalesen el robot que sólo aceptaría por ejemplo, la serie de los números enteros y así sucesivamente.  Hadlane introdujo adicionalmente a su argumentación el que la percepción de esas señales habría de ser precisa, y comenzó un intercambio violento de ideas interviniendo uno y otro casi arrebatándose la palabra, por lo que el anfitrión Snow golpeó varias veces una copa a manera de campanilla llamando al orden.  Y luego de hacer un resumen, el debate prosiguió.  Turing y Wittgenstein seguían enfrascados en sus posiciones; Schrödinger se levantó de la mesa y meditó un momento sobre alguna salida, y el miembro externo de la Academia de Ciencias de la URSS, volvió supuestamente con la posibilidad de una: ¡apoyándose en la filosofía budista, llegaba a la propuesta de que se omitiese la consideración del significado.

 

_ ¡Ahaa!, ¡diablos Mr. Schrödinger! –se mofaba el prof–, usted tan inteligente y vea nada más con las burradas que sale, eso le pasa por su inconsistencia en un marco teórico definido...

 

Haldane mismo, viendo la complejidad del problema, trajo a la mesa el principio de la Navaja de Occam, apelando a volver a la explicación más sencilla posible.  Y Wittgenstein propuso entonces que se enfocaran al problema del lenguaje como expresión clave del pensamiento y la inteligencia.

 

Viéndose la dificultad, Snow propuso un receso de diez minutos para reflexionar, tomar una copa y volver finalmente a la ensalada de esa apetitosa cena.

 

 



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