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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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27 octubre 2013 7 27 /10 /octubre /2013 23:02

    Mar--6-Orale.jpg“Periquín Plumero”: una ética nicomaqueana en su tema más escabroso, como más esencial.  Amor e Identidad. (11/…)

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

http://espacio-geogrfico.over-blog.es/

abril 13.

 

4  Amor e Identidad.


a) Amor.

 

Haciendo abstracción de que se haya vivido la experiencia del amor o no, aquí el tratamiento del punto es, digámoslo así, meramente “académico”, quien lo haya experimentado ya corroborará en mayor o en menor medida lo que aquí expongamos, y en mucho, según la experiencia misma; y quien aún sea ajeno a la experiencia de tal sentimiento, que particularmente se refiere al amor erótico o de pareja, precisamente, queda echar mano de la ineludible experiencia del sentimiento de amor en sus otras relaciones, si bien menos desconcertantes o que provocan menos consternación, desde el amor materno (ese amor singular, profundo y natural de la madre), el amor filial (de padres e hijos), el amor fraterno (de la amistad), el amor a sí mismo (de la autoestima), el amor al prójimo (o amor al ser humano en la identificación con la otredad o el alter ego), e incluso el amor a Dios (a una fe en algo superior, dada en cualesquiera que sean los seres que se deifiquen); de todas esas formas del amor, la más apasionante y por ello de mayor consternación en las almas, es el amor erótico (de la pareja humana).

 

Por esas razones “académicas”, abstractas, lo primero que debemos preguntarnos es: ¿Qué hay de común entre todas esas formas en que se expresa el sentimiento del amor?  Y lo que se encuentra como común denominador en todo ello, es: la incondicionalidad, un profundo sentimiento por el sentimiento mismo (justo lo que lo hace incomprensible e irracional), acaso dicha incondicionalidad, porque en el fondo hay una identidad en el reconocimiento propio; el apoyo mutuo, como se suele decir, “en las buenas y en las malas”, como asimismo, el placer o solaz mutuo que recrea mutuamente; es decir, en el cual ambos seres, o uno consigo mismo, fomenta el “volver a crearse o a ser” continua y permanentemente; allí donde se procura por los unos a los otros; donde se da un sentimiento de pertenencia, como de posesión, donde estéticamente se reconoce la belleza plena, como moral o éticamente, en un momento extremo, se impone la obligatoriedad del sacrificio de la vida misma de los unos por los otros.

 

En el amor (de ad, hasta; y morem, muerte), que se interpreta como "contigo hasta la muerte", en esa uninón de posesión-emtrega que con toda pason se expresa en el amor erótico, todo ello en común, está implicado, incluso con esa “misteriosa” pasión mayor, que se potencia en el sentimiento fuera de toda racionalidad.  Y es que esa pasión está determinada justo porque en la otredad o alteridad, se reconoce a la vez, lo que nace ya no de lo consanguíneo, ni de la conocida amistad, como ni de la unicedad o la abstracción; sino de lo que en su origen es extraño e incluso exótico, es decir, que proviene no sólo de fuera, sino lejos, pero con una capacidad arrebatadora descomunal, que hace del alter ego algo más profundo, que nos impone su apropiación (en lo masculino), o la entrega (en lo femenino); y en donde, por lo tanto, el sentido de pertenencia mutua se hace inconmensurable.  Es de esta pasión que se deriva el matrimonio (el hacer a la mujer la madre de nuestros hijos), en el casamiento.  Casamiento que, por lo demás, no ocurre, absurdamente como todo el mundo cree, cuando se firma un Acta Matrimonial (casi refrendando un acto de comercio), sino que ocurre desde el momento mism en que tocando al hombre pedir a la mujer ser su esposa, en aceptando ella, el casamiento se consuma ali mismo, en ese acto; luego, ante el juez de lo civil, es dar fe a la sociedad y al Estado de tal unión (para los fines de organizaciòn social), y, en su caso, en el ritual religioso, dar fe ante Dios de lo ya consumado en la decison propia mutua.

 

Hay, entre todos estos tipos de amor, uno muy especial que es una variante del amor erótico: es ese sentimiento de amor conocido como el “amor platónico”.  Por lo regular mal entendido, y contra todo lo que se diga de él con un dejo de menosprecio, es de una importancia esencial en la vida de los seres humanos.  Se da en todas las almas, está o ha estado en los corazones (aquí no hay racionalidad) de todo ser humano.  Y en su existencia, expresa una dialéctica en la que, en un sentimiento de amor pleno en la real expresión más profunda y desinteresada del mismo, al mismo tiempo se da una aparente no-realización del sentimiento de amor; como en su no-existencia, se expresa esa dialéctica en una realización del sentimiento de amor en un amor plenamente real y concreto.  El “amor platónico”, es ese por el cual se desea lo otro hasta el arrebato, pero que, por alguna razón (lo mismo de inhibición que de responsabilidad ética o moral), se contiene en ello.  Es decir, contra lo que se cree comúnmente, en su idealización, no es un sentimiento de amor como un sueño e indiferente, dado para el exclusivo placer o solaz propio, sino justo por esa idealización o ese ideal, es el más poderoso y puro sentimiento de amor contenido, que desea ser capaz de arrebatar en alguna oportunidad.  Su importancia trascendente allí donde existe porque no hay un amor concreto realizado, está en que ello expresa, haciendo aparte la no-existencia del amor, no obstante, el sentimiento de amor más profundo capaz de dar vida plena; de donde se concluye que el amor no es lo que se recibe, sino lo que se da.

 

Pero una segunda importancia, radica precisamente en ser una idealización, un ideal: es decir, el reflejo más puro de lo deseado, y en ese sentido, el reflejo más puro de la identidad.

 

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Published by Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri - en Filosofía
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